EL PODER DE LOS CONSUMIDORES

Wilfredo Ardito V.

Decepcionados frente a las instituciones que deberían velar por sus intereses, un creciente sector de consumidores peruanos ha roto con la pasividad. El autor de este artículo, abogado del IDL, plantea y analiza la fuerza que pueden llegar a tener los consumidores.

–Hermano, ¿por qué vendes Lucchetti? –increpó un amigo mío a un sorprendido bodeguero de Lince.

La pretensión, contraria a la legalidad y a la ecología, de poner en operación una gigantesca fábrica en los pantanos de Villa ha indignado a muchas personas. No sería de ninguna manera la primera vez que una industria destruye irre­para­ble­m­ente recursos naturales en nuestro país, quizá las compañías mineras y petroleras hayan sido las mayores responsables, pero ahora se aprecia una mayor conciencia eco­ló­gica y la zona afectada se encuentra en plena Lima.

Frente a los fallos judiciales favorables y la millonaria campaña publicitaria de la empresa, muchas personas comunes y corrientes han decidido intervenir y lo han hecho simplemente absteniéndose de comprar tanto los fideos Lucchetti como el aceite Miraflores, también producido por la compañía chilena.

En realidad, el boicoteo a un producto o servicio ha estado ligado a un compromiso social desde hace décadas: en el sur de Estados Unidos, a fines de los años 50, muchos ciudadanos negros prefirieron caminar grandes distancias hasta dejar de ser discriminados en los autobuses. Martin Luther King, el promotor de esta campaña, la había aprendido de Gandhi, quien 30 años antes convocó en la India un boicoteo general a todos los productos ingleses hasta que se obtuvo la independencia.

Estas formas de participación nos revelan que también el consumo, ese acto cotidiano de comprar una galleta o un lapicero, no es un acto aséptico, sino que puede tener una implicancia social o política, inclusive la defensa de los derechos humanos. No toda la población tiene la posibilidad de participar de una manera tradicional en un asunto público, asistiendo a una marcha o acatando un paro. Esperar las siguientes elecciones para sancionar a las autoridades responsables, puede llevar a que los daños se hayan consumado y muchas veces los responsables no son funcionarios elegidos.  Pero todas las personas compran productos. El boicoteo permite la participación del hombre de la calle, del ama de casa, de la persona sin filiación partidaria. Surge entonces un nuevo tipo de consumidores (bastante frecuente en otros lugares) que no se fijan sólo en el color del envase o la fecha de expiración, sino que no quieren beneficiar con su compra a una entidad con cuyas prácticas no están de acuerdo. Y estamos ante un terreno que en nuestro medio los organismos de derechos humanos todavía no han aprovechado totalmente.

Muchos boicoteos han surgido por una preocupación ecológica como dejar de adquirir gasolina con plomo y aerosoles o productos franceses durante los recientes ensayos nucleares en el Pacífico. A veces tuvieron un objetivo concreto, como cuando la Shell pretendía destruir una plataforma petrolera sobre el Mar del Norte, y Greenpeace promovió un boicoteo tan radical contra la petrolera en Alemania y Holanda, que luego de un fin de semana, se vio obligada a retroceder.

 Sin embargo, no podemos reducir estas campañas a una motivación ambiental. Hace unos años se convocó a un boicoteo contra Nestlé por promover, en el subcontinente indio, el uso de sus productos para lactantes en lugar de la leche materna. En el Canadá, una compañía cervecera tuvo serias pérdidas cuando los consumidores supieron que estaba relacionada con casos de tortura en el Brasil.

Además, la globalización económica ha llevado a los consumidores muchos productos elaborados al otro lado del mundo, pero les ha hecho también conocer formas inhumanas de explotación, y finalmente les ha permitido oponerse a ellas. Hace pocos años se produjo un escándalo en Estados Unidos al saberse que, en Tailandia, niños menores de 12 años hacían zapatillas y otros productos Nike en condiciones de semiesclavitud. Mucha gente se avergonzó de emplear artículos fabricados de esa manera. Preocupada por el descenso de sus ventas, la Nike decidió disculparse ante sus consumidores y anunció que no volvería a tener contratistas que empleasen a niños menores de edad.

Más cerca de nosotros, los exportadores de espárragos de la costa enfrentaron un serio problema cuando sus productos comenzaron a ser boicoteados en Europa, como protesta por la explotación a que eran sometidas las obreras agrícolas. De esta forma, la globa­li­zación de la economía lleva consigo la globalización de la protesta: muchos activistas de derechos humanos y derechos laborales han insistido en denunciar que grandes fábricas se instalan en China y el Sudeste asiático amparándose en la ausencia de legislación laboral.

