El sabor de la canela
Rosario Elías
Fue un
domingo -en el que se celebraba la Fiesta de San Juan- cuando, del brazo de don
Ariel Collantes, apareció Angélica con un atuendo colorido y ceñido que
realzaba su bien formada cintura, caminando provocadoramente según las mujeres
casadas, muy alegre y coquetona según las jovencitas y con sospechosa pinta de
mosquita muerta, de acuerdo a la opinión de la venerable Paulita Zambrano. Al
contrario, todos los hombres que vieron por primera vez a Angélica consideraron
que se trataba de una aparición, de un milagro de San Juan y hasta juraban que
esta pelirroja que caminaba bamboleando las caderas, era la mismísima Virgen
María. A decir verdad, la belleza de Angélica era radiante pero no suficiente
como para alumbrar a don Ariel, hombre taciturno y gris, que usaba terno y
corbata desde que llegó hace veinte años a Ingenio a ocupar el cargo de Juez de
Paz.
Después
del alboroto que había causado la llegada de la forastera, don Ariel anuncia
que Angélica es su esposa. Hubo un silencio total, la banda de música que
dirigía don Eliseo Carbajo dejó de tocar, las parejas dejaron de bailar y no se
oía siquiera el vuelo de una mosca. El alcalde tuvo que ordenar con insistencia
que se reanudara la música y conminó a las parejas, arremolinadas alrededor de
Angélica, a continuar con el baile.
Las
mujeres no quitaban la mirada que tenían puesta en Angélica, por primera vez se
inquietaban ante una presencia femenina distinta que las hacía sentir amenazadas
y no sólo era debido a la apariencia de esta foránea, pues las ingenianas eran
las más bellas de la región, sino porque olfateaban algo en Angélica que
indicaba peligro.
En tiempos
de escasez en Ingenio, el raleado equipo masculino fantaseaba con una repartición
de mujeres, conjeturando que les correspondía cinco a cada uno. Las mujeres
consideraban a los hombres como su propiedad privada y allí hasta el cura tenía
dueña, y de eso podía dar fe Rosita Salas que, como buena charapa, era
"del Padre su dueña". Rosita moraba a dos kilómetros de Ingenio,
llegaba tarde todos los domingos a la misa y un asiento vacío, en la primera
fila de la iglesia la esperaba sin que nadie osara sentarse allí. La misa no
empezaba hasta que Rosita llegase, no importaba que la iglesia estuviese
atiborrada de fieles agonizando de calor, ni que el coro entonara canciones
fuera del libreto para apaciguar a los parroquianos.
El chisme
sobre la vida y milagro de tres mujeres matizaban las tardes calurosas llenas
de tedio y aburrimiento en el Ingenio, las protagonistas eran "Rosita es
un amor", Moraima Martínez y doña Esthercita. En realidad la vida de
"Rosita es un amor" pasó a un tercer lugar cuando presentó a sus
vástagos fruto de la relación con el Padre Mateo. Sin duda, Moraima Martínez
era la preferida. Moraima era una mujer rica, había heredado muchas tierras de
sus padres, nunca contrajo matrimonio ni estaba interesada en hacerlo. Llevaba
las riendas de sus fundos con la habilidad que manejaba sus caballos y sus
hombres. Moraima vestía muy peculiarmente; siempre usaba ropa muy femenina que
remataba con magníficos sombreros. Su vestimenta contrastaba con su fuerte
personalidad, la extravagancia de cambiar ostentosamente el color de las cintas
de su sombrero dio origen a que las malas lenguas dijeran que según el color de
la cintas, era el amante. El segundo lugar en las preferencias chismográficas
lo ocupaba doña Esthercita, flaca y desabrida como mango sin dulce. Si no
hubiese sido porque cada diez meses paría un hijo hubiese sido la perfecta
desapercibida. Aunque en realidad el motivo de las habladurías no era
exactamente la docena de hijos que tenía sino el parecido físico que cada uno
de ellos tenía con los vecinos de su cuadra.
La
Contundencia y la Bum Dum Gum dos "mujeres de la vida alegre"
formaban parte de la vida de los ingenianos, su imponente presencia física dio
paso a variadas intrigas que han pasado a la celebridad junto con la historia
de otra mujer que estaba con un pie en el lado de las mujeres "decentes"
y otro en la orilla de las "alegres", tenía un apodo que inquietaba a
los hombres; cuando se referían a la "Culo con pique" empleaban un
tonito de voz entre socarrón y cómplice.
Así
estaban las cosas, hasta el día de la fiesta de San Juan. Cuando Angélica llegó
para alborotar a ese pueblo. Don Ariel Collantes rebozaba de orgullo a causa de
Angélica, la quería de veras, "la adoraba con benévola pasión", no se
cansaba de mostrarla a medio mundo. Angélica correspondía dulcemente a ese
hombre que le doblaba la edad. Ella ansiaba que todos la quisieran como don
Ariel, no sabía qué hacer por ganarse la confianza de los pobladores. Preparaba
pastelillos refinados, dulces exquisitos, organizaba paseos, limpiaba la
iglesia, donaba ropa a los pobres pero mientras más buena era, más desconfianza
generaba.
