Una vez más se vuelve a demostrar que en derechos
humanos no existe el hecho consumado. La verdad y la justicia siempre terminan
por filtrarse. Cuando se cree que todo está taponeado o bloqueado, salen,
aparecen, y por las grietas más impensadas. ¿Quién podría creer que el juicio
del juez Garzón contra Pinochet, en España, no sólo prosperaría sino que
provocaría la detención del dictador, uno de los peores violadores de derechos
humanos de los últimos tiempos? Nadie, ni el más optimista; pero ¡ocurrió! Sea cual
fuere el desenlace, el hecho es, sin duda, el mejor homenaje que ha podido
hacerse al 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Sobre lo ocurrido hemos invitado a escribir a Mariana Allendes, abogada que
formó parte de la Vicaría de Solidaridad de Chile. Completa el bloque una
entrevista con Roberto Garretón.
El ocaso del dictador
Mariana Allendes
La
detención en Londres, por orden de un juez español, del senador vitalicio y ex Presidente
de Chile por diecisiete años, general (r) Augusto Pinochet Ugarte, ha causado
gran revuelo nacional e internacional, el que proviene tanto de voces en contra
cuanto a favor de tal medida.
Por lo
pronto, el Gobierno chileno ha sido el primero en rechazarla, actitud que
sustenta en que el general viajaba con pasaporte diplomático y como tal gozaba
de inmunidad, por lo que la detención no podía ser efectuada. Lo cierto es que
el general Pinochet no se encontraba en misión oficial, ya que, como era público
y notorio, su viaje obedecía a razones de salud, por lo que tampoco se
encontraba acreditado como tal ante el Gobierno británico.
Sin
embargo, lo que más parece afectar al actual Gobierno de Chile es el hecho de
que tribunales extranjeros pretendan juzgar a un chileno que puede haber
cometido delitos dentro de su país. Esta parte ha argüido que Chile es un país
soberano y que tiene un poder judicial capaz de impartir justicia. Pero
entonces la pregunta obvia es por qué después de veinticinco años, el ahora
anciano ex gobernante no ha sido siquiera llamado a declarar en los cientos y
tal vez miles de procesos en los que se han denunciado violaciones de los
derechos humanos durante su dictadura.
El
interrogante va más allá: por qué, si se ha condenado al jefe de su policía
secreta de los primeros años (la DINA), general (r) Manuel Contreras, persona
que contaba con su absoluta confianza y que, como éste recientemente expresara,
lo tenía al tanto de todo lo que aquel servicio de inteligencia hacía, nunca se
intentó hacer justicia en las cortes chilenas. Tanto más si se toma en cuenta
aquella tristemente célebre frase tan cara al propio general Pinochet según la
cual "en este país no se mueve una hoja sin que yo lo sepa".
Si vamos
más allá, podemos pensar que es imposible que la DINA y su director, el general
Contreras, actuaran por cuenta propia al ordenar los asesinatos en Washington y
Buenos Aires de los ex amigos del gobernante, Orlando Letelier y el general(r)
Carlos Pratts respectivamente, así como el atentado contra el ex ministro del
Interior, Bernardo Leighton, en Roma. Actos, por cierto, de terrorismo
internacional.
Pues bien:
tal vez resulte exagerado que el juez Garzón compare el régimen de Pinochet con
el de Pol Pot en Camboya; sin embargo, no se puede desconocer que Pinochet y su
Gobierno causaron mucho daño y dolor no sólo a las víctimas de los abusos
cometidos durante su mandato, sino también a toda la sociedad chilena, cuyo
resultado puede verse hoy mismo en las calles de Santiago y del mundo. Sus
atrocidades han dejado heridas abiertas en el alma nacional, como los cientos
de casos de detenidos-desaparecidos aún no resueltos.
Cuando se
pide humanidad para con el anciano ex dictador, los que hemos trabajado en
derechos humanos no podemos dejar de recordar a todas esas casi ancianas que
deambulaban por los pasillos de la Vicaría de la Solidaridad, quince años
después del golpe de Estado, enseñando a quien quisiera prestarles atención la
foto de su hijo, su marido o cualquier otro "detenido" por el régimen
militar, negándose a reconocer que estaban muertos, que habían sido asesinados,
en muchos casos brutalmente, por sus creencias políticas o por lo que fuera,
sin habérseles dado el derecho a defenderse en un juicio justo e imparcial como
el que se le ofrece a Pinochet en España.
No ha
habido en todos los años posteriores al término del gobierno militar una sola
voz de reconciliación de los que ahora piden piedad y "trato
humanitario", ni siquiera un "tal vez" cometimos excesos; nada.
