Fujimori, el 5 de abril y América Latina:
¿Ecos del pasado o recuerdos del futuro?
Hace ya siete años, Alberto Fujimori disolvió el Congreso, capturó el Poder Judicial y, con apoyo de las Fuerzas Armadas, inició un gobierno autoritario que hasta hoy mantiene muchos de esos rasgos. A continuación, una reflexión sobre el significado político de ese acontecimiento, a la luz de lo que ocurre hoy en el Perú y en el resto de América Latina.
Han pasado siete años del 5 de abril de 1992, y la principal pregunta que surge en el debate nacional es si el golpe fue necesario.
Al respecto, un argumento hoy extendido en sectores críticos de la conducta autoritaria del régimen es que si bien el golpe de estado del 5 de abril, y el conjunto de medidas de excepción que se adoptaron a continuación, pudieron haber sido "necesarios" en su momento, ahora, ya pasada la "emergencia" y en una situación de "normalidad", han perdido su razón se ser.
En esta revista tuvimos y tenemos una apreciación diferente. Desde el primer momento, y a lo largo de los años que siguieron, sostuvimos que la emergencia por la que pasaba el país podía enfrentarse sin destruir las bases de la democracia; que mano firme y políticas claras no tenían por qué ser lo opuesto de democracia; que los éxitos que se consiguieron en la lucha contra la subversión no fueron consecuencia directa del golpe, sino de otros procesos y acciones que no necesariamente lo suponían; que en el campo económico el golpe tuvo repercusiones negativas, ya que nos hizo más frágiles ante un mundo que ve con creciente desprecio a los dictadores y, por tanto, hizo más difícil y costosa nuestra relación con los países e instituciones claves en ese campo. Pensábamos, en síntesis, que con el argumento de solucionar problemas muy graves se estaban creando otros nuevos e igualmente difíciles de resolver.
Han pasado siete años desde entonces. Y nadie, honestamente, puede negar que el Perú de 1999 es, en algunos aspectos, mejor que el de 1992. Lo que sí se puede discutir es si esa mejoría de hoy se ha alcanzado gracias al golpe de entonces. A la vez, es clarísimo que lo que hoy es peor sí está vinculado a ese acontecimiento: Fuerzas Armadas politizadas y manipuladas al servicio de un régimen autoritario; poder desmedido de personajes cuestionables y vinculados a prácticas nada santas; Congreso irrelevante y desprestigiado; Poder Judicial sometido al poder político; abusos contra los derechos fundamentales de los ciudadanos; "sanciones" al ejercicio de la libertad de prensa; impunidad y violación reiterada de la ley; desprestigio internacional muy grande, entre otros males.
Sin idealizar para nada lo que ocurre en otras tierras, cabe preguntarse: ¿por qué a nosotros?; ¿por qué el Perú tuvo que ser el único país latinoamericano que no pudo preservar sus avances hacia la democracia y el imperio de la ley?; ¿por qué tamaño retroceso?
Sí: fracaso y retroceso. El saldo deja mucho que desear. El Perú ha pagado y paga un precio muy alto por haber sacrificado su democracia. Y no había que ser adivino para predecirlo. Contra la pretensión de nuestra novísima clase política, hay que recordarles una vez más que la idea del "salvador providencial" que nos sacará del hoyo a cambio de que sacrifiquemos nuestros molestosos derechos y libertades, es lo más viejo, gastado y fracasado que hay en América Latina; y que cada uno de nuestros países, virtualmente sin excepción, puede ofrecer piezas extraordinarias para ese museo.
Pero, ¿es realmente cierto que Alberto Fujimori es sólo un eco de un pasado que nos dejó ya definitivamente?
Quizá sí, quizá no.
De un lado, y por fortuna, es un fenómeno aislado y que, pese a los años transcurridos, no ha triunfado en ningún otro país.