Tanta
bondad y tanta admiración causó extrañeza en las mujeres de Ingenio. En el
corazón de cada una, lentamente comenzó a crecer la semilla de la suspicacia
que luego se transformó en un odio franco hacia Angélica. Guardaban esos
sentimientos como pecados que no querían compartir unas con otras. A la par,
los maridos perdían interés por sus mujeres, los encuentros amorosos eran cada
vez más lejanos, hasta casi convertirse en extrañeza amorosa, lo que denotaba
toda una señal de alerta roja para las ingenianas. Quedaba claro que algo raro
pasaba desde que llegó Angélica, pues hasta la Bum Dum Gum y la Contundencia
estaban desocupadas. Y no es que una súbita peste hubiese enfermado a los
varones pues al contrario, se les veía rebosantes de salud disfrutando con
insólito buen humor de sus tareas cotidianas no importando cuán duras pudieran
ser.
Durante el
año que permaneció Angélica en Ingenio, doña Esthercita no parió, Moraima
colocó en su sombrero todo el arco iris de cintas y no obtuvo ninguna respuesta
y "Rosita es un amor", andaba de un genio, que le decían "Rosita
es un horror". El problema era más grave del que pensaron. Las mujeres
estaban tocadas en su orgullo, la castidad impuesta por los varones era tomada
como una afrenta, y decidieron eliminar de la escena a Angélica La Rosa, de
cualquier manera.
Noche a
noche las mujeres imaginaban mil formas de deshacerse de Angélica, la seguían
sigilosamente, querían pescarla in fraganti pero Angélica se escabullía como un
pececillo y salía airosa de cualquier situación dudosa, no le podían enrostrar
nada ni acusarla de nada, pero todas estaban seguras de que algo pasaba entre
sus hombres y Angélica. Comenzaron a sentirse sin atractivos, resultaron
inútiles los esfuerzos por recuperar el fervor que sus maridos tenían por sus
cuerpos plenos de sensualidad y erotismo, ellos permanecían indiferentes al
sabor de la canela.
Los
secretos de la Contundencia y la Bum Dum Gum no servían, las brujas recetaron
inútiles baños de flores y chamico en polvo y para ellos guanarpo macho. El
guanarpo lo habían dejado como última posibilidad, esta hierba había causado la
muerte a don Felipito Zamudio quien murió con los auxilios de la santa religión
pero no en estado de gracia, sino en estado de erección.
Pero como
dijo acertadamente "Rosita es un amor", Diosito siempre ha sido bueno
con ellas y con ellos también. Cuando habían decidido llevar a cabo el
"plan guanarpo" los acontecimientos cambiaron de rumbo ya que doña
Paulita salvó de morir a Angélica poniendo un palo de sauce en su boca.
Angélica se había caído en la ribera del río y llevaba buen tiempo crujiendo
los dientes por donde brotaba una permanente baba. No es que se sintieran
felices porque Angélica fuese epiléptica sino porque -como sabiamente anotara
doña Paulita- había una relación muy clara entre la epilepsia y la sensualidad.
Una
sensación de alivio y satisfacción adornaba la sonrisa de las mujeres. Todo no
había sido más que un malentendido. El sabor de la canela estaba a salvo
bastaba con curar a Angélica de la epilepsia.
-Menos mal
que la epilepsia es una enfermedad de Dios que se puede curar. Dijo Paulita.
Cuatro de
las más valerosas mujeres juraron nunca revelar los detalles de la curación de
Angélica. Paulita había recomendado esperar a que la luna perfile claramente
las lechuzas que gastaban la noche paradas sobre las rocas, como estatuas. La
tarea consistía en cazarlas para luego arrancarles el corazón, extraer la
sangre aún caliente y mezclarla con vino dulce. Durante el tiempo que duró la
luna llena se repitieron las incursiones nocturnas. Angélica sin queja ni
réplica ingirió dócilmente las pócimas a la vez que sus recuerdos.
Hacía más
de un mes que Angélica desapareció. El pueblo de Ingenio volvió a la
normalidad, los apaciguados hombres recuperaron a sus esposas que con
disimulada complacencia respondieron al habitual interés de sus cónyuges,
"las mujeres de la vida alegre" reanudaron sus labores de tolerancia,
Moraima cabalgaba feliz, y doña Esthercita compartía secretos con "Rosita
es un amor".
Como parte de un velado trato, hombres y mujeres
callaron por siempre el nombre de Angélica La Rosa. Todos menos uno. Don Ariel
Collantes, cual alma en pena repetía el nombre de su amada como una letanía, en
voz baja como un grito sordo emitido desde las entrañas.