Testimonio al paso
Las ONG y la Defensoría
del Pueblo
Jorge Santistevan de Noriega
La elección de Jorge Santistevan como primer Defensor del Pueblo en 1996 ha sido muy positiva para la causa de los derechos humanos en el Perú. En lo que va de su gestión ha dado reiteradas pruebas de su compromiso con la agenda pendiente de derechos humanos. Ha sido, por ejemplo, el artífice del consenso que se necesitaba para echar a andar un mecanismo de solución sobre el problema de los inocentes en prisión. Es la primera vez que los organismos de derechos humanos tenemos a alguien en el Estado con el que se puede "hacer pared", con objetivos comunes. Pero, ¿qué es lo común y qué lo diferente del trabajo de derechos humanos desde la Defensoría del Pueblo y desde las ONG?
Hace dos
años y medio, cuando comencé este delicado trabajo de Defensor del Pueblo, mi
relación con las ONG en el Perú había sido distante, más por mi ausencia del
país o de los temas que preocupan al sector no gubernamental organizado que por
otra cosa. Mi experiencia fundamental venía del trabajo humanitario con las ONG
en el exterior, especialmente en los últimos años en México, donde había ido de
la confrontación inicial a la complementación eficiente sobre la base del
diálogo, transparencia y respeto por la autonomía de cada quien.
Hoy,
transcurrida la mitad de mi período como Defensor del Pueblo, tengo que
reconocer que la relación que he desarrollado con las ONG se ha sustentado
sobre estas mismas bases, y ha logrado establecer objetivos comunes que juntos
podemos ir alcanzando. Hay, me parece, mutuo respeto por el ámbito de acción
que tiene la Defensoría del Pueblo como institución autónoma del Estado (que no
es lo mismo que decir del Gobierno); así como lo hay por los compromisos que
como expresiones de la sociedad civil han asumido las ONG.
En este
espacio, creo que vamos encontrando puntos de convergencia que nos permiten
avanzar, juntos pero no revueltos, en favor de la vigencia de la ley y el
respeto de los derechos fundamentales.
Tres
ejemplos, extraídos de la experiencia de los treinta meses transcurridos desde
el inicio de la Defensoría del Pueblo, ilustran lo anterior: el trabajo con las
personas injustificadamente privadas de su libertad por acusación de terrorismo
(que el Presidente Fujimori y las ONG prefieren llamar directamente "los
inocentes"); los derechos de las mujeres en el Perú; y la terca lucha por
la erradicación del reclutamiento forzoso para el servicio militar conocido
entre nosotros como "la leva".
En los tres
casos la Defensoría no hubiese podido avanzar sola, y creo que las ONG no
hubiesen obtenido logros en favor de ciudadanos y ciudadanas concretos sin la
contribución de la intervención defensorial. Veamos uno por uno.
En el caso
de los indultos esta fórmula peculiar que se aplica en el Perú por impulso de
la Defensoría del Pueblo para lograr la liberación de las personas
injustificadamente detenidas–, las campañas de las ONG no solamente lograron
penetrar en la opinión pública sino que llegaron a convencer a las propias
autoridades del Gobierno de que allí existía un problema que era necesario
resolver. En la solución, a través del indulto presidencial, intervinimos
nosotros con el inicial descreimiento, según recuerdo, de las ONG, aunque rápidamente
se logró una acción conjunta que ha permitido prestigiar la solución del
indulto y legitimarla ante la sociedad y las autoridades.
El hecho es
que, a dos años de trabajo, hay 457 personas que se han beneficiado y han
recuperado su libertad injustificadamente perdida, y están por obtener
beneficios legales complementarios que acercan el perdón presidencial a una
virtual amnistía. Se trata, entonces, de resultados concretos, obtenidos con el
aporte conjunto de la sociedad civil organizada para la defensa de los derechos
humanos, la Defensoría del Pueblo como ente autónomo del Estado, el Congreso
que dio la ley respectiva y las autoridades del Gobierno (Presidencia de la
República, Ministerio de Justicia, Instituto Nacional Penitenciario) que hacen
posible la liberación de los presos.
Así también
ocurre en el campo de los derechos de la mujer. Se ha avanzado en el Perú, y se
sigue avanzando, en superar la discriminación contra la mujer y combatir la
violencia que la afecta, poniendo en práctica medidas de acción afirmativa como
la cuota mínima de mujeres que deben llevar las listas electorales en todo el
país. Nuevamente aquí, aunque hay interés manifiesto de las autoridades del
Gobierno y los congresistas de todas las bancadas, encuentro que el desarrollo
del movimiento femenino y las ONG especializadas en cuestiones de género
permite avanzar y facilitar el papel catalizador que está jugando la Defensoría
del Pueblo en esta materia.
