La guerra en los Balcanes
y los derechos humanos
en el mundo
Todos estamos impactados por lo que ocurre en
Yugoslavia: a diario nos llegan imágenes terribles de la crisis humanitaria de la
política de limpieza étnica impulsada por Milósevic; a diario, también,
observamos las imágenes del incesante bombardeo de la OTAN. Pero esta no es una
guerra cualquiera; esta se hace en nombre de los derechos humanos y contra un
tirano. ¿Se justifica? ¿Sienta un buen precedente, o uno malo? ¿Hay o no doble
estándar respecto de otras situaciones? (Y, de haberlo, ¿es mejor o peor eso
que nada?) ¿Pudo o debió actuarse de otra manera? ¿Van a ser los resultados un
paso adelante para los derechos humanos de los kosovares o, en general, para
inhibir futuros abusos en cualquier lugar del mundo? Para responder a estas
preguntas, contamos con las opiniones de Enrique Bernales, Fernando
Rospigliosi, Susana Villarán y Diana Miloslavic.
Kósovo, una masacre
planificada
Fernando Rospigliosi
La acción
de la OTAN y los EE.UU. en Yugoslavia ha suscitado en el Perú el rechazo no
sólo del Presidente Alberto Fujimori, sino también de personas bien
intencionadas.
Un primer
asunto es que, según algunos críticos, la OTAN no actúa motivada por la defensa
de los derechos humanos. Ese reproche, en mi opinión, no tiene sentido. Las
potencias –incluso los pequeños países como el Perú– guían su política exterior
básicamente en función de sus intereses y no de principios. Así ha sido antes y
así es ahora. A veces los intereses coinciden con los principios; a veces no.
¿Acaso Gran
Bretaña y EE.UU. entraron a la II Guerra Mundial para defender los principios
de la democracia contra el totalitarismo nazi o japonés? ¿O fueron a la guerra
porque sus intereses nacionales estaban amenazados? Y en ese caso, ¿era
justificado permanecer neutrales o demandar la paz mientras Hitler y Tojo se
engullían a sus vecinos, porque las motivaciones de Gran Bretaña y EE.UU. eran
interesadas?
En segundo
lugar, y vinculado al argumento anterior, se dice que no hay justificación para
atacar a Milósevic, mientras existen otros países del mundo con similares
problemas. Eso es como oponerse al juicio a Augusto Pinochet porque
simultáneamente no se juzga a Alfredo Stroessner, a Marcos Pérez Jiménez y a
todos los dictadores del mundo.
En tercer
lugar, hay quienes afirman que los bombardeos de la OTAN han provocado lo que
buscaban evitar: la matanza y el desplazamiento de cientos de miles de
personas. Eso es un absurdo. La "limpieza étnica", las masacres, las
violaciones sistemáticas de mujeres y la expulsión de los kosovares practicadas
por los paramilitares de Arkan y la tropas serbias reproducen exactamente lo
ocurrido años antes en Bosnia. ("Las atrocidades contra la población civil
continúan sin freno en Kósovo y recuerdan los peores momentos de 10 años de
guerra en los Balcanes", denunció el Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Refugiados, ACNUR." El
País, 27 de abril de 1999.)
A estas
alturas hay ya suficientes evidencias de que eso estaba planificado de antemano
y empezó antes que se iniciaran los bombardeos.
A fines del
año pasado el general yugoslavo Momcilo Perisic –un ‘institucionalista’–, jefe
del Ejército, fue destituido por Milósevic junto con otros líderes militares.
En diciembre y enero las tropas serbias tomaron posiciones en Kósovo, junto con
los paramilitares del criminal de guerra conocido como Arkan (como han
detallado en el Washington Post
J. Smith y W. Drozdiak: "La meticulosa planificación de la ‘Operación
Herradura’").
En esta
situación, el uso de la fuerza se justifica. Como bien ha dicho Elie Wiesel,
premio Nobel de la Paz 1986, "el Presidente Slobodan Milósevic es un
criminal. Son ilusos quienes aún creen que hay maneras no violentas para
detener sus acciones inhumanas en contra de los albaneses... Cuando hay vidas
humanas de por medio, la indiferencia no es una respuesta... La neutralidad
favorece al agresor, no a sus víctimas" (Newsweek, 14 de abril de 1999).
