Entrevista con Pilar Coll
"Ampliar el horizonte de los derechos
humanos"
Pilar Coll
ha sido protagonista de la construcción de lo que a ella le gusta llamar el
"movimiento" por los derechos humanos en el Perú; lo ha acompañado y
ha liderado sus causas más importantes. Su imagen es inseparable, entre otras
cosas, de la lucha por que se reconozca la existencia de miles de detenidos
desaparecidos en el Perú, y de la terca defensa de la vida en la Campaña contra
la Pena de Muerte.
Pilar Coll sigue en lo mismo. Aun en los intensos
años en los que estuvo a cargo de la Secretaría Ejecutiva de la Coordinadora
Nacional de Derechos Humanos, nunca dejó de visitar a las internas e internos
de los penales de máxima seguridad. Pilar es así: los derechos humanos son
parte de su piel y de su historia personal: "Es algo que me
interesa profundamente. El trabajo de defensa de los derechos humanos forma
parte del sentido de mi vida" (Susana Villarán).
El compromiso
Pienso
–dice Pilar Coll– que nuestra labor ahora es fortalecer el movimiento de
derechos humanos en un país donde todas las instituciones son débiles. Para
ello se trata justamente de no ser activistas. A mí me molesta esa expresión de
activistas de derechos humanos, porque el activismo siempre tiene el matiz de
algo que se hace sin reflexionar. Y yo, al contrario, creo que lo que nos
moviliza en derechos humanos es justamente el hecho de que nos toca fibras muy
profundas y convicciones muy hondas.
La tarea
que tenemos por delante es hacer que estas personas que progresivamente se van
comprometiendo en este campo en el país
–cuestión que me parece muy alentadora–, vayan más allá de una moda. Este
compromiso tiene que llegar a la raíz profunda de las personas y de las
organizaciones.
Hablemos de ese
compromiso. ¿No crees que existe el riesgo –lo hemos dicho entre nosotras a
veces– de volvernos burócratas de los derechos humanos? Nos movemos en la
tensión de ser buenos profesionales y obtener logros –cuestión que es necesaria
y fundamental–, y, a la vez, evitar a toda costa ir al extremo de eliminar toda
la dimensión de compromiso personal, de sentido de la vida de quien trabaja en
este campo.
Yo te diría
que una de mis preocupaciones es que no se nos haga callo. Hay un poema –de
Gabriel Celaya, creo– que recuerdo muchas veces: "que no se nos haga callo
ni en el alma ni en las manos"; dice más adelante que cualquiera sirve
para enterrar, menos el sepulturero, en vista de que un sepulturero entierra
cantando.
Ese riesgo
lo tenemos todos. A fuerza de estar permanentemente tocando problemas tan
candentes, se nos puede hacer una especie de costra, y ello es sumamente
peligroso. ¿Cómo entonces estar en esto de manera profesional, con eficiencia,
sin gastarnos, sin quemarnos, manteniéndonos íntegros; y, más aún,
enriqueciéndonos?
Se trata de
una tarea que está llamada a enriquecernos. En mi caso, no sólo humanamente,
sino también como cristiana, porque es un trabajo que me ha dado una dimensión
mucho más honda de mi fe, y que me ha permitido vivirla y expresarla...
Aun en medio de las
situaciones tan difíciles que has vivido, ¿este trabajo por los derechos
humanos te ha dado felicidad?
Me ha dado
oportunidades de realización. Y no me refiero a los momentos de la
Coordinadora, mucho más visibles en donde podía aparecer como una figura. No:
ha sido más bien en mi encuentro con las víctimas; es en ese trabajo que he
creado vínculos personales muy profundos. Es por ahí que siento que me ha
aportado elementos de realización, que ha dado sentido a mi vida y que me ha
permitido integrar mi fe con mi compromiso cívico, compromiso que hasta me
atrevería a llamar Político, con mayúscula.
¿Hay algo en tu vida
que te predispuso para este trabajo? Lo digo porque en la vida una va
encontrando caminos que no sólo nos salen al paso, sino que, de alguna manera,
tienen que ver con nuestra historia personal...
Creo que
sí, que en la raíz de mi preocupación por los derechos humanos está la
situación que viví de niña en la guerra civil española, cuando los republicanos
asesinaron a mi padre al borde de una carretera –durante mucho tiempo no se nos
permitió siquiera enterrarlo–. Todo eso me marcó profundamente. Viví la
posguerra con todo lo que supuso también de venganza, de muerte, de excesos.
Luego
vinieron los estudios de derecho, la Declaración Universal, y descubrí que por
allí había una veta muy rica. Sí, de algún modo yo siento que mi vocación por
el trabajo de derechos humanos arranca de esas situaciones de infancia vivida
con mucho dolor, de la situación de indefensión; de ahí nació una preocupación
por apoyar a las víctimas.
¿Qué es la cárcel para
ti hoy día?
Mira, yo te
diría que es algo muy querido, muy profundo y también motivo de mucho
sufrimiento, porque me siento muy impotente para cambiar condiciones de
cárceles que considero todavía infrahumanas.
