Domesticando la Violencia:

El Alcohol y las Secuelas
de la Guerra

Kimberly Theidon*

Pese a que su venta está prohibida para consumo humano, el alcohol metílico, sustancia destinada al uso industrial, se sigue consumiendo de manera alarmante en muchas partes de la sierra peruana. Las cifras son aterradoras. Sólo en Apurímac, un promedio de 32 mil botellas de dicho producto se consumen diariamente. ¿Cómo así se puede seguir vendiendo un verdadero veneno para el organismo humano?

Pero, ¿qué hay detrás de este alarmante consumo de alcohol en la sierra peruana? ¿A qué problemas está asociado dicho consumo? ¿Qué relación tiene con la violencia política y la doméstica? ¿Qué problemas sociales trae? Tales son algunas de las pre-
guntas que la antropóloga Kimberly Theidon responde en el siguiente artículo, en el que presenta, en exclusiva para ideele, un adelanto de una investigación de más de dos años en el departamento de Ayacucho.

 

"Un análisis histórico de la embriaguez tropieza con la dificultad de separar una invariante cultural de su condicionamiento coyuntural."

Thierry Saignes

 

En 1989, Thierry Saignes publicó en la Revista Andina1 un artículo sobre "las borracheras andinas" en el que planteó que la embriaguez sirve como un vehículo que permite a los campesinos acercarse a los seres espirituales y reafirmar su relación con lo sobrenatural y su identidad por medio de las memorias colectivas reactivadas durante el consumo ritual. Lo que la autora pretendía era rescatar la borrachera de la condenación colonial y eclesiástica por medio de una exploración de su lado positivo y creativo, capaz de fomentar la cohesión grupal.

En este artículo intento tratar esta "invariante cultural" dentro del contexto contemporáneo ayacuchano. Exploro la relación compleja entre el trauma psicosocial, la embriaguez y la violencia doméstica en comunidades rurales afectadas por la violencia política que convulsionó la región por tres lustros. Comparto con Saignes y otros (ob. cit.) la convicción de que el tomar es un acto social y que su sentido y consecuencias dependen del contexto sociohistórico. De hecho, señalo la importancia de aproximar a una teoría local del porqué se emborrachan ahora y con qué consecuencias.

Por supuesto, reconozco la centralidad de largo plazo del alcohol en estas comunidades serranas. No niego que durante el proceso actual de la reconstrucción cultural el alcohol juega un papel en las fiestas que están reinventando y la identidad colectiva que están elaborando. Sin embargo, caer en una lectura "folclorizada" oscurece los otros contextos en los cuales toman; y toman bastante.

Si bien el alcohol y los rituales sirven como referentes para la identidad colectiva, la embriaguez problemática es la diaria, aquella desarticulada del calendario festivo o agrícola. Hay una distinción importante entre la "borrachera sagrada" y la borrachera cotidiana. Además, la chicha tradicional ha sido mayormente remplazada por el alcohol industrial, un trago que es puro químico. Entonces, no solamente han cambiado los patrones de la embriaguez sino también el medio de lograrla.

Nuevamente enfatizo que el consumo de alcohol no es una práctica que existe fuera del contexto sociohistórico –un contexto obviamente alterado por la violencia política y los cambios culturales que la guerra trajo consigo–. Si bien el alcohol y la llamada "borrachera andina" han estado presentes desde hace siglos, ello no implica que tanto los motivos como el sentido de tomar no hayan cambiado. Adicionalmente, como los ejes de género y generación han sido centrales en mis preocupaciones, mis hallazgos permiten apreciar múltiples perspectivas sobre estos temas. Queda claro que dentro del autoentendimiento de muchos comuneros y comuneras entrevistados hay un problema con el alcohol y la violencia, y una teoría local que vincula el alto consumo con la violencia que han sufrido y las memorias horroríficas que no pueden olvidar.

Metodología

La información que utilizo para este ensayo proviene de una investigación más amplia sobre los procesos de recuperación individual y comunal en las comunidades rurales ayacuchanas. Mi objetivo ha sido utilizar una heterodoxia de metodologías para explorar cómo los miembros de 18 comunidades rurales del departamento de Ayacucho expresan sus experiencias de la guerra, y cómo la violencia prolongada altera a una persona, una familia y una comunidad.

