Caminos hacia el Perú
Hildegard Willer
Hildegard Willer es una alemana-suiza que hace un tiempo nos consultó si podía pasar una temporada por el IDL, pues quería venir a vivir al Perú. Aceptamos, porque nuestra experiencia con "cooperantes" siempre ha sido muy buena. Resulta que Hildegard no es exactamente una cooperante, sino una misionera con vena periodística y literaria. De ahí su crónica sobre su viaje al Perú en un barco de carga con un grupo de polacos.
Hemos pasado de moda los dos, los misioneros y los viajes en barco. No obstante, gracias a ellos me encuentro aquí en Lima: la misión que me mueve y el barco que me trajo.
25 de enero de 1999, Hamburgo
Una mañana lluviosa y fría. Ya están lejos mi patria Bavaria y Suiza, cubiertas de nieve, donde he vivido los últimos seis años, mi familia, mis amigos. Con dos maletas grandes y mi guitarra me embarco en el Profesor Mierzejewski, un barco de carga polaco que me llevará junto con siete otros pasajeros, 20 marineros polacos y 6000 toneladas de maquinarias, fertilizantes y camiones al Callao.
He escogido el viaje en barco para tener tiempo de reflexionar, leer, escribir, para llegar con el alma entera, y
–para ser sincera– también por miedo a los aviones. Ahora que me encuentro con este monstruo férreo medio oxidado de 180 metros de longitud y un peso de 16.000 toneladas sin un pedazo de madera adonde aferrarme en caso de naufragio, dudo de la sensatez de mi decisión. Pero ya, hay que dar el salto, pues.No habían faltado los cuestionamientos de los amigos en Alemania y Suiza: ¿acaso te vas como misionera al Perú? ¿A convencer a los peruanos de que se hagan cristianos? ¿Acaso no han hecho ustedes los misioneros suficiente daño extinguiendo culturas indígenas y matando a gente?
Siempre les contesté con una pregunta a mis amigos: ¿me cuestionarías igual si en vez de tener un contrato con una sociedad misionera tuviera un contrato con la Nestlé para que promocione la venta de sus productos lácteos en Lima? Goza de más popularidad la promoción de las multinacionales que la promoción de los valores del Evangelio, como lo son la solidaridad, la justicia, las relaciones entre iguales.
No, les dije a mis amigos, los peruanos son tan o hasta más cristianos que tú y yo, y en cuanto a la dolorosa historia: es un hecho innegable, que nos puede hacer frenar para todo o ser memoria productiva y vigilante para no volver a cometer los mismos errores. Prefiero lo último. Voy al Perú a colaborar con la gente de "buena voluntad", como dice el Evangelio, para que nos aproximemos juntos algo más a lo que es el Reino de Dios. La globalización de la solidaridad, la comunicación de los mundos de "abajo" no se realiza solamente con e-mail, sino con personas concretas.
Pero entonces, siguieron las preguntas, ¿por qué tienes que irte al Perú? Aquí hay tantas cosas para hacer. Allí sí me tienen. Es una verdad que en nuestros países se abre cada vez más la brecha entre ricos y pobres, que los viejos sistemas de solidaridad colectiva se están quebrando bajo la fuerza del neoliberalismo. No es necesario irse al Perú o cualquier otro país para luchar por un mundo más solidario y justo. Hubiera podido seguir formando misioneros, evaluando proyectos y militando en la solidaridad internacional desde Suiza. Pero tampoco es prohibido irse al Perú.
No hay razón objetiva, sólo cabe una respuesta personal: que me gusta conocer otros países, otras culturas, atravesar fronteras, hacer lazos entre los mundos. Salir pues de la casa, de la comodidad, del puesto de trabajo seguro, del mundo conocido.
5 de febrero, saliendo de Bilbao
Por fin salimos de Europa después de haber tomado carga en Bélgica y España. El temido trayecto a través de la Biscaya pasó sin mayores tormentas, nos hemos proveído de pétroleo y agua para los 12 días hasta llegar al Canal de Panamá.
Me toca comer en la mesa del capitán junto con el ingeniero jefe, el primer oficial y una joven pasajera finlandesa. Irek, el primer oficial, siempre bromista, me pregunta para qué voy al Perú. Trabajo con la iglesia católica, le digo. ¿Entonces usted es monja?, quiere saber. No, le digo, soy laica como ustedes. No ha hecho votos, insiste. No, reitero, soy misionera laica. Ah, dice. Veo que no me cree del todo. ¿Tal vez una monja que viaja de incógnita o una misionera falsa? No, de veras. Soy misionera católica, teóloga y laica. Para los polacos con su iglesia tradicional debo ser un bicho raro, difícil de encasillar.
El largo tiempo en el mar se presta a hacer vagar los pensamientos, a reflexionar el pasado y lo que está por venir. ¿Qué voy a hacer los próximos tres años en el Perú? Por un lado colaborar en el Fórum Solidaridad Perú, una red de misioneros para apoyar el trabajo de solidaridad con el Perú que llevan los grupos en varios países de Europa y Norteamérica; por otro lado, llevar un compromiso de trabajo comunitario. Traigo la maleta llena de planillas, proyectos elaborados, objetivos a largo, mediano y corto plazo, con sus indicadores respectivos que tengo que cumplir.
