"En camino al siglo XXI: desafíos y estrategias
de la comunidad latinoamericana
de derechos humanos"
Uno de los
rasgos novedosos de la realidad social y política de América Latina de las
últimas décadas del siglo XX es el papel cumplido por cientos de organizaciones
que, surgidas desde la sociedad civil, se reivindican como defensoras y
promotoras de los derechos humanos.
Su papel
ha sido reconocido como muy importante para ayudar a poner fin a las peores
épocas de represión y dictadura en la mayoría de los países. En los 90, con
otras estrategias y propuestas, han intentado hacer frente a nuevos e
importantes desafíos para la vigencia de los derechos humanos.
Pese a la
proximidad geográfica y la comunidad de temas, han sido pocas las ocasiones que
han tenido los representantes de esas organizaciones para reunirse y discutir
estrategias comunes de actuación. De ahí lo importante y novedoso del seminario
“En camino al siglo XXI: Desafíos y estrategias de la comunidad latinoamericana
de derechos humanos”, que tuvo lugar en Lima el 23 y 24 de julio pasados,
organizado conjuntamente por la Washington Office on Latin America (WOLA) y el
Instituto de Defensa Legal gracias al apoyo de las fundaciones Ford y
McCarthur.
En las
páginas que siguen, ideele
ofrece a sus lectores una primera aproximación a ese evento a partir de una
síntesis de las intervenciones en los paneles de las sesiones plenarias. A una
versión más completa de lo discutido se podrá acceder próximamente con la
publicación de la memoria.
Ernesto de la Jara:
equilibristas en COMPUTADORA
Quisiera
explicitar lo que interpreto son el tipo de preocupaciones o tensiones que
están a la base de los temas escogidos para este seminario y el porqué de haber
puesto el énfasis en las estrategias.
Una primera
preocupación es esta ubicación entre el pasado y el futuro. Somos parte de un
movimiento que tiene una historia, una trayectoria y un acumulado que hay que
aprovechar y continuar. A la vez, creo que todos somos absolutamente
conscientes del cambio de escenarios nacionales e internacionales y cómo ello
implica nuevos temas, estrategias y códigos.
Una segunda
preocupación, casi diría una obsesión, es cómo definir la perspectiva de
derechos humanos; es decir, qué es derechos humanos y qué no es derechos
humanos. Nuestra tendencia es a tratar de encontrar y construir estándares
obligatorios, pero, a la vez, hay todo un ámbito que no es derechos humanos, es
decir, que es parte de lo discutible, del derecho a la diferencia, a lo
opinable. Ésa es una tensión muy importante, por ejemplo, en todo el tema de
los derechos económicos, sociales y culturales.
Una tercera
preocupación tiene que ver con cómo compatibilizar ética, moral y valores con
eficiencia; cómo demostrar que desde una perspectiva de derechos humanos
también se puede enfrentar y solucionar los problemas actuales y modernos.
Salir al frente de nuestros detractores cuando dicen que hay que
"adaptar" los derechos humanos porque no contemplaron problemas que
no había en el pasado: narcotráfico, terrorismo, delincuencia común.
Por último,
determinar cuál es la función del trabajo y de los organismos de derechos
humanos, pues a veces nos limitamos a poner todos los problemas
"antiderechos humanos" que hay y ubicamos a los organismos de
derechos humanos al frente. Lo difícil es determinar qué es lo que realmente
estamos en capacidad de hacer.
He tratado de encontrar una figura que revele este
tipo de preocupaciones o tensiones, e inmediatamente se me ha ocurrido la del
equilibrista. Pero la figura me pareció insuficiente, e influido sin duda por
mis hijos, metí al equilibrista en la lógica de los juegos de la computadora;
es decir, un equilibrista que tiene que ir pasando por diferentes escenarios y
niveles, que tiene que lograr el equilibrio mientras está luchando con otros,
que son sumamente fuertes y que están permanentemente esperando la oportunidad
para que la concepción de los derechos humanos caiga; un equilibrista que, en
la medida que va avanzando y teniendo una trayectoria, va descubriendo trucos,
y hasta puede tomar pócimas que le dan nuevas vidas, pero que, al mismo tiempo,
debe estar muy atento, porque si comete muchos errores puede caer y perder todo
lo avanzado.