Por la brevedad del artículo, estoy "homogeneizando" mis hallazgos. Sin embargo, varias veces durante mis investigaciones he tenido que reflexionar sobre una pregunta central: ¿por qué algunas comunidades siguen tan aplastadas por la guerra, mientras que otras están recomponiéndose?

Entre las variables más relevantes que he detectado, señalo una tendencia pronunciada respecto al trauma y el consumo de alcohol. En mi trabajo de campo he notado una predominancia de problemas relacionados con el alto consumo de alcohol y la expresión más angustiada del trauma en las comunidades donde la mayoría de los ataques y masacres fueron perpetrados por las Fuerzas Armadas y no por Sendero Luminoso.

Aun siendo igualmente impactantes en términos de muertos, hay una trayectoria distinta. Planteo que el espacio público, que es tan importante para procesar el sufrimiento de la guerra –es decir, elaborar memorias tanto personales como colectivas y compartir el trauma con otros sobrevivientes– está muy reducido en las comunidades víctimas de las Fuerzas Armadas. Si bien es aceptable hablar de la brutalidad de SL y elaborar este sufrimiento en las historias oficiales que sirven como una catarsis comunal, la presencia sostenida de los militares –y la relación frecuentemente tensa entre las Fuerzas Armadas, las rondas y la población en general– no ofrece un espacio público para la elaboración y procesamiento del sufrimiento producto de la presencia castrense.

Sin negar que estas poblaciones reclaman la presencia militar como defensa contra posibles represalias senderistas, lo que caracteriza las relaciones entre civiles y militares es la tensión y la ambigüedad. Sugiero que hay un silencio patológico que sigue distorsionando la vida cotidiana en varias de las comunidades estudiadas –un silencio pesado que reduce el espacio y prácticas recuperativas que desarrollan estas poblaciones, desplazando el proceso bloqueado del luto hacia, como ellos mismos dicen, "el consumo desenfrenado"–.

"No estamos bien acá": Trauma y sufrimiento social

"No señora, no estamos bien. A mi esposo lo han matado. En el pueblo hemos quedado sonsos. Nuestros niños han visto matar a sus padres. No estamos bien. Acá mataron no sólo a uno, pero a bastante han matado. Nos quedamos muchas viudas. No estamos bien acá. Y ni mantener podemos a nuestros niños. En el estudio también están atrasados. A mi esposo y mi papá les mataron ese mismo día. No estamos bien. Tenemos pensamientos." (Entrevista con Marcelina, de una comunidad sureña.)

Realmente, "no estamos bien acá" resume mis hallazgos. Como parte del estudio aplicamos encuestas en 12 comunidades ayacuchanas. En total, encuestamos a 99 varones, 112 mujeres y 91 niños. Además, complementamos las encuestas con la observación de la vida cotidiana y entrevistas semiestructuradas en otras comunidades del departamento.

De los adultos encuestados, 41,5% tiene pesadillas; de este porcentaje, 12,5% las tienen por motivos referidos a la violencia y muerte vinculadas a la guerra; el temor al ataque personal o a la persecución componen otro 13,2%. El temor del ataque personal toma varias formas, incluyendo amenazas de terroristas, militares o borrachos.

Adicionalmente, 89% de los varones y 91% de las mujeres encuestadas dicen que sufren de tristeza. Las causas centrales eran semejantes para ambos sexos, y son: i) extraña familiares (24%); ii) pobreza (23%); y, iii) violencia o muerte vinculada a la guerra (17%). Es notable que la desintegración de la familia y la pobreza del centrosur de Ayacucho que hemos investigado eclipsen en cada comunidad los efectos directos de la guerra. Es obvio que estas poblaciones viven con un alto nivel de estresores múltiples, de los cuales la violencia política suele ser la "última gota".

De los varones, 40% ha perdido un miembro de su familia durante la guerra; 52% se queja de pensamientos que los atormentan; y 41% dice que toman más ahora que antes de la violencia. Las cifras para las mujeres son semejantes: 58% tienen pensamientos que las atormentan; 35% toman más ahora que antes de la violencia; y 43% perdió un miembro de su familia durante la guerra. Finalmente, es llamativo que 91% de los varones y 97% de las mujeres digan que sería preferible olvidar lo que pasó durante los "años difíciles"; sin embargo, un motivo que se repitió es la imposibilidad de lograr el olvido.