Los mismos que ahora reclaman falta de colaboración de los gobiernos de
Inglaterra y España, atacan sus sedes diplomáticas y los acusan de
insensibilidad, entienden que los gobiernos de esos países, como lo han
repetido sus primeros ministros, no lo pueden hacer porque se trata de un
asunto que no les compete a ellos sino a sus respectivos poderes judiciales.
Tal vez no
pueden entenderlo por la misma razón por la que Pinochet no ha sido procesado
hasta ahora en Chile y, por lo tanto, no se ha castigado casi ninguna de las
violaciones de derechos humanos cometidas durante su mandato. Los tribunales en
Chile, durante el largo período de dictadura, salvo muy contadas y honrosas
excepciones de jueces que pagaron con su remoción, no pudieron o no quisieron
hacerlo, puesto que no había una real separación de poderes, y su quehacer en
estos temas estaba subordinado al gobierno de facto.
Durante los
años posteriores, según se ha dicho, ha sido el precio por pagar por una
transición pacífica a la democracia, por cierto no pactado, sólo tácito, bajo
la atenta y amenazante mirada de las Fuerzas Armadas, que no permitían que se
juzgase a su recientemente retirado Comandante en Jefe.
Tanto es
así que personeros de derecha, que ahora sabemos se identifican plenamente con
Pinochet, han llegado, en un acto de soberbia increíble, a amenazar con un
quiebre de la institucionalidad democrática si no se le libera, hecho que por
lo de más no depende del Gobierno chileno.
Asimismo,
quienes no logran entender que la justicia es un quehacer independiente de la
política coyuntural, acusan a quienes reclaman justicia o al mismo juez Garzón
de ser socialistas o comunistas, puesto que no pueden concebir que el impartir
justicia es un acto objetivo que se sustenta en hechos y derechos y no depende
del color político de acusadores o acusados.
Ahora bien:
el Gobierno chileno ha argumentado que defiende "principios y no
personas". Si lo miramos estrictamente desde el punto de vista del derecho
interno de cada país, la jurisdicción sobre el caso del juez español puede ser
discutible, aun cuando las víctimas fuesen de esta nacionalidad; pero no
debemos olvidar que hay "principios" superiores y universales
contenidos en pactos y convenios internacionales que consagran los delitos de
lesa humanidad o genocidio como los que ahora se le imputan al general
Pinochet.
El fallo de
la Corte de Londres reconociendo la inmunidad de Pinochet y, por lo tanto,
ordenando su libertad, no deja, por decir lo menos, de sorprender, ya que se
basa en que los hechos imputados fueron cometidos cuando éste estaba en el
poder, razón por la cual gozaría de la inmunidad que corresponde a todo jefe de
Estado. Si se tuviera en cuenta este razonamiento, el general Noriega no podría
estar preso en Estados Unidos; o en el caso de que Hitler hubiese sobrevivido a
la Segunda Guerra Mundial, no hubiese podido ser juzgado por los mismos hechos
por los que se condenaba a sus colaboradores.
La suerte
del general aún está por definirse, ya que se encuentra pendiente la apelación
del fallo ante la Cámara de los Lores. Sin embargo, esperamos que esto no sólo
haya servido para que el ex general pase un mal rato, sino para que él y todos
los culpables de violaciones de derechos humanos sepan que el mundo no olvida y
que no pueden pasearse libremente como si nada hubiera pasado.
Ojalá, además, que lo sucedido los haga pensar y
tomar una nueva actitud frente al tema, para buscar la manera de remediar o
atenuar los excesos cometidos.
No se juzga al dictador, sino al genocida
Roberto Garretón
Roberto Garretón
fue abogado del Comité de Cooperación para la Paz y la Vicaría de la
Solidaridad del Arzobispado de Santiago durante la dictadura de Pinochet entre
1973 y 1990. Actualmente es miembro del Grupo de Trabajo sobre las Detenciones
Arbitrarias de Naciones Unidas, y ha desempeñado importantes representaciones
en varios organismos de derechos humanos tanto en Naciones Unidas como en el
Sistema Interamericano. En las líneas que siguen, analiza críticamente los
argumentos que se han levantado para defender a Pinochet.
¿Qué opinión le merece
la detención de Pinochet y la posibilidad de que sea juzgado por una corte
española?
Es el
cuarto momento de alegría que tenemos los chilenos desde 1973. El primero fue
cuando no dejaron entrar a Pinochet en Filipinas; el segundo, cuando ganamos el
plebiscito con el NO; el tercero, cuando entregó el mando al presidente
Patricio Aylwin.