En general, varios hechos políticos importantes de la historia reciente de América Latina podrían indicar que a los Fujimoris se les acabó su tiempo. Jorge Serrano, en Guatemala, quiso emularlo muy pocos meses después y pagó caro su error. En la misma Guatemala, Efraín Ríos Montt, el responsable de la peor parte del exterminio de la población maya de comienzos de los años ochenta, nunca logró romper el veto legal que le impide, para siempre, regresar al poder en su país. Hugo Chávez y Lino Oviedo fracasaron en sus respectivos intentos de derrocar a presidentes electos. Harold Bedoya, el ex comandante general de las Fuerzas Armadas de Colombia –quien, palabras más palabras menos, le propuso a sus compatriotas hacer lo que hizo Fujimori en el Perú– quedó por la pata de los caballos en las últimas elecciones realizadas en su país.
Y si quisiéramos seguir siendo optimistas, se podría señalar que países que sufrieron crisis gravísimas lograron superarlas con mecanismos constitucionales y sin recurrir, por lo menos abiertamente, a las Fuerzas Armadas. Así salió Collor de Mello en Brasil, Pérez en Venezuela, el "loco" Bucaram en Ecuador y, más recientemente, Cubas en Paraguay.
Se podría agregar que hay algunas democracias que parecen haberse consolidado mucho (Uruguay o Costa Rica), y que otras se muestran sólidas ante las crisis a las que deben hacer frente (Chile por culpa de Pinochet y su legado, Cardoso por la economía, y Argentina por el propio Menem).
¿Es entonces el fujimorismo un accidente irrepetible en la América Latina contemporánea?
Con mucha preocupación, múltiples acontecimientos recientes nos llevan a pensar que no es necesariamente así. Repasemos, si no, sólo lo que va de 1999, y veamos la magnitud de las crisis políticas a las que han debido hacer frente Colombia, Venezuela, Ecuador y Paraguay.
Nuestras transiciones a la democracia no son tan sólidas como creíamos. Pareciera más bien que la diferencia entre los demás procesos de América Latina y el nuestro es de grado. En el Perú todo colapsó a la vez; se concentraron, en una misma etapa de nuestra historia, toda la gama de problemas a los que hoy, de diferentes formas, hace frente la región. Quizá por eso aquí se llegó a la situación límite a la que se llegó, y sucedió lo que sucedió, con la anuencia de la mayoría. Pero se podrá decir que, en general, en América Latina la democracia dista mucho de estar consolidada y que, más bien, constatamos con preocupación algunos signos crecientes, si no de agotamiento, por lo menos de cansancio.
Las razones son muchas; en estas breves líneas cabe solamente recordar las más importantes:
La precariedad de nuestras economías: La pobreza, la desigualdad y la incapacidad de generar modelos de desarrollo sostenibles e incluyentes han estado a lo largo de nuestra historia en la raíz de casi todos nuestros problemas políticos. Se han experimentado todos los modelos, y todos han fracasado. Y ahora, lamentablemente, la aplicación de políticas económicas ortodoxas tampoco ha producido cambios importantes para revertir ese histórico problema (sin mencionar a muchos que piensan que, en realidad, ese tipo de políticas no harán más que ahondarlo).
¿Qué garantías de gobernar democráticamente hay en países donde la mitad de la población vive en extrema pobreza y se rebela, con razón, contra ese destino? ¿Cómo estará afectando a la democracia brasileña la crisis económica y las duras políticas que se deben poner en práctica? ¿Sobrevivirá la ya maltraída democracia ecuatoriana a la crisis a la que hace frente y a la dificultad, al parecer insalvable, de llegar a un acuerdo sobre las políticas a poner en práctica? Y, planteado de modo más general, ¿qué pasaría en la política latinoamericana si la economía mundial sufriera un remezón de a verdad y lo poco que se ha conseguido se cae de golpe?
