"No esperen nada del siglo XXI, que es el siglo XXI el que lo espera todo de ustedes"

Michael Shifter

Invitado por el Banco Interamericano de Desarrollo y la UNESCO a una reunión de 100 jóvenes líderes latinoamericanos en París que debían discutir su visión del nuevo milenio, Michael Shifter nos ofrece a continuación una sugestiva crónica del ambiente de la reunión y de lo que allí se discutió, para lo cual combina los temas sesudos y de fondo con algunas de las anécdotas que le dan "sabor" a una reunión como esta. Los debates se abrieron nada menos que con una intervención de Gabriel García Márquez, de quien proviene la frase que titula el artículo.

 

En el mejor de los casos yo era un extraño, tal vez hasta un intruso. Es que todos los participantes de la reunión eran jóvenes líderes latinoamericanos. Como no satisfacía ninguno de los tres criterios, mi estatus fue el de observador.

El Banco Interamericano de Desarrollo y la UNESCO reunieron a 100 miembros de la siguiente generación para hacerse una idea de sus ideas y de su "visión" del nuevo milenio. La reunión de dos días tuvo lugar a mediados de marzo en París y, como dijo Gabriel García Márquez, uno de los oradores invitados: "Hoy, ya lo vemos, a nadie se le ha hecho raro que hemos tenido que atravesar el vasto Atlántico para encontrarnos en París con nosotros mismos".

Una sesión adicional tuvo lugar luego en Madrid, con un subgrupo de 20 líderes que intercambiaron con igual número de contrapartes espa­ñoles.

El BID y la UNESCO pueden congratularse de haber reunido a un grupo admirablemente diverso. Había un bien logrado y refrescante balance en términos de geografía, género y orientación política. (En la medida en que ser "joven" fue definido generosamente como "menor de 40 años", bastantes de hecho tenían mucha experiencia y mucho que decir.) Personas distinguidas de diversos campos –incluyendo la política, los derechos humanos, la actividad empresarial, el mundo académico, el gobierno y la tecnología– participaron en un amplio abanico de debates sobre la agenda de desarrollo de la región en el contexto de la globalización, sobre la exclusión social y sobre los desafíos inmensos –e incluso los dilemas– a los que se hace frente, tanto en el nivel político como en el cultural, e incluso en los niveles éticos o existenciales.

El ánimo estaba muy lejos de ser el más optimista, en la medida en que los líderes estaban preocupados por el futuro de la región. Muchos países vienen fracasando, después de bastantes años de intentarlo, en producir cambios importantes frente a las profundas injusticias sociales, y hay ahora pocas respuestas sobre la mejor manera de hacer frente al problema. Se sentían en el ambiente las tremendas incertidumbres que acompañan a procesos de globalización todavía muy poco entendidos. A diferencia de lo que hubiese ocurrido si esta reunión hubiera tenido lugar 20 años atrás, la discusión carecía de una visión utópica global y se focalizó en cambio en lo que un líder político brasileño llamó "la revolución de las pequeñas cosas".

Uno de los temas subyacentes a la reunión era de larga data y bastante familiar para todos. Si bien usualmente sólo tratado de manera indirecta, la pregunta se podía resumir en: ¿cómo conciliar de la mejor manera los objetivos de la justicia social con los de la plena libertad política? Se tenía la sensación de que la "democracia" –por lo menos en la forma en que ésta es actualmente practicada– había en gran medida fracasado en producir progresos importantes hacia sociedades más justas. Había también un cuestionamiento de si otro modelo o paradigma alternativo podría hacerlo mejor.

Un líder uruguayo le recordó al grupo, de una manera bastante dramática, cómo la libertad se había perdido a comienzo de los setenta en su país y lo importante que había sido allí, y en otros lugares de la región, recuperarla en los ochenta. Un participante de México, hablando sobre las injusticias y las profundas desigualdades de su país, con un dramatismo comparable al de su colega uruguayo, cuestionó la sugerencia del primero de abandonar completamente la idea de la "revolución", aun cuando las circunstancias sean opresivas e intolerables.