De hecho, las memorias dolorosas fueron una preocupación central en un grupo de enfoque con mujeres al centrosur de Ayacucho. Nos contaron sus experiencias durante la guerra, proveyendo detalles gráficos sobre la matanza de sus esposos. Enfatizaron que viven diariamente con estas imágenes horribles que "se repiten en la mente como una televisión que una no puede apagar". Estas imágenes intrusivas las impulsan a buscar calmantes en la posta; sin embargo, estaban de acuerdo en afirmar que "nos calman pero solamente por algunas horas". Al concluir nuestro grupo, preguntamos qué servicios de salud más necesitan ustedes aquí, y la respuesta fue "pastillas para olvidar".

De la misma manera, en un grupo de enfoque con varones al centrosur, se conversó acerca de los problemas más serios en su comunidad, presentando una lista de preocupaciones en sucesión rápida:

"No hay control de las personas borrachas. Falta una manera para controlar los borrachos. Todos hemos sido afectados por la violencia; nos quedamos agitados. Se desesperan los niños; en sus estudios son muy bajos. Los niños se enferman porque sus padres toman y se pelean en sus casas. Los niños tienen una baja alimentación. Vamos a la posta pero no pueden curar. En la posta nos dan pastillas blancas para todo".

"Pastillas blancas para todo". Desafortunadamente, los problemas nombrados no encuentran una solución tan sencilla. Con el dolor de mujeres traumatizadas, el alcoholismo desenfrenado y la organización comunal desestructurada, debemos mirar más allá de una respuesta farmacéutica. Subrayo que los mecanismos tradicionales para controlar a los borrachos y normalizar la vida han sido sumamente desbaratados durante estos años, y esta disrupción está acompañada de un alto nivel de desorden familiar y comunal producto de los ataques y el desplazamiento tanto geográfico como cultural.

Además, los temas de la memoria y el olvido surgen en la coyuntura actual. Saignes (ob. cit.) planteó que estas poblaciones toman para activar la memoria colectiva durante las borracheras. Creo que la coreografía entre la memoria y el olvido es más complicada, particularmente en un contexto posguerra, cuando muchas memorias son agridulces.

Por ejemplo, reflexiono sobre la celebración de Todos los Santos que viví en una comunidad norteña. Fuimos al cementerio bajo la llovizna con nuestras botellas de trago para tomar con los muertos y limpiar los sepulcros. Tanto los adultos como los niños llevaron flores y velas para recordar a sus antepasados. Sin embargo, los muertos producto de la guerra no están enterrados allí. Esos seres queridos no fueron ni velados ni enterrados: como dicen, "durante los años difíciles, tuvimos que dejar los cuerpos donde sea. Como animales tuvimos que dejar a nuestros familiares".

En ese día de conmemoración, pregunté: "¿Y cómo serán ellos, dónde estarán sus almas?". La respuesta más común fue: "¿Cómo será? Da mucha pena pensar en ellos". Entonces, en vez de recordar, nuevamente hay un deseo de olvidar el horror de seres queridos que se murieron "como animales" y cuyas almas siguen caminando sin encontrar la paz. Por supuesto, uno desea recordar a la gente que ha querido, pero también olvidar su muerte brutal.

En el intento por manejar la memoria recurren no solamente a las pastillas, sino que buscan otras maneras de tranquilizarse frente a "las violencias"2. El deseo de bloquear el dolor incluye el uso de pastillas y alcohol para tranquilizarse y "calmar" pensamientos tormentosos. Frente a memorias intrusivas, un presente difícil y un futuro incierto, la búsqueda por la "botella mágica" –ya sea una botella de pastillas o de alcohol industrial– forma parte de una estrategia para calmarse con cualquier recurso que uno tenga a mano. Desafortunadamente, la tranquilidad que brindan estas botellas es fugaz.

Alcohol y domesticación de la violencia

Hablar de la violencia de una manera periódica –comenzó el 18 de mayo en Chuschi y terminó en septiembre de 1992 con la captura de Abimael Guzmán– es negar el temor palpable en muchas de estas comunidades y la violencia cotidiana que sigue distorsionando las vidas de sus habitantes. En mi exploración del consumo de alcohol y la violencia familiar, lo que surgió es la "domesticación" de la violencia dentro del hogar. Ya no hay la violencia más visible de la guerra, cuando cadáveres en los parajes formaron parte de un paisaje horrendo. Ahora la violencia ha sido "cotidianizada" –forma parte de la realidad de la gran mayoría de los habitantes de estos pueblos–.

