Narcotráfico, estado de la cuestión
Tanto en el nivel interno como en nuestras relaciones
con los Estados Unidos, los problemas vinculados a la producción de hoja de
coca y al narcotráfico siguen siendo muy importantes. En las líneas que siguen,
los especialistas Hugo Cabieses, Ricardo Soberón, Denise Ledgard y Eduardo
Musso, así como el dirigente cocalero Carlos Francisco Barrantes, evalúan la
evolución actual del problema. Ofrecemos una versión resumida de sus ponencias
para el conversatorio "Drogas, Seguridad y Relaciones
Internacionales", realizado en Desco el 18 de junio de 1999.
Erradicación de la coca:
política boba
Hugo Cabieses Cubas*
Desde 1995
he sostenido que en el Perú existían tendencias favorables para el llamado
desarrollo alternativo, y que éstas eran razones de peso para ponernos como un
ejemplo exitoso en la lucha contra las drogas.
Varios
elementos concurrían para que esto fuese así: la persistente crisis de precios
y producción de coca y derivados; la recomposición de la oferta en los países
andinos, tanto en extensión de cultivos cuanto en rendimientos por hectárea y
volumen; la recomposición de la demanda de cocaína por cambios en los patrones
de consumo en el mercado de los Estados Unidos y la pérdida de la importancia
económica de los ingresos del tráfico de drogas con relación a la macroeconomía
peruana.
Otras
tendencias favorables eran la recuperación de la rentabilidad nacional e
internacional de varios productos agropecuarios respecto a la coca y sus
derivados; la derrota estratégica de la subversión terrorista y los golpes
interdictivos impartidos al tráfico; la recomposición del tejido social y la
construcción de una institucionalidad estatal (Contradrogas), de cooperación
internacional y empresarial privada en las cuencas; y la existencia de una
estrategia estatal adecuada basada en el principio de poner por delante el
desarrollo alternativo.
No
obstante, desde finales de 1997 se empezaron a configurar tendencias negativas.
Éstas se han profundizado durante 1998 y en lo que va de 1999. Entre otras,
mencionemos las siguientes: los precios de la coca y derivados se siguen
recuperando; se han desplomado los precios de los productos supuestamente
sustitutos; el Gobierno y la cooperación internacional demoraron su ingreso a
las zonas cocaleras y los campesinos sienten que los proyectos y programas
propuestos a la "Mesa de Donantes" de Bruselas no son suyos.
Asimismo,
existe una explosión de expectativas insatisfechas en la población, ya que el
Gobierno anuncia que hay millones de dólares para el desarrollo alternativo,
pero los recursos llegan poco, tarde, mal, nunca, y siempre con
"intermediarios" caros e indeseables. Por último, Sendero Luminoso
(facción "Feliciano") se ha seguido reactivando, y se están
recomponiendo las bandas de traficantes de drogas; comienza a notarse la
presencia de "extranjeros" (¿colombianos, mexicanos?) en algunas
cuencas como Apurímac-Ene y Monzón, y se ha reemplazado el puente aéreo por el
fluvial, el terrestre y el marítimo.
A lo
anterior habría que añadir que se ha reiniciado la erradicación forzosa de
cocales, como la que hemos visto recientemente en Uchiza. El Gobierno dice que
la erradicación es selectiva, en zonas de protección forestal, cercanas a pozas
de maceración. Sin embargo, estos condicionantes no han sido verificados en
Uchiza. Creo que la reanudación es un error y puede ayudar a recomponer las
columnas senderistas en la zona, tal como ocurrió entre 1988 y 1989.
Desde 1990
el Gobierno del Perú ha aplicado una estrategia de sustitución de la economía y
la cultura de los cultivos con fines ilícitos basada en un principio con tres
patas: no es lo mismo la coca que la cocaína; no se debe confundir productores
de coca con delincuentes; y debe respetarse el consumo tradicional de la coca,
así como su posible industrialización benéfica.
Hasta 1996
no hubo erradicación, tampoco fumigaciones, y se reconoció que los productores
cocaleros eran "interlocutores válidos" para el impulso del
desarrollo alternativo. Esta política, sin duda audaz y astuta, permitió meter
una cuña primero entre terroristas y campesinos (entre 1990 y 1993), y después
entre cultivadores y traficantes.
