El ciudadano inerme
Alfredo Barnechea
Lo que más
impresiona –mejor aun: cautiva– de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, es su aliento de utopía. Porque, más que consagrar un ideal, señala un
horizonte.
¿Son cincuenta
años para celebrar? Sin duda, sí. Al mismo tiempo, varios de esos derechos no
se cumplen, siguen siendo utopías.
La historia
de este siglo, sobre todo de su primera mitad pero aun de su segunda, es una
desconsoladora mezcla de avances y retrocesos. El año pasado el historiador
Gabriel Jackson publicó un libro llamado Civilización
y barbarie: La Europa del siglo XX, en el que muestra precisamente cómo
la Europa civilizada, hogar de extraordinarias conquistas de civilización, fue,
simultáneamente, anfiteatro del horror.
Eso podría
llevar fácilmente, a quienes tienen disposición para ese tipo de especulación,
a pensar si, de verdad, existe un progreso "moral" en la historia de
los hombres.
Pero desde
un punto de vista político y social, que es el mío, la pregunta sería más bien:
¿mejoró la condición de los hombres este último medio siglo? ¿Mejoró, por
tanto, la calidad de sus derechos?
Como
promedio, la respuesta es nuevamente sí. Gran parte de esa mejora se debió al
desarrollo y la extensión del Estado de Bienestar.
La idea de
que los seres humanos tenían derechos universales, es decir derechos que no se
limitaban a las libertades de conciencia, palabra o religión, fue el producto
de una dilatada evolución en el pensamiento de Occidente.
Fue T.H.
Marshall, en una célebre conferencia de 1949, quien trazó esa evolución.
Primero aparecieron los derechos políticos, en el siglo XVIII, aquellos
contenidos en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano que
acompañó el alba de las revoluciones con las que se inicia el ciclo de la Edad
Moderna.
En el siglo
XIX la ciudadanía se amplió, con nuevos instrumentos que garantizaban, por
ejemplo, el derecho a la huelga o al sufragio femenino.
Se
incorporó la dimensión social de la ciudadanía.
En el siglo
XX, principalmente a partir de la segunda posguerra, apareció la dimensión
económica de la ciudadanía.
A partir de
estos conceptos de Marshall se desarrollaron innumerables trabajos, pero fue él
quien diseñó esa evolución.
Al
celebrarse los 50 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nos
encontramos con una situación paradójica. Por un lado, fruto de esa evolución
descrita, los derechos se han extendido. Asimismo, la conciencia de ellos se ha
fortalecido enormemente. Es esa conquista cultural acaso el elemento más
estimulante que tenemos. Pero en los últimos veinte años, desde fines de la
década del setenta, el mundo presenció –por razones que escapan a los marcos de
esta nota– una arremetida contra esa concepción amplia de los derechos.
Una propuesta
liberal, o neoliberal, como ha terminado por llamarse, que perdió en el camino
la frondosa y rica pluralidad de la tradición liberal, los ha ido
circunscribiendo a una esfera política o legal, con el desmantelamiento de los
Estados de Bienestar y las redes de protección de los ciudadanos.
En cierto
sentido, éstos han quedado inermes. Ciertamente, esos Estados de Bienestar,
mientras solucionaron ciertos problemas, crearon otros. Y sus instrumentos de
política económica se volvieron, en medio de la globalización, inservibles.
Pero la necesidad de restaurar, mantener o renovar esas redes de protección
social, continúa allí, como el gran desafío político y social de nuestro
tiempo.
La concesión del Premio Nobel a Amartya Sen tal vez
sea una indicación de que, en la conciencia mundial, ese desafío puede ganar la
partida.