Por qué estoy en contra

Henry Pease García

Expresé mi desacuerdo, el 15 de octubre, cuando se propuso que el Congreso autorizase a los presidentes de los países garantes a tomar una decisión vinculante en el marco del Protocolo de Río de Janeiro, el fallo de Dias de Aguiar y los pareceres u opiniones jurídico-técnicas. Sostuve y sostengo:

1. Que esto era un arbitraje, aunque lo llamen de otra manera, y todo arbitraje tiene un margen de discrecionalidad, hasta si se le denomina arbitraje jurídico. Recordé varios ejemplos en que el Perú se opuso a los arbitrajes, inclusive recientemente en el caso de los pareceres u opiniones jurídico-técnicas. Luego, releyendo a Alberto Ulloa, veo que desde el arbitraje del Presidente Coolidge sobre Tacna y Arica se justifica esta tradición diplomática peruana.

2. Todo arbitraje tiene un margen de discrecionalidad que es la interpretación que hace el árbitro al aplicar la ley, los tratados, etcétera. Si no fuera así, no existirían ni árbitros ni jueces. El Perú no ha tomado ni un metro cuadrado de Ecuador y, por tanto, nada tiene que devolver en territorio y menos en otras concesiones, salvo que se quiera premiar la política que incumple tratados e invade al vecino.

Pregunté expresamente por el territorio ubicado entre los hitos Cuzumaza-Bumbuiza y Yaupi-Santiago, así como por Tiwinza, donde se especulaba la posibilidad de entregar algo similar al Chinchorro de Arica, explicable porque fue antes territorio nuestro, que no es el caso actual.

Ahora compruebo que el margen de discrecionalidad negado por el canciller ha permitido que nos obliguen a entregar un área similar al Centro de Lima (Lima cuadrada o centro histórico), 100 Ha o 1 km2, en propiedad privada al Gobierno del Ecuador, terreno por el que murieron nuestros soldados y en el cual veremos izada la bandera de Ecuador, premio a un acto que rechazan todos los países civilizados: romper tratados y penetrar por la fuerza militar, cuando los límites estaban en el Protocolo.

Pero, además, no es cierto lo que nos dijo tantas veces el Gobierno, desde mayo: que los pareceres nos daban toda la razón. No fue así en el caso de Cusumaza-Bumbuiza y Yaupi-Santiago, donde perdemos alrededor de 34 km2 sobre lo que oficialmente era nuestra Carta Nacional, aunque ahora digan que no era así y sólo era algo espectaticio. Nunca gobierno alguno interpretó así nuestra frontera, menos tras el Protocolo que ya nos costó importantes concesiones territoriales a Ecuador.

3. Que tomar esta decisión, por estar vinculada al Tratado de Comercio y Navegación, así como al Acuerdo de Integración, hacía que el Congreso abdicara de su función de aprobar los tratados "tras la firma de éstos", con lógica ratificatoria y apreciando la opinión ciudadana. Es obvio que el Congreso anunciaba que cumpliría con la formalidad de votarlos después, pero no podría cumplir con el fondo del asunto, pues si no aprueba alguno de ellos saltaría todo por el aire. Por eso cuando vengan los tratados la alternativa real del Congreso será sí o sí.

4. Que el Congreso, al aprobar precipitadamente esta resolución, está atentando contra la más elemental participación ciudadana, ya que la opinión pública desconoce casi todo, los parlamentarios conocemos a medias y no tenemos tiempo de auscultarla, con lo cual es imposible que cumplamos la función representativa que debe expresar a la opinión ciudadana en vez de sustituirla.

Estamos ante hechos consumados. La ciudadanía rechaza por mayoría el acuerdo tomado a sus espaldas. Hay seis muertos en Iquitos y todo ese pueblo se siente marginado de la Patria.  ¿Somos o fuimos belicistas alguna vez los peruanos? No: queremos la paz, pero ésta se basa en la justicia, en el derecho que aquí en el caso de Tiwinza ha sido violado, porque esa donación sale del marco del Protocolo y entra en el campo de la arbitrariedad.  Podríamos aceptar las otras situaciones pero sin mentira, sin que nos digan que no perdemos nada de territorio, pues sobre éste se hizo arbitraje, ese que no quisimos autorizar por los precedentes que nos tocan.

Estoy seguro de que habíamos avanzado mucho hasta la renuncia del canciller Ferrero, aunque fue él quien aprobó los pareceres jurídico-técnicos. Es que hasta allí podía ser válida la concesión para posibilitar la paz, pero lo de Tiwinza cambia las cosas y, en mi opinión, algunos problemas de los tratados también.

Puedo concordar con muchas de las iniciativas de los tratados, pero, ciertamente, exceden de lejos lo establecido en el Protocolo. Sólo quiero plantear desde ahora una cuestión central sobre ambos.

Ecuador ha tenido como objetivo estratégico fortalecer y consolidar su presencia en la cuenca del Marañón, y lo ha conseguido con este tratado. No están precisados los objetivos estratégicos del Perú, ni existe un Plan de Desarrollo de la Amazonia, porque el centralismo y la falta de planificación hacen que los gobiernos no vean más allá de los árboles, no entiendan el bosque.

El sentimiento loretano lo dice con intuición largamente comprobada. Los peruanos del oriente están solos, abandonados, con un Estado que los desprecia y los margina. Los ecuatorianos están apoyados por su Estado; éste invierte y ya ha hecho mucho en el plan de carreteras ahora acordado. Tiene mayor población en la frontera y está preparado para dominar económica y culturalmente.

Aquí ni siquiera se ha querido debatir al respecto; ni siquiera se ha querido, en los meses previos, preparar el terreno concertando en Loreto medidas que favorezcan su desarrollo e impulsen a tomar la integración como un objetivo positivo.

Sin duda, al cumplirse estos tratados, desde cualquier parte del Ecuador será más fácil llegar a Iquitos que desde Lima, porque hay determinantes geográficos. Pero esa no es la única inquietud de los peruanos de la Amazonia: es una preocupación cultural, económica, comercial, administrativa, de comunicaciones, etcétera.

Sostengo que había otra manera de hacer las cosas: la democrática, respetuosa de los derechos de la ciudadanía y de sus sentimientos. Había más amplias alternativas sin apresurar y personalizar las relaciones; lo muestra el valiente canciller Ferrero con su actitud, y lo explica el sentido común.

Es una falacia la disyuntiva que repite el Gobierno: acepten esto o conviértanse en enemigos de la paz. Es una infamia lo que, según César Hildebrandt, el jefe del Ejército hace contra él calificándolo como traidor a la patria ante los oficiales. Otra vez la polarización y las exageraciones sirven a los juegos del poder, pero para atrofiar las potencialidades ciudadanas y las esperanzas del Perú –y ciertamente también del Ecuador, que no es distinto de nosotros ni en su destino ni en su drama de hoy–.

Ojalá que, a pesar de todo esto, la paz resulte viable a largo plazo.

*          Congresista de la República.