La Corte Interamericana de    Derechos Humanos y los chilenos

¿De quién es la culpa?

No hay autoridad que no haya expresado que este es un escándalo, empezando por el propio Presidente de la República e incluyendo a varios líderes de la oposición. ¿Cómo se atreven esos irresponsables de la Corte Interamericana de Derechos Humanos a violar nuestra Constitución y nuestra soberanía nacional? ¿Qué se han creído para liberar a estos terroristas y poner en riesgo nuestra seguridad? ¿Podemos acaso soportar que, encima, haya que indemnizarlos por sus crímenes con dinero que se obtiene de nuestro pago de impuestos?

Suena impactante. Es políticamente rendidor y dará puntos en las encuestas. Y, como es lógico, todos quieren ganarse alguito.

Cuesta trabajo decirlo y, más aún, hacerse oír en medio del cargamontón, pero todo lo anterior tiene un par de problemitas. Uno primero, que no siempre importa mucho en el Perú de hoy, pero que no está de más mencionar: se está faltando a la verdad. Y, el otro: se está omitiendo, olímpicamente, discutir el origen del problema y, por tanto, de las responsabilidades de lo ocurrido.

Se falta a la verdad cuando se dice que se ha violado nuestra Constitución y nuestra soberanía. El Perú, por decisión propia y soberana, está jurídicamente obligado por las decisiones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Lo está, por cierto, también por otros múltiples acuerdos internacionales en diversos campos. A fines del siglo XX, cuesta trabajo pensar que haya gente que realmente crea que se puede vivir (cuando conviene) en islas aparte (y no pagar las consecuencias).

Se falta a la verdad cuando se dice que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha ordenado liberar terroristas. Lo que la Corte ha ordenado, luego de condenar expresamente el terrorismo, es que a estas personas se les juzgue de nuevo en cortes civiles y con garantías judiciales básicas. Es obvio que son culpables y que serán por tanto condenados con igual severidad; pero esta vez las sentencias podrán tener solidez y legitimidad indiscutible.

Se falta a la verdad cuando se dice que la Corte nos impone "indemni­zar" a los terroristas. Ha ordenado, de acuerdo con procedimientos
rutinarios, que la parte perdedora en la demanda asuma los costos judiciales en los que incurrieron quienes presentaron la demanda. (Ojo: diez mil dólares en total y entre las cuatro familias y no para cada una, como se ha deslizado.)

No veamos fantasmas donde no los hay. Los jueces de la Corte no forman parte de una confabulación del terrorismo internacional para desestabilizar nuestra paz y prosperidad.

Pero es cierto que, por "más ajustada a derecho" (como diría si fuera abogado) que la sentencia de la Corte pueda haber sido, la decisión es problemática para el Perú, ya que exige nuevos procedimientos para un problema que se creía zanjado. Es más: es harto previsible que en los próximos meses van a venir varias decisiones desfavorables al Estado peruano en otras materias, tanto de la Comisión Interamericana como, incluso, de la misma Corte.

Pero, ¿de quién es la culpa de lo que está ocurriendo?

No queremos dárnoslas ahora de sabihondos, pero desde esta revista y otros medios de comunicación, y en particular desde todos los organismos de derechos humanos, advertimos pública y reiteradamente, hace varios años atrás, que esto iba a ocurrir; que se estaba generando un grave problema con una legislación totalmente por debajo de los estándares mínimos que el derecho internacional exige; que los mismos resultados se hubieran podido conseguir respetando los derechos básicos de los acusados; que la seguridad de los jueces, una de las excusas para el fuero militar, se podía haber asegurado concentrando los procesos en tribunales especiales con jueces civiles debidamente protegidos (para ello probablemente hubieran bastado menos de la mitad de los hombres que cuidan al "Doc").

Así, cuando pase la fiebre y las cosas se puedan ver con mayor sosiego, habrá que discutir quiénes, haciendo oídos sordos de lo que a tiempo se les advirtió, metieron a nuestro país en un problema tan complicado como evitable. (Carlos Basombrío Iglesias)