La persistencia del militarismo: Quizá con la excepción relativa de la Argentina y El Salvador, casi todos los países de América Latina aceptaron una serie de privilegios y "garantías" para sus Fuerzas Armadas a cambio de gobiernos civiles. En Chile, el Perú, Guatemala, Ecuador, Colombia, Nicaragua, el Brasil, y ahora en Venezuela, las Fuerzas Armadas conservan atribuciones y privilegios dudosamente compatibles con los deseables en un sistema democrático. No siempre hablan en voz alta, pero están allí, y en muchos casos se sienten y son percibidas como la reserva de "estabilidad" en caso de que las cosas se compliquen.
Leyendo los mismos acontecimientos de otro modo: ¿hubiera sido posible que Bucaram se fuera en el Ecuador, o Cubas en Paraguay, sin contar con su venia? O en un escenario que apenas se empieza a dibujar, ¿qué consecuencias se pueden esperar del papel que Hugo Chávez les está concediendo a las Fuerzas Armadas en la vida social y política venezolana?
La incapacidad de lidiar con el pasado: Lo hemos dicho mil veces desde el trabajo por los derechos humanos, pero no por ello deja de ser verdad. Nuestras democracias, en general, no se han construido sobre la verdad y la justicia respecto de lo ocurrido en el pasado, sino a punta de pragmatismo y timidez, buscando canjear estabilidad a cambio de impunidad y olvido. Y parece que la cosa no funciona así de fácil.
El ejemplo más obvio es el de la situación de Pinochet y sus efectos negativos para la vida política chilena. La Argentina no escapa tampoco, y el pasado reaparece cada poco tiempo de modos perversos. La impunidad colombiana se ha convertido, qué duda cabe, en uno de los combustibles que aceleran las violencias que asolan a ese país. En Guatemala muchos sostienen que las bandas del crimen organizado que los aterrorizan no son sino la continuidad de las que existieron –y no se desmantelaron o sancionaron– durante los años de conflicto interno. Viendo hoy a Paraguay, se renueva la pregunta de si podía ser tan fácil pasar de una dictadura de treinta años a una democracia sin que nada ocurriese; con los mismos partidos, con la misma gente.
El fracaso y descrédito de la clase política: Las elites políticas que han gobernado nuestros países están desprestigiadas ante la población. Por supuesto que en diferentes grados y con diferentes consecuencias, pero la actividad política y la gestión pública son vistas con sospecha y hasta desprecio por la mayor parte de América Latina. A este respecto, el Perú es todavía un paradigma insuperable, pero otros países parecen empezar a emularnos. ¿No les queda la sensación de que con Hugo Chávez, que junta en uno solo a Alan García y Alberto Fujimori, Venezuela está cortando camino a lo desconocido, quizá al abismo?
La distancia entre la gente y la política: Política igual corrupción o abuso: esa parece ser la ecuación que la mayoría de la población ha establecido en toda Latinoamérica. En consecuencia, yo me ocupo de lo mío y punto. Esto se refleja, en general, en una especie de "flojera cívica" para participar tanto de la vida social como de la política. Un indicador es, desde hace ya un tiempo, el muy alto índice de ausentismo en los países en los que el voto no es obligatorio (85% en promedio en Guatemala, que es siempre el campeón). ¿No es hoy un muy mal síntoma que, con su decisión de no inscribirse en los registros, la mayoría de los jóvenes en Chile, una de las democracias más prósperas y exitosas del continente, se hayan autoexcluido de participar en política?
Parece, pues, que después de todo los peruanos no estamos tan solos en nuestros dilemas.
¿Están entonces condenadas las demás democracias de América Latina a vivir sus 5 de abril?
No necesariamente, pero tampoco lo opuesto está del todo garantizado. En esa medida, y como la historia está por escribirse, es mejor constatar hoy nuestras debilidades para que el pasado no nos alcance, de nuevo, a mitad de camino.
Ni ecos del pasado, ni recuerdos del futuro; simplemente un espejo en el que mirarse para no repetir los mismos errores (C.B.I.).