Adolescencia y violencia
Matilde Ureta de Caplansky*
Un buen diagnóstico sobre el incremento de la violencia juvenil puede evitar que las cárceles se llenen de adolescentes sin que nada mejore. Matilde Ureta de Caplansky plantea -desde el psicoanálisis- importantes ideas, las mismas que son parte de una ponencia recientemente presentada en el congreso que sobre el tema realizó FEPAL en Cartagena, Colombia.
Teniendo en cuenta que la violencia, como la adolescencia, es un tema complejo que tiene múltiples entradas. No pretendemos, en este trabajo, abarcarlas en su totalidad. Nuestra reflexión será general y breve centrándose en tres ejes: 1) Momento histórico; 2) La familia; 3) Escuela, calle y grupo.
Podemos considerar que en este momento histórico la idea de la libertad se ha instalado en varios ámbitos: en las costumbres y el cotidiano, instrumentando una ética individualista y hedonista. Este nuevo tipo de socialización que Gilles Lipovetsky llama, entre otros, cultura posmoderna, se apoya en el predominio de lo individual, en la diversificación extrema de la conducta y los gustos, en el agotamiento del impulso modernista hacia el futuro, en la banalización de la innovación, en la desaparición de la fe en los discursos totalizadores y en la lógica del consumismo, lo que algunos autores denominan "bulimia cuantitativa". Todo esto daría paso a un nuevo tipo de narcisista que es el individuo no comprometido, irreverente y ávido de juventud, provisto de indiferencia, apatía que está produciendo otro tipo de alienación.
Encontramos que, en los países industrializados y en vías de desarrollo como los nuestros, coincide, no por casualidad, con la incorporación del adolescente al mundo del trabajo. Los jóvenes que antes pasaban de la pubertad a ser adultos, ahora sufren, además, con las indecisiones y responsabilidades propias de una sociedad multiforme y paradojal.
Definimos la adolescencia como una etapa de tránsito biológico y psicosocial donde -entre otras características- se reeditan los años previos y donde la persona enfrenta un cambio de rol en el grupo social, además de "tener que" planear un cierto proyecto de vida futura. Entonces la adolescencia será, básicamente, un período de adaptación al mundo adulto, un mundo en el que tendrá serios problemas para insertarse en una sociedad que no sabe qué hacer con ellos. Esto genera, obviamente, serias dificultades para los jóvenes, que deben adecuarse a un mundo previamente estructurado, que no cuenta con ellos y que no los llama a formar parte de él. Estas características se tornan aun más dramáticas en los sectores populares, en donde el tema del desempleo es grave.
No creemos forzada la hipótesis que toda la situación descrita genera sentimientos de dolor, frustración y violencia. La violencia es una parte intrínseca al género humano que se incrementa según los estímulos a los que está expuesto el individuo. En el caso de Lima, siempre ha habido violencia pero en los últimos veinte años se ha acentuado sobremanera.
Cabe mencionar, asimismo, que existe también una violencia cotidiana, que va desde prender un cigarrillo sin consultarle si le molesta a la persona que tenemos enfrente o ir a más de 100 kilómetros por hora no precisamente por vías expresas; esto para no hablar de la coima, el robo, secuestros al paso, sicarios, abusos sexuales, incestos y asesinatos. Esta violencia extrema forma parte de nuestro imaginario ("radical" en términos de Castoriadis), con ella vivimos a diario "como si fuese" normal, habiendo perdido la capacidad de indignación y reacción más enérgica frente a lo que está ocurriendo y, obviamente, esto también le ocurre a niños, niñas y adolescentes.
Podemos decir entonces que si la violencia ha aumentado y se ha generalizado en la juventud, esto no es sino el reflejo de un aumento del nivel de violencia de nuestra sociedad en su conjunto y que en nuestra realidad se añade el hecho de estar tratando de salir de un período de guerra interna, entre otros factores.
En este contexto, la crisis de identidad -propia de la etapa- sumada a la falta de paradigmas, perfilará un adolescente indeciso y temeroso, lo que puede desembocar en una situación de confusión, y ante ésta, los grupos son una alternativa efectiva. El dicho Dios los cría y ellos se juntan nunca pareció tan cierto: los adolescentes en busca del placer, haciendo gala de su "bulimia cuantitativa" y obedeciendo a un discurso ético que postula "sin obligación, sin sanción". De ahí a la violencia ya no existe ningún paso. Tenemos un joven que prefiere un arquetipo de éxito, vinculado al exhibicionismo y la violencia, dando como resultado un individuo que disfruta con el goce hedonista de la misma.