Hubo también los previsibles intercambios de opiniones sobre las complicadas opciones relacionadas con el asunto de la "identidad" en dinámicas y contextos globalizados. Varios participantes llamaron orgullosamente la atención sobre la alta calidad de productos latinoamericanos (incluyendo música, pe­lículas, literatura, comidas y bebidas, etcétera) comparados con aquellos de Estados Unidos o Europa. En respuesta, un profesor mexicano destacó de manera muy sensata que por supuesto a él le encantaba el tequila, pero que en ocasiones disfrutaba el vodka y que no se sentía por ello culpable de nada. (Equivalía a discutir sobre las virtudes del cebiche frente a las de las hamburguesas. Tener que escoger entre ambos sería algo tonto y sin importancia; después de todo, uno puede sobrevivir fácilmente sin hamburguesas.)

Las discusiones en París estuvieron casi completamente focalizadas en asuntos latinoamericanos, con pocas referencias a los Estados Unidos y Europa. Esto cambió en Madrid, donde la materia fueron las futuras relaciones entre América Latina y Europa, especialmente con España.

En esta etapa disfruté particularmente mi papel de "intruso". Las discusiones revelaron lo difusas que son a veces las líneas que separan la "solidaridad" del "paternalismo". Algunos latinoamericanos parecían entender por qué su región era importante para Europa, pero se preguntaban por lo opuesto: ¿por qué Europa era importante para América Latina? Algunos de los participantes españoles parecían sorprendidos por las preocupaciones sobre la Telefónica, el caso Pinochet e incluso por la disposición de El País a publicar artículos de periodistas latinoamericanos.

Una peruana argumentaba con mucho énfasis que en el próximo siglo América Latina estaría crecientemente "conectada" con los Estados Unidos
–más que con Europa–. La común referencia al "dólar", la frecuencia de los vuelos entre Lima y Miami (¡sin mencionar los que van a otras ciudades de los Estados Unidos!) comparados con los que van de Lima a Madrid, e incluso la gran diferencia de horarios entre América Latina y Europa, son, todos, factores que intensificarán los vínculos con los Estados Unidos en los años veni­deros.

(Debemos conceder, sin embargo, que Europa tiene en los horarios de sus comidas, las que coinciden con las de América Latina, una ventaja para el acercamiento. Un ex embajador mexicano en los Estados Unidos gustaba decir que para él era difícil entender cómo podían comprenderse dos países, si cuando uno terminaba el almuerzo
–México– el otro ya estaba empezando la cena –Estados Unidos–.)

Ambas discusiones, las de París y Madrid, estuvieron dominadas por preguntas
–algunas de ellas agudas y exigentes–. Pero hubo pocas respuestas concretas, aparte de lo que parece constituir un amplio acuerdo sobre la importancia de la educación
–más recursos, mejores reformas– en América Latina. Se valoró también la búsqueda de nuevas formas de hacer política –un rechazo a las estructuras jerárquicas tradicionales y una apuesta por modos ágiles y flexibles de interrelación apoyados en los incansables avances tecnológicos–.

Pero todavía persisten inequívocos signos de continuismo. Muchos de los jóvenes líderes eran hijos o hijas de los viejos líderes, incluyendo entre ellos al principal contendor de las elecciones presidenciales guatemaltecas, el actual ministro del Exterior y el reciente candidato presidencial en Venezuela; también estuvieron el editor de un importante periódico colombiano y un ex ministro y embajador mexicano. Varias personas más que encajaban en esta categoría y que fueron invitadas no pudieron asistir; entre ellos, Martín Torrijos, de 35 años, hijo del ex dictador panameño, quien lidera las encuestas para las elecciones de mayo en su país. (Vienen de inmediato a mi mente recuerdos de otro joven líder de 35 años que fue elegido presidente del Perú hace 15 años.)

Repitiendo un antiguo cliché, se puede decir que "sólo el tiempo dirá" qué tipo de "nueva generación" termina siendo ésta. Pero la exhortación de García Márquez dio en el clavo y pareció inspirar a muchos –tanto a los "jóvenes lideres" como a los "intrusos":

"A ustedes, soñadores con menos de cuarenta años, les corresponde la tarea histórica de componer estos entuertos descomunales. Recuerden que las cosas de este mundo, desde los transplantes de corazón hasta los cuartetos de Beethoven, estuvieron en la mente de sus creadores antes de estar en la realidad. No esperen nada del siglo XXI, que es el siglo XXI el que lo espera todo de ustedes. Un siglo que no viene hecho de fábrica sino listo para ser forjado por ustedes a nuestra imagen y semejanza, y que sólo será tan pacífico y nuestro como ustedes sean capaces de imaginarlo".