La paz es una

gran oportunidad

(no podemos desaprovecharla)

Hace ya algunas semanas que se firmó el acuerdo para una paz definitiva entre el Ecuador y el Perú. En ambos países el tema sigue siendo  materia de alegría y congratulación entre algunos sectores pero, de debate y frustración entre otros. Ríos de palabras se han escrito ya en torno a este tema, y no tenemos la vanidad de pensar que podemos ofrecer en estas páginas un punto de vista totalmente original o diferente de los de otros. Queremos, sí, contribuir a la reflexión expresando un punto de vista frente a un asunto de tanta trascendencia. Contamos también con las opiniones de los congresistas Henry Pease y Jorge Avendaño, así como con un completo informe sobre las razones del estallido en Iquitos.

 

A la luz de las semanas transcurridas, y para sorpresa de muchos, la alegría por la firma de los acuerdos de paz no ha sido generalizada ni en el Ecuador ni en el Perú; peor todavía: por lo menos en el Perú, parecen ser más los detractores de lo firmado que quienes lo apoyan.

El ánimo nacional no es de fiesta

En el Ecuador, por ejemplo, personajes de tanta importancia como Paco Moncayo hablan de "nueva desmembración territorial" y de la necesidad de un juicio político a los tres presidentes que sucesivamente negociaron con el Perú. También se puede mencionar al ex presidente León Febres Cordero, quien piensa que "esto no es paz con dignidad... es como un ácido, es como un purgante"; lo de Tiwinza, en particular, es para Febres "como habernos permitido comprar un apartamento que teníamos en Lima, bajo jurisdicción y legislación del Perú".

En el Perú el tono de los cuestionamientos ha sido también muy fuerte y, paradójicamente, con similares argumentos. Sectores de prensa tan importantes como el programa Enlace Global con César Hildebrandt o el diario La República, así como líderes políticos respetables, como por ejemplo Henry Pease o Beatriz Merino, han considerado que se han hecho concesiones territoriales –y de otra índole– inaceptables. Iquitos, quizá lo más grave, está desde entonces virtualmente en estado de rebelión.

Queda entonces la pregunta de si la firma de los acuerdos de paz por parte del Perú y del Ecuador fue un error.

No lo creemos. Todo lo contrario: pensamos que estamos frente a una gran oportunidad de futuro. Y para entender lo ocurrido hay que tener una lógica de razonamiento que separe el contenido de la paz de las situaciones que en cada uno de los países exacerban los ánimos y alientan la crítica y el descontento.

 

La paz es una buena nueva

Lo primero tiene que ser lo primero. El que se haya firmado la paz entre dos países a los que nada nunca debió separar, y menos enfrentar, es un hecho histórico de un valor excepcional para ecuatorianos y peruanos y, en general, para toda América Latina.

Si sabemos consolidar lo conseguido, nunca más tendremos que ver a soldados peruanos o ecuatorianos mutilados o muertos. Nunca más conflictos armados que desangren nuestras economías y engorden a los traficantes de armas.

Se abre a la vez una oportunidad para que en nuestros países prime la sensatez y se gaste menos (mucho menos, cada vez menos) en armas de guerra. Y no olvidemos que el armamentismo es indeseable en cualquier supuesto: si se usa lo comprado, viviremos una nueva tragedia; y si no, se oxidará y se volverá obsoleto, habiéndose botado a la basura millones de dólares que –vaya que lo sabemos allá y acá– no nos sobran.

Se nos plantea también un mejor escenario para cuestionar al militarismo; no a los militares, sino al poder indebido que tienen en países que se pretenden democráticos como Ecuador y Perú; un poder que casi siempre se sustenta en la coartada de que deben permanecer privilegiados e intocables, para que puedan concentrarse en protegernos de la amenaza de nuestros enemigos externos o internos.

Es posible también pensar que la paz abre un escenario un poco más favorable (o por lo menos un poco menos desfavorable) para el desarrollo económico y el bienestar de la población. Es más fácil invertir y generar riqueza cuando no se tiene a la vuelta de la esquina el riesgo de una guerra que haga puré las economías por las que apostamos. Además, en tiempos de integración comercial global es muy favorable para todos que los ríos de la selva, en lugar de trasladar soldados para matarse entre sí, sean el escenario de un comercio activo y creciente. En zonas del país por las que nunca hicimos nada, el crecimiento de la actividad económica puede ser el inicio de cambios positivos.

