Thomas Hammarberg:

"Luchar por los derechos humanos es un privilegio"

Thomas Hammarberg es uno de esos nombres que se repiten en muchos países cuando se piensa en los más importantes defensores de los derechos humanos en el mundo. Haber sido secretario general de Amnistía Internacional y tener hoy el encargo de Naciones Unidas de buscar el fin de la impunidad en Camboya dan una idea de la magnitud de su compromiso. Con la calidez y la sencillez que lo caracterizan, Thomas accedió gustoso a esta entrevista por el 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

 

Cuéntenos algo de su historia personal. ¿Cuándo, cómo y por qué se vio usted involucrado en la causa de los derechos humanos?

Nací en un pequeño pueblo en el norte de Suecia, una de esas pequeñas comunidades donde la solidaridad es natural entre la gente. Lugares en los que, cuando alguien está en necesidad, los otros siempre están allí para ayudarle. Creo que eso me enseñó a aprender el verdadero sentido de la palabra solidaridad.

Cuando me mudé a Estocolmo para continuar mis estudios ya estaba interesado en política y en la causa de la justicia. Algunos de mis más cercanos amigos eran gitanos provenientes de Roma que luchaban por su derecho a ir a la escuela y establecer una vivienda permanente. Me uní a su lucha e hice campaña a favor de ellos. Por cierto, la causa de los gitanos es todavía hoy importante en Europa. Tomé parte también en otras campañas como las que se hicieron contra el apartheid en Sudáfrica, contra las dictaduras en Grecia, España y Portugal.

Me vinculé a Amnistía Internacional siendo bastante joven, a la mitad de los sesenta, justo en la época que empezaba la sección nacional sueca. En una función y en otra, como profesor, periodista, activista de Amnistía y funcionario en el movimiento a favor de los derechos de los niños, como representante de las Naciones Unidas o como diplomático, he tratado de contribuir a la causa de la justicia. Me siento muy privilegiado de haber tenido esta oportunidad.

Usted ha sido secretario general de Amnistía por varios años. En términos generales, ¿cuáles piensa que son los principales logros y las limitaciones del movimiento no gubernamental de derechos humanos?

Los grupos no gubernamentales han hecho una crucial contribución a la lucha por los derechos humanos. Ellos han marcado la diferencia entre las buenas intenciones y la realidad de dos maneras. Por un lado, a través de informes relevantes y bien hechos que han permitido conocer la verdad de las violaciones de los derechos humanos en muchos lugares; de otro lado, a través del apoyo concreto y la asistencia a las víctimas.

Los derechos humanos son políticamente muy sensibles. El debate en el tema de derechos puede muy fácilmente ser distorsionado. Ha sido, por tanto, muy importante tener grupos en la sociedad que no han usado el argumento de los derechos humanos para sus propias y limitadas razones políticas y que han estado más bien comprometidos con los principios de los derechos humanos.

Esa es otra razón por la que los grupos de derechos humanos han tenido un efecto importante: su aproximación imparcial les ha dado credibilidad.

En el año del 50 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, ¿cuáles cree usted que son los resultados más positivos de su existencia?; ¿y cuáles los desafíos más importantes?

La Declaración Universal es sin ninguna duda un documento positivamente revolucionario. En sociedades donde hay opresión, trae esperanza. Yo personalmente he visto el impacto de la Declaración, por ejemplo durante los días de la dictadura brasileña. Personas que tenían volantes con el texto de la Declaración eran arrestadas, lo que hacía que el texto mismo se volviera más relevante para la gente.

Es importante que la Declaración sea universal, que refleje un consenso internacional en estándares que deben aplicarse en todos los lugares. Se ha convertido en el punto de partida y de referencia para numerosos e importantes documentos y convenciones internacionales de derechos humanos. Ha hecho visible que los derechos humanos –tanto los civiles y políticos como los sociales, económicos y culturales– van juntos y son indivisibles.

Ahora el desafío más importante es hacer que los derechos contenidos en la Declaración se conviertan en una realidad que sea puesta en práctica.

Camboya, el país del que usted es ahora relator especial de las Naciones Unidas, es probablemente uno de los lugares donde han ocurrido las más terribles atrocidades contra la humanidad en los últimos cincuenta años. ¿Cuáles son las principales lecciones que usted extrae de su experiencia allá en relación con el tema de los derechos humanos?

En efecto, las violaciones en Camboya, especialmente durante los años setenta, fueron horrendas: Entre 1975 y 1979, 1,5 millones de personas fueron ejecutadas o empujadas a la muerte a través de la falta de alimentación y medicinas. Estoy trabajando ahora en el esfuerzo de las Naciones Unidas de llevar a la justicia a los responsables de estos hechos.

Una lección clave de la experiencia camboyana es que la impunidad alimenta más violencia y crimen político. El problema de la impunidad es todavía el peor aspecto de la situación de los derechos humanos en Camboya. Nadie ha sido arrestado y perseguido por la inmensa mayoría de los asesinatos políticos perpetrados en los dos últimos años.

Otra lección, y esta vez positiva en el caso camboyano, es que las organizaciones no gubernamentales son necesarias para construir una cultura de derechos humanos.

¿Cree usted que el Tribunal Penal Internacional recientemente aprobado en Roma será una herramienta importante para detener las nuevas violaciones de los derechos humanos en el mundo? ¿Qué cree usted que se debe hacer para asegurar su efectividad?

El acuerdo del Tribunal Penal Internacional es un paso importante y, sinceramente, deseo que los Estados Unidos se unan también para apoyar a esta Corte. Va a ser necesario designar un fiscal independiente y firme para marcar el ritmo desde el comienzo. Va a ser importante también que todos los gobiernos cooperen realmente con la Corte, inclusive cuando estén en juego los intereses nacionales.

Usted está ahora comprometido con un nuevo proyecto, el Consejo Internacional de Estudios para los Derechos Humanos (ICHRP). ¿Por qué esta institución ha sido establecida, y qué espera de ella?

El Consejo Internacional de Estudios para los Derechos Humanos es un proyecto interesante. Su propósito es llenar con buenas ideas los vacíos para entender qué es lo que se debe hacer para que la intervención internacional de los derechos humanos sea más efectiva. Pero se quiere hacerlo en consulta permanente con activistas de todo el planeta. Mucho de la investigación en derechos humanos no es realmente útil, en la medida en que no parte de la vida real, de los problemas reales de la lucha por los derechos humanos en los niveles locales y nacionales.

Otra idea que está en la raíz del Consejo es transferir la experiencia de un país al otro. Por ejemplo, actualmente estamos haciendo un estudio sobre las instituciones nacionales de protección de los derechos humanos (los ombudsman y otras figuras similares), y esperamos que este informe pueda ayudar a la discusión sobre ese tema en muchos países, para organizar de mejor modo estas instituciones.

Pensando en las nuevas generaciones, ¿cuál sería la razón que les daría usted para unirse a la causa de los derechos humanos?

Los derechos humanos son necesarios para mejorar el mundo. Los derechos humanos son centrales en nuestras vidas. Es no solamente importante, sino también interesante; nada puede ser más fascinante que trabajar junto a gente que piensa como uno para conseguir una mejor vida para todos.