Comités de Autodefensa
SANTILLANA:
EN BÚSQUEDA DEL ORDEN Y LA JUSTICIA
Nuestra llegada a Santillana para realizar un curso
con Comités de Autodefensa coincidió con el abandono de la zona por la base
militar. Los dirigentes empezaron por reclamar el orden que imponen las Fuerzas
Armadas en la zona, pero además un orden justo que permita encontrar el camino
de la vida democrática.
Los
comuneros y autoridades de Santillana esperaban el 7 de junio, Día de la
Bandera, para participar en el izamiento del pabellón nacional que se
realizaría en la plaza principal de este distrito ubicado en la provincia de
Huanta, en Ayacucho. Habían sido convocados por la base militar de la zona
todos los Comités de Autodefensa del distrito que, como en otros años, se
preparaban para participar en el desfile cívico de este acto solemne. Dos días
antes, la madrugada del 5 de junio para ser más exactos, la base militar de
Santillana decidió retirarse, lo que generó una situación de desconcierto entre
la población local.
En semanas
anteriores se rumoreaba sobre la presencia de Sendero Luminoso en algunas
comunidades cercanas como Aranhuay y Santa Bárbara. Elementos extraños a estas
comunidades campesinas, además, habrían sido detectados por miembros de los
Comités de Autodefensa en Iramayo y Purus. En Sanabamba, comunidad
perteneciente al limítrofe distrito de Ayahuanco, se registró también una
incursión subversiva, e inclusive se llegó a hablar de un posible ataque que se
preparaba contra la capital de San José de Secce; por esta razón, el retiro de
la base militar no tendría una explicación aparente. ¿Cómo interpretar,
entonces, esta decisión del Ejército que deja desprotegida a la población de
Santillana?
Para algunos
podría tratarse de un reacomodo estratégico de las Fuerzas Armadas que han
instalado bases militares en Pichari, Cayramayo, Pucayacu y Sanabamba. Así el
distrito de Santillana quedaría cercado por estas bases; aunque las distancias
que la separan de las zonas mencionadas harían difícil una intervención
inmediata frente a un ataque subversivo. Por otro lado, el retiro de la base
militar se interpreta como una reacción del Ejército frente al reciente informe
presentado por la Defensoría del Pueblo en Ayacucho, en el que aparece como la
institución más criticada en el área de la justicia y los derechos humanos.
A ello
podría sumarse el hecho de que, recientemente, las principales autoridades
políticas y dirigentes de los Comités de Autodefensa del distrito han rechazado
públicamente la absurda reglamentación establecida por el Comando Conjunto
respecto a la indemnización a víctimas y familiares de miembros de estos
comités caídos en enfrentamientos subversivos (ver ideele Nº 118).
Más allá de
estas hipótesis, es preciso recordar que el tema del retiro progresivo de bases
militares en zonas afectadas por la violencia política no es reciente. Ya en
1996 se planteaba esta posibilidad ante los avances logrados en cuanto a la
pacificación del escenario ayacuchano (ver ideele Nº 91 y 92). Esta opción, empero, siempre contó con la
opinión en contra de los Comités de Autodefensa, que se veían desprotegidos
ante la eventualidad de nuevos rebrotes subversivos. Lo que suponía dos
apuestas básicas entre el campesinado: el no retiro de los militares o, en caso
de que esto se produjera, la retención del armamento entregado a los Comités de
Autodefensa. Pues son éstas las mismas demandas que se han planteado en días
pasados en Santillana. Ninguna de ellas ha sido aparentemente escuchada. Como
lo hemos dicho, la base se retiró el 5 de junio y, en varios casos, llevándose
no sólo el armamento entregado sino también el que algunas comunidades
consiguieron con su propio peculio.
Esto ha
sido rechazado por las autoridades y líderes de los Comités de Autodefensa,
quienes se han movilizado a Ayacucho y de allí a Lima, para pedir una
explicación y rectificación de la decisión de los militares. El resguardo y
protección de la capital del distrito ha quedado a cargo de los ronderos en un
clima de aparente tranquilidad, y algunos pobladores esperan que, por lo menos,
se reinstale el puesto policial que existía antes.
¿Cómo
entender, entonces, este reclamo campesino de que los militares regresen a sus
comunidades? Son dos las interpretaciones básicas que se han hecho al respecto:
el temor al rebrote de acciones subversivas y la necesidad de mantener la
presencia del Estado a través de una institución que represente el
"orden" que ellos mismos no podrían garantizar. Ello a costa del
patrón autoritario que se ha mantenido en la relación entre militares y
población campesina en estas zonas.
Y es que
resulta paradójico que sean los propios campesinos quienes reclamen el no
retiro de las Fuerzas Armadas, pues son ellos mismos los que denuncian
situaciones de abusos como las levas, que aún se siguen produciendo en algunas
comunidades, y distintas formas de "apoyo" al mantenimiento de la
tropa en la zona. Lo que podría ser entendido como un costo inevitable para
garantizar la seguridad y el orden en las comunidades, dado que los Comités de
Autodefensa han visto mermada la capacidad de convocatoria y organización que
mostraban en los años más agudos de la violencia política. Los presidentes de
los Comités de Autodefensa del distrito consideran que, en general, se ha
producido un relajamiento de la participación campesina y ciudadana en el
contexto de la pacificación.
Situaciones como las que
analizamos en este artículo podrían, sin embargo, poner en el debate, una vez
más, la necesidad de una institucionalidad civil y democrática que garantice
los procesos de retorno y reconstrucción de estas zonas afectadas por la
violencia. El papel de las Fuerzas Armadas debería estar subordinado a estos
procesos desde las funciones de seguridad que le corresponden como parte del
fortalecimiento de la autoridad política local. Es quizá esta perspectiva la
que se está jugando en el caso del distrito de Santillana, donde sus
autoridades vienen reclamando orden y justicia, a la vez. (Jaime Márquez Calvo)