George R. Vickers:
Los nuevos desafíos son el resultado de nuestros
éxitos
Debido a
los obstáculos formidables que todavía enfrentamos como miembros de la
comunidad de derechos humanos, tendemos a enfocar nuestros esfuerzos en las
labores restantes y no en los logros obtenidos hasta el momento. Este enfoque es
natural y apropiado, dadas las responsabilidades que hemos asumido en tanto
promotores y defensores de derechos humanos. Sin embargo, también corre el
riesgo de encauzar nuestra atención hacia nuestras debilidades y fracasos,
ignorando el grado extraordinario en el que los principios básicos de nuestro
movimiento son, hoy en día, venerados en la ley internacional y aplicados
(aunque inconsistentemente) en la práctica.
Hace veinte
años los países del cono sur estaban gobernados por dictaduras militares, y la
violación sistemática de derechos humanos era la norma. Hoy día todos los
países del hemisferio, con la excepción de uno, sostienen gobiernos
electorales, aunque la mayoría posee instituciones democráticas frágiles e
ineficaces. Si bien es cierto que todavía se presentan violaciones de los
derechos humanos, y que éstas han aumentado en algunos países como Colombia y
México, en la mayoría de los países se presentan como hechos esporádicos y no
como consecuencia de una política estatal.
Con
respecto a las normas de derechos humanos internacionales pertinentes a
derechos civiles y políticos, todos los países de Centro y Sudamérica han
firmado el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la Convención
Americana sobre Derechos Humanos. Desafortunadamente, Canadá, los Estados
Unidos y varios países del Caribe todavía no han firmado esta última. Aunque la
mayoría de estos gobiernos violan frecuentemente estos instrumentos, el
haberlos firmado manifiesta su consentimiento de las normas bajo las cuales su
conducta puede ser juzgada. El anuncio del gobierno peruano de retirarse de la
Corte Interamericana representa un paso atrás. Pero, contraria a esta actitud,
México y Brasil se han acogido recientemente al sistema interamericano de
derechos humanos.
Aunque
sería una exageración afirmar que la Comisión de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos han forzado a los gobiernos del hemisferio a
dar fin a la violación sistemática de los derechos humanos, estas instituciones
multilaterales y regionales han jugado un papel importante para encaminar la
atención y crítica internacional en la denuncia de tales violaciones.
Cuando WOLA
fue establecida en 1974, los Estados Unidos carecían de una política oficial
para promover los derechos humanos en América Latina. Hoy día existen una serie
de leyes que obligan al gobierno estadounidense a definir su relación con los
gobiernos del hemisferio de acuerdo con el respeto que éstos le conceden a los
derechos de sus ciudadanos. Asimismo, existe también un reconocible apoyo a que
los derechos humanos se integren como componente oficial de la política
estadounidense hacia Latinoamérica. Si bien es cierto que en ocasiones ha sido
ignorada y embaucada, esta nueva política le exige al gobierno estadounidense
explicar su indiferencia ante la violación de derechos humanos, de manera que
no puede argumentar que no tiene responsabilidad alguna en observar la conducta
de otros gobiernos.
Ninguno de
estos avances hubiera sido posible sin los esfuerzos constantes de los
defensores locales de derechos humanos para identificar, investigar y denunciar
las frecuentes violaciones, aun bajo inminente riesgo personal.
En el nuevo
período en que nos encontramos –caracterizado por democracias parciales
limitadas principalmente al campo electoral–, la lucha por proteger y defender los
derechos humanos requiere de un esfuerzo aún más profundo y constante para
consolidar las instituciones democráticas indispensables para la protección de
dichos derechos. Asimismo, debemos reconocer que la democracia y los derechos
humanos no son filosóficamente idénticos. Mientras que la democracia está
basada en el principio mayoritario, el pleno respeto de los derechos humanos
implica ciertos límites a esa mayoría. Debemos asegurar que las instituciones
democráticas garanticen que los derechos de cada ciudadano predominen sobre los
derechos democráticos de la mayoría. Y ésa no será siempre una tarea popular.
Los retos
de este nuevo período requieren que reexaminemos tanto nuestro enfoque como la
cultura de nuestra lucha. Ya no basta con exigir un puesto en la mesa del
poder. Necesitamos llegar con propuestas específicas a la mesa. Este cambio
cultural requerirá trabajar con instituciones estatales y desarrollar niveles
de experiencias técnicas, irrelevantes en épocas anteriores. Es importante
comprender que sin la participación de la sociedad civil en promover y
controlar la reforma de estas instituciones, los esfuerzos de ésta estarán
destinados a fracasar; y si ello ocurre, la oportunidad de consolidar la
democracia y restaurar el respeto de los derechos humanos se debilitará.