La relación entre alcohol y violencia ha sido sólidamente establecida, y esta relación es pronunciada en mis investigaciones. Sesenta y siete por ciento de los niños y niñas dicen que sus padres se emborrachan con frecuencia, y cuando están mareados les pegan todavía más. En las palabras de una madre, "sus padres les pegan cuando están mareados como una persona que ha tomado pólvora. Sin control pegan a sus niños".

Pero no solamente les pegan a sus niños. En cada grupo de enfoque con mujeres salió el tema del maltrato. Una mujer de una comunidad centro-sureña de Ayacucho contó su experiencia con un marido borracho y violento:

"Algunos toman por gusto. Debe haber remedios para ellos que toman. A veces toman y nos pegan. Borrachos ya nos pegan. ¿Qué vamos a hacer, pues? No vamos a contestarlos. Y a veces escapamos. Cuando nos escapamos, nos preguntan con quiénes estamos ocultándonos. Nos tapan el ojo, nos patean".

"Mi esposo toma diario y todo lo que yo tengo se lo lleva para vender y tomar. Hasta los huevitos de mi gallina los lleva para comprar trago y coca. Y enloquece cuando toma y nos hace sufrir a mí y a mi suegra. Y nos bota tanto a mí y a mi suegra, hablando groserías. Toman y a veces ni se preocupan por mantener sus hijos. Ya nos han abandonado".

"[Nos quejamos] Al juez, al presidente de la directiva comunal, aun así ya no hacen caso. A ninguna autoridad obedece. Es de más ya".

"Es de más ya" es una frase que resonó en cada grupo de mujeres, pero solamente retrata parte de la geografía social en estas comunidades. Según las encuestas, 77% de los varones y 48,6% de las mujeres se emborrachan con frecuencia. De los varones que se emborrachan, 46% dijeron que solamente toman en fiestas y compromisos, mientras que 29% de las mujeres que se emborrachan dijeron que solamente toman en fiestas y compromisos.

Estas cifras son llamativas, porque invierten una tendencia sostenida en la literatura sobre el consumo de alcohol y género. Normalmente el consumo del alcohol está más circunscrito para las mujeres que para los varones; es decir, el patrón tradicional del consumo dicta que las mujeres pueden tomar durante las fiestas y compromisos sin sanción, pero su consumo fuera de estos ámbitos definidos es considerado más escandaloso. En contraste, los varones siempre han tomado con más libertad y más públicamente. Estos hallazgos señalan un cambio importante en cuanto al consumo de alcohol, violencia y género.

Advierto que estamos viendo los resultados de un proceso de militarización y masculinización dentro de estas comunidades. Viviendo en un estado de guerra por más de una década, podemos teorizar que también las relaciones humanas y prácticas cotidianas han experimentado una distorsión. Parece que las mujeres están adoptando un patrón "masculino" del consumo de alcohol, una estrategia de hacer frente a los problemas que tradicionalmente estaba más disponible para los varones.

Además, los niños y las mujeres no dejan ninguna duda: las madres pegan –"pegan duro"–. En las palabras de una mujer, "a veces pegan a algunas señoras sus maridos, pero también otras mujeres pegan a sus hijos. A veces pegan más que sus maridos a sus hijos; golpean como a la vaca".

Entonces, si bien las mujeres han adoptado un patrón "masculino" del consumo, puede ser que también hayan asumido una autoridad más rígida y abusiva en cuanto a sus niños. Sin negar que los castigos corporales han sido parte de la vida familiar desde hace años, parece factible que con el aumento en el consumo de alcohol y la relación estrecha entre alcohol y violencia, podemos hablar propiamente de la interiorización de la violencia dentro del hogar.

Exploré este tema en cada grupo de enfoque con niños. Ciertamente, 65% de los niños reportaron que sus padres y sus madres les pegan con correa, chicote, palo y chamberín. Es notable que 67% de los niños encuestados dijeran que están tristes con frecuencia, particularmente cuando revisamos las razones esgrimidas para su tristeza. Las tres causas principales son: soledad (25,8%), maltrato (21,4%) y violencia o muerte vinculada a la guerra (7,8%). Señalo que la categoría "maltrato" refiere no solamente al maltrato que sufre el niño o niña, sino también al maltrato que presencian entre sus padres y sus madres. Es claro que ser testigo de la violencia familiar es ya, en sí misma, una forma de maltrato.

