En febrero, siempre muere alguien  en San Miguel

Miguel González del Río

La hermana Juana, que atiende silenciosamente a los presos del penal de San Jorge, me lo presentó junto con otros que como él estaban acusados por el delito de terrorismo; tenían en común el hecho de ser menores de edad.  A nosotros, y a otros abogados, se nos pidió apoyo legal. Todos ellos lo obtuvieron.

Ricardo era un caso especial. Mientras estudiaba en el colegio, meses atrás, sintió una serie de malestares. Consultados los médicos, se le detectó un nódulo canceroso en el páncreas. A sus dieciséis años, el mundo se le vino abajo. Como era un alegre muchacho (de hecho todo el tiempo que tuvimos que ver con él y las veces que alguien lo visitaba su sonrisa se mantuvo entre sus labios), sus hermanos le recomendaron ir a jugar al parque zonal Huiracocha para distraerse de las inmediatas angustias.

Durante un rato paseó de aquí para allá dentro del parque, sin atinar a hacer nada. Inesperadamente, dos sujetos lo cercaron. Uno de ellos iba armado y lo obligó a empuñar otra arma. Los dos individuos, utilizándolo como escudo, se plantaron frente a la caja y exigieron la entrega del dinero. Ricardo temblaba de pies a cabeza, y debido a los temblores el arma que empuñaba cayó al suelo, disparándose. A raíz de eso se armó una trifulca. La policía de custodia se acercó. Los dos terroristas y otros más que hacían de contención, empezaron a disparar. Un empleado del parque cayó fulminado, otros corrieron heridos. El terrorista de Sendero que había estado encañonando a Ricardo lo sujetó del brazo tratando de obligarlo a ir con él. Ricardo se resistió y el otro, ciego de rabia, le disparó en una pierna dejándolo tirado sobre el pavimento. Instantes después Ricardo  fue capturado por la policía, esposado y llevado a Dincote. Se le abrió causa por terrorismo.

En el penal, Ricardo vivía como cualquier otro, salvo cuando volvía de hacerse su tratamiento en el hospital de enfermedades neoplásicas. La última vez que, estando preso, le hicieron el tratamiento, tuve que visitarlo para darle noticias de su caso. No estaba con los demás muchachos que en medio de su drama aprovechaban un día de sol para jugar una "pichanguita" en el patio del pabellón donde vivían, aislados de la población adulta.

Cuando por fin me informaron sobre su paradero, también me dijeron que no se le podía visitar. Insistí. Me comunicaron que de hacerlo, sería bajo mi propio riesgo. Ante tan sorprendente respuesta, volví a insistir y me condujeron hacia un sector aislado donde, en un ambiente más aislado aún, Ricardo yacía en una cama, sobre un magro colchón.  Nadie se le acercaba. Los alimentos le eran alcanzados mediante una mesilla rodante empujada por un palo, y halada con una soga cuando había concluido. Un bañito anexo le permitía acceder penosamente a cumplir sus necesidades. Entré en el cuarto, me acerqué, conversé durante un rato -con una sonrisa invariable recibía  las noticias de su caso y las comentaba con pertinaz optimismo- y tras des­pedirme salí al pasillo. Los custodios no se acercaron a mí y cuando recogí mi carnet, me fue entregado con la punta de los dedos. Para la administración penitenciaria, las dosis de cobalto convertían a Ricardo en Uranio 235 o poco menos, y por efecto de la modernidad, supongo, un nuevo factor de "clasificación" había sido incluido en la normativa penitenciaria: índice radioactivo.

Poco tiempo después de esta visita, se promulgaba la ley que devolvía a los menores a su condición de tales en materia de terrorismo. Aprovechamos la inmediata coyuntura para pedir que la causa de Ricardo pasase al fuero de menores. La Corte Suprema emitió un fallo (allí se encontraba el expediente) y devolvió la causa.