Si hay algo que reprochar a la OTAN es no haber
intervenido antes y seguir demorando el envío de tropas terrestres a Kósovo.
LA PAZ DE LA OTAN
Enrique Bernales
Míresele
por donde se le mire, el bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia a raíz de la
crisis del Kósovo es una barbaridad.
La tesis de
un alto funcionario norteamericano según la cual los ataques tienen como
objetivo defender los derechos humanos de los albano-kosovares, carece de buen
asidero. La razón que se impone por la fuerza, que destruye bienes irreparables
como la vida misma y que generaliza a niveles insoportables el sufrimiento de
la población que se dice defender, no es en verdad tan razonable ni tan justa.
Pero, sobre
todo, no tiene nada que ver con los derechos humanos. Si de buscar una
explicación eficiente se trata, habrá que preguntarse acerca del malestar que
genera un régimen nacionalista, expansionista y ajeno a los estándares
internacionales de democracia como es el del Presidente Milósevic, al que se le
quiere mover el piso y sacar del poder por cualquier vía. Asimismo, habrá que
preguntarse sobre la conveniencia de estimular y ampliar conflictos al punto de
provocar reacciones positivas en algunos mercados deprimidos, como por ejemplo
el del petróleo; o por la aplicación de una estrategia que convenza a los
aliados europeos de que el mundo actual es unipolar y que si EUA decide atacar
un país de Europa invocando algún problema real, no hay lugar para dudas ni
disidencias, porque la OTAN será utilizada, como lo es ahora, para cumplir la
orden norteamericana de ataque.
En este
sentido, el bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia no tiene nada que ver con
los derechos humanos. Antes bien, los afectan masivamente, comenzando por los
de los albano-kosovares. El único resultado visible hasta ahora es el de una
crisis agravada y el de un desastre humanitario inocultable.
Los
derechos humanos son otra cosa; exigen diálogo, no exento de firmeza cuando
está en peligro el respeto efectivo al goce de los derechos humanos de
cualquier individuo o sector de población; plantean soluciones y garantías que
deben obtenerse en el campo de la negociación política; apelan a la persuasión
y al uso de los instrumentos convencionales y no convencionales contenidos en
el sistema internacional de los derechos humanos; en fin, aplican sanciones a
través de los órganos internacionales competentes para obtener el objetivo
deseado de reconvertir una situación aberrante y recuperar el respeto de los
derechos violados, sin recurrir forzosamente a la guerra.
En el caso
del Kósovo, la política de "limpieza étnica" practicada por el
régimen del presidente yugoslavo Milósevic es absolutamente inaceptable; de ahí
la legitimidad de la resistencia del pueblo albano-kosovar, mayoría abrumadora
en esa región que efectivamente es territorio yugoslavo.
Por lo
demás, los antecedentes del dirigente serbio no abonan en su favor. En su
obsesión por hacer de los Balcanes una gran Yugoslavia con hegemonía serbia, no
dudó en provocar los sucesivos conflictos con Croacia y luego con Bosnia. Es
decir, el régimen del Presidente Milósevic está en falta y obligado a
rectificarse en la cuestión del Kósovo.
Pero una
cosa es exigir un cambio y demandar de Belgrado el cese de una política que
pone en grave riesgo a toda la región de los Balcanes, y otra la intervención
armada unilateral de la OTAN. Este hecho prepotente rompe con el orden
internacional y sume a las Naciones Unidas en su más grave crisis.
La OTAN es
un organismo regional de carácter militar que no puede sustituir ni reemplazar
a las Naciones Unidas. En el conflicto del Kósovo, sea porque éste afecta
gravemente los derechos de una población entera, sea porque la paz de una
región se encuentra bajo amenaza real y está en ciernes un extendido conflicto
internacional, el asunto tenía que ser conocido y resuelto por la ONU;
concretamente, por el Consejo de Seguridad.
La lectura
de la Carta de las Naciones Unidas no deja lugar a la duda. La intervención
militar de la OTAN viola el artículo 1, párrafo 1, y el artículo 2, párrafo 4,
que preconizan los medios pacíficos y la no recurrencia al uso de la fuerza
como propósitos de la Organización a los que los Estados miembros deben
coadyuvar.
