ENSEÑAR - APRENDER: ¿CÓMO SE HACE?
Bases psicosociales para
construir capacidades en primaria y secundaria
Leonor Chávez-Ferrer / Daniel
Giannoni
Integrar las visiones de un filósofo-fotógrafo (Daniel
Giannoni) y la de una psicóloga-educadora (Leonor Chávez) para reflexionar
sobre la enseñanza y el aprendizaje de hecho resulta original y prometedor; más
aun, si quienes lo hacen -a partir de nuestro especial sobre educación de
junio- comparten en la vida real los roles de pareja y padres.
Cualquier
consideración sobre algún tema humano presupone, explícita o implícitamente,
una toma de posición respecto a la pregunta ¿qué es el hombre? La cuestión
educativa es particularmente sensible al contenido de la respuesta. Así, por
ejemplo, en los años en que la psicología científica echaba sus raíces, se
manejaba la idea que el hombre era una materia susceptible de ser modelada
íntegramente por los factores externos socialmente presentes. Los educadores debían
considerar la mente de sus alumnos como una tábula rasa en la que podían escribir los caracteres que
creyeran importantes; la conducta podía pues ser predeterminada y educar se
reducía a poder instrumentalizar los medios que asegurasen la respuesta esperada.
Las
consecuencias de esta equivocada concepción del hombre aún no han desaparecido.
Y esto lo decimos a pesar de tener presente que los avances de la psicología
genética ya hace muchos años que han tratado de desterrar el error, haciéndonos
ver cuánta actividad se libra al interior de los procesos intelectivos, cuán
atentos tenemos que estar a la madurez de los mismos, cuánto tenemos que
adaptarnos a ellos y no hacer lo contrario, esto es, adaptar a los educandos a
nuestros planes. Pero lo que llama la atención es que todos estos avances se
quedaran en las conferencias de los especialistas y, en la práctica, no
llegaran a las aulas. Pareciera que en este mundo moderno, tan marcado por los
avances de la ciencia y la mediación omnipresente de los recursos técnicos,
resultara casi imposible resistirse a la tentación de aplicar por doquier las
interpretaciones instrumentalistas. ¿Cómo vamos a entendernos si no es como nos
sentimos? Pues nos sentimos frutos de una sociedad mecanizada, en la que todo
es susceptible de ser medido, para ser usado.
De este
modo, nuestras instituciones educativas han hecho suyas un vocabulario afín a
esa visión. Se habla de formar, de metodologías, de aprendizaje, de
entrenamiento, de técnicas de memorización, de rendimiento, de disciplina, etc.
Pero también se han asimilado prácticas que transforman los centros educativos
en centros de instrucción en los que la ansiedad permanente de los profesores
es cumplir con transmitir, vía repetición, los contenidos de un programa que los
alumnos deben también repetir. En la práctica, aprender se reduce a repetir.
Sin
embargo, por fortuna, no es ésta la única visión posible del ser humano.
Abundan las evidencias que señalan la complejidad del ser humano en el sentido
de su constitución. No somos sólo fruto de los estímulos del exterior. Somos
también producto de una carga genética que marca desde un principio nuestra
manera de responder al mundo exterior. Tenemos además la marca de la especie en
el tiempo y repetimos cada uno en nuestro desarrollo los pasos de la evolución.
Pertenecemos, además, a una cultura determinada que nos constituye tan
profundamente como una segunda naturaleza, y que como tal se coloca no desde el
mundo de los estímulos sino ante ellos como modo de sensibilidad. Finalmente,
cada uno de nosotros es una historia personal, única e irrepetible, tan
complejamente tramada que sólo con suerte podemos ligeramente desviar de su
curso inercial.
Educar,
desde esta visión, no puede ser limitarnos a poner contenidos en un recipiente;
ni mucho menos modelar la arcilla blanda. El educador deberá primero ser capaz
de observar, diríamos mejor, de contemplar esa unicidad compleja que es cada
alumno y de preguntarse en cada caso, cada vez, cómo producir el milagro de
influir positivamente en él.