El ambiente
político chileno está convulsionado porque el fascismo está desesperado. Por
primera vez tiene que explicar las cosas ante un tribunal imparcial, sin poder
recurrir para defenderse a amenazas, mentiras o presiones, como hizo siempre en
Chile. Han tenido que entrar al terreno jurídico en el que ellos son débiles.
Sus defensores han
dicho más bien que no hay fundamentos jurídicos para juzgarlo. ¿Cuáles son los
instrumentos que lo permiten?
El derecho
internacional ha avanzado en los últimos cincuenta años más que en los veinte
siglos anteriores. Aun así, las normas sobre la materia están todavía en
elaboración y en progreso. Sin embargo, en el estado actual de la evolución del
derecho internacional, una aplicación correcta y progresista de las normas
establecidas por las convenciones contra la tortura, el genocidio y la
imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, permiten el
juzgamiento de quienes cometen ese tipo de crímenes no sólo por tribunales
internacionales, sino también por tribunales extranjeros.
No deja de
ser impresionante la unanimidad con la que la corte española ha decidido que la
justicia española es competente para conocer ese tipo de crímenes.
Se ha argumentado
también que el desarrollo de mecanismos de justicia internacional podría
afectar principios como el de la soberanía nacional.
Los que
tienen miedo a los tribunales extranjeros o internacionales son los mismos que
tienen miedo a los tribunales nacionales independientes. La justicia que
quieren es la administrada por sus tribunales militares, y cuando ello no
ocurre dicen que se afecta la soberanía nacional.
Aquí no
están en juego –y esto dicho en términos categóricos y absolutos y sin
excepción ni matices– ni la soberanía nacional, ni la dignidad nacional ni la
seguridad nacional. Este es un juicio como cualquier otro donde hay una parte
acusadora, un acusado y un tribunal. Aquí no rige eso de hacer lobby y de hablar en los pasillos
nocturnos, que es la forma como han hecho "justicia" durante
veinticinco años.
¿El que se aluda al
tema de la soberanía sería entonces más un argumento político que jurídico?
Así es.
Siempre amañaron los tribunales militares y civiles, y aquellos jueces que
quisieron hacer justicia, o eran eludidos o se los presionaba brutalmente para
que desistan de su intención. Nunca han tenido el coraje de enfrentar a un
tribunal independiente e imparcial, y por eso el estado de desesperación en que
se encuentran.
El otro argumento en
el que se apoyan los defensores de Pinochet es que él tenía inmunidad. ¿No les
da la razón la Alta Corte de Justicia Británica al declarar ilegal la detención
de Pinochet?
Se trata de
una decisión en primera instancia, que debe ser analizada en su contexto. Es
cierto que hay normas sobre inmunidad, pero ella le corresponde, como establece
la Convención de Viena, a los agentes diplomáticos y consulares y a los jefes
de estado, no a los ex jefes de estado. En la decisión del tribunal británico
se está haciendo prevalecer una ley interna –una ley inglesa– por sobre la
Convención de Viena.
En esta
materia, como en todo, hay interpretaciones para un lado y para el otro. Lo que
me parece censurable es que sea el Estado democrático chileno el que haya
asumido la defensa del dictador, bajo el feble argumento de la agresión a la
seguridad, la soberanía y la dignidad nacionales.
Finalmente se ha dicho
que los delitos de Pinochet habrían sido cometidos cuando él era Jefe de
Estado, y, por lo tanto, cuando gozaba también de inmunidad.
Eso es una
monstruosidad. La Convención sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de
guerra y de lesa humanidad establece claramente que son los jefes de Estado los
que tienen que responder por ellos. Lo que ha ocurrido es que, salvo en
Argentina, en todos los casos relacionados con los derechos humanos los
condenados han sido oficiales de rangos inferiores, es decir, gente de menor
nivel de responsabilidad.
Lo que aquí
ha habido ha sido un plan sistemático para destruir un grupo nacional en el
principio el grupo nacional de personas consideradas marxistas, y luego el
grupo nacional de personas consideradas democráticas–, y eso, en nuestro
concepto, es genocidio; y un genocidio no es precisamente ordenado por un
sargento.
Se ha dicho también –y
ha sido el propio Pinochet el encargado de hacerlo– que su detención amenaza la
democracia chilena.
Ese es un
chantaje inaceptable, además de que tal afirmación es completamente falsa. Aquí,
por primera vez desde 1973 se produce un debate de veras democrático. Por
primera vez la gente se está expresando y manifestando el odio brutal que
siente contra un antiguo dictador. Ello no excluye que haya quienes piensan,
por razones humanitarias, que Pinochet debería volver a Chile. No estoy
convencido de que sea una buena solución, pero eso es lo que se está debatiendo
en algunos sectores.
