Monseñor
quería una ceremonia especial...
...y la tuvo
Desde que
asumió el cargo de Arzobispo de Lima, Monseñor Juan Luis Cipriani puso entre
sus prioridades a la Pontificia Universidad Católica del Perú. Decidió
convertir su condición de "Gran Canciller" de la universidad en un
poder real y por encima del de las autoridades democráticamente elegidas. Sin
importarle la tensión que ha generado con su postura, quiso, además, que la
tradicional ceremonia interna en la que se reconoce al Arzobispo de Lima su
título universitario no fuese algo protocolar, sino una ocasión muy especial.
Lo
consiguió.
El 24 de
marzo, en el auditorio de Derecho del Fundo Pando no cabía un alfiler; los 360
asientos de los que dispone la sala estaban copados. Todos, salvo catorce, eran
profesores de la universidad; los restantes, una muy pequeña delegación de
estudiantes a la que se había permitido asistir. En la mesa de honor estaban el
rector, Salomón Lerner, el vicerrector, Marcial Rubio, el Arzobispo Cipriani y el
Nuncio Bardelli. También, Monseñor Bambarén, Presidente de la Conferencia
Episcopal Peruana, y Monseñor Irizar, secretario de la Conferencia y Obispo del
Callao.
La
presencia de Bambarén parecía recordarle a todos los asistentes que si la PUCP
tenía un vínculo con la Iglesia, éste no tenía por qué reducirse a Cipriani;
más todavía si los Obispos del Perú no lo habían escogido a él para presidir su
asamblea, como de algún modo era ya tradicional. La presencia de Irizar tenía
reminiscencias geográficas. Es que si la universidad está situada en la Lima de
Cipriani y no en el Callao de Irizar, es literalmente un asunto de cuadras más,
cuadras menos. No, por cierto, algo que haga pensar a Cipriani como
predestinado para ese destino.
Primero
habló el Rector, Salomón Lerner; y cuando concluyó, un auditorio compuesto por
gente de edades y formas de pensar muy diferentes entre sí lo ovacionó de pie;
y lo hizo por cinco minutos que debieron parecer eternos. Era el mensaje
político más claro (y sonoro) que se podía dar: la universidad tiene sus
propias autoridades y nadie puede pretender imponerse sobre ellas.
Le tocaba
el turno al Gran Canciller. Cuando iba a empezar, los catorce estudiantes, sin
decir palabra, se pusieron de pie y se retiraron. Ya antes lo habían declarado
persona no grata. Habló entonces Monseñor Cipriani (dicen, para ser justos, que
con un tono inusual en él y bastante conciliador). Terminó sus palabras y un
auditorio educado lo aplaudió, tan cortés como brevemente.
Pero más allá de esta reveladora
crónica, hay que recordar que lo que está en juego es mucho más que un tema de
orientación política o filosófica, mucho más que un problema de quién ejerce el
poder. El asunto de fondo pasa por defender a una de las más importantes
instituciones educativas del país. Es que a estas alturas de su historia, la
Pontificia Universidad Católica del Perú, antes que Pontificia y Católica (y
sin haber renegado nunca de su origen), es un patrimonio de la enseñanza y la
investigación de todos los peruanos. Y con tan pocas instituciones aún en pie
en este país, el riesgo de que se desnaturalice su identidad y se convierta en
el apéndice de una obra (sea cual fuera), es uno que no se puede correr.
Corresponde defenderla no sólo a las actuales autoridades, o a sus profesores y
alumnos, sino también a todos los que nos hemos formado en sus aulas. (C.B.I.)