EDITORIAL

EL SER HUMANO

       Los seres humanos somos iguales y únicos. Compartimos una naturaleza común, pero "tú y yo" somos únicos. ¿No es ese el fundamento de los derechos humanos? Derechos de todos (universales), por encima de cualquier consideración personal o circunstancia, asociados indesligablemente de mi sola condición humana. Creer en los derechos humanos es creer en el ser humano.

Pero creemos en el ser humano no sólo por la naturaleza que nos hace iguales y que nos distingue, sino por lo que somos capaces de hacer como buenos seres humanos. Y, de hecho, históricamente hemos demostrado que podemos hacer ¡maravillas!. Hay huellas por todas partes y de toda clase. Pero las hay también de las barbaridades y atrocidades que hemos sido y somos capaces de cometer. Decir que el ser humano es capaz de lo mejor pero también de lo peor, es ya un lugar común. Y la dualidad la experimentamos –gozamos y sufrimos– en carne propia durante toda nuestra vida y cuando menos lo esperamos.

Es esta idea la que queremos expresar: creemos en el ser humano, pero no somos tan creyentes ni tan ingenuos para no darnos cuenta de todo lo perverso que somos capaces de ser y hacer. Lo sabemos, pero, finalmente, nuestro balance es positivo, nuestro voto a favor y apuntamos a extraer lo mejor de nosotros mismos.

A propósito del 50 aniversario de la Declaración: el concepto de derechos humanos ha llegado no sólo a los 50 sino al cambio de milenio, y ha llegado vigoroso y hasta arrasador, pues está en boca de todo el mundo y en toda agenda; los derechos humanos son parte de la moderna globalización. Es cierto, pero la concepción contraria también está ahí, robusteciéndose y alimentándose a diario de los hechos y de argumentos aparentemente sofisticados y seductores. No es, pues, un debate concluido y mucho menos una pelea ganada en la que la suerte ya esté echada.