Otra
preocupación es que algunas de las características más peligrosas de la Guerra
Fría están siendo reconstruidas bajo un nuevo marco ideológico: el de la guerra
contra las drogas. El papel que desempeñan las fuerzas armadas estadounidenses
en la política exterior para combatir el narcotráfico ha contribuido a
incrementar la función de las fuerzas militares latinoamericanas dentro del
ámbito nacional. Esto no sólo está fomentando y acelerando la corrupción de
éstas, sino que también ha restablecido una relación represiva entre los
organismos militares y la población civil.
Agreguemos que uno de los legados más perjudiciales
del período autoritario y que continúa como uno de los obstáculos más poderosos
contra la consolidación de la democracia y el respeto de los derechos humanos
es la impunidad.
Gustavo Gallón:
Paradojas
de la época
Quiero dar
cuenta de dos paradojas, a mi juicio centrales. La primera: la contradicción
histórica entre los planteamientos de derechos humanos y la oposición o
resistencia de sectores importantes de la población a ese mensaje. Es indudable
que existen múltiples ámbitos a través de los cuales esa sintonía puede
construirse. En cada sociedad, sin embargo, se atraviesa por dificultades
particulares que permitan su concreción.
La segunda:
la contradicción existente entre el respaldo y la acogida internacional de las
propuestas de derechos humanos y, al mismo tiempo, los peligros inmensos que de
ello se derivan. Antes de la II Guerra Mundial, las propuestas de derechos
humanos eran en algunos estados escasamente un tema de tratamiento
constitucional interno, y en otros ni siquiera eso. Terminada la Guerra, el
reconocimiento de los derechos humanos como un tema de derecho internacional,
como una obligación de los estados, potenció considerablemente su vigencia.
Pero esa
adopción del derecho fue hecha desde la perspectiva de los vencedores del
conflicto, mientras que la propuesta de derechos humanos tenía su origen en la
perspectiva de las poblaciones dominadas de las sociedades donde estas
propuestas comenzaron a germinar dos siglos atrás.
Son dos
lógicas distintas que han implicado contradicciones también diferentes y han
dado lugar por lo menos a tres fenómenos que van a contravía de las ventajas de
ese reconocimiento internacional.
El primero
es la resistencia de grandes potencias como China y los Estados Unidos a
someterse a los dominios del derecho internacional de los derechos humanos
El segundo
fenómeno son las resistencias de los pequeños estados. Lo ejemplifica la última
reacción del gobierno peruano respecto de la competencia de la Corte
Interamericana.
El tercer fenómeno son los intentos de imponer los
derechos humanos por fuera de la legitimidad internacional universal o
regional. Es lo que hemos visto en la reciente guerra de Kósovo; a través de
una decisión por fuera de la carta de Naciones Unidas, se produce una acción
que tiene muchos elementos de justificación pero que se sitúa fuera de lo
establecido y que puede dar lugar a la gestación de un "derecho imperial
de los derechos humanos", diferente de un derecho internacional de los
derechos humanos.
Martín Abregú:
En la búsqueda del nuevo valor agregado
Cuando uno
piensa en los desafíos del movimiento de derechos humanos, puede pensar en
muchas cosas. Yo quiero centrarme en una sola: ¿cómo relegitimar el movimiento
de derechos humanos ante esta nueva coyuntura?, ¿cómo darle una nueva razón de
ser?
Reconozco
que mi preocupación puede estar muy marcada por la situación del movimiento en
Argentina y por la necesidad de continuar con el trabajo que otros iniciaron.
Pienso que
los logros del movimiento de derechos humanos están directamente vinculados con
la enorme legitimidad que tiene en América Latina; una legitimidad que veo
intrínsecamente vinculada a la autoridad moral de los planteos y a su origen; a
cuando se luchaba por la vigencia de los derechos humanos en el marco de
dictaduras.
En ese
contexto, la razón de ser del movimiento era obvia: detener las atrocidades que
se estaban cometiendo. Es cierto que la situación de los derechos humanos en
nuestros países no es hoy muy distinta de la anterior a las dictaduras. Tenemos
los mismos abusos policiales, el mismo pobre acceso a los derechos sociales, la
misma discriminación de la mujer, los mismos pésimos tribunales a los que es
imposible llegar, etcétera. Pero la constatación de que siguen habiendo
problemas graves de derechos humanos en América Latina no alcanza por sí sola
para mantener la legitimidad del movimiento de derechos humanos.