¿Las levas?
Pues bien: también en esto hay un empeño conjunto –aunque no necesariamente
pactado– entre las ONG y la Defensoría del Pueblo para elevar la conciencia
pública sobre esta práctica de privación de la libertad que conduce a que a los
jóvenes más pobres del Perú se les fuerce a ir a los cuarteles para
incorporarse al servicio militar, en contra de expresos dispositivos legales y
constitucionales que garantizan la libertad individual y castigan la detención
arbitraria.
No
solamente eso. Ha habido declaraciones explícitas de los más altos voceros
militares que han establecido la ilegalidad de la práctica de la leva y, por
añadidura, se acaba de aprobar una ley que la prohíbe una vez más en la vida
republicana del Perú.
¿Nos
quedaremos ahora satisfechos con la publicación de este nuevo dispositivo en El Peruano? En absoluto; el simple
texto de la ley no cambia la realidad. Será necesario establecer un sistema de
alerta y vigilancia que permita conocer cada caso de leva que los ciudadanos y
las ciudadanas de este país quieran denunciar, para resolver la privación de la
libertad del joven involucrado y para activar la maquinaria legal que permita,
aunque sea con limitaciones, castigar a los responsables o por lo menos
amenazarlos seriamente con el peso de la ley.
Solamente
si logramos crear una red de defensa que se active ante cada caso de leva
denunciado, podrá erradicarse en los hechos lo que la nueva ley vuelve a
prohibir en abstracto. Y esto lo debemos hacer a través de la relación de
trabajo que tendrá que establecerse al efecto entre el sector no gubernamental,
la Defensoría del Pueblo, el Ministerio de Defensa y las demás autoridades
militares con competencia en esta materia.
Debe ser un
mecanismo capaz de operar desde las provincias y de incluir fórmulas modernas
de comunicación, como un sistema de línea telefónica abierta, que permita
conocer los casos de leva para activarse inmediatamente en defensa del derecho
a la libertad individual.
(Paréntesis:
En materia electoral funciona, a través de Transparencia fundamentalmente, un
sistema de vigilancia ciudadana que tiene presente y futuro auspiciosos. Una
red similar tendrá que irse tejiendo por cierto para hacer realidad la
erradicación de la tortura y hacer cumplir la nueva legislación que la
incorpora como delito en nuestro Código Penal. Igual tendrá que ocurrir con el
fortalecimiento de las asociaciones de defensa del consumidor, particularmente
en el caso de los servicios públicos, y de protección del medio ambiente o de
los derechos de los vecinos.)
Pues bien:
¿cuál es la lección aprendida en estos treinta meses? Que si el objetivo de la
tarea defensorial es que se cumpla con la ley para que se respeten los derechos
fundamentales de los ciudadanos y ciudadanas que se benefician de la acción de
la institución, la ley se cumple mejor si su eficacia se somete a un sistema de
vigilancia civil que permita que el sector no gubernamental organizado se
comprometa en ello. Así, y contando con el aporte ineludible de los medios de
comunicación que forman opinión pública, se contribuye –a juicio de quien esto
escribe– al control y fiscalización social del quehacer público que caracteriza
la vida moderna en un mundo de mercado libre e información al instante.
Y esta
lección me parece sumamente valiosa, pues me convence de que esta vigilancia
civil para el cumplimiento de las leyes constituye un campo creciente de
participación ciudadana que está destinado a fortalecer lo que podemos llamar
la democracia de la vida diaria. Asunto tan importante como el Estado de
Derecho, la división de poderes y el funcionamiento de los contrapesos que hoy
no podemos reconocer en el mapa de este Perú de siempre. Aspecto tan valioso de
nuestro "hay hermanos muchísimo que hacer" en el que me atrevería a
poner la vigilancia ciudadana en el mismo nivel que la impostergable tarea de construir
un Poder Judicial autónomo, una administración pública honesta y eficiente, un
Ejecutivo responsable y respetuoso de los derechos de todos, así como un
Legislativo que legisle bien y fiscalice mejor.
Sin entrar por favor en ninguna
capilla política, ni someterse a ningún caudillaje, hay espacio –lo creo
firmemente– para hacer labor cívica constructiva con las ONG desde este puente
entre el ciudadano o ciudadana y el Estado que es como yo concibo la Defensoría
del Pueblo en el Perú.