Nuevamente, reconozco el uso de largo plazo de los castigos corporales. Por ejemplo, la siguiente conversación revela cómo la mayoría de los niños ven los castigos:

–¿Qué es lo que hacen los padres para que sus hijos crezcan derechos?

–Les pegan con chicote.

–¿Y si no les tiran con chicote?

–Entonces no son buenos. Cuando les pegan, saben saludar a la gente.

Queda claro que el uso de castigos corporales forma parte de lo que significa criar a "buenos hijos". Sin embargo, planteo que una cosa es recibir castigos sabiendo que los padres están corrigiendo para que uno crezca "derecho", y otra cosa es recibir castigos de padres borrachos que están pegando sin pensar en enseñar buen comportamiento –más bien, pegando ciegamente porque están tan ebrios–.

Según mis entrevistas, los niños comparten con los adultos un marco conceptual que incluye los golpes dentro de la definición de criar bien a los niños. Sin embargo, éstos distinguen entre los castigos "educativos" y los golpes que sufren a manos de un padre o madre pegándoles en una borrachera. Es distinto, tanto en términos como los niños y niñas entienden la práctica, cuanto en las consecuencias.

Por ejemplo, durante mi estada en una comunidad norteña tuve una vecina joven que se llamó Rufina. Ella tenía 12 años y le gustaba pasar las noches en mi cuarto, conversando y dibujando. Sus dibujos detallados sirvieron como un medio para expresar los conflictos familiares que la angustiaban. Su papá había comenzado a tomar con frecuencia, y las peleas entre sus padres explotaron durante una borrachera violenta. Su papá pegaba y pateaba a su mamá hasta que ésta cayó en un huaico y abortó espontáneamente. Siguió con hemorragias durante varios meses, y las responsabilidades de la casa y sus hermanitos cayeron en los hombros, literalmente, de Rufina. Tuvo que retirarse de la escuela para asumir su cargo, un asunto que yo intentaba explorar delicadamente en conversaciones con su madre y su abuela. Ambas mujeres me aseguraron que no fue problema que Rufina hubiera dejado de estudiar, porque "tanto su papá le ha pegado en la cabeza con leña que realmente es medio tonta. ¿Cómo iba a aprender, pues?".

He tenido que pensar bien el caso de Rufina y entender la complejidad de su situación. Es fácil denunciar a su papá como el "malo de la película"; sin embargo, ¿cómo entender la postura de su madre y abuela? ¿Es la resignación? ¿La complicidad?

Retomando el debate de Saignes y otros (ob. cit.), quiero problematizar su argumento según el cual la borrachera sirve como un acto de "resistencia indígena" frente al sistema dominador. Antes de esta lectura, vale pensar mucho más en cómo los grupos dominados participan y reproducen frecuentemente el mismo sistema que los oprime, aunque su participación sea inconsciente. No veo mucho para celebrar como "resistencia" en esta tragedia familiar. Más bien, veo cómo el poder, el alcohol y la violencia distorsionan las relaciones familiares.

De hecho, recuerdo un día que pasamos con niños y niñas en una comunidad centrosureña. Setenta y ocho por ciento de los niños y niñas entrevistados dijeron que sus padres y madres se emborrachan, y la mayoría se quejó de ser agredidos en la casa. Cuando preguntamos qué debemos hacer con los borrachos, los niños gritaron: "¡Matamos los borrachos!". No podemos ignorar que estos borrachos que quieren matar son los padres y las madres que se encuentran diariamente dentro de sus hogares.

Consecuencias invisibles

Si bien hay múltiples consecuencias directas de la embriaguez, otras son menos visibles porque su etiología se pierde de vista. Por ejemplo, en una comunidad centrosureña me puse a fichar las estadísticas sobre la mortalidad infantil que manejan en la posta de salud. Como se ve en muchas zonas rurales, el nivel estaba notablemente elevado respecto a las cifras departamentales globales que borran la brecha urbano-rural.

Después tuve la oportunidad de conversar con las autoridades comunales sobre sus perspectivas respecto a los problemas de salud más serios en su comunidad. Compartí mi preocupación por la mortalidad infantil y la desnutrición, y el presidente me explicó un factor que contribuyó a la desnutrición sin aparecer en los archivos.