En relación
con el Consejo de Seguridad, se han desconocido sus atribuciones (artículo
1-1), su capacidad de acción para el arreglo pacífico de controversias
(artículo 34), y su intervención (artículos 41 y 42) para disponer el empleo de
medidas que no impliquen el uso de la fuerza armada o cómo hacerlo y por qué
medios si ello es necesario, esto es, en los casos que la paz está amenazada,
quebrantada o existen actos de agresión.
Esta es la
situación y el grave precedente que está sentando la acción militar de la OTAN.
El daño es inmenso: sufren los albano-kosovares que, atrapados entre dos
violencias, han tenido que salir de Kósovo para tratar de encontrar refugio
seguro en otros sitios... ¡y son ya un millón de víctimas a las que
supuestamente la OTAN iba a proteger! ¡Qué siniestra ironía!
Sufren los
pueblos yugoslavos bombardeados en diversas instalaciones civiles y los más de
500 muertos a los que los jefes de la OTAN llaman "efectos
colaterales". Esa es la lógica de la OTAN: matar gente en nombre de los
derechos humanos, como dicen, es un "efecto colateral".
Sufren los
que rechazan la guerra como método para la resolución de conflictos. Y, claro
está, sufre como organización mundial las Naciones Unidas, reducida como ha
quedado al triste papel de convidado de piedra.
¿POR QUÉ ESTA
GUERRA?
Susana Villarán
Los estrategas de la OTAN no las tienen todas consigo. Los
objetivos del bombardeo de la OTAN fueron proteger a los albano-kosovares,
imponer a Milósevic una autonomía sustancial del Kósovo bajo protección
internacional y, finalmente, dar a los dictadores una lección debilitando su
poderío militar, como quisieron hacer en Irak. A más de cuarenta días de
iniciada la acción, empero, los resultados no son esos.
Al amparo
de los bombardeos, Milósevic ha limpiado Kósovo de su mayoría albanesa, lo que
ha creado una crisis humanitaria acelerada y sin precedentes. Cerca de un
millón de expulsados albaneses del Kósovo han puesto a todas las agencias
humanitarias en alerta roja y las han sobrepasado. Las represalias contra los
albano-kosovares son horrorosas: familias desintegradas, mujeres violadas,
hombres desaparecidos, casas y tierras quemadas, pérdida de identidad y de
patria.
Se quería
debilitar a Milósevic y se lo ha fortalecido, ya que hasta los disidentes han
cerrado filas contra el bombardeo. La oposición serbia ha sido la primera
víctima de los bombardeos de la OTAN. A decir de uno de sus miembros, "a
causa de los aviones de la OTAN corremos el peligro de tener a Milósevic para
siempre".
Guerra cínica, la de las armas más caras del planeta. Es el terreno
de experimentación de las nuevas tecnologías guerreras; esa máquina mágica, el
B-2 Stealth, vale cientos de millones de dólares. Serbia es hoy también el
terreno de desecho de las armas obsoletas. Con ocho aviones más humildes y
probablemente menos "inteligentes" que el B-2 Stealth, los
Eurofighter 2000, se podría, según un análisis realizado por un especialista en
estos temas, yodar durante 10 años el agua para prevenir el retraso mental de
un millón seiscientas mil personas. Con lo que cuestan 11 bombarderos no
detectables por radar (24 mil millones de dólares) se cubriría los gastos de
escolarización de 135 millones de niños.
Se trata de
una guerra en la que se benefician, como siempre, aquellos que negocian turbia
y cínicamente con nuestra incapacidad de resolver los conflictos negociando
políticamente o, peor aún, los que hacen lo posible para que nunca se resuelvan
en una mesa, de manera de incrementar las ganancias que la guerra les reportan.
"La Guerra". Hay 45 guerras y conflictos cruentos en curso en el
mundo: en el Asia, África, Europa y también acá, en nuestra vecina Colombia. El
bombardeo sobre Serbia y el gran éxodo de albano-kosovares hacia los países
vecinos no es, lamentablemente, la única tragedia humanitaria en estos días.
La
espantosa política de limpieza étnica de Milósevic se padeció también por estos
lados del planeta, y sin nombre propio, en Guatemala, un escenario a todas
luces más opaco para los medios de comunicación. ¿Por qué vemos sólo fugazmente
en las pantallas lo que les sucede a los habitantes de la región de los grandes
lagos o de Timor del Este? Nadie puede negar, a estas alturas del partido, que
es esta "la guerra"; basta mirar la CNN.
