Ronderas en Junín:
VIERON, LUCHARON... VENCIERON
Luego de diez años en los que la violencia política azotó al valle del Canipaco y Alto Cunas en Junín, nuestro equipo educativo regresó a la zona; esta vez para capacitar a líderes mujeres y autoridades locales. En el proceso de reconstrucción social hemos encontrado ahora la valiosa participación de las ronderas del lugar. Este artículo da cuenta de ello desde nuestra experiencia educativa.
En los Andes Centrales, en las comunidades de Alto Cunas y el valle del Canipaco, departamento de Junín, "la vida no ha sido fácil...", nos cuenta Carmen, rondera de Chongos Alto. En efecto, desde aquel 12 de abril de 1990, cuando vieron cómo los "tucos" llegaron y mataron a 12 autoridades locales en la plaza de armas, la vida no fue igual para los pobladores de ese distrito.
En el recuerdo de Carmen aún está presente que las mujeres defendieron hasta el final al profesor de la escuela: "antes de matarlo a él, primero nos matan a todas nosotras...", dijeron.
El país recuerda ahora que fue entre mediados de los años 80 y comienzos de los 90 que la violencia política comenzó a sacudir la región central. Y nosotros recordamos, desde nuestra experiencia de trabajo institucional, que por esos mismos años perdimos a nuestros promotores educativos Manuel Soto y Víctor Lozano en un atentado terrorista. Esta situación nos obligó a concentrar nuestra labor en Huancayo y, luego, a suspenderla a la espera de mejores condiciones de seguridad.
Las estadísticas señalan que entre 1980 y 1992, junto a Lima y Ayacucho, Junín fue el departamento que registró el mayor número de atentados (2.707 en total). Esta tendencia se incrementó aún más después de ese período en que, luego de Lima, Junín –y en particular Huancayo– se convirtieron en el escenario regional de mayor actividad subversiva.
Numerosos hechos de violencia dieron cuenta de esa situación. Así, sólo en 1992 se registraron 264 atentados y 482 víctimas (véase ideele N° 45 y 46).
Las razones más comunes que explican la presencia de los grupos subversivos en este escenario se refieren básicamente a tres problemas: el de la propiedad de los medios de producción (en este caso la tierra), la situación de extrema pobreza de sus habitantes y el debilitamiento o ausencia de la organización social. Sucede que, en el caso de Junín, ninguna de estas tres hipótesis pudo afirmarse categóricamente.
Más acertado, en cambio, resulta entender la presencia de la subversión en Junín desde las propias razones estratégicas de Sendero Luminoso: uno, el valle del Mantaro era considerado la despensa de Lima por su producción agrícola y ganadera. Dos, la cercanía a las zonas de explotación minera y de exportación de minerales de la región. Y, tres, la utilización de la zona como un corredor estratégico entre la sierra y la selva central la hacían mucho más decisiva para los intereses subversivos.
Frente a ello, en 1990 se empezaron a crear las primeras rondas campesinas y posteriormente, con el apoyo del Ejército, los Comités de Autodefensa en el Valle del Mantaro. En 1994 llegaron a existir 180 de estas organizaciones, de las cuales 19 comités se ubicaron en la zona de Alto Cunas y 12 en la parte norte del Canipaco. A partir de estos años las estadísticas de la violencia muestran una clara disminución de atentados y víctimas, coincidente con la aparición de las rondas campesinas en el escenario político.
Como en otros sitios, la presencia de las Fuerzas Armadas y, sobre todo, de las propias rondas campesinas, lograron la pacificación del valle del Canipaco. Un actor importante destacó en este proceso: la mujer campesina, que tomó parte activa en la organización de la autodefensa.