En una
reunión realizada en Buenos Aires hace unos meses, Álex Wilde nos preguntaba si
no podíamos entender el movimiento de derechos humanos como un legado positivo
de las dictaduras; es decir que si bien en mucho tenemos la misma situación que
antes de la dictadura, al menos ahora contamos con un movimiento de derechos
humanos. Pero hay que tener presente que la lucha por los derechos humanos, tal
como hoy la entendemos –es decir, por una policía menos violenta, contra la
discriminación de la mujer, etcétera–, es una lucha que antes de la dictadura
estaba siendo llevada a cabo por los partidos políticos, los sindicatos, las
iglesias o algunos intelectuales, y esos actores hoy siguen existiendo.
¿Cómo se
inserta el trabajo en derechos humanos en estas situaciones ya conocidas y
frente a esos actores? Una primera respuesta puede ser que ni los partidos
políticos, ni los sindicatos, ni los intelectuales son lo que eran. Y esto es
cierto. Sin embargo, creo que sería un terrible error creer que el movimiento
de derechos humanos puede venir a suplantar estas falencias. Al contrario: creo
que nuestro trabajo es empujar para que ellos vuelvan a ser lo que eran y que
incluso enarbolen nuestras banderas.
El aporte
del movimiento de derechos humanos es una mirada distinta, una suerte de valor
agregado que pasa a ser un referente moral –no moralista, obviamente–, una
especie de semáforo que se pone en rojo cuando se viola la dignidad de la
persona, un termómetro que indica que la temperatura está bajo cero.
Esto no
significa entender restrictivamente nuestro mandato. Pero ahora que vamos
dejando poco a poco de ser empujados por las víctimas, o por esos héroes
morales –para usar la expresión de Michael Shifter en relación con Emilio
Mignone–, y se avanza hacia un trabajo más especializado, más profesional,
¿cómo hacemos para mantener ese valor agregado que hemos heredado?
Tenemos que
pensar en construir un movimiento de derechos humanos que trascienda a sus
fundadores y que mantenga esa legitimidad de origen. Quiero enunciar solamente
tres dificultades para que ello se concrete:
1. Identificar el lugar propio del trabajo en
derechos humanos. Si vamos a trabajar conjuntamente con sindicatos,
partidos políticos, iglesias y con organizaciones de la sociedad civil que
tienen que ver con el tema de la participación o de la justicia, ¿cómo logramos
no ser más de lo mismo?
2. ¿Cómo mantener la radicalidad de nuestra
misión, pero, al mismo tiempo, ser interlocutores válidos? El Estado
responsable de violar la dignidad humana ya no es una dictadura con la que sólo
podemos enfrentarnos. Hoy es un Estado democrático. Carlos Basombrío se
preguntaba hace unos años si es posible cumplir el papel de conciencia
inquisidora manteniendo buenas relaciones. Creo que es indispensable. No
tenemos alternativa si es que queremos mantener el lugar que otros supieron
ganar.
3. ¿Cómo articular mecanismos que aseguren la
representatividad? En sus orígenes, el movimiento de derechos humanos
representaba a las víctimas del terrorismo de Estado. ¿A quién representamos
hoy? Estrictamente hablando, creo que no sería necesario representar a nadie
para señalar que se ha violado la dignidad humana. Sin embargo, gran parte de
nuestra legitimidad va a estar vinculada a que podamos demostrar que estamos
hablando en nombre de otros. En este sentido, destaco la experiencia que
menciona Ernesto de la Jara en su ponencia sobre la campaña "En nombre de
los inocentes"; allí está muy claramente identificado a quién, y me parece
que ése ha sido un gran acierto estratégico de la campaña.
Hay que construir lazos que nos permitan representar
a las nuevas víctimas; tarea más difícil cuando la víctima se hace más difusa y
anónima; cuando pasamos del hábeas corpus al amparo colectivo. Aparece allí la
necesidad de articular mecanismos que aseguren que el trabajo en derechos
humanos no sea el de unos pocos técnicos que identifican por sí solos las
necesidades de "sus representados".
Susana Villarán:
Siete tensiones para paisajes menos épicos
De manera
impresionista, porque no hay otra forma de hacerlo en tan breves minutos,
intentaré dibujar el paisaje en el que nos movemos. Lo haré a partir de siete
puntos planteados como tensiones, contradicciones o polaridades.
1. Lo viejo y lo nuevo. En sociedades como las nuestras
existe una compleja articulación de problemáticas nuevas y viejas en materia de
derechos humanos. El rápido proceso de urbanización, por ejemplo, trae al
primer plano de las preocupaciones, entre otros aspectos, el tema de la
seguridad ciudadana frente al incremento de la delincuencia y el crimen. Pero
esto convive con demandas de derechos que vienen de viejas estructuras de
discriminación económica, social, cultural, de género, étnica; amén de lo que
se deriva de la violencia política. Para Colombia (y por lo tanto para todos
nosotros), los viejos y actualísimos problemas de la violencia en su etapa más
cruda. La nuestra es una realidad en la que no necesariamente se cancelan
etapas. Debemos identificar con precisión cómo se expresan estos elementos,
cómo se fusionan.
