La captura de Feliciano y la batalla por la memoria
Carlos Iván Degregori
Lúcido y provocador artículo de Carlos Iván sobre la memoria histórica que –con todo y en todo– intenta construir el régimen sobre el proceso de violencia política.
La captura de "Feliciano" tuvo mucho de esos documentales sangrientos del Discovery Channel. Una sequía feroz e interminable obliga al último cocodrilo del pantano a refugiarse en una cueva para evitar el calcinante sol del mediodía. El tigre sabe que el cocodrilo está en la cueva, sabe que tarde o temprano tiene que salir, y espera pacientemente. Se lame, dormita, se relame, estira los músculos y bosteza frente a nuestros ojos... hasta que el viejo cocodrilo, debilitado y famélico, sale.
Sólo que este tigre, por coincidencia asiático, organizó una puesta en escena digna de una cacería de leones: se disfrazó de cazador nativo y convocó a la prensa para que el mundo supiera que había cazado un dragón.
El Presidente es un cazador solitario. Casi. En realidad caza en pareja, pero hasta ahora no había tenido suerte. El premio mayor, el verdadero dragón, lo cobraron los sabuesos de la DINCOTE mientras él pescaba zúngaros en Caballococha el 11 de setiembre de 1992. En la residencia del embajador japonés, si bien tuvo un papel protagónico en la preparación del operativo, sólo pudo pasearse entre cadáveres con su compañero de cacería, y él no es un carroñero. Cuando la escena salió en TV le restó puntos, porque sólo faltaba la respiración acezante como sonido de fondo para que él y su asesor parecieran Darth Vader y el emperador galáctico pisoteando a los vencidos. Como buen felino, el Presidente necesitaba una presa que pudiera parecer de valor, viva, para jugar con ella durante largo tiempo al gato y al ratón.
Todos coinciden en que la puesta en escena de la captura de "Feliciano" tuvo mucho de acto preelectoral rumbo a la re-reelección. Cierto, pero tanto ese espectáculo como la denuncia parcial del Pacto de San José forman parte de un plan de mayor alcance y sinceramente más siniestro que el simple tercer mandato de un presidente que, de acuerdo con el mezquino cálculo costo-beneficio, no lo ha hecho tan mal.
En realidad, asistimos a un proyecto de manipulación consciente de la historia, de estilo estalinista o, si se quiere, orwelliano, que supera largamente los alcances de un "operativo psicosocial" y se asemeja más a lo que antes se denominaba "proyecto nacional". Este proyecto tendrá éxito si logra forjar un nuevo sentido común en el país, que significaría su "asiatización".
La batalla por la memoria
Para imponer ese nuevo sentido común, el Gobierno desarrolla una intensa lucha por la memoria de lo que fueron los años de violencia política, en algo semejante a la lucha que tuvo lugar por la memoria de lo que fueron el Estado populista y especialmente el desastroso gobierno de Alan García. En esa lucha, las fuerzas neoliberales resultaron ampliamente victoriosas y crearon un nuevo sentido común en el plano económico: el actual modelo sería el único modelo, no existiría ninguna posibilidad alternativa. Por lo menos en esa dimensión, dice el discurso hegemónico, habríamos llegado efectivamente al fin de la Historia.
El actual proyecto de manipulación histórica tiene como objetivos, por un lado, construir al Estado como la víctima de la violencia terrorista, ante la CIDH y la comunidad internacional que no lo comprenderían, pero sobre todo ante la opinión pública nacional1. Por otro, construir una memoria en la cual el país es salvado por dos actores principales –un presidente y su asesor– con las Fuerzas Armadas y Policiales como actores bastante secundarios. Del resto de peruanos, algunos figuran como "extras", otros tienen apariciones "cameo", por lo general en papeles de malvados2, mientras la casi totalidad del país es reducida a la condición de espectadora pasiva, necesariamente agradecida a la pareja de superhéroes.