Esta
influencia positiva es el sentido de toda verdadera educación. No se trata
tanto de poner como de quitar. Así como el escultor puede ver en la materia,
digamos el mármol, la forma latente de su idea plástica, e ir con los golpes de
cincel quitando esa materia de más que estorba la aparición de la forma
concebida, así también el educador, con su influencia, puede ir reduciendo los
obstáculos que impiden que florezcan las potencialidades de los alumnos. Es
verdad que muchas veces esto se traducirá en transmitirle conocimientos, pero
no porque los conocimientos tengan valor universal en sí mismos, sino porque el
desarrollo de los humanos está íntimamente ligado a la relación interpersonal
que enriquece. Así como la madre, por una felicísima coincidencia, tiene justo
en su cuerpo el alimento que el bebé requiere, así también sucede que muchas
veces encontramos en los demás los elementos que nos hacen falta para
comprender o incluso solucionar situaciones problemáticas. Es así como el
enigma que es para cualquier analfabeto el mundo de los signos escritos, es
felizmente resuelto por aquel que los explica, cuando aprendemos a leer. Pero
lo que da a esta experiencia su carácter educativo es el misterio que está
antes de la solución; el misterio que crea la tensión dinámica que llamamos
"deseo de aprender" y que transforma lo que nos rodea en bueno o
malo, según le favorezca u obstaculice. Es en este sentido que el que enseña a
leer quita, pues elimina las barreras que el pensamiento encontraba cuando se
enfrentaba a los caracteres escritos. Pero preguntémonos ahora ¿qué pasa cuando
los conocimientos llegan sin ser deseados? Simplemente la magia del aprendizaje
desaparece; el maestro deja de ser el que ilumina el camino y se transforma en
un generador de dificultades. Los conocimientos mismos pierden su valor
alimenticio y se convierten casi en materia inerte, cajas vacías o cartas que
llegan a nuestras manos sin ser nosotros los destinatarios. ¡Qué delicada es la
labor educativa! Una misma acción puede ser tanto positiva como negativa
dependiendo de factores físicamente invisibles, pues el mundo interior de las
motivaciones de los alumnos sólo se descubre cuando se está muy cerca de ellos;
cuando la relación con ellos es fuerte y positiva.
Si queremos
un verdadero cambio que mejore la calidad de la enseñanza, tenemos que entender
que lo importante no es tanto el contenido como la forma, no es tanto qué se
enseña sino cómo se enseña. Y no pensamos aquí en técnicas pedagógicas, sino en
el desarrollo de un sentido fino que permita percibir al alumno en su
individualidad y valor. Y además, que nos mantenga atentos a cuidar la relación
que establecemos con él. Esto es lo único que queda en la experiencia
educativa. Lo único que no se lleva el viento ni se olvida en la memoria. Es
además lo único que tiene sentido de oportunidad, porque con los contenidos no
importa tanto cuándo se adquieren. Es más, si miramos hacia atrás veremos que
muchas cosas las aprendemos de adultos, mucho más rápido y más efectivamente que
cuando somos niños. Pero lo que no podemos adquirir en cualquier momento es
nuestro amor por aprender. Esto se da sólo en las experiencias iniciales,
cuando la frescura de la vida deja su huella. Y depende sustantivamente de cómo
hemos sido acompañados. Un maestro que establece una buena relación con el
alumno se pone de su lado en el aprendizaje. Comparte con él la alegría natural
que da el saber; lo alienta a seguir avanzando; no lo marca en sus
limitaciones, sino en sus logros. Esa imagen de haber crecido con alguien es la
que queda; y es también como un reservorio de energía de donde tomamos fuerzas
para seguir esforzándonos.
Si buscamos
bases para construir capacidades en la escuela, aquí tenemos una.
Así como la
buena relación maestro-alumno es importante en la escuela, en una esfera más
amplia, la social, es de suma importancia la creación de vínculos tanto para
que arraiguen como para que proyecten al individuo hacia su comunidad. Veamos
ambos aspectos:
- Los
vínculos de arraigo son fundamentales, pues una parte importante de nuestra
personalidad es el sentido de pertenencia a una comunidad y una historia. Estos
vínculos son tanto más necesarios cuanto las unidades de referencia son más
complejas. Así, es más difícil sentirse arraigado en una gran ciudad que en una
aldea; más difícil en la ciudad que en el campo. Pero aunque difícil sigue
siendo necesario, pues la cuestión de la identidad está de por medio. Una
identidad no asumida o mal conocida vicia las posibilidades de desarrollo de la
persona, simplemente porque le quita el ingrediente de autenticidad, tan
importante en el despliegue del Sí-mismo.