La insoportable levedad de las
Naciones Unidas. El delicado engranaje de negociación política
internacional levantado luego de la II Guerra Mundial está desdibujado, languidece
y se desmorona. O las Naciones Unidas se democratizan, ampliando el sistema de
veto en el Consejo de Seguridad a través de la incorporación de países
africanos, asiáticos y latinoamericanos; o quedarán en ella sólo sus agencias
humanitarias, las que apagan los fuegos encendidos por un puñado de países
poderosos.
La Pax Americana del nuevo milenio. Siglos después de Adriano, entrando a un nuevo milenio, un orden
"civilizador" se impone en el mundo. Estados Unidos –el Estado
guerrero por excelencia, como lo ha definido Noam Chomsky– propone un orden
cuya credibilidad reside no sólo en la defensa de los derechos humanos, la
democracia y el libre mercado, sino, como Jano y sus dos rostros, también en la
capacidad de inspirar miedo.
No hay guerra limpia, ni
guerra santa, ni guerra inteligente. Ni siquiera en nombre de los
derechos humanos se puede iniciar una guerra, porque ella será siempre un
escenario de violación de los más elementales derechos: el de la vida, el de la
libertad, el de la integridad física, el derecho a una nacionalidad. Como ha
dicho alguien, ya no sé en cuál de los miles de páginas que sobre esta guerra
se han escrito, "la atmósfera de la guerra será siempre la de la ausencia
de justicia y de ley".
La tragedia de la sociedad civil
Diana Miloslavich Tupac
En
diciembre de 1989 llegué a Belgrado invitada por una organización feminista. En
esas semanas seguían con preocupación los convulsionados sucesos de Rumanía y
veían con esperanza la caída del muro de Berlín.
Años después
volvía a tener noticias de ellas durante la guerra en Bosnia. Estas mujeres,
imitando el ejemplo de las madres de Plaza de Mayo, iniciaron los días
miércoles marchas silenciosas en el centro de Belgrado contra la guerra, y se
convirtieron en la organización pacifista Mujeres de Negro de Belgrado.
Hoy forma
parte de las instituciones civiles que, conjuntamente con 17 ONG y la
Confederación Sindical Nezavisnost, aparecieron en las pantallas de Internet
haciendo un llamado a la comunidad internacional profundamente conmocionados
por la devastación provocada en su país por los ataques de la OTAN y por la
terrible situación de los albaneses en Kósovo. Manifestaban que la intervención
de la OTAN había destruido todo lo que se había logrado hasta entonces y había
minado la propia supervivencia de la sociedad civil de Serbia.
En medio de
estos sucesos, hay que tomar en cuenta la tragedia de estos sectores de la
sociedad civil que apostaban por democratizar Yugoslavia, trabajando contra la
política belicista y nacionalista de Milósevic y a favor del respeto de los
derechos humanos y la restauración de la autonomía de Kósovo. Eran los que
mantenían niveles de coordinación y entendimiento con las organizaciones
albanesas.
La guerra
ha hecho que este proceso quede trunco. Pienso en los derechos humanos de estas
personas que hoy forman parte de los objetores de conciencia que se oponen a
participar directamente en esta guerra y que son acusados de traidores a la
patria.
Además de
la condena a la OTAN y el etnogenocidio de los kosovares, hay que volver la
mirada a la historia en los Balcanes para entender la situación de Kósovo.
Existe confusión en relación con la historia, máxime cuando se hizo una nueva
lectura por intereses del régimen actual para reforzar su poderío. También es
importante conocer los procesos que desde la sociedad civil se venían
desarrollando en los Balcanes.
Esta intervención de la OTAN no
tiene justificación desde ningún punto de vista. El conflicto ha creado un
precedente en la convivencia internacional, cuyas consecuencias globales son
difíciles de prever. Es una paradoja que en plena celebración de los 50 años de
la Declaración Universal de los Derechos Humanos se inicie una guerra en
defensa de estos derechos. El Consejo de Seguridad de la ONU debe retomar su
papel imponiendo un cese inmediato de los bombardeos y la búsqueda de nuevas
formas de negociación para abrir un proceso de pacificación que alcance un
arreglo definitivo con participación de las organizaciones de la sociedad
civil.