¿Y DÓNDE ESTÁN LOS DE DERECHOS HUMANOS...?

Carlos Basombrío Iglesias

¿Y dónde están los de derechos humanos?, es una frase repetida cada vez más frecuentemente cuando ocurre un abuso de cualquier signo. Muchas veces se la usa como reclamo por una aparente falta de prontitud en la reacción, pero, leída de otro modo, deja constancia de que en el Perú se ha logrado construir una perspectiva de derechos humanos frente a los problemas de la población. Ese es, quizá, el resultado más importante que puede reivindicar como suyo el amplio movimiento de derechos humanos que hoy existe en el país.

 

Con orgullo, y hasta vanidad, los peruanos involucrados en el trabajo de los derechos humanos estamos acostumbrados a recibir la mar de elogios cuando explicamos a amigos de fuera las características de la experiencia peruana en este campo. Este artículo busca dar cuenta, esquemáticamente, del porqué de esas expresiones.

¿De quiénes estamos hablando?

Dada la universalidad del tema de los derechos humanos, en un sentido extenso se puede decir que toda persona o grupo de personas que se plantean hacer algo por mejorar la condición de la especie, en cualquier campo, están luchando por los derechos humanos. ¡Y es cierto!

A su vez, usar esa definición para hablar de un "movimiento por los derechos humanos" haría imposible singularizarlo. En ese sentido, voy a usar una definición intencional y arbitrariamente estrecha. Voy a referirme de manera exclusiva a aquellas organizaciones que tienen una definición expresa en su mandato de trabajar por los derechos humanos. Y en el Perú, la inmensa mayoría de esas organizaciones están vinculadas, sea a la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, sea a la Red Peruana de Educación de Derechos Humanos y la Paz.

Para los fines de esta reflexión, estoy hablando, pues, de un universo de aproximadamente cien organizaciones surgidas desde la sociedad civil y extendidas en casi todo el territorio nacional.

Se puede decir, gruesamente, que las organizaciones de derechos humanos empezaron a formarse en el Perú a consecuencia de la violencia política de los años ochenta, como una respuesta al drama de una población
–inocente y ajena al conflicto– afectada por los horrores cometidos tanto por Sendero Luminoso y el MRTA como por la guerra sucia desatada por el Estado en respuesta.

La naturaleza de las organizaciones de derechos humanos es muy variada. Lo es, en primer lugar, por su origen y composición. Hay, así, muchas que surgen y se definen en función de su vínculo con las iglesias cristianas, las más de las veces la católica (ejemplos destacados son las vicarías del sur andino), pero también las evangélicas. Hay otras que surgieron a partir de convocar a sectores representativos de la población para conformar una plataforma común de defensa de los derechos humanos (CODEH Ica y CODEH Pasco, dos ejemplos importantes).

Hay otras que se organizan a partir de las víctimas de uno u otro lado del conflicto (la Asociación de Víctimas del Terrorismo y la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos en zonas de Emergencia, por ejemplo). Otras expresan la preocupación de un gremio o de un sector de la población por el tema de los derechos humanos (por ejemplo, la Oficina de Derechos Humanos del Periodista o la Asociación Negra Pro Derechos Humanos); finalmente, están aquellas de carácter más profesional y especializado, que adoptan la forma de organizaciones no gubernamentales y tienen usualmente una proyección nacional (por ejemplo APRODEH,
CEAPAZ o IDL).

A ellas se suman instituciones y organizaciones que, sin tener a los derechos humanos como la razón de su existencia, se vinculan principalmente con estrategias de educación y promoción de los derechos humanos (los colegios Fe y Alegría, por ejemplo, una de las organizaciones líderes de la Red Peruana de Educación).

Las organizaciones del movimiento de derechos humanos son también diferentes entre sí por el tamaño y complejidad de sus acciones. Hay, así, desde comisiones de derechos humanos que trabajan exclusivamente en una provincia rural, hasta instituciones grandes con equipos profesionales variados y complejas formas de intervención que desarrollan estrategias nacionales e internacionales.

La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

Fundada en 1986, es una experiencia casi única de su tipo en el mundo. Surgió en su momento como la necesidad de coordinar esfuerzos, evitar duplicación de trabajos y legitimar una voz común de un puñado de organizaciones en Lima. En la actualidad es una plataforma estable y legitimada de coordinación de más de cincuenta organizaciones y el referente fundamental, tanto aquí como en el exterior, cuando se quiere saber de derechos humanos en el Perú.

La "magia" de la Coordinadora es que ha logrado construir unidad y voz común en medio de la diversidad de un movimiento como aquel al que hemos aludido. Varias razones lo explican.

Primera: Lo extremadamente difícil que fue trabajar "entre dos fuegos" exigió como garantía para la supervivencia política (y a veces también para la supervivencia a secas) trabajar juntos con estrategias comunes.

