Una nueva fe:
El Perú hace cien años
Luis Miguel Glave
¿Cuál era el ambiente? ¿Cuáles las preocupaciones, las tensiones, los temas de discusión política, social y cultural en las últimas fiestas patrias del siglo pasado? En otras palabras, ¿en qué estaba el país en ese entonces? En las páginas que siguen, el destacado historiador Luis Miguel Glave hace una crónica de lo que ocurría en el Perú hacia las últimas fiestas patrias del siglo XIX.
Los siglos son meros períodos contables de tiempo a los que se les atribuye determinado simbolismo por convenciones culturales, artificios de la memoria, funciones del pulso emocional de las gentes. Sin embargo, y tal vez por ello, es posible para el historiador tomar ese momento para acercarse a la historia como proceso y ver un fotograma de una película, fijar un instante de una larga e intensa secuencia y examinarlo de cerca, en sus múltiples determinantes.
Los estudios históricos han venido demostrando que los grandes cambios no coincidieron con los saltos de siglo. Sin embargo, tendemos a hablar de fenómenos globales y marcarlos por siglos: en tal siglo se inició la era tal, en el otro se vivió la transformación de un sistema, etcétera. Cada que se produce el arribo simbólico de la centena de años, tendemos a preguntarnos por lo que significa un cambio centenario.
El ambiente cultural del país a fines del siglo pasado era el del triunfo de una nueva fe: la de la certeza de la ciencia. A tono con el positivismo en Europa, continuando, perfeccionando y ampliando el credo ilustrado que informó el pensamiento desde fines del siglo XVIII, y nutriéndose de las múltiples expresiones de republicanismo, romántico o liberal, la cultura nacional, que ya existía como tal, se guiaba por la fe en la ciencia, en el progreso, en el poder del conocimiento. El credo civil y liberal, la expectativa por la recuperación nacional después del fracaso de la guerra de 1879, el poder de la ciencia, la natural y la social mimetizada en el método de aquélla, tenían sus expresiones en la imprenta y los medios de comunicación.
Este nuevo credo se dotaba necesariamente de un tinte anticlerical, laicista. Ello llevó a una reacción de los defensores del catolicismo conservador, atacado por las posiciones de vanguardia. La gran difusión del catolicismo llevó a un enfrentamiento entre la vieja fe y la nueva.
El tenor de la discusión política, sin embargo, tenía otra vestimenta, pero participaba de ese telón de fondo cultural. La confianza en la razón y el despertar de nuevas luces eran la esperanza de unos. El temor a los cambios, luego de una larga noche nacional, y la bandera de las plegarias, las de los otros. Esas eran las grandes líneas de la lucha moral e ideológica: laicos y protestantes contra conservadores católicos. La razón contra la ignorancia. Los patriotas contra los clericales. O al revés: los morales contra los disociadores, los ordenados contra los alborotadores. Todo revestido de tintes políticos: demócratas contra constitucionales; anarquistas, librepensadores, unionistas (González Prada) y patrióticos contra los caciques locales y Piérola, que, a su turno, había desbancado al guerrero militarista. Los dos grandes arquetipos del caudillo republicano se habían constituido ya: el militar Andrés A. Cáceres y el civil Nicolás de Piérola. Ambos habían cumplido su ciclo y sólo jugarían ya el papel de fieles de la balanza.
En el terreno de las nuevas ideas destaca Joaquín Capelo. El sueño del oriente seguía abierto, y un hombre lo encarnó: Capelo fue funcionario, explorador y político. Pero fue sobre todo un creador literario y sociológico. En 1894 publicó Materia y espíritu, tuvo una visión optimista de la evolución social, influida por el positivismo y las ideas evolucionistas de Spencer. En 1895 comenzó a publicar su obra Sociología de Lima. El credo científico y la labor de integración de un territorio tan difícil se unieron en esa biografía, en la que se nos muestra el Perú y sus problemas a fines de siglo.