2. Expansión de conciencia de derechos y
precariedad o ausencia de institucionalidad democrática. La democratización de la cultura
política (autonomía, individualidad, emancipación de la mujer, igualdad), en la
que por cierto mucho hemos aportado los defensores de derechos humanos, ha
disparado una demanda social de instituciones, normas y autoridades legítimas
que amparen eficazmente los derechos humanos. Es simultáneamente un camino de
demanda de amparo e igualdad ante la ley y, a la vez, de frustración. La
obsolescencia institucional, la discrecionalidad en la administración de la
política, la centralización de las decisiones y la impunidad son diques contra
los que se estrellan las demandas de derechos y reconocimiento de la
ciudadanía.
3. Los derechos humanos y la democracia como
fenómeno cultural y normativo global, y el relativismo en materia de derechos
humanos. A las puertas
del año 2000 se difunden y aplican discursos que provienen de una elite so called liberal, una reelaboración
sofisticada acerca de los límites de la universalidad de los derechos y
críticas a la jurisdicción internacional en materia de derechos humanos. Las
dualidades globalización/comunitarismo, universalidad/soberanía; la esquizofrénica
visión de globalización económica pero no en materia de derechos humanos,
atraviesan debates de primerísima actualidad en nuestros países. No es un tema
patrimonio de los países islámicos ni de la Europa del Este; tampoco de un
debate cancelado en Viena 93. Más allá de la meritoria tarea de contribuir al
establecimiento de estándares universales (en lo que hemos hecho y hacemos
mucho), existe una tarea de debate ideológico.
4. Entre la impunidad y la estabilidad. El enfrentamiento entre las demandas
de verdad, justicia y reparación de las víctimas de violaciones de derechos
humanos, y las realidades y posibilidades políticas e institucionales para
acogerlas. Hay un tema ético que nos atraviesa. Un gran defensor de derechos
humanos, Joaquín Ruiz Giménez, primer Defensor del Pueblo de España, recordaba
esta tensión citando la terrible frase de Goethe "prefiero la injusticia
al desorden". Las turbulencias y oxigenaciones simultáneas creadas por el
caso Pinochet; los juicios a los militares en Argentina; las experiencias de
comisiones de la verdad en Sudáfrica, El Salvador, Guatemala; los procesos en
la Argentina y Chile, nos muestran los claroscuros de esta tarea que ocupa un
lugar central de nuestra agenda.
5. Lo público y lo privado. Se trata de considerar el espacio
privado como escenario de violación y demanda de derechos: la pareja, la
paternidad, la familia como un paisaje íntimo y, a la vez, materia de
escrutinio de situaciones de violencia, discriminación y de violaciones
flagrantes de los derechos humanos, como también lo son la escuela y los
centros laborales. Los límites y deberes de la intervención estatal y la
inacción de los estados en estas materias son parte de nuestro trabajo por
construir estándares en el ámbito de los derechos humanos, algo en lo que ha
trabajado activamente el movimiento feminista. Pero también queda por delante
la tarea de identificar lo público no estatal como escenario de violación de
derechos; por ejemplo, derechos del consumidor y del usuario de servicios
públicos no estatales como energía, agua, salud, educación.
6. Entre los derechos civiles y políticos y los
derechos económicos, sociales y culturales (DESC). Nuestros países son altamente
desiguales, con una porción muy alta de la población que vive en la pobreza, y
ello se da en contextos institucionalmente precarios y con una creciente pero
aún débil cultura democrática.
Reconozcamos
en esta polaridad la presencia de discursos y mentalidades que ponen en tensión
y conflicto la indivisibilidad de los derechos humanos. Por un lado, aquellos
que sostienen, como los gobernantes peruanos, que la democracia es un obstáculo
para la estabilidad económica y la lucha contra la pobreza. Por otro, aquellos,
a veces muy cercanos, que se plantean: "Si la democracia, las elecciones,
la división de poderes, el check and
balance, las reglas de juego, no van a solucionar los problemas
cotidianos de hambre y desempleo, ¿qué sentido tiene pelear por ella?".
Otros creemos que existe, como sostiene Amartya Sen, premio Nobel de Economía,
una relación directa entre expansión de derechos y capacidades y desarrollo, y
que la la fragilidad institucional, la ausencia de previsibilidad jurídica,
tienen que ver con la posibilidad de disfrute de los DESC. La indivisibilidad de
los derechos, en estas circunstancias, con estos sentidos comunes y en este
esquema globalizado, debe ser tratada de forma creativa.