Segunda: La definición, clara e inequívoca, de cuatro principios a suscribir por quienes deseen pertenecer al movimiento, los que a la vez son el marco para la actuación conjunta: 1) la democracia como el escenario más propicio para la vigencia de los derechos humanos; 2) el rechazo al uso de la violencia, sea cual fuere su signo; 3) la independencia y autonomía frente al Estado y los partidos políticos; y, 4) el rechazo a la pena de muerte.

Tercera: Se decidió expresamente que para la mecánica de poder y de toma de decisiones no importaba el tamaño, importancia o influencia de cada organización, y que todos tendríamos los mismos derechos al interior de la CNDDHH. Además, se rechazó la idea de mayorías y minorías o de correlaciones de fuerza. ¡O hay decisión por consenso o no la hay! En doce años, nunca, ni una sola vez, esto nos ha paralizado para tomar decisiones y actuar. ¡Y vaya que ha habido momentos difíciles, en los que llegar a un acuerdo parecía más difícil que elegir Papa!

Cuarta: La CNDDHH no compite con sus organismos miembros, y más bien busca potenciar su desarrollo. Sus funciones están claramente limitadas a la representación, la coordinación, las acciones internacionales y otras tareas puntuales claramente delimitadas. El resto corresponde a sus miembros. Así, en la CNDDHH no hay abogados para defender inocentes o profesionales expertos en educación en derechos humanos; para esas tareas, y muchas otras, están las organizaciones que la componen. Se ha evitado así el riesgo de que la CNDDHH anule o debilite a sus miembros.

Quinta: Se ha manejado inteligentemente, y hasta ahora de manera exitosa, el tema de cómo trabajar con el desafío de la integralidad de los derechos humanos. Es que si todo tipo de acción se puede definir como de derechos humanos, todo tipo de organización debe ser parte de la Coordinadora de Derechos Humanos. La demanda se ha planteado ya en muchos casos, pero salta a la vista que ello es imposible de concretar.

Se ha tratado de solucionar la tensión a partir de definir que la CNDDHH como tal se ocupa principalmente de temas vinculados con los derechos civiles y políticos; que, a su vez, la CNDDHH participa cada vez que se la invita a hacerlo –y sin ánimo de liderar nada– en coordinaciones ya existentes en otros temas de derechos humanos en los que hay ya exitosas plataformas de concertación (mujeres, niños, desplazados, por ejemplo). Por último, propicia "mesas de trabajo" sobre otros temas claves en los que todavía no las haya, y en ellas participan tanto las organizaciones de la Coordinadora que lo deseen como otras que no lo son.

Esas "mesas" tienen una dinámica relativamente autónoma. Las formadas en torno de los "derechos económicos, sociales y culturales" y la de "discriminación" están en esta línea.

Sexta: El papel de las secretarias ejecutivas. Pilar Coll, la primera en ejercer el cargo y hoy más activa y comprometida que nunca, se ha convertido en el "símbolo" de nuestro movimiento; luego estuvieron Rosa María Mujica, Susana Villarán y ahora Sofía Macher: todas ellas han sabido liderar, concertar y convocar. ¡El movimiento peruano de derechos humanos les debe mucho!

La red peruana de educación en derechos humanos y la paz

El otro gran esfuerzo de coordinación del trabajo por los derechos humanos es la Red Peruana de Educación en Derechos Humanos y la Paz, fundada también en 1986. No se trata de una opción alternativa a la Coordinadora (muchas organizaciones están presentes en ambas); todo lo contrario: se define a sí misma como parte de ésta y como el "brazo educativo" de la CNDDHH.

Pero es, además, una coordinación que ha desarrollado una intensa dinámica propia y con muchas instituciones reunidas allí que, por su naturaleza, no tendría sentido ni sería posible que formen parte de la Coordinadora.

Está definida con los mismos criterios de flexibilidad en la organización y fluidez y horizontalidad en la toma de decisiones. Como su nombre lo indica, su esfuerzo se centra en el terreno de la educación. Como ocurre con la Coordinadora, no es la Red la que realiza las labores directamente, sino la que coordina el esfuerzo y busca construir una perspectiva común. Doce encuentros nacionales de la Red Peruana dan cuenta de la magnitud de lo ya realizado. (Es ya una tradición que más de cien educadores en derechos humanos de todo el país se reúnan en el Chalet de Chorrillos en setiembre u octubre de cada año; que no quede duda: allí estarán en 1999.)

Desde hace unos años la red se ha regionalizado, y cada una de las redes regionales se ha desarrollado con mucha vitalidad y creatividad. (Si para el movimiento en su conjunto Pilar Coll es el símbolo, para la Red Peruana Rosa María Mujica es su motor y corazón.)

Las relaciones con la Defensoría del Pueblo

Desde que la Constitución de 1993 aprobó la figura del Defensor del Pueblo, y ante la actitud más que remolona del Gobierno para ponerla en práctica, los organismos de derechos humanos presionamos mucho para que se establezca la nueva institución.

¡Valió la pena hacerlo! Con Jorge Santistevan a la cabeza, la Defensoría del Pueblo se ha convertido, merecidamente, en una de las instituciones nacionales más prestigiadas del país (acaso la única del Estado que lo es), además de un componente clave para la lucha por la vigencia de los derechos humanos en el Perú.