Pero fue un hombre menos rutilante que los caudillos quien dirigió el país en el paso de un siglo a otro. Eduardo López de Romaña fue un hijo del tradicionalismo conservador, pero de espíritu emprendedor. Miembro de una de las familias más representativas de la aristocracia regional de Arequipa, fue ingeniero, empresario, agricultor y finalmente político, y ocupó la presidencia del país entre 1899 y 1903. Estudió en Europa y trabajó como ingeniero allá. Regresó a América para construir un ferrocarril por la jungla amazónica, pero no tuvo éxito.
Romaña viajó por Europa tomando notas y aprendiendo de la ingeniería de las ciudades que recorría. Regresó al Perú en 1874. Estuvo dedicado a la agricultura y a la ingeniería. Fue el primer profesional que gobernaba el país, a tono con el espíritu de la época. Pero también era un conservador, de manera que por sus formas de comportamiento y discurso ideológico, también empataba con los conservadores. López de Romaña fue la verdadera bisagra que permitió el arribo definitivo del civilismo al poder.
El medio político y cultural de fin de siglo también puede ser representado por la figura de Abelardo Gamarra "El Tunante". En las elecciones de 1886, que enfrentaron al Partido Constitucional de Cáceres con el Partido Demócrata de Nicolás de Piérola, Gamarra apoyó a Cáceres y fue elegido diputado suplente por Huamachuco. En 1888, cuando ya se había distanciado del Gobierno, renunció a El Nacional, pues estaba disconforme con la defensa que éste hacía de la firma del Contrato Grace. Su desacuerdo originó su expulsión del Congreso. El 28 de julio de 1889 hizo reaparecer La Integridad para oponerse al contrato Grace y al Gobierno. Dos años después, en mayo de 1891, participó en la fundación del partido Unión Nacional, liderado por Manuel González Prada.
Al poco tiempo, luego del viaje de González Prada a Europa, Gamarra figuró entre los responsables de la conducción del nuevo partido, convirtiendo La Integridad en el vocero de la Unión Nacional y tribuna contra el gobierno pierolista (1895-1899). En 1899 apareció Rasgos de pluma, recopilación de artículos de "El Tunante" publicados en El Nacional y La Integridad.
En este libro aparece el estilo que hará famoso a "El Tunante". Entre algunos de los artículos de Rasgos de pluma están los referidos a "Pelagatos", ciudad imaginaria de la sierra peruana, azotada por las revoluciones y dividida en dos bandos, el partido de los churgapes y el partido de los cungules, en constante disputa por la gobernación, la alcaldía y la judicatura.
Pero fue otro suceso el que, en la trastienda, hizo más explícito lo dramático del proceso cultural que se vivía. En el verano de 1900, la escritora Mercedes Cabello de Carbonera fue internada en el manicomio del Cercado de Lima. Hacía unos años que era tildada públicamente de "loca". Su encierro y su muerte tuvieron un hondo significado histórico. Sus acosos emocionales fueron una tragedia social, una injusticia.
Terminaba un ciclo en la literatura y la cultura de la capital del país. Una pléyade de escritoras había marcado el despertar de las letras y había renovado el sitio de la literatura y el de la lectura en la vida urbana de Lima. Particularmente, Mercedes Cabello era una defensora de la filosofía positiva de Augusto Comte: propugnó la educación laica, los principios científicos y el ideal del progreso.
En la novela, una de las fundadoras del género –que en el Perú fueron mujeres– había incursionado en el realismo, agitando el mundo cultural y social de una Lima que no quería dejar atrás formas de mentalidad conservadoras. El protagonismo femenino, en un momento de fundación, de vaivenes económicos, políticos y culturales, tenía un doble significado en la conciencia de los actores ciudadanos. Alabadas y hasta engreídas por una opinión dominada por las plumas y los poderes masculinos, todas las que tomaron las letras, las atrevidas, las transgresoras –toleradas y temidas– terminaron en el ostracismo, la soledad y la muerte. Así nació en Lima el siglo XX que terminamos.
Su obra era preceptiva, moral; la literatura debía colaborar en la obra social. Fue crítica, arrogante, empecinada. La temática erótica e íntima de los primeros escritos es coronada en su novela Blanca Sol. La corriente realista se impregna totalmente en El conspirador, basada en la figura histórica de Nicolás de Piérola —tanto como en la de Andrés A. Cáceres, los dos caudillos rivales de fines del siglo XIX—.