7. Entre el derecho a la seguridad frente al
crimen y las libertades, derechos y garantías de los ciudadanos. América Latina es el continente de
más alto índice de criminalidad del planeta. La ciudadanía reclama mano firme y
tolera o apoya medidas que restringen las libertades y garantías: diversas
medidas de criminalización y punitivas han gozado de amplio apoyo popular.
¿Cómo garantizar la seguridad en el marco del respeto irrestricto de los
derechos humanos y la salvaguarda de las garantías? ¿De qué forma logramos
llegar con estrategias adecuadas al ciudadano común y corriente que se siente
inseguro y desamparado para alcanzarle una propuesta de seguridad con derechos
y garantías? ¿Cómo influimos en cambiar la cultura penal inquisitiva que
criminaliza la pobreza?
De todas
las anteriores tensiones, polaridades, conflictos, paradojas y encrucijadas
emergen desafíos muy concretos. Hemos hecho mucho por crear conciencia de
derechos y dar forma a nuestras aún precarias democracias. Nuestros temas están
colocados en la agenda pública de debate, pero hace falta todavía seguir
transitando en medio de estas complejas tensiones.
Nuestros
interlocutores se han diversificado; nuestras alianzas también. Necesitamos
combinar estrategias que nos permitan incidir en los procesos culturales
(medios, formación de mentalidades y creación de sentidos), dar forma a
nuestras instituciones, fortalecer la sociedad civil de la que formamos parte y
acercar el Estado a la mayoría latinoamericana que, hoy por hoy, vive en el
desamparo, a la intemperie.
Nos espera un trabajo exigente; nos sobra audacia,
creatividad, coraje y mística. Sin embargo, a veces nos toca y tocará transitar
por paisajes menos épicos, probablemente opacos, para el único propósito que
nos puede interesar: defender y expandir los derechos humanos en nuestro
continente.
Gilda Pacheco:
Un diálogo enriquecedor
El valor
político de la distinción entre género y sexo al interior del movimiento de
derechos humanos es enorme para gerenciar la igualdad y el respeto a la
dignidad humana, pues define que las responsabilidades asignadas a cada uno son
obra de la sociedad y, en la medida que generen discriminación y subordinación,
pueden y deben ser cambiadas; o sea, aluden a un problema de justicia.
Correctamente
entendida, dicha diferenciación imprime sentido y necesidad a la meta de lograr
la paridad entre seres diferentes. Asimismo, nos permite comprender que el
ejercicio pleno de los derechos humanos no se alcanza solamente con cambios
cuantitativos que muchas veces no trascienden lo formal y que son sólo pasos
propicios para alcanzar la igualdad cualitativa entre hombres y mujeres, es
decir, una igualdad en términos de posición en la sociedad y oportunidades de
crecimiento integral, no sólo como un aspecto específico de las mujeres, sino
como un tema para los derechos humanos en su conjunto.
La
universalidad de los derechos humanos constituye nuestra mejor arma; la
justificación ética, filosófica y jurídica del movimiento de derechos humanos
descansa sobre la premisa de que compartimos un conjunto de valores plasmados
en derechos que consideramos de validez y vigencia universal. Si no asumimos
que estos derechos constituyen obligaciones solemnes que todos los Estados
están obligados a respetar, no tendría sentido la denuncia de las violaciones,
ni la solidaridad con sus víctimas, ni la promoción de nuevas normas, ni la
educación en derechos humanos.
Pero conviene destacar que la universalidad en ningún
caso puede constituirse en un concepto vacío que no refleje la realidad de
hombres y mujeres concretos. Por eso se plantea que es necesaria y compete
específicamente a los derechos humanos como patrimonio innato de todos los
hombres y mujeres, porque expresa una noción de inclusión absoluta: por
principio, nadie queda excluido. Sin embargo, esta noción demanda un nivel de
pertenencia y de apropiación de los derechos, conocimiento y convencimiento que
mujeres y muchos hombres oprimidos no poseen, porque la realidad social se los
niega, lo que torna imperativo plantear reivindicaciones específicas como las
de los derechos de la mujer.
Ana María Sanjuán:
El reto de la universalidad
La sociedad
latinoamericana actúa en defensa de sus derechos de manera irregular,
discontinua, desesperante y desesperanzada en ocasiones, pero capaz de éxitos
resonantes y de la transformación democrática de las mentalidades. Buena parte
de estos activos se deben a la continuidad y asiduidad en la lucha por los
derechos humanos.