Es verdad que todos son beneficios potenciales y de mediano plazo, y también lo es que están aún por construirse; que hemos tenido demasiadas veces en nuestros países gobernantes obtusos y mediocres que han desaprovechado toda oportunidad que la historia o la naturaleza nos proveyó, y que nada asegura que las cosas vayan a ser ahora diferentes. Pero lo que es indudable es que la oportunidad está allí, y que con la guerra, o la "paz armada", simplemente no existía.

Negociación y concesiones mutuas

Varios capítulos de enfrentamientos entre peruanos y ecuatorianos, el último de los cuales duraba ya cincuenta años, tienen que habernos dejado muchas lecciones a los dos países.

Algunas bastante obvias. Para empezar, que ninguno de los dos estaba dispuesto a decir: "bueno, nos hemos dado cuenta de que tienen ustedes razón; olvídense de lo que veníamos planteando y pongamos en práctica exclusivamente su punto de vista". La historia probó también que tampoco era posible, para ninguno de los dos países, imponer al otro una solución militar.

Si se quería acabar realmente con el problema, no había otro camino que el de la conversación y la negociación. Y a partir de allí hay dos puntos medulares que debemos todos reconocer. Primero, quien se sienta a una mesa a negociar con otro es porque reconoce que hay un problema por resolver. Segundo, aún cuando parezca obvio decirlo, se tiene que saber de antemano que habrá que ceder en algunos aspectos del punto de vista propio; por supuesto, a cambio de que el otro haga lo mismo.

Todas estas verdades se vuelven compromisos de verdad cuando se está ante la atenta mirada de la comunidad internacional (estados, organismos multilaterales, crediticios, financieros, etcétera) que ven con creciente hastío que el problema persista.

Al asunto, por añadidura, hay que entrarle muy en serio si, encima –a nuestra insistencia–, Estados Unidos y Brasil (nada menos), pero también la Argentina y Chile, están presentes en todo el proceso como garantes de nuestra mutua buena voluntad y seriedad.

No cabía pues, en ese escenario, que Ecuador o Perú plantearan: "Oye, estoy aquí para que aceptes mi punto de vista al 100%, o no hay nada más que hablar". ¿Hubiera sido serio?; más todavía: ¿era posible?

El dilema debe, por tanto, ubicarse en otro nivel: ¿es lo concedido razonable? Es decir, si ponemos en un plato de la balanza los beneficios para la patria y sus gentes, y, en el otro, los costos de lo que se otorga, ¿a qué lado se inclina? En otras palabras: ¿era razonable para el Perú firmar el acuerdo de paz al que se ha llegado?

Desde nuestro punto de vista, SÍ.

Lo que ganó el Perú

Ya hemos señalado que para ambos países la victoria fundamental pasa por haber conseguido la paz, con todo lo que ella conlleva.

Además, el Perú ha ganado muchísimo con este resultado. Lo más importante: se aceptó nuestra tesis histórica (rechazada por el Ecuador) de la validez del Protocolo de Río de Janeiro y de todos los instrumentos legales posteriores. En ese marco, Ecuador depuso su planteamiento nacional que, no lo olvidemos ahora, lo definía como un país amazónico que incluía a Tumbes, Jaén y Maynas como parte de su territorio. ¡Nada menos! ¡Iquitos estaba en los mapas oficiales del Ecuador!

Todo eso fue dejado de lado, y el debate territorial se ha concentrado en dos pequeños puntos de la frontera que faltaban delimitar. Inclusive en este escenario ya reducidísimo de disputa, la opinión de los garantes es más favorable al Perú que al Ecuador (los famosos "pareceres técnicos de los garantes" que el Ecuador rechazó en su momento y que hoy son parte del acuerdo). Para empezar, el lugar cuya disputa suscitó una guerra hace sólo tres años, Tiwinza, ha sido reconocido como territorio peruano.

