A cuatro años de la Ley de Amnistía

AMARGA MEMORIA

Las voces de las mujeres de los desaparecidos se hilvanan, una a una, en un coro
de amargas memorias.

 

Huamanga estalla en pleno sol. El mercado hierve de gente y ahí lo nuevo y lo tradicional se encuentran sin que nadie se incomode. Televisores al paso y Rosi War a todo pulmón animan un ambiente en el que todo parece revivir: los colores puros de las gruesas bayetas, de las llicllas atravesadas por flores bordadas. El sol cae perpendicular y arranca un tono dorado a las tunas recién cortadas, a los ajíes, a la mashua y los ollucos. En todas partes, el áspero y penetrante aroma de la coca.

Nada falta: los canastones de pan sin levadura todavía impregnado del olor de la leña junto a los quesos tiernos que derraman aún su suero en las hojas verdes que los aprietan. Las faldas finamente plizadas de deliciosos tonos se amontonan junto a los jeans y a los baldes y bateas plásticas en abarrotadas carretas de ambulantes.

"Diviértanse hoy día con sólo cinco soles", grita desde una bocina inmisericorde el dueño de un circo que pasea a sus animales en el calor inclemente del mediodía. Un mandril inmenso intenta escaparse de la jaula alborotando a los cuyes, mientras los leones y leopardos se amodorran tras sus rejas, inconscientes del alboroto que causa su inusitada procesión. Todo se vende, todos se mueven.

Nada allí nos recuerda el tiempo del miedo.

Pero no hay que caminar mucho para encontrar su huella; unas cuadras nada más y nos topamos con la amarga memoria de las madres y mujeres de los desaparecidos. Entonces nos damos de cara con el mundo de las sombras, con el espacio en donde sólo habita el blanco y el negro, los colores del dolor no redimido...

El comedor Pérez Esquivel queda cerca de la capilla Maravillas. Sus paredes albergan las fotografías de los desaparecidos, ajadas por el paso del tiempo; los nombres y la fecha en que fueron secuestrados han sido escritos debajo de esos rostros tomados de una foto carné ampliada, de las instantáneas que recogieron, en su momento, la alegría de una fiesta de cumpleaños o la borrosa imagen de la promoción escolar. Se han hecho parte del paisaje de esta casa en la que, en medio de ollas y guisos generosos, un puñado de mujeres sigue tercamente reclamando:

–Nosotras pedimos justicia –dice Angélica Mendoza, presidenta de la Asociación Nacional de Secuestrados y Desaparecidos. –A mi hijo Arquímedes han hecho desaparecer los policías-ejércitos–PIP combinados. Han llevado al ejército. Esa noche, en el amanecer del 2 de julio de 1983, han entrado a mi casa. Treinta han sido, han buscado todo, a mi hijo que estaba durmiendo lo han sacado. Con su pantaloncito no más lo han sacado, sin calzado, sin vestido. Nos han apuntado a cada uno; contra la pared estábamos: ‘No hables, carajo! No digas nada, mierda’, nos han dicho. ‘¿Por qué te llevas a mi hijo?, ¿qué ha hecho’ –les digo–. ‘Cállate vieja de mierda’ –así me han contestado. –Yo agarré a mi Arquímedes, me arrastran con él hasta la puerta, ahí me pisotean y se lo llevan. Lo seguí, corrí gritando. ‘Mañana vienes al aeropuerto, ahí te entregamos.’ –Al día siguiente fui, me lo negaron. A la PIP fui, no estaba. Nunca más lo vi...

La historia, cambiando nombres, fechas y lugares, se repite. Las mujeres se estremecen al oírse unas a otras; los ojos se humedecen, se vuelven más negros y oscuros que sus trenzas; el quechua estalla en llanto, en lamento...

–Mi esposo es desaparecido en el año 1986. Teófilo Ramos Gamboa. De noche han entrado los militares, a las 4 de la mañana. Casi 20 o 30 han sido, y uno había sido servicio de inteligencia con chompa negra y vaquero pantalón. Mi esposo estaba en mi costado, mareado. De ahí lo sacaron. Yo tenía sus documentos de trabajo. Trabajaba en el Concejo como registrador civil. Le amarraron la cabeza con su saco. Yo grité. Con mis chiquitos lo seguimos... en la puerta cantidad de militares estaban. ‘Carajo, a dónde nos sigues. ¿Tú también quieres morir?’ –me gritaron.
–Era domingo, no había dónde denunciar. El lunes me fui, lo denuncié a varias autoridades, al prefecto, al juez, al fiscal. Nadie sabía. Así, caminando me encontré con la Asociación. El miedo nos ha unido y desde esa fecha estamos caminando juntas.

–¿Qué ha pasado con ellos, especialmente con mi esposo? ¿Qué ha pasado? El gobierno debe darnos la noticia, dónde están ellos. Nada, ni un pedazo de verdad nos han dado. Estamos sufriendo con los seis hijos que tengo –dice otra señora apretando la fotografía contra su regazo.