Lo obtenido
en términos comparativos y absolutos es enorme; se consiguió lo inconcebible,
es decir, millones de personas al tanto de nociones jurídicas y políticas que
se veían tan distantes, y se ha modificado radicalmente la idea que la sociedad
tiene de sí misma. Estos activos y estos éxitos, paradójicamente, han generado
una serie de desafíos, especialmente a partir de la globalización, ahora que el
tema de los derechos humanos ha sido puesto en el primer término de la agenda
internacional.
En un contexto de democracias de baja intensidad, con
estados profundamente deslegitimados en su capacidad de arbitrar las
injusticias y de redistribuir los recursos, discutir con la opinión pública,
por ejemplo, el tema de la seguridad ciudadana, implica también el cómo influir
en la formulación de políticas democráticas. Ello porque hay un enorme déficit
ciudadano en la comprensión de la naturaleza universal de los derechos humanos,
así como un importante rezago del Estado en materia de educación directa en la
materia.
Coletta Youngers:
Nuevas estrategias para una nueva agenda
Este
seminario ha sido muy importante para reafirmar el trabajo de derechos humanos
en América Latina. Hemos logrado hablar de los temas no sólo desde una
perspectiva analítica, sino entrar en una discusión profunda de estrategias de
incidencia y cómo mejorarlas.
He
identificado cuatro áreas de consenso sobre los retos para el futuro. En primer
lugar, que la naturaleza de los problemas que enfrentamos ahora ya no está
articulada sólo desde la perspectiva de derechos humanos. En todos los talleres
se discutió cómo relacionarse con otros sectores de la sociedad civil que
trabajan en estas áreas y cómo crear allí nuestro propio espacio, nuestra
propia identidad como movimiento.
En segundo
lugar, hay un nivel de consenso en la gama de nuevas estrategias de incidencia
que tenemos que desarrollar o adaptar, dependiendo, por supuesto, de las
circunstancias y la situación particular. Sólo quiero mencionar algunas que,
creo, cruzan todas las áreas.
Una es el
trabajo de opinión pública y la relación con los medios de comunicación,
tomando en cuenta las dificultades del control de poderes económicos y en
algunos casos de gobiernos. Otra, la importancia de programas de educación,
tanto orientados al sector oficial como a la población en general. Una tercera,
la búsqueda de aliados dentro del sector público y en el Estado, aun cuando
éstos mantengan muchas veces actitudes muy autoritarias y les falte voluntad
política de reforma. Cuarto, el uso de las decisiones judiciales y de
legislación para promover cambios muy concretos, pero, a la vez, teniendo mucho
cuidado de no crear en la población expectativas que no van a ser cumplidas. Y,
finalmente, establecer nuevas alianzas con otros sectores de la sociedad civil
y grupos de base, aun en contextos en los que estos grupos están muy
desarticulados respecto de lo que estaban hace unos años.
En tercer
lugar, ha habido consenso acerca de la importancia de buscar relacionarse de
una manera distinta con la población, de ir mucho más allá de trabajar sólo en
representación de las víctimas para hacerlo en colaboración con grupos de base.
Como dijo Miguel Yuco en la sesión de apertura, el reto es cómo estos derechos
pueden ser defendidos por los seres humanos y no sólo por las ONG.
El cuarto y
último reto es la formación y capacitación de nuevos líderes y la democratización del movimiento para
conseguir una mayor participación de la población.
Algo que
creo que no ha sido muy discutido, pero que es importante, son las nuevas
amenazas contra los grupos de derechos humanos. En algunos casos sigue la
persecución directa, como en Colombia o México; pero hay una nueva modalidad de
los poderes políticos contra los grupos de derechos humanos que creo es muy
importante tomar en cuenta, y que consiste sobre todo en el hostigamiento y
campañas de difamación para intentar destruir nuestra credibilidad como
movimiento.
Creo que hemos pasado a una etapa muy importante, la
de aceptar que hay nuevas modalidades de trabajo y una nueva agenda mucho más
amplia y que ofrece mucho más posibilidades para el futuro.
Carlos
Basombrío:
Sobre identidad y eficacia
Voy a
tratar de reflexionar, a la luz de lo que hemos conversado en estos días, no
tanto sobre los contextos externos que condicionan nuestra práctica, sino
acerca de cómo nosotros reaccionamos frente a ellos. Soy consciente de que
ninguno de los temas que voy a plantear es nuevo; de hecho, creo que ninguno de
los planteados en esta reunión lo es: pertenecen a debates en marcha que van
cobrando forma en distintos momentos, y este evento es simplemente un nudo más
en ese proceso.