Pueden ayudar, es cierto, para hacer más eficaz el trabajo profesional. Pero no son lo esencial. De nada sirven si no me encuentro a gusto en el Perú, y si los peruanos no se encuentran a gusto conmigo. Si no encuentro a personas, amistades, con quienes reír, llorar, cantar, bailar, amigos que me ayuden a aprender a vivir en Lima y pasar el invierno frío y húmedo. ¿Con qué país me voy a encontrar? ¿El Perú paralizado por el terrorismo y el fujishock, un país a punto de ser clausurado, como lo viví en una visita breve hace ocho años? ¿O un país con nuevas esperanzas?
7 de febrero, Atlántico
Sólo agua alrededor de nosotros, el sol saliendo después de las lluvias europeas. Ya puedo deshacerme de una chompa más. De repente se para el Profesor Mierzejewski, la máquina se ha dañado. "No te preocupes" me dice riéndose Slasek, el segundo oficial, "un barco siempre se puede reparar en el camino, al contrario de un avión." Y de veras, después de unas cuatro horas ya estamos de nuevo en camino hacia América a 30 kilómetros por hora. Con el avión ya estaría desde hace muchas semanas en el Perú, un e-mail demora unas horas no más en llegar, y yo desde hace casi dos semanas en este barco y todavía lejos de América, entre los mundos y entre los tiempos.
9 de febrero, Atlántico
Los marineros se dedican al trabajo de Sisifus de raspar las partes oxidadas del barco, y yo me dedico a la lectura. "¿Qué hace usted cuando ama a una persona?" le preguntan al Señor K. "Me hago una imagen de él y trato de aproximarlos." "¿La imagen a la persona?" "No, la persona a la imagen." Ay mi adorado paisano Bert Brecht. El asunto ya no es tan simple como en tus tiempos.
El amor ha demostrado ser un arma de doble filo con una cara destructiva. ¿Y la autonomía individual? ¿Acaso puedo decir yo qué es bueno para otra persona? ¿Un pueblo lo que es bueno para otro pueblo? Para los misioneros de antaño era claro: la salvación está en la iglesia, una sola para el mundo entero. Para los nuevos misioneros, los pregoneros del neoliberalismo, la salvación está en el mercado mundial. Y para mí: no traigo la verdad, sólo una disposición al diálogo, un deseo de aprender y compartir desde mi experiencia europea, buscando juntos caminos viables para un mundo un poco más solidario.
Creo que prefiero a Vallejo: "... ayudarle a matar al matador –cosa terrible– y quisiera yo ser bueno conmigo en todo", quien expresó toda la paradoja de esta empresa.
17 de febrero, Panamá
El idílico viaje, la inocencia de mis bellas reflexiones se terminan al llegar a tierra americana. Hemos traído armas rusas para Panamá. Todos mis sobornos al capitán para hacer un pequeño sabotaje, de que el contenedor de armas se caiga al mar, no han tenido éxito. Puede que sea un pequeño negocio de armas, todo oficial, casi nada en comparación con las grandes cargas de armamento. Queda el hecho que hemos traído la muerte. ¿A quiénes se destina? ¿Al ministerio panameño declarado en los papeles oficiales, o van a matar campesinos colombianos en una guerra cruel que se está efectuando algunos kilómetros más al sur? Veo desaparecer el barco militar panameño con las armas en la puesta de sol caribeño y me siento tan impotente.
20 de febrero, Pacífico
Hemos transitado el Canal de Panamá, el Pacífico está tranquilo como una gran toalla delante de nosotros. A la una de la mañana recibo mi segundo bautizo, el de haber atravesado el ecuador en barco. El capitán nos da el certificado de que ahora todos los monstruos marinos se detengan de nosotros.
Estamos entrando a territorio peruano, durante el día nos acompañan delfines, de noche barcos pesqueros. Se acerca la despedida de los marineros, con quienes me he hecho amiga y cuyo mundo he podido compartir durante cuatro semanas. "Me da una gana ubérrima, política..." Hacemos una gran fiesta en la cubierta superior y los pescadores que pasan a nuestro lado se asombran del viejo barco de carga, donde nos ven bailar como locos sirtaki, vals de Viena, salsa, polca...
22 de febrero, Callao
Paso la última noche en mi hamaca en la cubierta superior. A las 4 de la mañana se vislumbra la isla de El Frontón, pequeños barcos pesqueros emergen por todos lados desde la neblina matutina, allí las primeras luces del Callao. El olor a pescado se adueña del Profesor Mierzejewski. El piloto peruano llega a bordo y a las 7 de la mañana hemos atracado en el muelle. Últimos abrazos, formalidades migratorias y piso tierra firme.
Estoy en el Perú, mi nueva patria. Saliendo del puerto me esperan los amigos. "Qué bueno que estés acá." Cómo quisiera que así se dé la bienvenida a los extranjeros del Sur que llegan a mi país. Te hace sentir bien. Creo que voy a aprender a querer ese país y a su gente.