–Tengo siete niños –interrumpe Sergia–. Ahorita por falta de economía estamos mal. He hecho lo posible para su secundaria, para que estudien, para que se superen. No tengo plata. El Presidente sabe, él sabe y pedimos que juzguen a los culpables. Hasta cuándo vamos a sufrir, hasta cuándo nuestros hijos van a sufrir. Ahorita me preguntan sus hijos dónde está, ¿lo han matado o está preso?...

Se le quiebra la voz. Dice que en 1983, un 1 de julio, se llevaron a Albino, su esposo. Lo sorprendieron dormido. ‘Un ratito nada más vamos a conversar’, dijeron. De ahí se lo llevaron al puesto de Pampa Cangallo. –Desde ese momento no lo volvimos a ver. Que nos reconozca el gobierno, que nos haga saber su noticia. Acá ninguna autoridad nos habla, no nos ha dado absolutamente alegría, esperanza.

A duras penas puede con el castellano, pero Marina no quiere dejar de hablar; lo hace en tercera persona: –Ruegan, lloran; cuatro veces viajan en Lima, hasta el señor Fujimori, presidente republicana, hasta ahora nada. Justicia nada hasta ahora. ¿Nunca contesta Fujimori? –me pregunta.

No pierden la esperanza de encontrarlos vivos. Recuerdan a Efraín, a Hilario, a Hugo, a Pelagio, a Guillermo, a Arquímedes, a Albino. Ellos han sido músicos, carpinteros, maestros, labradores, nos dicen. Algunas supieron dónde estaban detenidos; alguien les contó que los habían visto en un cuartel; hasta recibieron notas de ellos antes de perder totalmente el rastro. Le contaron a una madre que su hijo tenía la barba larga, a otra que se lo habían llevado a la selva, que ahí estarían, en el SEPA, sembrando cacao, café...

–A tantas cárceles he hecho llamar, tanta plata he gastado; de repente en una de esas cárceles está mi hermano y está esperando que lo encuentre –dice otra. –No puede desaparecer como el humo, así no más.

–Miles de desaparecidos durante 14 años y no encontramos justicia, pero tantos desaparecidos, tantos, muchos, no sabemos hasta hoy día. Es ahora Angélica la que habla luego de invitarnos una taza de café bien caliente. –Hemos elaborado una lista de más de dos mil de nuestros parientes desaparecidos en Ayacucho, Apurímac y Huancavelica, y la hemos entregado a la Defensoría del Pueblo; mientras tanto, esa fotografía no más siempre miramos nosotras.

Se hace tarde. Nos despedimos. Todas juntas cantan y van saliendo. Las fotos se quedan esperando en la pared...

–Hasta cuándo silencio. Hasta cuándo hijo perdido.

Hasta cuándo, no me sigas aprisionado, no me sigas torturado. Hasta cuándo... (Susana Villarán)

 

Amador Janampa Ramírez
(ex alcalde de Accomarca)

"Mi tía Lorenza Janampa de la Cruz murió allí con sus tres hijos y mi madre es sobreviviente; ella me ha contado cómo fueron los hechos: cuando los militares aparecieron dijeron "reunión" y a las mujeres las hicieron entrar en una casa y a los varones en otra. En ese mismo rato, mientras los mataban a todos, los de Sendero estaban en la parte de más arriba mirando todo lo que ocurría desde las alturas. Por eso los que han muerto fueron sólo los humildes campesinos y los niños y ancianos. Los soldados, luego de lo sucedido, regresaron al pueblo a hacer muchos abusos; hasta agarraban animales y los mataban, saqueaban casas y allí vivían. Fueron a los cementerios y degollaron allí los cuellos de tres ancianos."

 

Ricardo Cárdenas Báez
(Profesor en Accomarca)

"Estos señores entraron de dos sitios. Una parte por el río Pampas que se llama Pariopampa, por allí subieron en helicóptero más o menos 20 o 30 soldados. Otra parte han entrado por Piti, por la altura. De los dos sitios han rondado a la gente, porque por esa época estaban en sus chacritas la mayor parte; el pueblo estaba despoblado y se había concentrado en esos lugares: Ccishcapampa, Llocllapampa y Atospata. Los hechos ocurrieron en Llocllapampa. Allí la gente estaba concentrada, tranquila, cuando de un momento a otro aparecieron de ambos lados. Alguien avisó que habían llegado los soldados y estaban reuniendo a la población. Mi suegra dijo que huyeran inmediatamente y así ella salió de la casa. En esos momentos llegaron los soldados para llevarlos a la reunión. Por un lado hicieron formar a las mujeres en una columna donde habían bastantes personas; algunas de estas mujeres eran jóvenes, por lo que dicen que los soldados han hecho sus abusos sexualmente. Luego fueron al monte a traer a los más jóvenes, escogieron a algunos y los hicieron regresar a Atospata. Luego metieron a todas las mujeres a la casa del señor César Gamboa. Aquí habían dos ambientes en donde los soldados han lanzado balas, granadas, han echado fuego y ha ardido toda la casa. La gente ha empezado a gritar hasta quedar totalmente quemados."