¿Las bodas de oro de la tía abuela del vecino?
Hubert Lanssiers
En una reunión reciente con un grupo de extranjeros se nos preguntó
quién era Lanssiers, nombre que habían escuchado por todas partes: "¿es un
defensor de derechos humanos?" Pero nos han dicho
–agregaron– que no es de ninguna ONG; que no es parte del Estado ni de la
Defensoría; que es representante de Fujimori y, al mismo tiempo, íntimo de los
organismos de derechos humanos. Claro que Lanssiers es un defensor de derechos
humanos, aunque es verdad que con pinta, estilo y código muy especiales (y qué
bueno que así sea).
Lo que
experimenté después de una larga vida, empezando por la Segunda Guerra Mundial
y los conflictos que siguieron, me inspiró un robusto escepticismo con respecto
a todas las Cartas, magnas o no, a todas las grandes ordenanzas y venerables
palimpsestos.
Sin
embargo, aplicando a la Declaración Universal de Derechos Humanos lo que
escribió Umberto Eco a propósito del cristianismo, podría afirmar con una
cierta convicción que si yo fuera un viajero que llega de lejanas galaxias y me
encontrara ante una especie que ha sabido proponer este modelo, admiraría
subyugado tanta energía y juzgaría a esa especie miserable e infante que tantos
horrores ha cometido, redimida por el solo hecho de haber conseguido desear y
creer que todo ello es la verdad.
Karl Marx
afirmaba que la humanidad sólo se plantea los problemas que se siente capaz de
resolver. Si esto es cierto, el ideal que nos propone la Asamblea General de
1948 no carece de realismo, pero este ideal tiene que ser alimentado, difundido
y compartido porque se trata, en definitiva, de nuestra supervivencia como
especie, de nuestra propia dignidad que se confunde con la dignidad de los
otros.
Ahí está el
desafío, un desafío que se inscribe dentro de una paradoja. Educar en la
tolerancia y en la solidaridad a los adultos que se disparan unos a otros por
asuntos étnicos, territoriales o religiosos, movidos por pulsiones elementales
y primitivas, es tiempo parcialmente perdido. Demasiado tarde. Por lo tanto, la
intolerancia salvaje o la indiferencia monolítica se atajan, de raíz, a través
de una educación constante que empiece desde la más tierna infancia, antes de
que se convierta en doctrina y antes de que se cristalice en costra de conducta
demasiado espesa y dura.
Aquí hemos
fallado. La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la ONU
en 1948 fue una reacción de espanto frente al Apocalipsis desencadenado por la
Segunda Guerra Mundial. Es como si la humanidad, de repente, hubiera tomado
conciencia de la extrema fragilidad de esta razón que hacía su orgullo, y que
de hecho la especie era capaz de autofagocitarse. Desgraciadamente, la memoria
se diluyó y los centinelas se durmieron a pesar de la advertencia del ex
secretario general de las Naciones Unidas, Boutros Boutros Gali, quien afirmó
que desde la creación de la ONU los diferentes conflictos que estallaron en el
mundo causaron más de 20 millones de muertos.
Pero no
quiero referirme sólo a los conflictos sangrientos; existe otra maquinación sin
identidad determinada desprovista de conciencia propia como el sida, que es
capaz de corroer desde el interior la misma estructura de una civilización. La
podría definir como un desplazamiento de prioridades, es decir, que la técnica
y la economía se desarrollan en un ambiente hermético del cual el factor
"hombre" ha sido, de hecho, excluido. Con el crash de octubre de 1987 y la explosión de la burbuja financiera
se descubrieron increíbles estafas relacionadas con la economía-casino.
En el
Japón, la revista mensual Nikkei
Ventre afirma que, en la lista de los diez más importantes
multimillonarios del país, sólo tres le deben su fortuna a actividades
relacionadas con la economía real; los otros siete son especuladores. La
venerable Universidad de Cambridge, que fue durante ochocientos años el símbolo
del pensamiento científico puro y de las humanidades, quiere convertirse en el
Silicon Valley del Reino Unido, según el vicecanciller Sir Alec Broers. Con un
poco de suerte, Oxford abrirá una facultad en la cual se enseñará con togo y
birreta cómo fabricar hamburguesas. No tengo nada contra la técnica ni la
economía, a condición de que se sitúen en un contexto global en el cual todavía
se permita al hombre existir como individuo y no como "herramienta
animada", como calificaba Aristóteles a los esclavos.
Desgraciadamente,
no conozco a ningún ministro de Educación que haya impartido directivas a los
colegios bajo su tutela para que, siquiera tímidamente, se recuerde una de las
más nobles tentativas que dio un cuerpo constituido para rescatar a la persona
humana a pesar de que la proclama de 1948 diga textualmente: "que todos
los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como
las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la
enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren,
por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento
y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados
Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su
jurisdicción".
Por esto,
exceptuando a las ONG cuya nobleza reside en el remar contra la corriente, la
opinión pública celebrará el cincuentenario de la Declaración Universal con el
mismo fervor que dedica a las Bodas de Oro de la tía abuela del vecino.
En esta
agonía del milenio, y uso este término en su sentido etimológico de lucha, nos
encontramos y nos encontraremos perdidos mientras no decidamos que ante
acontecimientos excepcionales, la humanidad no puede permitirse aplicar leyes
vigentes sino que debe asumir la responsabilidad de promover una nueva
mentalidad inspirada por una pasión lúcida.
Aquí
intervienen, sin lugar a dudas, los Defensores del Pueblo, a quienes bien se
les puede aplicar la advertencia de Ezequiel: "Hijo de hombre te he puesto
de centinela de la casa de Israel". No existe ningún título oficial o no
que sea tan noble, tan cargado de reminiscencias desde el "Tribunus Plebis"
de la república romana o del "defensor civitatis" de la alta Edad
Media. No existe título que suene tan alto y claro como las notas de un clarín
al despertar el alba.
Claro está que en estos tiempos de tormenta
universal todos y cada uno tenemos que ser los guardianes de nuestros hermanos;
de lo contrario no nos preguntemos por quién doblan las campanas.