Mientras vivas bajo mi techo
Ciertamente el ambiente familiar no está ajeno a lo antes descrito. En gran parte de este ámbito el maltrato físico y psicológico es lo normal. Al maltratar a sus hijos los padres repiten su propia historia, ya no como víctimas sino como victimarios. Por lo general los padres, sea como antesala a una exigencia o como justificación de un golpe, sacan en cara a sus hijos, con una mezcla de envidia y reproche, el haber sufrido muchísimo más. Los castigos infligidos aparecen entonces como leves y sin mayores consecuencias, incluso llegan a considerarse recursos pedagógicos y formativos. En nuestro país el sadismo está legitimado como castigo (Portocarrero, G., 1993).
Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo te ordeno, parece ser la consigna de dos mundos divididos: Padres - Hijos. A este nivel se dará, entonces, la violencia intrafamiliar. Como se dijo, la violencia se filtra en todos lados y también se da en las mejores familias.
Tenemos además que, en el ámbito público, la escuela tampoco es un espacio adecuado para la formación del joven, ahora son más las personas que reciben educación, pero el nivel ha descendido considerablemente. La calle resulta "más propicia" como espacio de integración y diversión. Antes, la calle era un espacio formal con reglas establecidas, ahora pasa a ser un espacio informal, de competencia, donde el habitante tiene que sobrevivir.
Como resultado la calle se convierte en un espacio de información. Los niños ya no aprenden valores en la escuela sino en la calle, en tanto ésta se ha convertido en un espacio de socialización masivo en donde uno se encuentra con todo tipo de personas que, en lugar de transitar, están y viven en la calle como hogar.
Desde otro eje, podemos decir que nuestra sociedad ha dado un giro impresionante en tan solo treinta años. Actualmente se habla de una época mediática. Los medios masivos influyen en la formación del sentido común, del imaginario del público, de las expectativas e ilusiones. Presentan imágenes de jóvenes delincuentes, violentos, amantes de las drogas, una imagen fragmentada y estereotipada, y hasta un punto alarmante idealizan la imagen del antihéroe.
En este contexto, frente a un sentimiento de inseguridad y de ansiedad, el adolescente buscará ubicarse dentro de un determinado grupo que comparta con él características comunes. El grupo superará los sentimientos de debilidad e inferioridad que se presentan durante el proceso de la identidad. Es interesante la descripción que hace R. Kaës de cómo el grupo se convierte en un referente "grupo madre", que se usa como contenedor y espacio de elaboración intrapsíquica de los participantes. El adolescente siente que no hay nada que no pueda hacer en grupo, mientras que solo se siente desgraciado, oprimido, confundido interna y externamente.
El grupo-madre funciona como contenedor, y una posible prueba de esto lo encontramos en las clases populares con el tema de las pandillas y las barras bravas. Las pandillas encuentran su centro de acción en las calles. Buscan institucionalizar como propios espacios como la esquina de la cuadra, el barrio, la playa, etc. El honor de la pandilla será un elemento que deberá defenderse, incluso, con la propia vida.
Epílogo
El narciso adolescente posmoderno (G. Lipovetsky) reflexiona, enamorado de sí mismo, sobre su propia fragmentación polifacética en un proceso circular y caleidoscópico que no busca ni encuentra punto de apoyo fuera de sí mismo.
Esta circunstancia nos lleva a pensar que las bases del discurso ético también han variado. Se trataría actualmente de una ética no fundamentada, disociada de obligaciones y esperanzas de recompensa en un contexto que idealiza el éxito, el placer, la felicidad egoísta, y la violencia y cuyo lema básico sería "sin obligación ni sanción".
La desaparición de las antiguas garantías del orden, propias de todo sistema vivo, de lo humano, es el elemento básico de las disfunciones que caracterizan esta crisis multidimensional a la que todos debemos sobrevivir. Mientras, como mecanismo defensivo, regresamos a construir seudas garantías de sobrevivencia, se crean nuevos dioses, se da un recrudecimiento de totalitarismos y una idealización de la violencia y de la muerte.
A.V., 23 años, ha estudiado computación y publicidad. Actualmente está buscando trabajo. Algunas de sus respuestas:
¿Tú lucharías por los cambios?: No, para qué, si igual nada cambia.
¿Te afecta (la violencia)? Un poco, me gustaría ser violento con ciertas personas... bailar marinera sobre su cuello.
¿Y por qué te atrae la violencia? ... es un modo de hacer algo con menor censura, si hay harto sexo en los kioskos, ¿por qué no una bala atravesando una cabeza?
Entonces ¿qué (es sinónimo de progreso)? Asaltar un banco.
(Gamarra, L., Márquez, L y Sánchez T., 1998)