Vale la pena recordar aquí que bien pudo haber ocurrido algo totalmente diferente; muy bien pudieron haber nombrado a un Defensor "dócil", con lo que hubiesen esterilizado hasta la irrelevancia su papel. (¿A alguien le hubiera extrañado que este Gobierno y este Congreso hubieran nombrado, por ejemplo, a Blanca Nélida Colán como Defensora del Pueblo?)

Afortunadamente no lo hicieron; el Defensor del Pueblo es Jorge Santistevan y contamos hoy con una institución legítima y valiosa. Justifica por tanto, en un artículo sobre el movimiento de derechos humanos, plantearse la pregunta sobre las funciones y relaciones entre las organizaciones de la sociedad civil que defienden y promueven los derechos humanos y la Defensoría del Pueblo.

El punto de partida es tan obvio como fundamental: la existencia de la Defensoría del Pueblo no anula la necesidad de los organismos de derechos humanos de la sociedad civil; como tampoco lo que ya habían avanzado los segundos anuló, en su momento, la necesidad de contar con la Defensoría.

Un segundo punto clave: la principal característica de la relación entre organismos de derechos humanos y Defensoría viene siendo, y debe seguir siéndolo, la de colaboración estrecha, con base en la comunidad de objetivos.

Los años transcurridos han demostrado, a su vez, que tanto para la Defensoría como para los organismos, es importante establecer la singularidad del aporte que se puede realizar desde cada uno de los dos ámbitos.

La Defensoría es una institución del Estado y tiene la fuerza y limitaciones inherentes a ello; tiene además un mandato específico de ejercer su función a partir de la persuasión. El nuestro es diferente. Surgimos desde la sociedad civil y aspiramos a expresar la lucha de muchos sectores por que sus derechos no sean vulnerados. De ahí que busquemos ejercer presión política a todo nivel para que haya avances en los derechos humanos.

Hay así, con la Defensoría, una relación que nos parece tan interesante como difícil de comprender desde fuera: estamos en el mismo camino y tenemos los mismos objetivos. Pero en nuestro caso, y por nuestra razón de ser, debemos presionar, exigir y marcar lo que falta, lo pendiente, la necesidad de ir más allá; incluyendo en la exigencia de hacerlo a la propia Defensoría.

Los aliados internacionales

Sin los cambios en la valoración internacional de los derechos humanos ocurridos en los años noventa, no podría entenderse la naturaleza de lo conseguido y la influencia del movimiento por los derechos humanos en el Perú. Más en concreto, el aporte de los "aliados de fuera" es invalorable.

Están en primer lugar las organizaciones no gubernamentales internacionales que se la jugaron (y se la juegan) por nuestra causa. Destacan Amnistía Internacional, Washington Office on Latin America y Human Rights Watch-Americas. Pero también deben recordarse los importantes aportes de Perú Peace Network, Lawyers Committee for Human Rights, World Council of Churches, Inter Church Committee on Human Rights de Canadá y varias más.

(Y si de personificar se trata, aquí también el trabajo por los derechos humanos tiene rostro de mujer. Coletta Youngers es así, quizá, quien expresa con mayor intensidad ese compromiso de los "extranjeros" por los derechos humanos en el Perú.)

Enorme importancia tiene también el aporte de las agencias de cooperación internacional (con más historia acumulada las privadas, pero desde hace unos años con igual compromiso las gubernamentales). Ellas creen en esta causa y dan un apoyo sustantivo para sostener la existencia misma del movimiento. Lo más valioso quizá lo hacen en el entendido de que es una causa común, y que así como el capital se internacionaliza, la lucha por hacer del ser humano, humano, es asunto que concierne a todos, en todas partes.

Retos a futuro

Aprendiendo las mañas de los políticos de cualquier lugar del mundo, que cuando, preguntados sobre sus limitaciones, se vuelven parcos, casi mudos, le dedicaré muy poco espacio al punto. Usaré la excusa de que el artículo se me ha hecho demasiado extenso y de que estamos al pie de la imprenta; agregaré que ya nuestros adversarios se han encargado suficientemente de dar cuenta de defectos ciertos y de inventarnos otros.

Pero que hay debilidades, errores y todo tipo de miserias humanas entre nosotros, los hay, y bastantes. Más todavía: nos atormentamos por hacerles frente, para que no terminen devorando lo bueno que se ha hecho.

Es que lo que se ha conseguido hasta ahora es muy poco, y no hay razón alguna para decir "misión cumplida"; al contrario, ese algo de legitimidad conseguido nos obliga a plantearnos nuevos y más desafiantes esfuerzos a futuro.

¿Estaremos a la altura de las circunstancias y contribuiremos en algo para mejorar nuestro país? No lo sé. Pero de lo que sí estoy seguro es de que todos en el movimiento de derechos humanos en el Perú vamos a intentarlo con lo mejor de nuestro ser y teniendo como inspiración lo que ya se construyó en estos años.