Al
respecto, los datos de la realidad son contundentes. Entre 1981 y 1989 el Perú
erradicó compulsivamente más de 18 mil hectáreas de cultivo; la violencia se
apoderó de las zonas cocaleras; los precios de coca y derivados aumentaron y
los cultivos de coca se dispersaron y crecieron exponencialmente. Entre 1990 y
1995 se erradicaron almácigos de coca, pero no cultivos; éstos se estancaron a
partir de 1994, y al año siguiente los precios de coca y derivados se
desplomaron y la violencia disminuyó sustancialmente.
A partir de
1996 se está erradicando cultivos nuevos y antiguos en zonas de reserva
forestal y aquellos cercanos a pozas de maceración. Según los datos que
proporcionó el general McCaffrey a principios del presente año, la política ha
cambiado: de 1.260 hectáreas erradicadas en 1996 a 7.825 en 1998, lo que ha
sido motivo de felicitación y argumento para "certificar" al Perú
como cooperante en su lucha antidrogas. No obstante, el resultado interno es
que los precios de la coca y derivados están recuperándose desde mediados de
1998, la violencia terrorista se ha "embolsado" en tres ejes
cocaleros (Monzón/Aguaytía y Aucayacu/Tocache en el Alto Huallaga y
Vizcatán/Llochegua en el Apurímac/Ene), y los productores campesinos están
limpiando sus cocales que abandonaron desde 1995.
El cambio
de política es peligroso e inconveniente. Puede ser útil para la actual
política interna de Estados Unidos, pero no para la nuestra. Menos aún si
tenemos en cuenta que, en general, los europeos y canadienses no son amigos de
una política de "palo y zanahoria", y una parte de los fondos
comprometidos por el Perú en Bruselas (noviembre de 1998) vienen de esas
fuentes. El Gobierno peruano debería tomar nota sobre esta grave situación para
rectificar rumbos.
En 1996 monseñor Belarmino Correa, obispo de Guaviare
en Colombia, decía: "El gran error es creer que cortándole la cola al
lagarto, que es lo que quieren hacer fumigando, se soluciona el problema. Se
olvida que... al lagarto le vuelve a crecer la cola". Estoy absolutamente
convencido de que para que al lagarto del tráfico de drogas no le vuelva a
crecer la cola, lo mejor es eliminar las condiciones que promueven que millones
de personas las produzcan, trafiquen y consuman. En ese sentido sostengo que la
erradicación forzosa de cultivos no es una política astuta, sino más bien boba.
* Economista
de la Universidad del Pacífico.
El desarrollo, la mejor seguridad
Ricardo Soberón Garrido*
En el Perú
se han aplicado distintas políticas de interdicción en las zonas de producción
de hoja de coca, y éstas han dado diferentes resultados. Una primera etapa
(1986-1989) fue la erradicación forzosa con escasos esfuerzos en materia de
sustitución de cultivos, lo que permitió el surgimiento de la base social para
que Sendero Luminoso (SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA)
pudiesen asentarse en las zonas productoras, principalmente el Valle del Alto
Huallaga.
En una
segunda etapa (1990 y 1992), tanto el Gobierno como los militares comprendieron
la necesidad de diferenciar entre el actor social –productor cocalero– y los actores
del fenómeno subversivo y del negocio de las drogas en general. Dicho período
se conoce como el de la declaración de los interlocutores válidos y la
"Doctrina Fujimori". Este nuevo entendimiento, además de una mejor
estrategia antisubversiva, permitió la derrota estratégica de SL y el MRTA en
las zonas cocaleras, como en el resto del país.
Entre 1992
y 1996 ocurre el período de mayor corrupción en las Fuerzas Armadas,
comprometidas en la lucha contra el narcotráfico bajo el amparo político de la
alianza entre gobierno y militares, por un lado, y militares peruanos y
objetivos antidrogas estadounidenses, por el otro. En 1996, y frente a lo
inevitable de la crisis y sus consecuencias, el Gobierno decide retirar a las
Fuerzas Armadas y reemplazarlas por la Policía. En realidad se trató de un
cambio maquillado, pues el Ministerio del Interior y los esfuerzos policiales
continuaron bajo el control militar y del Servicio de Inteligencia Nacional
(SIN).