Un punto adicional frente a quienes se hacen la pregunta de por qué creerle esta vez al Ecuador, si ya antes firmó tratados que luego desconoció (la compra de aviones Kafir no ayuda mucho, por cierto, a construir confianza). Pero el margen de maniobra que tendrían para actuar de espaldas a lo acordado sería, en esta nueva etapa, mínimo.

Primero, porque estamos en 1998 y no en 1942, y el mundo ha cambiado muchísimo. Hay hoy una presión inmensa para acabar con conflictos que pueden desestabilizar el equilibrio en una región (si no, pregúntenle a Netanyahu y a Arafat, casi rehenes en Wye, hasta que salieron con algo firmado). En otras palabras, los garantes no están pintados en la pared, menos ahora que la fórmula acordada es la de ellos.

Segundo, porque parece haber un cambio de actitud auténtico y sincero de una nueva clase política ecuatoriana encabezada por Mahuad. Pero en el supuesto improbable de que Ecuador optara por ese camino, está allí la solidez jurídica de lo acordado, lo que, sumado a los múltiples acuerdos previos, convertirían una denuncia del tratado en algo descabellado.

¿Alguien puede, razonablemente, pensar que en unos años más el Ecuador esté en capacidad de decir que ya no está de acuerdo con lo firmado y volver a sus históricas demandas? ¿Tendría esto algún eco internacional?

Es cierto que a cambio de todo lo anterior el Perú ha cedido al Ecuador en algunos aspectos, como no podía ser de otro modo.

Lo que ganó Ecuador

Quizá lo más importante: reconciliarse con su realidad como nación, y acabar con pretensiones territoriales totalmente ilusorias a las que nunca arribaría y que le impedían concentrarse en el futuro.

Pero ha ganado, asimismo, con el acuerdo de paz, algunos puntos concretos y para ellos valiosos. ¡Y en buena hora que así sea! La paz que surge de la humillación del adversario es inestable: incuba los odios y las frustraciones que la harán al final colapsar.

Para empezar está el terreno entregado en propiedad privada en Tiwinza, bajo leyes peruanas, que le permite al Ecuador compensar ("emotivamente", como el propio Mahuad ha dicho) el que los garantes hayan reconocido ese lugar como parte del Perú. Hay, además, concesiones importantes en cuanto a navegación fluvial e instalaciones en territorio peruano que le dan viabilidad a ese comercio. Todas concesiones recíprocas y razonables si se toma en cuenta la importancia de lo que se está consiguiendo a cambio.

A partir de lo cedido al Ecuador, hay una preocupación expresada en el Perú, reiteradamente, en el sentido de que estas concesiones pueden ser, con el correr de los años y al ser utilizadas al máximo por los ecuatorianos, base para nuevos reclamos, surgidos esta vez de la necesidad de expandirse desde esas zonas. Puede ser que ello esté en la mente de algunos de nuestros vecinos, pero pensar nosotros que eso sería posible es subestimar nuestra propia capacidad como país de, a su vez, garantizar que no ocurra (más aún sabiendo de antemano que hacerlo podría estar en la agenda del otro).

El "estilo" Fujimori y sus consecuencias

No tenemos elementos de juicio suficientes, ni nos corresponde entrar a analizar las razones del descontento de algunos sectores en el Ecuador; interesa, sí, y mucho, entender lo que ocurre en el Perú.

Y lo que ocurre tiene un nombre propio: Alberto Fujimori, o, mejor todavía, la polarización que se ha creado en torno a su persona.

Es cierto que cuando el contenido de los acuerdos se vea con más perspectiva y menos apasionamiento, la paz con el Ecuador deberá agregarse al haber histórico de Fujimori. Y vaya que a estas alturas no es poco: puso orden frente al colapso económico en que nos dejó García y acabó con la violencia de Sendero Luminoso y el MRTA que desangraban el país. ¡Ahora la paz con el Ecuador!

Por supuesto que en el debe la lista también es impresionante: perdió una guerra con el Ecuador en 1995; convirtió lo que quedaba de las instituciones democráticas en una caricatura grotesca; aumentó hasta niveles impensados el centralismo; cometió graves violaciones de los derechos humanos y protegió a sus responsables directos; permitió que personajes siniestros y no fiscalizados controlaran la vida pública y manipulasen instituciones nacionales claves; además, utilizó todos los resortes del poder para tratar de perpetuarse en la presidencia indefinidamente.

