Madelaine
Eduardo Calmet
No es hoy nada frecuente sentir admiración por
alguien hasta el punto de querer confesarlo públicamente. A Eduardo Calmet,
experto en Derecho Penal y Penitenciario, hoy abogado de la Comisión Ad Hoc de indulto,
le sucedió con Madelaine Waterlle, una agente pastoral que dedica su vida a los
que perdieron la libertad, y, en especial, a lograr que la recuperen.
Conocí a la hermana Madelaine a fines de 1976. Yo
trabajaba aquel año en el departamento legal del establecimiento penal de
Lurigancho.
No se crea que por aquellos días llegar al penal era
fácil. Sólo se contaba con una línea de autobuses pequeños, destartalados e
incomodísimos, y que bordeaban a paso de tortuga infinidad de cerros. El viaje
duraba más de una hora, y transcurría entre sacudones, apretaderas y polvo.
Eran los tiempos de la Junta Militar, y se encontraba
vigente la Ley 4891, del 18 de enero de 1924, que castigaba con arrestos de 30
días como mínimo y 60 días como máximo a los vagos. Eran considerados como
tales aquellos individuos que, careciendo de bienes y rentas, no ejercían
profesión, arte ni oficio, no tenían empleo u ocupación lícita ni otro medio
legítimo o conocido de subsistencia. Asimismo, la carencia de domicilio fijo y
propio era presunción de vagancia, aun cuando no concurrieran las
circunstancias antes mencionadas.
En el departamento legal se trabajaba sobre todo con
inculpados, pero le pedí a nuestro jefe, el doctor Segundo Díaz, que me
permitiera encargarme de los casos de vagancia, en especial los de aquellos
cuya reclusión hubiese excedido los plazos establecidos en la ley.
Mi primer encuentro con la hermana Madelaine se
produjo por un caso de vagancia. Ella nos dijo que en sus visitas a los
pabellones del establecimiento había conversado con un muchacho abandonado a su
suerte a quien nadie iba a ver, y que le confesó estar preso más de cuatro
años.
Entrevistado dicho joven, cuyo nombre el tiempo ha
borrado, nos relató que cuatro años antes, cuando se encontraba con unos amigos
en uno de los cerros de El Agustino, ingresaron en una fonda donde comieron y
bebieron a satisfacción; pero en el momento de pagar la cuenta, tomaron las de
villadiego, realizando lo que criollamente conocemos como "perro
muerto".
Todos escaparon, menos él. La policía lo detuvo y,
como no tenía documentos, fue internado en la Carceleta como vago. Nada se
sabía de su situación; más aún: no había comparecido ante ningún juez o
autoridad. El caso era complejo, pues ignorábamos en qué lugar se encontraba su
causa. Pero no contábamos con la tenacidad y energía de Madelaine.
Pasadas algunas semanas, un día la vimos ingresar
sonriente en nuestras oficinas diciendo que después de mucho caminar y mucho
buscar, había encontrado el expediente bajo una ruma de papeles, en un Juzgado
de Paz del Cerro de San Pedro.
La noticia de un joven que había permanecido recluido
tantos años por vagancia fue explotada por el periodismo; inclusive hubo algún
matutino que se atribuyó el descubrimiento de esta grave irregularidad judicial,
cosa que no era cierta. El mérito fue sólo de la hermana Madelaine, quien nunca
volvió a comentar el éxito de su gestión.
Llamado a ocupar otros cargos burocráticos, dejé de
frecuentar a Madelaine; sólo la veía cuando visitaba el penal de Lurigancho
durante mi gestión como inspector general de Penales.
Una de las actividades que ella realizaba en la
década de los ochenta, además de asistir a los internos, era la del reparto de
presentes a los hijos de éstos durante las fiestas navideñas, labor que en
alguna oportunidad contó con el apoyo de mi hermana Rocío.
La rueda del tiempo giró muchas veces. Dejamos el
Instituto Nacional Penitenciario en 1991, y no volvimos a ver a la hermana
Madelaine hasta la primavera de 1996, cuando nuevas labores en la Defensoría
del Pueblo nos llevaron al penal Miguel Castro Castro. Los años habían pasado
para los dos, pero anímicamente ella no había envejecido. Siempre sencilla,
alegre y servicial.
La hermana Madelaine es una defensora de las causas
justas, y su espíritu sereno se mueve permanentemente entre la desesperanza y
la angustia imperantes en una cárcel. En ella se materializan aquellas palabras
de Jesús en el Evangelio citadas por Juan Pablo II en un mensaje a los
reclusos: "Venid a mí todos los que estáis cansados y yo os
aliviaré".
En dicho mensaje encontramos otras palabras del Santo
Padre a los internos pidiéndoles "paciencia en la tribulación, ser
solidarios para desear y hacer el bien con quienes comparten el dolor de la
prisión y la lejanía de los seres queridos". Quizá el Sumo Pontífice no
sabe que una pequeña y frágil hermana de nacionalidad francesa hace realidad
diariamente ese pedido llevando consuelo y optimismo a aquellos que, habiendo
perdido su libertad, encuentran en la fe la fuerza necesaria para vivir.
Madelaine Waterlle nació en Argentina, de padres
franceses. A los dos años de edad fue llevada al país de sus padres, donde
ingresó siendo aún muy joven a la Congregación Hijas de la Misericordia. Llegó
al Perú hace más de treinta años, durante los cuales se ha dedicado a llevar,
como ella misma lo dice, "un mensaje de luz, aliento y esperanza a
nuestros hermanos presos".
Nada ha podido hacer que cambie. Ella continúa
viviendo con gran humildad, junto a otras hermanas de la Orden Marista, en una
casa ubicada en uno de los cerros de Canto Chico. Pero cuenta con una riqueza
espiritual tan grande que sólo es comparable con su fe en Dios, cuyo mensaje
divino transmite todos los días, en palabras y hechos.
La hermana Madelaine ha recibido este año, junto con
las hermanas maristas Ana Marzolo y Ellen Conway (hermana Pedro), el Premio
Nacional de Derechos Humanos "Ángel Escobar Jurado", otorgado
anualmente por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Este premio se
concede como un reconocimiento a aquellos que han cumplido labores meritorias
en este campo.
Sin embargo, no creo que este hecho le importe mucho,
pues continuará dedicando toda su atención a las necesidades de sus hermanos
privados de libertad, y la veremos muchos años más recorriendo lentamente los
caminos llenos de tierra cercanos al penal Miguel Castro Castro, con su hábito
celeste y sus sandalias de monja.
En un cuento llamado "El
príncipe feliz", el escritor irlandés Óscar Wilde relata que Dios le pidió
a un ángel traer lo más valioso que encontrase en la tierra. Si ese pedido se
repitiese hoy día, el ángel quizá le llevaría las sandalias con las que esta
menuda religiosa recorre los tristes y cerrados corredores del penal llevando
ayuda y consuelo a aquellos que han perdido todo menos la esperanza.