La falta de trabajo cambió sus vidas
Obreros de la vida nocturna
Jesús Raymundo
Es difícil negar las noches limeñas con sus personajes que, en forma sorpresiva, surgen, se multiplican y desaparecen al amanecer. Ocurre que la urbe oscura es, como la vida, violenta y pacífica a la vez; sincera y engañosa, cautivante y desconcertante, silenciosa y bulliciosa. Allí muchos desempleados intentan rescatar la fe que les arrebataron las promesas incumplidas. Y contradiciendo a la mayoría, persisten con coraje, sin pestañear.
A las 11 de la noche el frío arremete sin piedad en la esquina de Camaná y Quilca, en el centro de Lima. Los choferes de las combis que forman una hilera frente al bar Queirolo confían en el optimismo del "llenador" que va de una a otra esquina anunciando el destino final: "¡Vamo pa’l Callao!... ¡Al Callao, Callao!". Se trata de uno de los muchos desempleados que prefieren salir a la calle a "ganarse la vida". Pero esta vez él no quiere declarar, porque está ocupado.
Las mil palabras de "Maradona"
En el Queirolo, las mesitas están atiborradas de bebedores que, con un vaso de pisco o cerveza, prefieren olvidar la agitada vida moderna, llena de problemas. Otros sueñan que sus días cambiarán en el futuro y que "mientras hay vida, hay esperanza". Es el caso del vendedor de fotografías de futbolistas que se hace llamar "Maradona".
Todas las noches recorre los bares limeños ofreciendo sus primicias gráficas. "Yo era obrero de una textil, pero cuando quebró la fábrica tuve que ingeniármelas para llevar un plato a mi casa", nos dice mientras pide un vaso al mozo. "Siempre me ha gustado el fúlbol, desde chiquito. Por eso en mi barrio de El Agustino los domingos organizo campeonatos máster para ganarme alguito. Mi señora también me ayuda: vende cervecitas y gaseositas para recursearnos".
"Maradona" tiene tres hijos. "La mayor metió la pata, hermano, y justo ahora está dando a luz en la Maternidad. Me apena no poder ir, pero qué puedo hacer si este es mi único trabajo", dice en tono triste.
Toma otro vaso de cerveza y se queda callado. Luego sonríe levemente y afirma que el segundo de sus hijos ha ingresado hace unas semanas a un instituto superior para estudiar mecánica automotriz. Del último prefiere no hablar, porque, dice, aún está en el colegio. "A todos los he educado con este trabajito. A veces puedo vender hasta 50 fotos –cada una cuesta dos soles–, pero otras sólo cinco. Siempre queda algo pa’ la casa."
Los sinsabores también persiguen a "Maradona", de 45 años. "Hace tres meses un carro me chancó en la espalda; por eso todavía estoy con venda", me dice mostrándonos su pecho. "Felizmente que el chofer me ha ayudado, hermano. Aunque el doctor me pide que descanse, tengo que salir a trabajar." Es que la calle se ha convertido, como para muchos, en su nuevo centro de trabajo y, además, en consejera de vida.
Con la trova en la sangre
En el bulevar de la primera cuadra de Quilca, la penumbra es sorprendida por algunas luces que desde pequeñas puertas invitan a visitar a los pocos libreros que no consiguieron un puesto en las ferias del lugar. Óscar Niño de Guzmán, de 46 años, es uno de ellos. Él espera, callado y pensativo, a sus amigos coleccionistas de libros y revistas que siempre se asoman a esta hora en su puesto.
"Estaría en la calle si es que Manuel Luna, dueño del pub La Noche de Barranco, no me hubiera dado este espacio mientras arregla su local para convertirlo en otro centro de bohemia", cuenta algo desconfiado. "Soy admirador de la trova cubana y por eso vendo cancioneros y libros dedicados al folclor cubano, en especial de Silvio Rodríguez. También tengo libros de meditación y yoga que le interesan a un sector del público aficionado. Y allí no tengo competidores."
Su vida es como la de muchos que con la recesión han perdido su trabajo. "Siempre fui lector y coleccionista. Por eso, cuando me quedé desempleado del sector salud, le ofrecí mis libros a un amigo vendedor, pero me pagaba cuando quería. Entonces decidí asociarme con un conocido y alquilar un puesto. Así comenzó todo, como un entretenimiento." Y hoy, los libros no sólo alimentan su espíritu sino también su cuerpo.