Además, en los últimos años ha quedado nuevamente evidenciada la vinculación de algunas transnacionales con violaciones a los derechos humanos y al orden democrático. Numerosos laboratorios farmacéuticos exportan al Tercer Mundo medicamentos prohi­­bidos en sus países de origen, o se abstienen de informar de los efectos colaterales. Como antaño la United Fruit manipulaba a los países centroamericanos, actualmente varias petroleras están involu­cradas en los golpes de Estado, masacres y ejecuciones sumarias que han sacudido diversos países de Africa (Nigeria, Congo, Argelia), o en serios daños para la ecología y la población nativa, como sucedió con Texaco en el Ecuador.

...Y de repente, un vecino de Jesús María o de Chiclayo encuentra en el grifo o la bodega de su barrio el producto de la misma empresa que considera inmoral o que ha estado implicada en una violación a derechos fundamentales. Surge entonces una creciente sensación de corres­ponsabi-lidad entre los consumidores. Pero no se trata solamente de un elemento moral. El boicoteo permite hacer pública una situación de injusticia o maltrato al medio ambiente, afecta la imagen de la empresa o entidad responsable y, finalmente, puede generar pérdidas económicas que empujen a cambiar la política.

Esta actitud puede pasar de simplemente no comprar, a bodegas y supermercados que se nieguen a vender un producto. Incluso un canal de televisión, una emisora de radio o un periódico pueden anunciar que no transmitirán cierta publicidad. En algunos países europeos, ... AID y otras entidades mantienen tiendas cuyos productos son elaborados sin explotación y sin perjudicar el medio ambiente.

 

Situaciones en las que podría justificarse una campaña de boicoteo

Empresas que realizan prácticas de explotación laboral, sin condiciones de seguridad, empleando a menores de edad, etc.

Empresas cuya publicidad ofende determinados valores (publicidad machista, ejemplos negativos para los niños o manipulación de símbolos religiosos).

Empresas vinculadas a gobiernos que violan los derechos humanos.

Empresas o actividades que realizan actividades contaminantes contra el medio ambiente, que trafican con especies en vías de extinción o que practican crueldad contra los animales (incluyendo las entidades que auspician esos espectáculos y los lugares donde se realizan).

          Empresas de servicios públicos que prestan un servicio deficiente, alzan injus­tifi­ca­damente sus tarifas, imponen nuevos cobros, y actúan con indiferencia ante los reclamos de los usuarios.

 

Requisitos para
el éxito de
una campaña

 

     El boicoteo debe tener un carácter público. Mientras más conocido sea el acto, más efectivo será. Es conveniente escribir a las empresas en cuestión y a los medios de comunicación señalando las razones por las que se está llevando a cabo esta protesta.

     La campaña debe tener un carácter proselitista y abarcar los diferentes estratos sociales, sin subestimar la capacidad de respuesta de ningún sector.

     Debe procurar obtenerse el uso de los medios de comunicación. En ocasiones, esto se obtiene mediante acciones llamativas (desfiles de personas disfrazadas, canciones pegajosas, manifestaciones en frente de los lugares donde se fabrican o se adquieren los productos).

     Debe haber una posibilidad de elegir un producto alternativo. En caso de que exista un sólo proveedor de un servicio necesario (como la electricidad o la telefonía a domicilio), la alternativa puede tener un carácter simbólico, como dejar de usar el servicio en un determinado momento o por un plazo determinado.

     La campaña debe ser firme pero respetuosa. Debe evitar el empleo de un lenguaje ofensivo o acudir a argumentos que reflejen intolerancia (por ejemplo, caer en el racismo o la xenofobia).

     Deben especialmente evitarse acciones de violencia.

     Ayuda mucho contar con el respaldo de instituciones o personas de gran credibilidad local y de preferencia que no estén identificados políticamente, como los boy-scouts, una parroquia, un actor de televisión, un humorista, etc.

Organizar o participar en un boicoteo es un derecho de todo consumidor y nadie puede prohibirlo. El ejemplo más claro de la libertad del consumidor es tener todos los elementos de juicio para adquirir un producto. Y esto incluye abstenerse de adquirir los productos de las empresas con cuyas prácticas se está en desacuerdo. Precisamente el mercado es el que permite que las personas puedan elegir entre varios productos y no se sientan obligadas a comprar uno.

Finalmente, estos recursos tienen un contexto real, triste de señalar: la falta de credibilidad de muchas instituciones. El usuario que se adhiere a un boicoteo contra la Telefónica está denunciando la incapacidad de OSIPTEL para atender sus reclamos. Cada vez que el boicoteador antilucchettista convence a otras personas para que no compren fideos y aceite, está señalando que no se puede confiar ni en el Poder Judicial (máxime cuando el asunto ha estado en manos de un Juez con los antecedentes de Percy Escobar), ni en el Instituto Nacional de Recursos Naturales o la Municipalidad de Chorrillos.

Algunas personas, acostumbradas a ver a las empresas como instituciones omnipotentes, creen que los consumidores somos demasiado débiles para enfren­tarlas. Pero la lucha por los derechos humanos siempre ha tenido esta característica, por más fuerte que el adversario sea o parezca ser.