En
conjunto, entre 1992 y 1998 se vivió el período de la crisis inducida de
precios en las zonas productoras. Una insurgencia derrotada y un tejido social
fragmentado por la crisis económica permitieron crear las condiciones formales
(entiéndase modelo virtual) para la generación de los proyectos de desarrollo a
ser ofrecidos a la comunidad internacional. En un determinado momento
convergieron el abandono de los cultivos de coca y/o su dispersión en diversas
microcuencas distribuidas en la vertiente oriental de los Andes, los
movimientos migratorios dentro de las propias zonas cocaleras y los efectos del
hongo fusarium Oxysporum. Sin embargo, se puede
decir que en ningún momento llegaron a cambiar definitivamente las condiciones
de seguridad. Incluso los documentos oficiales alertaban sobre la necesidad de
cuidar este aspecto ante potenciales rebrotes.
Lamentablemente,
a partir de 1998 las condiciones favorables antes mencionadas empiezan a
revertirse. La recomposición de las organizaciones de traficantes, nuevas
modificaciones en el mercado internacional, el reacomodo de las rutas y medios
de transporte alternativo permitieron el incremento paulatino y progresivo de
los precios. En realidad, estos hechos comienzan a materializarse entre 1994 y
1995. La Guerra del Cenepa (febrero de 1995) y la necesidad de vigilar las
fronteras (1996 y 1997) aligeraron el control en la selva alta. Lo que quedaba
de SL y el MRTA empezó a rearticularse en función de la situación imperante en
la zona: crisis, pobreza, abandono estatal.
Seguridad
y desarrollo
En ese
escenario se ha vuelto a reabrir el debate sobre seguridad y desarrollo.
Quienes señalan que la primera es la precondición para el segundo, justifican
la generación de ciertas condiciones: estados de excepción (más de diez años en
el Perú), control político militar del territorio y aislamiento del productor
de traficantes y subversivos, lo que lo sume en una crisis más dura.
Los que
señalan la segunda hipótesis piensan en el largo plazo antes que en la
coyuntura actual. Afirman que la creación de condiciones económicas alternativas
y sustentables, capaces de sustituir una economía ilegal por una legal,
constituye la base que interrumpe los vínculos de la base social con la
ilegalidad política y económica.
Aparentemente,
los últimos cinco años de ejecución de la primera hipótesis no han logrado
crear las condiciones definitivas de seguridad sobre las cuales pueda girar un
proyecto político y económico alternativo para las zonas de selva alta.
Entonces hay que contemplar la segunda hipótesis. Como parte de ella se podrían
sugerir las siguientes políticas:
1. Restablecimiento de las autoridades civiles.
Al menos en las áreas escogidas para acciones de desarrollo alternativo, se
debe permitir no solamente el restablecimiento sino un mayor protagonismo de
las autoridades elegidas democráticamente: municipios, autoridades regionales,
organizaciones de la sociedad civil como comités de productores, federaciones
gremiales, asociaciones profesionales, rondas campesinas.
2. La generación de condiciones económicas
distintas para las regiones productoras. No basta con elaborar proyectos
ni conseguir fondos si es que la base macroeconómica sobre la cual se piensa
revertir las condiciones de ilegalidad actual no cambia sustancialmente.
3. Extensión del soporte policial militar.
El control de las drogas debe corresponder a la Policía y autoridades
judiciales y no al Ejército. La actividad de la Policía, Ministerio Público y
Poder Judicial debe estar encaminada exclusivamente al control e interdicción
de las organizaciones de traficantes. El Ejército debe estar presente como
instrumento de apoyo y de vigilancia en las zonas más vulnerables al accionar
subversivo. Urge una tarea de subordinación del estamento militar a la
autoridad civil en dichas áreas, para eliminar problemas de corrupción y de ausencia
de fiscalización.
4. La cooperación internacional en materia de
drogas y desarrollo alternativo. Dejar en manos de cada gobierno
concernido y, dentro de éstos, a las autoridades civiles representativas en
cada zona, la definición de las prioridades y objetivos de las políticas de
control y de desarrollo alternativo. En segundo lugar, se deben garantizar
mecanismos de control en la gestión de los fondos para evitar malos manejos,
uso político de los fondos y la repercusión social consecuente.
5. No
ejecutar acciones compulsivas de erradicación. El primer erradicador
debe ser el propio campesino impulsado por la acción del Estado, y no a la
inversa. Hacerlo de este modo implicaría un deterioro de la situación social y
la creación de escenarios de violaciones de los derechos humanos.
