Medio ambiente y medias verdades
Corinne Schmidt
Integrante de la Sociedad Peruana de Derecho
Ambiental, Corinne Schmidt saluda "la voluntad" del ministro Hokama
por abordar algunos temas, pero, al mismo tiempo, se pregunta si el ministro
nos estará "tomando el pelo" al hacer determinados anuncios.
Este
Gobierno suele despertar sentimientos encontrados en los ambientalistas.
Felicidad por los avances en la gestión ambiental, y amargura por el atraso del
Perú frente a los otros países de la región. El discurso del ministro de
Energía y Minas, ingeniero Daniel Hokama, al reciente Congreso de Minería y
Medio Ambiente en Lima, continuó esta línea contradictoria. Por un lado,
presentó un panorama alentador de la gestión ambiental de su sector. Pero, por
otro, nos informó que su optimismo se debe no al papel que el Estado ha asumido
para garantizar la conservación del medio ambiente, sino a la conversión de la
sociedad en un gran mercado de bienes ambientales donde "el supremo juez
es el consumidor".
Lo alentador
del discurso se centró en la promesa de que el sector va a cumplir con las
metas trazadas por el Ministerio de Energía y Minas en 1993:
• La
reducción en 90% de las emisiones atmosféricas de SO2 y
partículas al año 2005.
• La
reducción en 95% de las emisiones líquidas de metales pesados y suspendidos al
año 2000.
• La
restauración, dentro de 15 años, "del pasivo ambiental originado durante
varios siglos de intensa actividad minera".
Desde el
sector ambientalista saludamos la voluntad del ministro, aunque nos tenemos que
preguntar si nos está tomando el pelo. El
último punto es particularmente dudoso, si se considera que luego de 25
años de inversiones ambientales en el país más rico del mundo, el pasivo minero
ambiental en lugares como Butte, Montana, EUA (que por su tajo abierto en plena
ciudad podría ser la gemela de Cerro de Pasco) sigue siendo un hueso no sólo
duro sino casi imposible de roer.
Nuestro
escepticismo no puede sino crecer cuando consideramos el papel del Estado que
contempla el ministro para la gestión ambiental. No discrepamos cuando indica
que ya no se entiende la gestión ambiental del Estado "sólo en base a
regulación, control y sanción". Estas herramientas siguen siendo
indispensables, pero también se le otorga al Estado una función de promoción de
tecnologías limpias y de prevención de la contaminación. Pero preocupa cuando
el ministro agrega que en la nueva visión de la gestión ambiental, "el
supremo juez es el consumidor, evaluando la responsabilidad ambiental de las
empresas y de sus productos".
Es el tipo
de lugar común que ahora último suele pasar desapercibido. Pero es justamente
la suerte de media verdad que explica por qué la gestión ambiental en el Perú
anda a la deriva.
Tomemos
esta media verdad por partes. ¿Qué diría la ley al respecto?
Según el
Código de Medio Ambiente (promulgado por este régimen en 1990), "Es
obligación del Estado mantener la calidad de vida de las personas a un nivel
compatible con la dignidad humana. Le corresponde prevenir y controlar la
contaminación". Es decir, el supremo juez con la obligación de proteger al
medio ambiente no es ningún "consumidor" anómico, sino el propio
Estado.
Pero, ¿no
es cierto que el movimiento ambientalista ha convertido al consumidor verde en
una fuerza de defensa del medio ambiente? En algunos casos, sí. Pero en ningún
país del mundo han sido los consumidores la fuerza principal en la
conservación. En todo país, los
movimientos ambientalistas han tenido que ejercer su influencia sobre el Estado
para que éste asuma su papel de protector del bien común que es el medio
ambiente.
Es así por
varias razones. Por un lado, existe lo que la ciencia política llama el
problema de la acción colectiva. Es decir, es muy difícil que todos los
miembros de la humanidad se pongan de acuerdo en sólo comprar productos
ambientalmente responsables. Siempre habrá los free riders: los vivos, los flojos o los tacaños que deciden
dejar a otros el esfuerzo de comprar productos verdes.
Por otro
lado, existe el problema de la información. Supongamos que soy una consumidora
recontra verde. Reciclo mis desechos domésticos, manejo un carro que consume un
mínimo de combustible y, eso sí, de gasolina sin plomo. Supongamos que voy a
tender una línea telefónica a mi casa, usando alambre de cobre. ¿Cómo voy a saber
que las empresas que extrajeron, refinaron, fundieron y procesaron ese cobre lo
hicieron de manera ambientalmente sana? Es imposible que lo sepa, a menos que
tenga la seguridad de que los gobiernos de los países donde se realizaron
dichas actividades tienen una adecuada gestión ambiental.
Lo dicho
por el ministro Hokama no pasaría de ser anecdótico si no reflejara un problema
de fondo en la gestión ambiental del país. Entre los más altos funcionarios del
régimen actual, parece subsistir la idea de que garantizar la conservación del
medio ambiente no es, realmente, tarea del Estado. Que se le puede delegar al
mercado. Por los vaivenes de la política ambiental en los sectores, por la
reciente decisión del Ejecutivo de observar dos veces una importantísima Ley de
Sistema de Evaluación del Impacto Ambiental, y por el futuro incierto de lo que
se suponía era la autoridad ambiental del país –el Consejo Nacional del
Ambiente (CONAM)–, queda claro que a este Gobierno le falta voluntad política
frente a sus responsabilidades ambientales.
El neoliberalismo nos asegura que
el mercado soluciona todo. Ojalá pudiéramos confiar en el supremo juez
consumidor. Pero como el prócer del pensamiento liberal, Adam Smith, nos enseñó
hace más de 200 años, uno de los grandes deberes del Estado es "proteger,
en la medida de lo posible, a todo miembro de la sociedad de la injusticia o la
opresión de todo otro miembro de ella". Hoy en día, la injusticia
ambiental está a la vista cuando una empresa perjudica la salud y el medio
ambiente de sus vecinos. Esto, como el mismo Adam Smith lo reconoció, no lo
resuelve ni el mercado ni los consumidores ficticios. Lo resuelve –lo tiene que
resolver– el Estado.