ES NECESARIO HUMANIZAR LA GUERRA
Carlos Rodríguez Mejía
El box es un deporte despreciable, dice en el artículo que sigue Carlos Rodríguez, de la Comisión Colombiana de Juristas. Pero ya que no podemos evitar que exista, por lo menos hay que asegurarse de que se desarrolle bajo reglas mínimas; una de ellas, que los contendientes no le peguen al público. Rodríguez usa aquí esa analogía para explicar su tesis de humanizar la guerra en su país.
Las acciones de los grupos paramilitares a comienzos de este año, con su resultado de víctimas asesinadas inermes, puso una vez más en presente la enorme crueldad y saña de esta guerra –conflicto armado interno, para satisfacer a los especialistas– que se libra en Colombia.
Los grupos paramilitares se caracterizan, desde el punto de vista de sus acciones armadas, por preferir los ataques contra personas desarmadas, a quienes acusan de ser la base social de la guerrilla. Ponen en práctica la doctrina difundida por los estrategas estadounidenses durante los conflictos centroamericanos: quitar el agua al pez.
Durante la larga existencia de este enfrentamiento, esta estrategia contrainsurgente ha cobrado ya muchas vidas, la mayoría de ellas ajenas al conflicto y, en todo caso, las de personas que no participan directamente en él. Podría señalar muchos casos y llenar cientos de cuartillas con sus nombres y sus realizaciones; pero basta citar las más de 3.000 víctimas de la Unión Patriótica para ejemplificar la magnitud de la tragedia.
Un partido político que surge de los acuerdos entre un grupo guerrillero y el Gobierno de Colombia en aquella época, que desde su origen y también por su composición hace parte del entorno ideológico y estratégico del grupo insurgente que le impulsa a nacer, es perseguido y acosado por los "amigos de la paz", quienes escogen a los militantes y dirigentes de la Unión Patriótica como su blanco preferido para atacar a la guerrilla.
Todas las víctimas de esta sucesión de crímenes –lo más parecido a un genocidio, según dijo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos– eran militantes legales, conocidos y actuantes en sus regiones o en las corporaciones públicas, defendían sus puntos de vista políticos y propugnaban cambios y reformas del sistema. Pero, ante todo, eran personas que no combatían, que ni pertenecían a alguno de los bandos enfrentados ni participaban directamente en las hostilidades.
Es también el caso de los ganaderos y propietarios agrícolas que son secuestrados por los grupos guerrilleros, acusados de auxiliar, apoyar o financiar a los paramilitares, o simplemente de no pagar la contribución económica que aquéllos les exigen. Todos éstos también son conocidos, se desenvuelven en sus regiones en el mundo de los negocios y algunos hasta actúan públicamente en la política; pero, al igual que los militantes de la Unión Patriótica, no pertenecen a ninguno de los bandos ni participan directamente en las hostilidades.
Una práctica perversa, que todos los actores del conflicto armado en Colombia realizan, es la de arrogarse la facultad, por sí y ante sí, de definir quiénes pueden ser blanco de sus ataques y quiénes están exentos de ellos. Si alguien desarrolla una actividad ilegal, como financiar a los grupos paramilitares o auxiliar a alguno de los grupos guerrilleros, debe ser investigado y juzgado, con todas las garantías, por la justicia estatal.
Esta corrupción de la guerra lleva a desmanes como las amenazas proferidas contra Alfredo Molano o los anuncios de una campaña de depuración de las organizaciones de derechos humanos por parte de las autodefensas unidas de Colombia en los primeros meses de este año.
Ya no es solamente una guerra sin cuartel, sino una tropelía contra toda la sociedad que se encuentra en riesgo de ser atacada por cualquiera de los bandos, cuando éste considera que su actuación como intelectual, periodista, escritor, defensor de derechos humanos o simple ciudadano que opina, lo coloca en el bando contrario.
Es urgente parar la espiral de barbarie a la que quieren conducirnos los guerreros sin piedad. Por supuesto que hay que apelar a la sensatez de los dirigentes, para que, advertidos de lo peligroso de sus prácticas, las eliminen y comiencen a respetar a todos los que no combatimos así discrepemos de sus ideas o así simpaticemos con todas o algunas de las del otro bando.
Es un llamado a la cordura y a los sentimientos humanitarios, pero también una interpelación a su pragmatismo, en cuanto persistir en esta práctica de atacar a cualquiera así no esté directamente involucrado en el conflicto armado tiene unos efectos prácticos nefastos e impredecibles en su magnitud para todas y todos.
Pero también es un llamado a la sociedad, a las ciudadanas y ciudadanos que actúan individualmente o que pertenecen a alguna organización, para exigir que los actores armados erradiquen su práctica de asesinar, secuestrar y atacar en cualquier forma a los que no participamos del combate armado.
Como en el poema de Brecht, tantas veces citado pero otras tantas olvidado, en cualquier momento nos llega el turno, así no seamos periodistas, intelectuales, dirigentes sindicales, militantes o ex militantes de la izquierda, defensores de derechos humanos; basta con que expresemos alguna simpatía por algo o alguien de un lado para que los del otro se sientan autorizados a arremeter contra nosotros.
Es de sentido común. Aunque esto no fuera del abecé de las normas humanitarias, a cualquiera se le ocurre que no se puede decidir matar, secuestrar o atacar a una persona que no participa de la pelea porque sea amiga del enemigo. La Cruz Roja colombiana difunde el derecho humanitario con un ejemplo que me parece muy oportuno.
No a todos les gusta el box. Muchos –yo entre ellos– creemos que es una práctica brutal y carente de significado estético. Sin embargo, es permitida o simplemente se da en muchos lugares. Este "deporte", a pesar de sus características, tiene unas reglas que todos los que lo practican deben respetar: una de ellas, muy importante, es no atacar al público aunque éste muestre sus simpatías por alguno de los contrincantes. Pues bien, lo mismo ocurre con la guerra: a muchos no nos gusta, pero es algo que se da y que se practica en muchas latitudes.
Al igual que en el box, existen reglas que se deben respetar; y una, que a todos nos importa, es la de no atacar a la población civil, así muestre simpatías por alguno de los bandos.
Bogotá, 18 de febrero de 1999