* Abogado,
investigador de la Comisión Andina de Juristas y de Acción Andina.
Necesidad de una política integral antidrogas
Denise Ledgard*
¿Existe una
política gubernamental antidrogas en el Perú? Y de ser afirmativa la respuesta,
¿cuál es su objetivo?
Lamentablemente,
no se han dado respuestas coherentes. Las políticas antidrogas que al principio
tenían como objetivo la protección de la salud pública, han sido tergiversadas
con la inclusión de elementos con rasgos netamente represivos y ajenos a
nuestro sistema, que han ocasionado más problemas que soluciones. Se han venido
aplicando diversas estrategias dirigidas supuestamente a contrarrestar este
fenómeno, acompañadas de complejas negociaciones diplomáticas al más alto
nivel, frecuentes presiones a los gobiernos de los países oferentes,
condicionamientos a la ayuda exterior, medidas jurídicas represivas,
intervenciones militares directas o encubiertas, todo ello bajo el pretexto de
la "guerra contra las drogas".
Asimismo,
la escasez o fracaso de alternativas a mediano y largo plazo hace pensar en la
inexistencia de una política coherente destinada a controlar el crecimiento de
este fenómeno y reducir sus consecuencias negativas. Por el contrario, el
panorama actual dista mucho de los éxitos anunciados por el Gobierno peruano y
el norteamericano a inicios del presente año: los cultivos aumentan, así como
el tráfico, las "mafias" y la preocupación de los gobiernos
involucrados.
El ámbito
interdictivo y el jurídico-represivo encabezan hoy en día la lista de
prioridades en la lucha antidrogas peruana. Así lo demuestran las numerosas
incautaciones y capturas que se han efectuado en los últimos meses1, así como
la normativa penal prevista y aplicada para la represión del tráfico. Tal
panorama, al parecer alentador, revela, en cambio, que en el Perú se estaría
produciendo un fenómeno distinto del anunciado. La situación descrita supone de
manera inmediata lo siguiente: 1) el aumento de las "mafias" dedicadas
a esta actividad ilícita; 2) el empleo de nuevas tácticas y lugares para
procesar la droga; y, 3) el establecimiento de nuevas rutas hacia el exterior.
Asimismo,
se ha constatado la reactivación y rebrote de los cultivos de hoja de coca en
las diversas cuencas cocaleras del país, lo que obedece tanto a factores
coyunturales como a la ineficiente aplicación de políticas gubernamentales.
En este
contexto, el aumento del precio de la hoja de coca es, sin duda, un elemento
importante que se deriva principalmente del incremento de la demanda externa y
del agotamiento del stock de
cocaína en el mundo, lo que ha generado que, por su rentabilidad, los
campesinos retornen a las plantaciones ilícitas.
En el
ámbito jurídico-penal, el control del tráfico ilícito de drogas ha producido
abundante legislación –en el caso peruano exagerada– que pretende abarcar todos
los aspectos para el control y represión del tráfico ilícito de drogas en el
país, fundamentalmente el interdictivo (capturas e incautaciones), como parte
de la "estrategia gubernamental"; y en esta lucha se ha involucrado
no sólo a la Policía Nacional (DINANDRO) sino también a las Fuerzas Armadas. No
obstante, esta legislación se ha desarrollado según sus propias reglas, al
punto que ha conformado una suerte de subsistema penal (de emergencia) con
características comunes a la profusa legislación sobre terrorismo, que
actualmente también comprende a la criminalidad violenta organizada.
Es decir,
se trata de una normatividad producto de una situación supuestamente de excepción,
la que de ninguna manera debería convertirse en regla ni, menos aún, ampliarse.
Por el contrario, se detecta una desmesura de la legislación, advirtiéndose una
opción claramente autoritaria que se traduce en procedimientos sumarísimos,
fuerte intervención y autonomía funcional de las fuerzas del orden (a las que
se les conceden facultades coercitivas de dudosa legitimidad constitucional),
restricción del derecho de tutela jurisdiccional y sobrevaloración de la etapa
de investigación policial.