Para conquistar este doble objetivo, de construirse como víctima y de implantar la memoria del presidente salvador, el Estado necesita atomizar y fagocitar la sociedad, ocultar su propia violencia y legitimar su lado oscuro, volviéndose "decente".
Atomizar y fagocitar la sociedad se expresa, por ejemplo, en el sobredimensionamiento del Ministerio de la Presidencia, en dar preferencia a los municipios sobre los gobiernos regionales y a los municipios distritales sobre los provinciales. Pero aquí nos interesa la memoria de los años de violencia. En ese terreno, la fagotización implica la legitimación del papel de las Fuerzas Armadas más allá de sus límites profesionales y la militarización de la sociedad. Se incluyen aquí aspectos que van desde la multiplicación de atribuciones y campos de ación de un SIN fuera de todo control pasando por el sobredimensionamiento de la Justicia Militar, hasta aspectos de la vida cotidiana como la exacerbación y generalización de los desfiles escolares y cívicos3. En todo caso, así como durante el populismo militar la construcción del "binomio Pueblo-Fuerza Armada" borraba las diferencias entre el Estado y las organizaciones sindicales y populares, ahora pretende borrar las fronteras entre Estado y sociedad civil en su conjunto.
Para ocultar su propia violencia el Estado parte de un hecho real: la violencia de SL contra la población civil fue increíblemente vesánica, especialmente en los últimos años de su guerra. Eso hizo que la violencia estatal fuera percibida como un mal menor. Pero a inicios de la década, la memoria de la violencia estatal estaba todavía fresca. En realidad, lo que había en esos años era una pugna de las Fuerzas Armadas por que se reconociera su papel central en la lucha antisubversiva y se le otorgue impunidad a las violaciones de derechos humanos. En este terreno el Estado se encontraba todavía a la defensiva. El cambio de la situación se advierte si se compara la coyuntura "Cantuta", cuando el repudio nacional obligó a condenar a los culpables del asesinato masivo; con julio de 1995, cuando el Presidente promulgó la amnistía para los asesinos aprovechando que acababa de ser reelegido y el país estaba distraído; y con el actual retiro de la CIDH, que, a pesar de la oposición de un sector importante de la opinión pública, se lleva adelante sin ninguna vergüenza y decididamente a la ofensiva.
El manto de olvido se tupe así cada día más alrededor de la violencia producida en esos años por agentes estatales. Pero como en un escenario freudiano, la violencia que se trata de ocultar chorrea por todos lados. No sólo en la delincuencia común, pandillas, barras bravas, narcotráfico; no sólo en los diarios chicha, los talk-shows o los cómicos ambulantes, sino también en el discurso oficial, que nunca ha sido tan explícitamente violento.
El Presidente habla de jueces civiles que se orinan de miedo y la ministra Cuculiza de jueces decrépitos, mientras la inminente congresista Laura Bozzo alaba la magnanimidad presidencial y afirma que si ella hubiera capturado a "Feliciano" lo mataba con sus propias manos. Así como antes se etiquetaba el discurso popular como respetuoso y más recientemente como franco, especialmente cuando se quería utilizar jerga, hoy presenciamos cómo desde el poder se procede a una "naturalización" de lo popular como achorado.
Operación Vladimiro
Pero el aspecto más espectacular de esta batalla por la memoria es la legitimación del lado oscuro del poder. Al principio, Vladimiro Montesinos no se atrevía a salir en público. Conseguir su primera foto fue una hazaña periodística de Caretas. Podían aducirse razones de seguridad para ese perfil bajísimo, cuando la violencia terrorista golpeaba con fuerza. Pero había además otras razones: su pasado de capitán dado de baja del Ejército por ser agente de la CIA y abogado defensor de narcotraficantes estaba muy fresco, y quedaban muchas huellas.
Los prolegómenos de su aparición pública fueron tal vez la sustracción de expedientes del Palacio de Justicia después del autogolpe de abril de 1992 y el rapto de "Vaticano". Ambos borraron huellas. Entonces pudo aparecer, todavía sin audio, en Palacio de Gobierno junto al zar antidrogas Barry MacCafrey en 1996.