Lo que no
acepto es que vengan a decir: o Pinochet libre con su democracia, que tampoco
es "la democracia", o no hay democracia ni siquiera para los
pinochetistas. Los fascistas están ahora gritando en la calle: "luchar,
luchar, por un gobierno militar".
¿Cómo se entiende
entonces la actitud del Gobierno chileno, que ha salido en defensa de Pinochet?
Definitivamente,
no se entiende.
¿Qué saldo deja para
la lucha por los derechos humanos en América Latina y el mundo lo ocurrido
hasta ahora?
Que un
tribunal español se haya declarado competente para juzgar crímenes de lesa
humanidad es ciertamente un avance muy grande. El pinochetismo y las derechas
latinoamericanas y mundiales andan diciendo que de aquí en adelante uno podrá
ser juzgado por cualquier cosa en cualquier tribunal extranjero.
Eso no es
así; el genocidio, la tortura, los crímenes de lesa humanidad, no son cualquier
cosa. Estos crímenes son muy específicos y concretos. No se juzga el hecho de
que sean dictaduras; se juzga el genocidio. Las dictaduras pueden exiliar,
torturar o matar a un opositor, pero lo que ha habido en Chile no ha sido sólo
eso sino un plan sistemático y elaborado para eliminar un grupo de gente, y eso
es genocidio.
Estaríamos entonces
frente a una nueva situación en la lucha por los derechos humanos
Ciertamente, lo que hasta ahora se ha conseguido es
ya un gran paso adelante, pese inclusive a que el resultado final sea adverso.
Se ha instalado un sentimiento de esperanza para las poblaciones oprimidas por
regímenes que incurrieron en actos sistemáticos de desapariciones, torturas y
asesinatos, la esperanza de que por fin puedan, en algún momento, llegar a
tener justicia. (I.R.P.)
Salvando
las distancias...
Los
tiempos son malos para los gobiernos violadores de los derechos humanos. El
mundo se ha hecho muy chico como para que puedan esconderse de la fiscalización
pública mundial. Si no que lo cuente Pinochet.
Salvando
todas las distancias del caso, también lo puede decir el Presidente Fujimori,
que cada vez que viaja al extranjero –siempre que no sea, por supuesto, a
alguno de los antiguos "tigres asiáticos"–, ha sido reiteradamente
incomodado por la situación de los derechos humanos en el Perú.
La última
ocasión para ello tuvo lugar en su reciente visita al Canadá. Fujimori llegó a
ese país con la agenda llena de ideas para atraer las inversiones canadienses
en nuestro país. No contó, sin embargo, con el hecho de que parte de su tiempo
lo tendría que dedicar a responder sobre la política de derechos humanos de su
Gobierno ante el requerimiento de la sociedad y el Gobierno canadienses.
En efecto,
por consejo de su embajador y la Oficina de Asuntos Externos canadienses,
Fujimori tuvo que aceptar reunirse con representantes de la Iglesia, sindicatos
y organizaciones de derechos humanos que urgieron al primer ministro, Jean
Chretien, tratar asuntos de derechos humanos con el presidente peruano.
"Es
esencial que usted exprese nuestra grave preocupación sobre las 877
desapariciones forzadas que han tenido lugar desde el año en que el Presidente
Fujimori asumió el poder, así como el sistemático ataque contra las
instituciones democráticas, el Poder Judicial, los derechos laborales, la
libertad de prensa y otras voces disidentes", dijeron los organizadores en
una carta dirigida al primer ministro.
Ante el
primer ministro y los grupos de derechos humanos, Fujimori repitió sus viejos
argumentos según los cuales las peores violaciones de los derechos humanos
ocurrieron antes de su asunción al poder en 1990, pero admitió que se
produjeron "excesos" durante los primeros años de su mandato.
"Las violaciones de los derechos humanos eran sustanciales al principio y
ahora han desaparecido." Defendió la ley de amnistía otorgada por él en
1995 para garantizar inmunidad a los militares, y señaló que se trataba de algo
completamente legal. Asimismo, sostuvo que algunas áreas permanecen en estado
de emergencia para evitar el resurgimiento del terrorismo.
Como se ve, el Presidente, como en otras ocasiones,
tuvo que ponerse a la defensiva. Es que violar derechos humanos y atropellar la
democracia tiene hoy en día un costo muy alto. Y que no vengan a decir que todo
es porque hay gente interesada en desprestigiar al Gobierno. (I.R.P.)