Camilo Castellanos:
"Hay
que cerrar el déficit de voluntad política para la paz"
Camilo
Castellanos, presidente de ILSA de Colombia, una importante organización de
derechos humanos, estuvo hace poco en Lima. Vino invitado por la Plataforma
Sudamericana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, con el fin de
promover el interés y la solidaridad con lo que ocurre en su país. A
continuación lo más saltante de nuestra entrevista con él.
La opinión pública está confundida con
las noticias que vienen de su país. Por un lado se da cuenta de diálogos de
paz; el Presidente se reúne con los dirigentes de las guerrillas, se sientan,
se abrazan; pero, por otro lado, se ven
titulares con cincuenta muertos aquí, secuestrados allá, más muertos por acá.
¿Dónde está la verdad?
Ambas cosas
son ciertas. Se está iniciando una etapa de conversaciones con el presupuesto
de conversar en medio del conflicto; no se parte de una tregua o de un cese al
fuego para poder conversar, sino que se aspira a que en medio de la
conversación se vaya logrando una voluntad de paz. Así fue en El Salvador,
donde las conversaciones iniciales se dieron en medio de la guerra.
O sea que los diferentes actores de la
violencia quieren llegar mejor a la mesa de negociaciones, con mayor fuerza...
Sí, algunos
creen que con más fuerza militar tienen mejores condiciones en la conversación
política. Pero esa es una opción muy cruel y dolorosa para la gente, que ve
caer a sus hijos, a sus esposos, o que tiene que abandonar el campo porque la
confrontación aumenta por esas razones. También es grave para los mismos
combatientes: creo que un soldado o un guerrillero que es llevado a nuevas y
más feroces batallas sólo para consolidar la oposición de su grupo y la
posición de su negociador, no puede sentirse muy bien.
Todo parece indicar que el Presidente
Pastrana está realmente motivado para lograr la paz, aun cuando no queda claro
cuánto estaría dispuesto a conceder por ella; pero por lo menos pareciera
interesado en que haya esos diálogos. ¿Los grupos armados tienen esa misma convicción?
Creo que
ahí hay un déficit de voluntad política, de voluntad de paz. En Colombia todos
los actores armados tienen la percepción errónea de que pueden triunfar militarmente.
Eso hace que la conversación de paz se convierta en una estratagema más del
proceso de la guerra.
La
situación es realmente compleja, porque sin una voluntad decidida y madura a
favor de la paz es difícil avanzar en el proceso de negociación. La única
ventaja que tiene el momento actual es que hay una sociedad que la exige
mayoritariamente y que en cada vez más amplios sectores, incluso
gubernamentales, esa voluntad aparece clara. Creo que en la guerrilla también
debe haber gente que esté comprometida con la salida política;
desafortunadamente, no son los que están marcando la pauta en este momento, y
una estrategia de paz debe influir para que esas posiciones sean las que
terminen siendo predominantes dentro de la insurgencia y, en general, en todos
los sectores armados.
Otro problema que llama la atención es
que haya, simultáneamente, una demanda de las guerrillas al Gobierno para que
impida la acción de los grupos paramilitares como una precondición para
negociar, y, por otro lado, que estos mismos grupos paramilitares presionen al
Gobierno y a las guerrillas para ser incluidos en los diálogos de paz. Parece
ser una situación bastante difícil de resolver...
Hay una
expresión colombiana que explica el comportamiento de la guerrilla: "uno
no habla con el payaso del circo, sino con el dueño". Esto quiere decir
que, en el caso de los paramilitares, hablar con el Estado es suficiente para
resolver el conflicto.
¿Es realmente así?
Uno no
puede afirmar que exista una política de Estado que integre al paramilitarismo
como un componente de la lucha; pero, simultáneamente, diversos informes de
organismos internacionales de derechos humanos, e incluso los mismos informes
del Departamento de Estado norteamericano, han planteado que en Colombia existe
una situación de tácita, cuando no abierta, colaboración del Estado con el paramilitarismo.
Pero hay
otra cara del mismo problema, y es que si bien estas fuerzas surgieron
auspiciadas o estimuladas por agentes de la fuerza pública, han logrado hoy un
cierto margen de autonomía y representan intereses sociales de sectores de la
población colombiana, llámense ganaderos, hacendados o terratenientes. En ese
sentido comienzan a tener una suerte de función de representación política, y
sus armas defienden determinados intereses. Es a partir de la representación
que se puede avanzar a la configuración de un actor político diferenciado.
¿Y parecieran ser lo suficientemente
fuertes para imponer determinadas condiciones?
Creo que,
efectivamente, la condición de ser parte o no en un proceso es algo que se
consigue, se conquista; lo cruel de esta situación es que el precio de este
reconocimiento se pague en vidas de campesinos inocentes; esa es la parte que
yo censuraría, porque, por lo demás, el que quiere representar intereses y
jugar políticamente, que lo haga.
¿Son especialmente crueles los grupos
paramilitares?
Son crueles
y despiadados, fundamentalmente con la gente desarmada; y es ahí donde uno
realmente no puede aceptar que la muerte de labriegos, la suerte de las viudas y
los huérfanos sea el precio que haya que pagar para que otros puedan sentarse
en una mesa de negociación.
Pasando a otro tema: cada vez hay más
actores internacionales preocupados por el conflicto interno colombiano. Allí
están las declaraciones de nuestro Presidente, el ingeniero Fujimori, pero
también las de Hugo Chávez, el debate electoral del panameño y, mucho más
importante que todo eso, la actitud de los Estados Unidos. Hay quienes aseguran
que Colombia requiere un nivel de intervención externa para solucionar el
problema. ¿Qué opina?
Toda
intervención que contribuya a encontrar una salida pacífica es bienvenida, sea
de gobiernos, grupos de gobiernos, agencias multilaterales, etcétera. Lo que resulta
nocivo es toda intervención que implique agregar nuevos ingredientes de
confrontación, nuevos actores e intereses contrapuestos.
¿Cómo cayeron en Colombia las
declaraciones de Fujimori cuestionando las negociaciones que el Presidente
Pastrana promueve en su país?
De manera
casi unánime, fueron vistas como impertinentes.
Quisiera concluir con un tema que nos
preocupa mucho en ideele: usted
es un defensor de los derechos humanos, y hemos visto con gran tristeza la
muerte de destacados luchadores colombianos, algunos de los cuales incluso
hemos conocido personalmente. ¿Cómo es defender los derechos humanos hoy en
Colombia?
Es una
tarea ímproba, muy difícil. La comunidad de derechos humanos está siendo
asediada por gente a la cual le incomoda que la verdad de sus acciones se
conozca, gente a la cual el tema mismo de derechos humanos le resulta un
obstáculo para sus prácticas bárbaras. Desde tiempo atrás hemos sido testigos
y víctimas de un conflicto que se libra
fundamentalmente en contra de la población civil: hay un combatiente muerto por
cuatro civiles asesinados.
La labor de los organismos de
derechos humanos ha sido develar estas situaciones, buscar que no queden en la
impunidad. Es preocupante que se quiera silenciar a la comunidad de derechos
humanos, que se quieran evitar las investigaciones y el esclarecimiento de esos
hechos, porque sencillamente sería dejar a la población totalmente indefensa,
sin ningún contrapeso a la decisión de los bárbaros que la están agrediendo.