Luego vinieron sucesivas declaraciones públicas, hasta su consagración como compañero de caza oficial del Presidente en la famosa entrevista de La Revista Dominical de Canal 4. En las últimas semanas la trayectoria ascendente alcanza nuevas cimas con el reconocimiento de su papel en la captura de "Feliciano", que le valió una felicitación del Congreso, y su presencia en la ceremonia de reconocimiento del nuevo Jefe del Comando Conjunto, general Villanueva, donde recibió reconocimientos y agradecimientos, gesto posiblemente inédito en la historia de las Fuerzas Armadas. (Recuérdese que se trata de un capitán dado de baja por razones bastante oscuras.) La verdad, si fuera todavía militar sólo le quedaría ser nombrado mariscal.
La legitimación y desenfadada exhibición del lado oscuro del régimen en las esferas más altas del poder constituyen el más grave envilecimiento de la República, por lo menos desde 1956.
Si esta memoria es implantada en nuestros cerebros, las consecuencias van mucho más allá de las elecciones del 2000 y pueden ser devastadoras no sólo para la institucionalidad democrática sino también para nuestra autoestima ciudadana. Ratificaría –o nos convencería, según los casos– que así como en la economía no hay alternativa, tampoco la hay en la política. Se volvería sentido común, que la única solución para el Perú es un caudillo mesiánico a la cabeza de un gobierno cívico-militar, con servicios de inteligencia sobredimensionados y sin control.
El objetivo inmediato de esta batalla por la memoria sí tiene que ver con el 2000 y consiste en desmoralizar a 60% de peruanos que no quiere votar por Fujimori, convenciéndolos de que, aun cuando sepan que todo es mentira, nada pueden hacer porque así es la vida, la política, el Perú.
Por los beneficios prometidos en las reuniones de los últimos días, por su necesidad de seguridad y el privilegio que otorgan al modelo económico por sobre la democracia, los gremios empresariales parecerían estar entre los más dispuestos a aceptar este argumento. Podrán decir de un gobierno que no necesariamente es de su agrado, lo que los Estados Unidos decían de ciertos dictadores latinoamericanos en la época de la Guerra Fría: será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.
El objetivo de mediano y largo plazo es la construcción de un modelo que adopta diferentes nombres: democracias iliberales, delegativas, defectuosas. Así las llaman quienes no viven en estos países y no conocen nuestra realidad, diré imitando al Presidente y a los voceros gobiernistas. En realidad, con todas las salvedades y matices del caso, se trata de la versión chicha del modelo asiático: economía de mercado sin democracia, con gobiernos autocráticos o abiertamente dictatoriales que se eternizan en el poder y terminan carcomidos por la corrupción. Y lo califico chicha porque está por verse si esa combinación nos convertirá en tigres, otorongos o pumas económicos, o acabaremos más bien cual gatos medio famélicos y además domesticados.
1 Esta construcción tiene a los medios de comunicación como escenario central. En las últimas semanas forman parte de ella, por ejemplo, la campaña pro víctimas del terrorismo en la TV, o el aviso periodístico de organizaciones de familiares de militares o policías víctimas de violencia terrorista contra la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos en torno al tema de la CIDH.
2 Por ejemplo, las organizaciones defensoras de derechos humanos, las ONG, los senderólogos, la Iglesia progresista, los "partidos tradicionales".
3 Este año, el concurso nacional de desfile escolar fue ganado por los estudiantes de un colegio de Zarumilla, recibidos como héroes a su regreso, al punto que el entusiasta alcalde les ha ofrecido un terreno a cada uno. En todo caso, la localidad ganadora, escenario de una de las principales acciones militares de la guerra con el Ecuador de 1941, parece haber sido escogida con cuidado y con criterios estratégicos muy precisos, un poco como se escogía a la Miss Universo en los tiempos de la Guerra Fría.