Ha habido
algunas mejoras, pero queda muchísimo por avanzar. Mi contacto con las internas
y con los internos es de una gran cordialidad y de una gran riqueza, aunque a
veces con pleitos y con dificultades. El mundo de la cárcel es un mundo muy
conflictivo, y naturalmente el trabajo allí adentro es de algún modo tocado por
esos conflictos. Pero, a pesar de ello, siento una satisfacción muy profunda,
porque es una oportunidad de dar y también de recibir afecto, de comunicar
esperanza y también de recibirla, de resistencia frente al sufrimiento; una
capacidad inclusive de alegría y un sentido del humor que me parecen sumamente
reconfortantes.
Vigilantes de los cambios
¿Qué es lo que ha
cambiado, Pilar? Tú mejor que nadie para hacer el balance, tú que comenzaste
con la Coordinadora, que estuviste en el inicio de todo esto.
Cuando yo
me integré lo que había eran violaciones tan golpeantes, tan duras, que nos
sacudían hasta las entrañas: las desapariciones y las ejecuciones
extrajudiciales. Vivíamos en un ambiente de violencia política terrible, y
estábamos amenazados por los dos frentes.
Se trataba
de una situación muy dura en la que era más fácil, si quieres, salir al
encuentro de los problemas. Hoy en día las violaciones pueden estar mucho más
larvadas y pueden pasar desapercibidas.
Es por eso
que pienso que el movimiento de derechos humanos tiene una función de vigilia
sumamente importante. Durante años existían otras prioridades; hoy creo que los
derechos económicos, sociales y culturales van ocupando el lugar que les
corresponde. La gente va teniendo conciencia de que el acceso a un trabajo
digno, a un sueldo digno, a una vivienda, servicios de salud, a una educación
de calidad, son derechos humanos como cualquier otro, y que hay que
defenderlos, y que hay que organizarse para tener acceso a ellos.
¿Opinas entonces que
es necesario transitar de la defensa y promoción de los derechos civiles y
políticos hacia los derechos económicos, sociales y culturales? ¿Cancelar una
etapa y entrar a otra?
Yo no diría
eso. Hay que estar en los dos frentes simultáneamente.
¿Qué tareas tenemos
por delante?
Todo lo que
es educación me parece sumamente importante, como lo es también el trabajo en
los medios de comunicación social. Necesitamos abordar un tratamiento adecuado
de los temas de derechos humanos en los medios de comunicación; no se trata de
hablar de ello sólo cuando salpica sangre, sino también cuando tocan cualquier
derecho fundamental de las personas. Los medios son un poder muy grande.
¿Cómo hacer que los
derechos humanos sean una lucha de todos y de todas? ¿Qué hacemos con ese
sambenito de opositores?
En la lucha
por la defensa de los derechos humanos hay que enfrentarse necesariamente con
el poder. Este es un costo inevitable. Para mí forma parte de este costo el que
seamos un poco incómodos; por ejemplo, que se nos diga que solamente defendemos
ciertos derechos humanos; ¡lo hemos oído tantas veces! Eso es algo que creo que
tenemos que aceptar.
Pero, dicho
esto, también sostengo que me parece que ha llegado el momento de ampliar mucho
más el horizonte de los derechos humanos. Los derechos humanos son una causa
cívica, son de todos.
Recuerdos...
¿Qué momentos se han
grabado con particular intensidad en la memoria?
En un
primer momento, recuerdo Ayacucho con todo lo que ha supuesto para nosotros:
las desapariciones y las ejecuciones extrajudiciales. Ayacucho ha quedado como un
símbolo, pero no fue sólo allí que todo pasó. Recuerdo las visitas a
Huancavelica y a Apurímac, y, más que a Apurímac, en concreto, a Abancay;
fueron realmente sobrecogedoras por el panorama y por los riesgos en que la
gente vivía.
Más tarde,
recuerdo con mucho dolor –porque era algo muy cercano a mí– las masacres en los
penales. Sé que a mucha gente no le importaba demasiado, porque se trataba de
senderistas. Para mí los senderistas no dejan de ser seres humanos; y con todas
las dificultades que pueda tener esto para algunos, debemos reconocer que lo
son y que, por lo tanto, son sujetos de derechos humanos también.
Recuerdo lo de Tarata con especial dolor también; la
muerte de María Elena Moyano y el atentado de Sendero Luminoso contra Michel
Azcueta. Todos momentos fuertes, de una grandísima indignación por lo que
estaba ocurriendo en el país. Tanto Sendero Luminoso como las fuerzas del orden
han perpetrado atentados gravísimos.
La agenda de
Pilar
Mantener viva la memoria de lo vivido para que nunca
más se repita./ Seguir luchando contra la impunidad como un camino
imprescindible para lograr la reconciliación./ Que no quede un solo inocente
encarcelado. /Humanizar las cárceles (descongestionarlas y una política de
indultos muy efectiva)./ Cerrar el penal de Challapalca por ser inhabitable./
Modificar la legislación antiterrorista, especialmente en lo que se refiere a
terrorismo agravado./ Luchar contra la tortura hasta erradicarla./ Crear
conciencia de derechos y también de deberes a través de la educación en
derechos humanos.