Una vez más, las palabras de Carmen nos ayudan a entender este proceso: "por el motivo de la matanza, más mujeres creo nos hemos encolerizado al ver esa tanta violencia, tantos sangramientos, peor nos hemos puesto más valientes las
mujeres".Y es que, al parecer, toda la violencia de la cual fueron testigos estas mujeres condujeron a una decisión de la cual también participaron los varones de la comunidad: las tareas de autodefensa y control del orden interno corresponden, por igual, a hombres y mujeres. "Siempre las mujeres hemos rondado y no hemos tenido problemas con las armas. Cuando los esposos se ausentan, las mujeres hacemos las veces del esposo, rondando."
Hoy las dirigencias están compuestas mayoritariamente por varones; sin embargo, es común ver en los pueblos de Chongos Alto o de Alto Cunas a las mujeres ronderas caminando con sus escopetas entregadas por la base militar o con sus armamentos tradicionales como la onda y el palo. Para ello la organización está establecida de tal manera que todos puedan participar: "juntamente cuidamos nuestras tierras en grupos de cuatro: dos hombres y dos mujeres".
De esta manera garantizan el cuidado de los bienes de la comunidad en casos de delincuencia, narcotráfico y terrorismo dentro de un sistema de seguridad basado, como hemos dicho, en la participación de todos. En los últimos años, sin embargo, se reconoce una disminución del compromiso de los campesinos con su organización; esta situación se estaría dando desde los últimos años de la violencia política, cuando éstos deciden retomar la normalidad y dedicarse a las tareas productivas antes que a la autodefensa.
Un 72% de las autoridades y líderes participantes de nuestros cursos de capacitación consideran, por ejemplo, que el entusiasmo y la participación en esta organización han disminuido. Sin embargo, la voluntad de estas mujeres de seguir luchando desde las rondas campesinas va en contra de esta constatación, ya que es desde ella que se articulan otras expresiones organizativas (clubes de madres, comités del vaso de leche, etcétera).
Además, algunos casos, como el de Vicenta, que ha llegado a ocupar el cargo de vicepresidenta del Comité de Autodefensa de su localidad, muestran el reconocimiento de las capacidades de estas mujeres para dirigir y gestionar la organización local. Esta situación es impensable en otras experiencias, incluyendo las de las rondas históricas del norte del país: en ellas las mujeres, si no están relegadas a participar en sus "comités de mujeres ronderas", a lo más que pueden aspirar es a ocupar la secretaría de asuntos femeninos en la organización principal.
Mujeres como Carmen, Rosa o Mary, del valle del Canipaco, no están, empero, conformes con lo avanzado: quieren acceder a mayores espacios de poder. Sin embargo, son conscientes de que "aún no conocemos mucho las funciones del presidente y a veces todavía somos tímidas y no hablamos en las reuniones". Una timidez para tomar la palabra que contrasta, por cierto, con la valentía que muestran cuando de tomar las armas se trata.
La educación en derechos humanos para líderes mujeres (en este caso ronderas) y autoridades locales que el Instituto de Defensa Legal ha emprendido desde hace dos años en estas zonas apunta precisamente a que las mujeres pierdan la timidez y tomen la palabra. Sobre todo cuando el cambio de escenario a raíz de la pacificación propone nuevos retos a la organización: "hay que salir de la rutina de patrullar la comunidad y controlar los caminos", sostienen nuestras entrevistadas. Hay desorganización y, por lo tanto, deserción de los integrantes de las rondas; que no se resolverá sólo con multas y otros castigos a los infractores.
Para resolver estos problemas y contribuir al fortalecimiento de su organización es necesario, pues, que las mujeres empiecen a aparecer con más seguridad en los espacios públicos. Y para ello es preciso conocer mejor sus derechos como mujeres y como ciudadanas, así como el reconocimiento de sus capacidades por los sistemas institucionales locales. Por ello, en las actividades de capacitación confluyen la lideresa rondera con el teniente gobernador, el alcalde distrital y el presidente comunal. Un espacio privilegiado para recuperar el diálogo y el aprendizaje de la democracia, y donde la opinión de la mujer debe incidir en la toma de decisiones que garanticen el ejercicio de sus derechos. (Héctor Laporta, Jaime Márquez)