EMILIO MIGNONE: UN HÉROE MORAL
Michael Shifter
Hace unos meses murió, en la Argentina, don Emilio
Mignone, con justicia uno de los grandes de la lucha por lo derechos humanos en
América Latina. Múltiples y merecidos homenajes a su vida y su obra se están
realizando. Nos sumamos a ellos publicando la intervención de Michael Shifter
en la ceremonia con la que la Organización de Estados Americanos rindió, en
Washington, tributo a su vida y su obra.
Conocí a
Emilio Mignone en Buenos Aires en enero de 1987, sólo pocos días después de que
empecé mi trabajo en derechos humanos con la Fundación Ford como encargado de
los países de la Región Andina y el Cono Sur. Asimismo, pocos días después de
que la legislación de Punto Final fuese adoptada en la Argentina.
En nuestra
primera conversación Emilio no solamente me explicó lo que decían la leyes,
sino que me las puso en perspectiva y me aclaró su importancia. Lo hizo
juiciosa y brillantemente, sin mostrar ningún atisbo de sus propios intereses o
de rencor. De alguna manera, y aparentemente sin esfuerzo, encontró el balance
adecuado entre los principios morales, de un lado, y las consideraciones
pragmáticas, del otro.
Muchos
otros me dieron sus puntos de vista durante esa visita. Algunos eran favorables
a la adopción de la ley de Punto Final, otros la rechazaban, pero ninguno fue
capaz de igualar la sabiduría de Emilio y su capacidad para explicar e iluminar
los asuntos que estaban en juego.
Basado en
esta conversación –y lo cuento por primera vez–, ideé un método que seguiría en
los siguientes seis años al organizar mis visitas a Buenos Aires. Primero
averiguaba si Emilio estaría en la ciudad, ya que cualquier visita sería menos
valiosa sin su presencia. Luego de asegurarme de ello, hacía todo lo posible
para verlo al comienzo y luego al final, antes de irme de la Argentina.
No sólo
quería comenzar mi trabajo hablando con quien tenía la más lúcida, ilustrada y
confiable interpretación de lo que ocurría en ese país, sino que quería,
además, tener la oportunidad, antes de irme, de cotejar mis impresiones de lo
que había percibido y de escuchar lo que él pensaba.
Hablar con
Emilio era mi forma de buscar que mis apreciaciones estén intelectual y
moralmente centradas. Nunca me decepcionó. Los últimos años de los 80 y los
primeros de los 90 fueron muy intensos en la Argentina: Obediencia Debida, La
Tablada, luego el decreto de amnistía; hechos, todos, que planteaban grandes
desafíos de ecuanimidad y madurez, así como una gran dosis de realismo; y, por
encima de todo, un permanente y firme apego a los principios.
No estoy
seguro del cómo, pero Emilio siempre se las arregló para mantener la correcta
medida de cada uno.
En medio de
estas dos reuniones había, por supuesto, una tercera. Es que, después de todo,
yo iba a la Argentina no sólo para aprender de política y de derechos humanos,
sino también para hablar de negocios. Emilio y yo discutíamos el trabajo del
Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), esta notable organización que
fundó, dirigió e inspiró –y que la Fundación Ford ha apoyado desde su
nacimiento–.
Esos años
fueron difíciles no sólo para la Argentina, sino también para el CELS. La
organización, que había llegado a su punto más alto hacia 1985 o 1986, empezaba
a tener problemas, pues debía responder a muchas circunstancias, sectores y
presiones. Emilio hizo el mejor trabajo que pudo para encaminarlo en la
dirección correcta. No era fácil, y él lo sabía mejor que nadie.
Como
funcionario de una fundación, debo admitir que encontraba altamente estimulante
y raro tener que tratar con alguien que nunca pretendía esconder los problemas
o hacer como si todas las cosas fuesen siempre espléndidamente. Sin decirlo de
manera directa, Emilio me comunicaba su mensaje con absoluta claridad:
"Estamos atravesando un período difícil, Shifter, pero siga apoyando al
CELS; somos una buena organización, jugamos un papel importante aquí y vamos a
salir adelante. Sólo que va a tomar algún tiempo".
Como
siempre, Emilio tenía toda la razón: los magníficos resultados del CELS de hoy
hablan por sí solos.
Pero no era
suficiente, y quería más de Emilio. En una breve licencia que me concedió la
Fundación Ford en 1991, tuve la oportunidad y el gran placer de entrevistarlo
en su departamento de Santa Fe. Hablamos –más bien, él habló– de cuanto tema se pueda imaginar en 15 horas de
entrevista grabada. Fue entonces que supe de su profundo conocimiento de la
historia argentina, de su impresionante recuerdo de tantos detalles de su
extraordinaria memoria.
Aprendí lo
que significaba Martín Fierro. Emilio fue generoso más allá de lo creíble. Me
confió un sinnúmero de historias con claridad, precisión y profundo sentido de
la ironía. Yo estaba simplemente sorprendido y maravillado.
En la
medida en que esto lo he comentado muchas veces en privado, puedo decirlo
también en esta ocasión: no me queda ninguna duda de que Emilio merecía el
Premio Nobel de la Paz por su inconmensurable contribución a la causa de los
derechos humanos en la Argentina. El mundo ha tenido la suerte de contar con
grandes luchadores por los derechos humanos, pero no estoy seguro de cuántos de
ellos reunieron todas las extraordinarias cualidades de Emilio.
Uno se
pregunta si no sería quizá precisamente su esfuerzo por pasar desapercibido,
su completo desinterés por la figuración y su tendencia a subestimarse, lo que
da cuenta de esa omisión percibida por mí, y tal vez también por algunos de
ustedes, pero nunca –se los aseguro– por él mismo.
Esa es la
razón por la que este tributo es tan maravilloso, tan adecuado. Después de
todo, ¿habrá alguien que haya creído más apasionadamente que Emilio Mignone en
la importancia de una institución dedicada completamente a la promoción y
defensa de los derechos humanos? No tengo dudas de que Robert Goldman, Jorge
Taiana y otros aquí vinculados a la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos, saben que Emilio sería uno de los más entusiastas admiradores del
crucial y magnífico trabajo que ustedes hoy realizan.
Finalmente, a Isabel, Chela y los demás miembros de
su familia. Sé que no hay forma de expresarles mi profunda gratitud por haberme
permitido ser parte de esta maravillosa ceremonia, de este extraordinario
tributo a su padre, su esposo, su abuelo; a un hombre que desde que lo conocí,
en enero de 1987, pensé y siempre recordaré como mi héroe moral.