El Decreto
Legislativo 824, junto con las demás leyes que contienen estas normas de
emergencia, así como los decretos supremos que han generado, crean figuras
procesales especiales tan importantes como: a) facultades de intervención
policial; b) técnicas especiales de investigación (remesas vigiladas y agentes
encubiertos); c) medidas cautelares personales y reales; d) situación jurídica
del fármaco-dependiente; e) configuración de órganos judiciales especiales
mediante decisión administrativa del propio Poder Judicial, bajo un orden
distinto del previsto en la Ley Orgánica del Poder Judicial; y, f)
colaboración eficaz con los consiguientes "beneficios".
Cuando,
como ocurre en el Perú, se adoptan estas controvertidas y peligrosas figuras,
ajenas en esencia a nuestro sistema legal, deben estar adecuadamente
reglamentadas y contener los límites necesarios, para evitar el abuso de las
autoridades y la violación de derechos fundamentales como el derecho de
defensa, de la tutela jurisdiccional y, en general, del debido proceso.
El Gobierno
tiende hoy a incluir este tipo de figuras y a flexibilizar los mecanismos de
protección de derechos fundamentales, lo cual podría generar, por un lado, una
generalización de las normas de excepción, y, por otro, un caos por la poca claridad
de reglas que a la postre nos llevaría a ampliar el margen de error en los
procesos judiciales; en el caso del terrorismo, esto último ocasionó problemas
muchas veces irremediables.
En
conclusión, es necesario diseñar una política antidrogas que no descanse en la
respuesta represiva coyuntural, sino que abarque el problema desde sus dos
frentes: el interdictivo-represivo (con el debido respeto de los derechos
humanos) y el preventivo. El primero de ellos, únicamente como marco legal para
la investigación criminal y como factor que permita paliar la sensación
subjetiva de inseguridad de la población; el segundo, como el verdadero norte a
seguir, implementando políticas coherentes, viables y sostenibles que partan de
un estudio de la realidad y no de la imposición o adecuación de modelos ajenos
a nuestra realidad.
1. Sólo
en los primeros días del año se incautaron siete toneladas de sustancias
ilegales y 20 toneladas de insumos químicos para elaborar estupefacientes, y se
arrestó a 10 cabecillas de bandas que exportaban drogas a los Estados Unidos y
Europa.
* Abogada,
Comisión Andina de Juristas.
No sólo reprimir, también revisar las causas
Eduardo Musso*
Para nadie
que esté medianamente involucrado en el tema de las drogas es una novedad que
dicho fenómeno no tiene por el momento solución alguna. Ni los que están por su
erradicación ni quienes están a favor de su liberalización ofrecen respuestas
que posibiliten que las drogas dejen de ser un fenómeno.
Y mientras
se buscan distintas soluciones –capitalizando experiencias u observando sus
comportamientos, mediante ensayos y errores y, por último, a través de algún
método científico–, la cultura dominante impone lo que aparentemente le resulta
lo más práctico: se dedica a reprimir los efectos que el fenómeno trae consigo
y no a eliminar las causas que lo originan.
La cultura
dominante piensa que el mejor método de administrar el problema –ya que no
tiene una solución para él– es poniendo en práctica mecanismos jurídicos,
militares y policiales represivos que, entre otras cosas, impulsan una profunda
e irreversible reconversión del conjunto de las Fuerzas Armadas
latinoamericanas para que asuman nuevas funciones de gendarmería continental,
focalizando sus "acciones en la lucha contra la pobreza, el narcotráfico,
el crimen organizado, y, por último, el medio ambiente".
En
principio, la idea de "gendarmizar" las Fuerzas Armadas no resulta
descabellada: al menos es un paso adelante en el proceso de humanización al
cual, se supone, la sociedad mundial se está encaminando. Pero utilizar a las
Fuerzas Armadas como un instrumento para contener las disfunciones
estructurales de que adolecen los modelos sociales existentes e insistentemente
sostenidos por la cultura dominante, muchas de las veces de forma impertinentemente
confrontadora para lo que son los naturales intereses de la sociedad civil, me
parece que desborda más y más los cauces por los que debe discurrir la
naturaleza de las cosas. Querer reprimir los efectos sin abordar las causas,
imponiendo métodos gendármicos, es algo que se puede calificar, por lo menos,
como inaudito.
Ya es hora
de que los estados entiendan que enfrentarse al problema de las drogas pasa por
efectuar una honesta y profunda revisión de las causas que lo generan y no
pedirle a instituciones como las Fuerzas Armadas que cumplan funciones
policiales en la prevención de delitos, interdictando sus dinámicas, sin haber
puesto en práctica un plan global –en lo territorial, sectorial y social– que
aborde las distintas causas que provocan la existencia del fenómeno de las
drogas y todas sus tristes y desgarradoras consecuencias.