El curioso fallo del supremo tribunal determinaba que Ricardo era inocente y por tanto "se ordenaba su libertad, poniéndolo a disposición del juez del menor y la familia". Ante esta extraña absolución condicionada, la señora fiscal del menor planteó su causa ante la señorita juez. Un buen día, una llamada telefónica de Ricardo nos informó que se encontraba en la fiscalía y que no sabían qué hacer con él. De la fiscal a la juez, ésta se vio ante un dilema que resolvió con rapidez y agudeza: Ricardo estaba preso exactamente dos años y ocho días. Las acciones tutelares contra menores prescriben a los dos años. De modo que cortó el nudo gordiano, aplicó la prescripción, y Ricardo y quienes lo acompañábamos quedamos en la vereda lateral del palacio de justicia, a pleno sol, con frazada, maletín y artesanías penitenciarias incluidas, buscando un taxi. Unas horas más tarde la familia, avisada de este premio mayor de la lotería judicial, lo recogía entre abrazos, gritos, lágrimas, y la sempiterna sonrisa del muchacho. Ricardo pro­­me­tió dar cuenta de su vida cada cierto tiempo y lo cumplió.

A veces llamaba por teléfono, otras venía. En dos ocasiones hizo de rey mago: la primera con unas enormes y brillantes paltas traídas personalmente desde Huarmey (allí había nacido y allí viven sus padres), y la segunda, con un enorme león de peluche, "ópera magna" de su reclusión, concluido cuando ya era hombre libre. En todas las ocasiones, sin embargo, trajo el regalo de su sonrisa y la alegría de su optimismo. Quería estudiar medicina y para ello trabajaba con una hermana, mientras estudiaba para completar su secundaria que fue frustrada por el encierro.

Hacía cuatro meses que no lo veíamos. El 20 de marzo llegó su mensaje de siempre, a través de su hermana.  Esta vez traía la esquela de la misa del mes. Ricardo había muerto en su tierra natal, San Miguel de Huarmey, el 24 de febrero. El cáncer pudo más. Su hermana recordó los últimos tiempos.

"Últimamente le dieron baños de cobalto pero se resintió mucho. Me dijo que así era el tratamiento y que él iba a mejorar y a vivir de todas maneras. El cinco de febrero nos fuimos a San Miguel porque quería celebrar una fiesta. Media fiesta, mejor dicho. La otra media iba a ser el próximo año, porque sería con toros y baile y Ricardo quería traer a un torero. Eso ha sido el 12 de febrero, ese día me ha dicho que en San Miguel siempre muere alguien en febrero y me sacó la cuenta de parientes o amigos que habían muerto en ese mes, otros años. Yo me he regresado ahí no más a Lima. El no ha querido venir. Me dijo que hacía mucho calor en Lima, que allí estaba mejor. Día y noche tenía un ventilador cerca y hasta en la cama. Debe haber sido la quemazón del cobalto, no sé. También me dijo que quería invitarlos a ir, pero con los huaycos pensó que mejor sería el otro año. Nosotros tuvimos que ir a pie un trecho a la ida, y yo igual otro al regreso. Anteanoche soñé con él. Yo le preguntaba qué hacía, cuando yo lo había visto muerto. Me dijo que estaba vivo, que todo era zonceras y que se había de curar".

Después de esto, su hermana me entregó la esquela para la misa.

Frente a lo inevitable puede uno sentir pena y hasta llorar pero ¿qué hacer  frente a los años perdidos de los Ricardos que fueron y son, dentro de una cárcel o en una calle sin poder estudiar o trabajar por causa de nuestro modo social de actuar y de ser? ¿Quién les devuelve los pedazos de vida arrebatados, quién los resarce de esa sinfonía in­conclusa que castra su futuro?

El Perú, ese dulce y amargo país que construimos, sigue viviendo sobre demasiadas cosas inacabadas y sigue comenzando otras que al parecer jamás concluiremos y que inclusive vamos armando y desarmando a un mismo tiempo. La justicia, por ejemplo, esa mano agobia-dora de Ricardos. Parece un sino para todos. Hace años, en la revista Caretas, Mario Campos y yo proyectamos hacer una investigación y una o varias notas sobre  por qué en el Perú no se meten goles. En todos los campos. Es decir, por qué hasta Machu Picchu parece inacabado y siempre nos quedamos con algo pendiente, faltando así sea la aceituna del martini. Por supuesto, nunca concluimos el proyecto. ¿No es cierto Mario?

Ricardo ha muerto a los 21 años. Sus proyectos murieron con él. Pero concluyó dos por lo menos: un enorme león de peluche y, a pesar de su enfermedad, de los maltratos, la prisión y las frustraciones, una imborrable sonrisa.