Un interesante estudio histórico sobre la locura en Lima ubica en 1897 el inicio del escándalo que antecedió la supuesta demencia de Mercedes. Luego de su triunfo literario en el concurso del "Ateneo de Lima" por Sacrificio y recompensa, las novelas que sucesivamente escribió –sobre todo Blanca Sol y Las consecuencias– la fueron colocando en una corriente opositora a la elite limeña y su modo de vida, junto a González Prada (pero no hay evidencia de ese vínculo que no sea cercanía de actitud) y a los "librepensadores" encabezados por Christian Dam, a cuya liga llegó a pertenecer, "al menos de manera honoraria".
En el periódico de la Liga de Libre Pensadores, El Libre Pensamiento, se editorializó a favor de la escritora, que apareció entonces como el símbolo del ideario liberal ("librepensador"). En esa publicación escribió cartas en su defensa, considerando los ataques como "envidia de aquellos hombres por una mujer".
En un discurso pronunciado en el Liceo Fanning por Mercedes Cabello, que publicó en la prensa inmediatamente, la combativa escritora se había manifestado ante las profesoras y las niñas aplaudiendo la educación laica, contra la corrupción del clero y el fanatismo religioso que se prolongaban en la educación de los institutos católicos; además, subrayó la importancia de enseñar a la mujer a conocer su cuerpo y sugirió que esa tarea le habría sido encomendada por el Gobierno.
"Las niñas, con la soltura y la convicción de un hombre que sabe lo que dice" –escribía Mercedes– habrían hablado "refiriéndose a la época del feudalismo, de la corrupción del clero, de ese clero sensual, ignorante, corrompido del que todavía nos quedan abundantes pruebas." Las pequeñas, "con expresión simpática que contrastaba con los horrorosos temas que trataban", se explayaron en otras vertientes críticas de la historia, como la Inquisición. Alababa la educación laica del Liceo y dejaba traslucir una visión crítica de la historia en su lenguaje, puesto en boca de las propias educandas. Igualmente, una visión de la moral y el rol social de la mujer: de colegios de monjas sólo salen "las mujeres ociosas, egoístas, que aman los salones más que su propio hogar", cuando la sociedad se parece a las colmenas de abejas: "la hembra es la obrera más importante".
Las respuestas no se hicieron esperar. El encono se fue ampliando y, luego de un lustro, la salud emocional de la moqueguana estaba deteriorada. Desde las páginas de El Comercio y La Opinión Nacional, los columnistas "no hacían otra cosa que repetir un estereotipo común en la Lima de aquellos tiempos: la llamaron loca". La "sociedad" sugería que la encerraran en el manicomio.
Pero el drama personal, la contradicción interna que la historia puso en el alma de esa mujer, tenía una versión pública en la que el desgarramiento y el peligro de la vida no eran percibidos como tales. Los librepensadores llevaron adelante la polémica, y pusieron a Mercedes como símbolo. A fines de febrero de 1898, el órgano masón se hacía cargo de los argumentos anticlericales y liberales. Los liberales del periódico arremetían contra El Siglo XX, otra publicación eventual de índole conservadora que los acusaba de extranjeros.
Desde la época de Piérola (1895), Mercedes había entrado en una suerte de silencio literario. En 1898 Buenos Aires la recibió entusiasta, pero ella viajó y regresó sintiendo la muerte, acosada por sus personajes. "El conspirador" está en Palacio. Los personajes de las novelas de Mercedes, sobre todo de Blanca Sol, eran reflejos ficticios de figuras de la Lima de entonces, con los que, en la literatura y en la praxis, Mercedes combatía al hacerlos parte de un viejo orden que debía superarse: por eso triunfan cuando ella es tenida por loca. Los médicos diagnosticaron que "conversaba con seres imaginarios", síntoma de muchos pacientes que en ella era una realidad histórica de la que resultaba víctima. "Los personajes han triunfado. Mercedes Cabello de Carbonera está loca."
El 27 de enero de 1900 entra en el antiguo manicomio de El Cercado; con ella ingresan
sus personajes. Enfrentar las tareas de la nueva fe acarreó también sus víctimas, sobre todo las más débiles de la sociedad que, cambiando, se resiste a hacerlo.