- Los
vínculos de proyección son los que le dan sentido al aspecto activo de la vida.
Un aprendizaje sin proyección es incompleto. La proyección por supuesto incluye
el presente como el futuro, porque el alumno así como puede anticipar
mentalmente su futuro laboral, por ejemplo, también puede tener conciencia de
la repercusión que su conducta presente tiene sobre su entorno inmediato: por
ejemplo, si cuida o no las áreas verdes cercanas a su casa, si se divierte
matando a los pocos pajaritos que le quedan a la ciudad, o si más bien los
protege cuando uno llega herido a su patio.
Ambos tipos
de vínculos se complementan cuando tenemos en mente capacidades tan importantes
en el desarrollo humano como el sentido cívico, la solidaridad, el respeto a la
ley y a los derechos humanos, la valoración de la tradición y de la historia,
etc. La pregunta evidente y eterna es qué podemos hacer para asegurarnos que el
proceso educativo traiga consigo estos resultados. La respuesta no es fácil.
En primer
lugar, hay que tener presente que estamos en un ámbito que desborda la esfera
escolar. Podemos pedir que los maestros sean de esta manera u otra, pero ¿cómo
podemos controlar las variables psicosociales? Lo que le sucede al chico fuera
de la escuela es, en este ámbito, tanto o más importante que lo que pase
dentro. Así, si sus padres tienen o no trabajo o si se sienten a gusto en el
trabajo; si pagan a conciencia sus impuestos o si hacen todo lo posible por
evadirlos; si participan en actos políticos o si simplemente critican lo que
los políticos hacen; si viven los preceptos de su religión o si sólo cumplen el
ritual en momentos críticos; esto, del lado de los padres. Pero también los
aspectos comunitarios más amplios influyen: si las formas de sensibilidad
tradicional están presentes y son apreciadas o no (la música y el baile, por
ejemplo); si el patrimonio histórico-cultural es protegido y difundido o no; si
los gobernantes y legisladores actúan moralmente o si sólo predican un deber
ser ante el público y en su vida privada aprovechan su posición para beneficio
propio, etc. Todo esto influye también fuertemente en el desarrollo de
disposiciones cívicas y comunitarias.
De todos
modos, en este terreno tenemos que asumir que estamos más allá de las
habilidades y conocimientos; estamos en el mundo de los valores. Y si los
valores se pudieran enseñar, transmitir como se enseña matemáticas y lectura,
el mundo sería otro. En este campo lo más que podemos hacer es primero conocer
la dinámica del aprendizaje moral, para luego influir en la medida que es
posible.
La
experiencia nos enseña que los niños y jóvenes adquieren valores básicamente
por imitación de la conducta de las personas que toman como modelos. Esto ya
nos da una pauta. Pero sabemos también que son particularmente sensibles a la
coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. En este punto el ámbito
escolar juega un rol que puede llegar a gravitar en sus consecuencias sociales.
Nos referimos a lo siguiente: el joven sabe que la sociedad de los adultos
tiene por altos valores morales y cívicos el respeto a los derechos humanos, la
libertad, la dignidad, la solidaridad; sabe que se alaba la creatividad, la
iniciativa; que se reclaman las formas y espíritu de la democracia. Pero no
decimos ¿qué ve? sino ¿qué vive, qué es más importante, en su escuela? La
verdad de las cosas es que en la escuela se vive un mundo casi al revés de lo
que se entiende que debiera ser el mundo ideal de los adultos. Por ejemplo, las
formas del poder escolar son, si no dictatoriales, por lo menos oligárquicas:
uno o muy pocos deciden todo. ¿Qué decide un alumno?, ¿en qué se le consulta?
Se habla de iniciativa, pero ¿cómo se canaliza la iniciativa del joven si
prácticamente todas las horas están ya establecidas para que él haga lo que se
ha planificado que haga? Se habla de respeto a los demás, pero las normas y
costumbres disciplinarias muchas veces hacen pagar a justos por pecadores,
humillan innecesariamente, hieren en la dignidad, impiden el derecho de
autodefensa, etc.
Si queremos que los jóvenes contribuyan a forjar esa
sociedad ideal debemos hacer de la escuela una sociedad en pequeño, una especie
de probeta en la que se ensaye lo que se quiere para la realidad social mayor.