Quiero
empezar por el tema de la identidad del movimiento por los derechos humanos.
Creo que hemos ratificado algunos consensos básicos entre nosotros. Uno
primero, definirnos como un movimiento, como un conjunto de organizaciones con
una causa común y con una historia llena de logros y dificultades. Nadie ha
puesto tampoco en discusión entre nosotros que vivimos en estos años un período
de cambios vertiginosos que cuestionan nuestras certezas; coincidimos todos,
además, en lo central que es para el trabajo de derechos humanos el redefinir
nuestra identidad a la luz de esos cambios.
Pero en el
tema de identidad aparecen siempre muchísimos otros asuntos que ya no son tan
consensuales; no es que nos estemos matando por ellos, pero hay diferencias en
aproximaciones y valoraciones. Menciono rápidamente algunas.
Un primer
bloque pasa por nuestra relación con otros. Tenemos diferencias de apreciación
en cómo debe ser nuestra relación con las víctimas (e incluso en definirlas),
con los partidos políticos –y en algunos casos con los movimientos insurgentes
(tema poco discutido en esta oportunidad)–, con los movimientos sociales (mucho
más presentes en las discusiones) y, por último, con el Estado (tensión entre
denuncia y colaboración).
Un segundo
asunto pasa por la definición de lo que queremos o podemos hacer. Queda claro
que hay una tendencia irreversible a la ampliación de los ámbitos de nuestro
interés, lo que a la vez entra en una tensión enorme con nuestra capacidad de
intervención real: ¿cuándo y por qué nosotros?, ¿qué nos diferencia del papel
que pueden cumplir otros?
Creo que la
respuesta será rica por el lado de los matices y el equilibrio, pero hay dos
riesgos que menciono sólo como caricatura: uno primero, la indiferencia
absoluta frente a cualquier cambio y la terquedad en hacer siempre lo mismo,
sin inmutarnos por cuanto pueda cambiar la realidad; uno segundo, el de
concebirnos como "todólogos": como los derechos humanos son
universales e indivisibles, nosotros tenemos la capacidad de intervenir en
todos los campos y en todos los momentos.
El segundo
punto que quiero plantear tiene que ver con la legitimidad y la eficacia. A mí
me parece que vivimos, en relación con ello, una etapa histórica curiosa. Por
un lado, estamos en un nuevo orden mundial, si se le puede llamar así, con
muchas características que todos conocemos demasiado bien; una de ellas es que
los derechos humanos como filosofía, como forma de ver el mundo, han dejado de
ser marginales y estigmatizados y han pasado a ser "políticamente
correctos". Me ha sorprendido hace poco incluso oír a gente de otras
regiones del mundo que alude a los riesgos que va a traer el que los derechos
humanos se vuelvan la "ideología oficial" (por lo menos en el Perú,
añoraríamos tener ese tipo de dificultades).
Pero, en
todo caso, esta importancia de los derechos humanos viene de la mano de una
situación en la que luchar por ellos quizá no sea más difícil que antes, pero
sí más complejo; las amenazas y las dificultades son más brumosas, menos
definidas, y es menos fácil lidiar con ellas. Más difícil, por tanto, construir
legitimidad a partir de tus acciones.
Otra de las
urgencias del tema de la legitimidad está en su vínculo con la eficacia.
Nosotros tenemos que ser eficaces, pero desde una óptica de derechos humanos; y
creo que en eso finalmente se centra la discusión de estrategias. Por ello,
quisiera dar cuenta de algunos aspectos que me parece deben estar presentes en
una definición de eficacia desde una perspectiva de derechos humanos.
Primero, la
capacidad de una crítica radical de lo realmente existente, combinada con la
capacidad de contribuir a acciones que ofrezcan a la gente común y concreta
soluciones a sus problemas inmediatos. Si no logramos vincular ambas cosas, la
crítica radical del orden realmente existente pierde para la gente mucho de su
sentido. Segundo, ir a veces incluso en contra de los sentidos comunes y de los
miedos, pero sin perder a la gente en el camino. Y, por último, en la capacidad
de combinar modalidades de intervención que pasen por lo privado, lo local, lo
nacional y lo internacional.
Quiero terminar señalando que la
idea de un movimiento de derechos humanos, que reivindico y del que me siento
parte, no puede esconder a la vez el hecho de que venimos de múltiples
organizaciones con muchísimas diferencias entre sí y que, por tanto, todos
estos temas nos aluden de manera diferenciada y de acuerdo con nuestras propias
experiencias y definiciones.