Pero volvamos al momento actual y al rechazo mayoritario a los acuerdos. Estamos convencidos de que el punto medular de la explicación hay que buscarlo en Fujimori y sus políticas.

Las razones:

Primero: ¿por qué confiar en que el "Chino" esté actuando ahora de buena fe? Si se trata de un gobernante que ha hecho lo que le ha dado la gana con sus promesas, con la ley y las instituciones, ¿por qué ahora debemos confiar en su palabra? A quien no dudó en mentir al país cuando dijo que habíamos recuperado militarmente Tiwinza, a quien decapitó al Tribunal Constitucional, a quien se burló de la solicitud firmada por un millón y medio de peruanos y anuló el referéndum, a quien le quitó la nacionalidad y su canal de TV a un opositor molesto, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Por qué creerle ahora cuando dice que esto es bueno para el país?

Segundo: la manera como se manejó el proceso mismo. Totalmente de espaldas al país, en secreto, sin consultar con nadie, con renuncias del canciller y altos funcionarios en los mismos días en que todo se debía decidir. Y no nos digan que así tenía que ser, que el secreto era el requisito del éxito; porque así no fue en el Ecuador, donde hubo más información, pero sobre todo un intenso proceso de diálogo y consultas con sectores representativos de la vida nacional para tratar de construir un punto de vista común.

Tercero: lo de Iquitos. ¿Cómo no iban a estar furiosos? Siempre el olvido y el abandono del Estado. Y en estos diez años se les ha tratado peor que nunca. Ellos dicen: "para nosotros nada de nada, y a los ecuatorianos ahora les dan mil facilidades; no es justo". ¡Por supuesto que no lo es! Y luego, cuando la rebelión estalló, la respuesta del Gobierno ha sido de nuevo abusiva, acusadora, poco inteligente.

Y después de manejar las cosas como las han manejado (poniendo en riesgo algo tan valioso), se hacen los ofendidos. Todos, sienten ellos, deberían, unánimemente, aplaudirlos; y los críticos son poco menos que traidores a la patria. Como diría Camotillo: "¡qué tal con...ciencia!".

En resumen: Fujimori consiguió algo extraordinario, la paz con el Ecuador, pero tratando en el camino a su propio pueblo casi con la misma desconfianza con la que se trata al enemigo. ¡Los resultados de política interna están a la vista! Y sí es cierto, además, lo que algunos señalan: que había muy poco de estadista en su decisión de sellar la paz con Ecuador y, más bien, mucho de cálculo político; de pensar que este sería el trampolín para la re-reelección, parece que se equivocó de cabo a rabo. La única manifestación pública de apoyo ocurrió en una base militar, el Grupo Aéreo Nº 8, cuando miles de mujeres pobres espontáneamente llevadas para la ocasión en ómnibus contratados por Palacio, aplaudieron al Presidente a cambio de comida, o por el temor de perder el poco apoyo social con el que sobreviven sus hijos. ¡El estilo hace al hombre! ¡El estilo está liquidando al político!

Necesitamos, más que nunca, gobernantes para la paz

Muchos de los que, como nosotros, están a favor de los acuerdos de paz, se torturan preguntándose por qué Fujimori hizo las cosas de esta forma. Quizá la pregunta debiera ser otra: con todos sus antecedentes, ¿podía esperarse que Fujimori actuara de otro modo?

Es terrible que un acontecimiento histórico y extremadamente valioso para el país pueda estar potencialmente en riesgo por el tipo de régimen que hoy padecemos.

Tampoco puede dejar de mencionarse que muchos sectores de la oposición no han estado a la altura de los acontecimientos en esta crucial coyuntura histórica, pues no han sabido distinguir el interés nacional de las pasiones políticas del momento.

Lo que estamos viviendo ratifica la urgencia de buscar nuevos estilos de gobernar en el Perú: gobernantes para la paz y para la democracia. Verdaderos líderes que sepan conjugar en el presente los verbos prohibidos: escuchar, concertar, tolerar, dialogar, incluir, compartir, convencer, construir, integrar, participar.

¿Los tendremos? Da pena decirlo, pero todavía no hay razones para el optimismo. (C.B.I.)