Una selva de cemento
A la 1 de la madrugada las esquinas limeñas tienen otros dueños. Entre carteristas y vendedores de golosinas, las prostitutas conviven con los homosexuales. Cada una guarda una historia diferente que no se animan a compartir. Al parecer, la jornada es prometedora y tienen que recuperar los días perdidos. Por eso, mientras esperan impacientes a sus clientes, fuman un cigarrito para calentarse. Es que el frío, como la crisis, no respeta sus ropas livianas ni sus esperanzas.
Sin embargo, hay otras mujeres que ofrecen placer en los night clubs chicha. En La Sirena, cerca de la avenida Garcilaso de la Vega, un hombre de terno azul y mirada seria nos invita a la diversión. Dentro, las dos hileras de bancas son ocupadas por parejas que se conocieron hace poco en el local. La luz tenue apenas permite distinguir a las chicas que, con una sonrisa, se
ofrecen como acompañantes ocasionales.Sobre la barra iluminada con luces intermitentes, Shirley se contornea al compás de una balada de Alejandro Sanz. Su cuerpo, cubierto por un bikini rojo, no deja de moverse hasta el final del show, cuando se despide desnuda, entre aplausos y besitos de los asistentes. A sus 20 años ella ha decidido bailar a su modo y acompañar a sus "amigos".
"¿Me invitas un trago?", me pide antes de iniciar la conversación. Luego nos cuenta su historia. "Mi mamá sabe que bailo aquí y conoce al administrador. Es la única manera de ganar dinero, ahora que nadie me quiere dar trabajo. Además, así pago mis estudios de Obstetricia que los llevo por las tardes en un instituto. Después me vengo a este local, donde me quedo hasta el amanecer."
No todas las noches puede "fichar" mucho. A veces, cuando hay clientes solventes, le invitan más de una docena de tragos; ella recibe una comisión de dos soles por cada cuba libre y de cinco por un whisky. Y por su presentación pública le pagan 15 soles. Los días que no hay concurrentes sólo gana por su baile y le dan cinco soles para el pasaje.
"Todas las noches se repiten las mismas historias. Tengo que escuchar los problemas de mis amigos y tratarlos bonito. También les doy algunos consejos de mujer." Esta vez, su copa de cuba libre ha quedado vacía y a ella la esperan otros "amigos" mientras nosotros tenemos que dirigirnos a otro puerto.
Llora guitarra, llora
En la esquina de Petit Thouars y Javier Prado, frente al bar Superba, dos músicos y bohemios han tomado un pequeño restaurante. La voz de Javier, también guitarrista, compite con la música de Chichi Peralta que se escucha en los parlantes. A su lado, Samuel lo acompaña con su cajón y cantando los coros. A las 4 de la madrugada, el vals fluye hiriente, raspando la garganta y el corazón.
Aunque provienen de lugares diferentes –Javier es chiclayano y Samuel iqueño–, hace dos años se conocieron en los bares de San Isidro y fueron unidos por la música criolla.
"Antes era comerciante mayorista; trabajaba en el Mercado Central vendiendo zapatos y ganaba un sol por docena", nos dice Javier, de 28 años y padre de dos menores. "Pero siempre quise meterme en la música porque se invierte poco y se gana bien. Es que tengo un don, un arte, y nadie me va a pagar lo que quiere", agrega. Le invitamos un piqueo, pero no lo acepta. "Al que canta siempre se le seca la garganta", nos dice, y pide una cerveza. "Pero sin helar, por favor", agrega.
Samuel, sentado sobre el cajón que lo ha acompañado durante los últimos cuatro años de su vida, está menos mareado y habla lo necesario. "El trabajo es relativo. A veces nos encontramos con una persona que nos puede pagar 100 soles y otras sólo no dan cinco soles." Y Javier interrumpe tratando de reflexionar después de haber bebido y cantado hasta el hartazgo: "Somos más que nadie, pero menos que nadie".
Por su parte, Samuel nos cuenta que es profesor de canto y dice tener un estilo propio. Le pedimos, entonces, que nos cante un tema piurano: "El rosal viviente". Pero antes nos reclama la propina. Luego su voz aguardientosa y callejonera rememora los paisajes del pueblo norteño. La administradora decide apagar la música y hay permiso para amanecerse. Y "El rosal viviente" es repetido cinco veces más.
Podríamos seguir pidiendo más canciones y más cerveza mientras Samuel y Javier continuaran cantando y tocando. Pero al amanecer pocos son los que siguen de pie. Y el optimismo de estos personajes es, tal vez, el más fuerte de todos.