Según el presidente comunal, entre los bebés que murieron de desnutrición el año anterior hubo dos recién nacidos que literalmente se murieron de hambre porque sus madres estaban demasiado borrachas para recordar darles el pecho. Como señaló, aunque la desnutrición apareció como la causa oficial de muerte, si buscamos más allá vemos las consecuencias indirectas del alcohol.

Igualmente, en una comunidad norteña varios padres de familia murieron durante los meses lluviosos por enfermedades de los bronquios y pulmonía. Algunos eran varones de solamente 25 a 30 años, aparentemente vigorosos. Entrevistas con el personal de la posta de salud y sus familiares revelaron que atrás de cada caso había una borrachera que terminó con un hombre desmayado en la noche helada de la puna. Nuevamente, la causa fundamental de sus muertes no apareció en las estadísticas, donde los fallecidos forman parte de la categoría "enfermedades respiratorias".

Finalmente, los efectos dañinos del alcohol no se limitan a los seres humanos ya nacidos, sino que hay consecuencias intergeneracionales, literalmente. En los estudios sobre alcohol y otras drogas hay una abundante literatura que ha identificado el Fetal Alcohol Syndrome (Síndrome Fetal de Alcohol) o FAS. FAS es una mutación genética producida por el alto consumo de alcohol por mujeres gestantes, y el impacto se magnifica con la mala alimentación materna. Estos niños nacen con defectos físicos y mentales, y con una cara notoriamente deformada. Según el March of Dimes, una fundación estadounidense que se dedica a la investigación y provisión de servicios para niños con defectos natales, el consumo de alcohol es la principal causa prevenible de defectos natales.

Conclusiones

No es mi objetivo contribuir a la idea de la gente serrana como "instrínsecamente violenta". Pace Vargas Llosa. Más bien, he intentado explorar los contextos en los cuales se ponen violentos y por qué. Esta exploración me llevó al alcohol. Retomando brevemente el debate que lanzó Saignes, surge una "metapregunta": ¿cómo escribir contra los estereotipos racistas que han sido construidos respecto a la gente de la sierra, para reconocer su humanidad y gran resistencia frente a múltiples desafíos?

Para Saignes y los autores que participaron en el debate, la respuesta fue tomar la postura del relativismo cultural absoluto y rescatar la "borrachera andina" de la condenación, sea colonial, sea contemporánea.

Siendo antropóloga, tengo mucha simpatía por el relativismo cultural, por la afirmación de que no podemos juzgar las prácticas culturales según un estándar universal abstracto, sino que hay que evaluar las prácticas culturales dentro de su contexto. Es esto lo que he intentado hacer, notando que hay una lectura "emic" que sugiere que tanto el consumo como la violencia han cambiado de una manera problemática para los propios comuneros y comuneras.

Insisto: la información que recogimos varía según los ejes de género y generación. Cuando escuchamos a varios sectores de la población, es éticamente imposible esconderse detrás del relativismo cultural e ignorar el sufrimiento producto de la borrachera.

Como modo de concluir, quiero enfatizar que trabajar el tema de la embriaguez –ya identificada como un problema por los mismos comuneros y comuneras– podría ser la puerta de entrada hacia los motivos que subyacen al tomar. Como tales motivos son polifónicos, vale trabajar el tema en las comunidades y elaborar cómo diferentes sectores entienden el consumo de alcohol y la violencia doméstica en la coyuntura actual. Esto es lo que he hecho, e invito a otros a abordar el tema como una manera de acercarnos a las secuelas psicosociales de la violencia política.

Según mis experiencias, estas poblaciones no utilizan un idioma psicológico para expresar la angustia producto de la guerra. Más bien, hay un idioma de dolores corporales y referencias al deseo de "calmarse" frente a las memorias dolorosas. Su creciente lectura sobre el "consumo desenfrenado" vincula tal consumo con la guerra, y este autoentendimiento provee un camino para tocar las raíces de los problemas que se manifiestan en la borrachera cotidiana y la domesticación de la violencia.

1   Saignes, Thierry y otros. "Borracheras andinas: ¿Por qué los indios ebrios hablan en español?", en Revista Andina, año 7, Nº 1. Cusco: Centro Bartolomé de Las Casas, 1989, pp. 89-127.

2           En una conversación con un promotor de salud, insistió en el uso plural de "las violencias" para referirse tanto a los ataques senderistas como a la desnutrición que impacta al 80% de los niños de su comunidad.

*           Institute on Violence, Culture and Survival at the Virginia Foundation for the Humanities.