Alberto, Vladimiro...     y hasta Kenyi

DE CHAVÍN   DE HUÁNTAR, SU JUGO

Las celebraciones gubernamentales por el segundo aniversario de la operación militar "Chavín de Huántar" se convirtieron, durante todo el mes de abril pasado, en un enorme operativo publicitario destinado a mostrar lo suertudos que somos de tener entre nosotros a Alberto, a Vladimiro... y hasta a Kenyi, en sus ratos libres.

Como todos sospechábamos desde un principio, al operativo le iban a sacar el jugo hasta la última gota. Así, y en la medida en que además se está construyendo toda una leyenda, quizá sea importante proponer algunos elementos de reflexión deliberadamente ausentes en la propaganda oficial. Lo que pretendemos es dar cuenta de lo que, desde nuestro punto de vista, tuvo de bueno, de malo y de feo.

De lo bueno hay que recordar que la acción militar puso punto final a una situación de violencia extrema e inadmisible; tanto para los rehenes como para sus familias y, finalmente, para el país todo. Fue también bueno que la población supiera que contaba con unas Fuerzas Armadas altamente calificadas para lo que les es propio: la acción militar; que son capaces de realizar una operación como ésta sufriendo y causando un número de muertes relativamente bajo en relación con lo que todos temíamos iba a ocurrir.

De lo malo, hay que mencionar que en esa fecha, y por haberse optado por una salida militar, se perdieron vidas humanas. En primer lugar, no se puede olvidar a Ernesto Giusti, uno de los magistrados más capaces, honestos y exitosos con que contaba el Poder Judicial. ¡Qué importante hubiera sido para el país poder tenerlo en estos años ayudando a hacer frente a todos los abusos en el ámbito de la justicia!

Pero no fue el único. Por más que estuvieran allí cumpliendo su deber como militares, no hay nada que celebrar tampoco en la muerte del coronel Juan Valer y del capitán Raúl Jiménez; sus vidas y promesas incumplidas son igualmente irremplazables.

Ni siquiera que los 14 secuestradores del MRTA hayan muerto en el operativo puede ser motivo de alegría; debe serlo más bien de reflexión. La mayoría de ellos habían sido "reclutados" en la selva y no llegaban a los 20 años de edad. Por ello, cabe preguntarse hasta qué punto sabían realmente lo que hacían al embarcarse en esta aventura cruel e irresponsable.

De lo feo también hay que hablar. Y se resume en una cada vez más burda utilización del hecho para legitimar y perpetuar un régimen autoritario y, en particular, a sus personajes y estructuras más siniestras y más rechazadas por la población. La entrevista televisada con Fujimori y Montesinos en el local del SIN es parte del montaje. (Para que nadie dude de que se sienten dos almas gemelas, estaban vestidos igualitos.)

En la leyenda que se teje, el SIN es presentado como el responsable de todos los éxitos de la operación "Chavín de Huántar". Un momentito: ¿no fue acaso la toma misma de la embajada un fracaso gigantesco del SIN? Montesinos, "el que todo lo puede", supo de Cerpa y sus planes sólo cuando aparecieron debajo de los manteles de las mesas de la fiesta.

De otro lado, ¿cómo puede un operativo militar de comandos ser "mérito" principalmente de las unidades de inteligencia y no de quienes planificaron y ejecutaron la acción militar? ¿No es la versión una afrenta más a las Fuerzas Armadas que, como institución, quedan como simples peones de las órdenes del "doc"? ¿No es denigrante para los militares que el Presidente insista en que la información de lo que ocurría en la residencia se debió a su hijo Kenyi y a su telescopio particular? ¿Es esa la tecnología con que cuenta nuestro país para la defensa nacional y la seguridad interior? (Dicho sea de paso, ¿qué hacía el adolescente en reuniones secretas de seguridad nacional?)

Suena todo bastante poco serio e inverosímil. Es cierto que la "otra versión", la del general Hermosa, que tanto irritó en su momento a Fujimori y que terminó causando hasta un conato de rebelión militar, peca de lo mismo. Poco más, y el general se describe rampando solito por los túneles de San Isidro.

Cuando callen los propagandistas, será el tiempo de los historiadores.

Entretanto, el 22 de abril de 1997 es y seguirá siendo una fecha para recordar en la historia peruana. Una fecha que debe servir para reflexionar sobre el valor de la paz y la democracia; una ocasión para rechazar a todos (sí, a todos, y no sólo a algunos) los que han querido que la fuerza y la imposición violenta sean la forma de relación que valga entre nosotros. (C.B.I.)