* Consultor
en Desarrollo Rural.
Carlos Francisco Barrantes*:
"los productores de coca Nos sentimos
amenazados"
¿Qué es la CONAPA?
La
Coordinadora Nacional de Productores Agrarios agrupa a 18 organizaciones entre
federaciones, frentes y organizaciones de mujeres de las principales cuencas
cocaleras como los valles de Apurímac-Ene, Yanatili y Quillabamba, en Cusco; el
Alto Huallaga, Uchiza, Monzón, Tingo María y Tocache; y Sandia, en Puno.
¿Cuántas hectáreas calculan que existen y
cuántos campesinos trabajan en ellas?
Alrededor
de 200.000 familias están asentadas en las diferentes cuencas cocaleras. El
Gobierno habla de una reducción de 51.000 hectáreas de sembrío de coca, pero
nosotros dudamos de esas cifras, porque hasta ahora no hay ningún
empadronamiento oficial. Calculamos que todavía existen 70.000 hectáreas de
hoja de coca.
Quieren
hacer ver que el programa de desarrollo alternativo es exitoso, pero en lo
único que hay algún avance es en la interdicción. En lo que es propiamente el
desarrollo alternativo podemos hablar de fracaso. Hay algo en infraestructura,
pero en los temas de sustitución de cultivos, producción, mercados, créditos,
etcétera, no existe nada.
¿Hay reactivación de la producción de la
hoja de coca?
Sí, eso se
está dando en el Alto Huallaga desde el año 93. En el valle del río
Apurímac-Ene hubo una reducción de casi 80% de los cultivos debido a la baja
del precio de la hoja de coca en 1995. En estos momentos los cocales que
estaban abandonados han sido recuperados casi en un 70% debido al incremento
del precio del mismo producto. La droga que se ha incautado últimamente en la
costa provenía del valle del río Apurímac-Ene.
¿Esto ha llevado a una destrucción
ecológica?
Eso es lo
que dice la política de lucha contra las drogas, pero nosotros como
agricultores creemos que no es así. Se puede vivir fácilmente con una hectárea
de coca, pero no con una hectárea de café, y se tiene que talar necesariamente
por lo menos 5 hectáreas. La tala de bosques es mayor con cultivos legales.
Nosotros
tenemos una propuesta de desarrollo integral sostenible, con una agricultura
sostenible y diversificada. El problema principal ha sido el monocultivo legal
o ilegal.
¿Qué alternativas proponen ustedes los
cocaleros?
Lo primero
de todo es la pacificación. Por lo menos en el valle del río Apurímac-Ene hemos
tenido ya una lucha frontal contra Sendero Luminoso durante 14 años. No
queremos que eso vuelva, y el rebrote del narcotráfico es perjudicial.
De otro lado, queremos mercados
para los cultivos alternativos, créditos blandos e intereses bajos. También es
necesario revisar leyes obsoletas, como la 22095, que crea ENACO. Debería darse
una ley de coca en la que se diferencie claramente entre narcotráfico y
producción legal de coca.
Otra cuestión importante es
eliminar la interdicción forzosa, porque, lejos de fortalecer la pacificación
nacional, está provocando el resentimiento de los agricultores, y eso favorece
a los subversivos.
¿Se está erradicando forzosamente el cultivo de hoja de coca?
En el Alto Huallaga se están
erradicando los cultivos; incluso se menciona la fumigación de cocales, pero se
habla poco de eso y los campesinos y las mismas autoridades se pondrían en
riesgo si denunciaran esas cosas.
¿Por qué no quieren hablar?
Nosotros mismos, como dirigentes de
las zonas cocaleras que hemos denunciado el rebrote del narcotráfico, de la
subversión y la ineficacia de los proyectos de desarrollo alternativo, hemos
sido víctimas de marginación e incluso se ha boicoteado nuestra actividad. Por
el solo hecho de hacer tales denuncias nos han dicho que somos defensores del
narcotráfico y que estamos con la subversión. Tememos por nuestra seguridad
personal, y queremos que la opinión pública se entere de estas cosas. Nos
sentimos amenazados.
* Secretario
general de CONAPA.