Para gozar la democracia
a plenitud

Luis Jaime Cisneros

El quinto aniversario de Transparencia nos ha permitido dos cosas: celebrar el hecho (que perdure una institución como Transparencia) y conocer y publicar algunas de las actuales inquietudes de Luis Jaime.

 

En una sala del Colegio de Abogados fundamos, cinco años atrás, esta institución. Hoy, para celebrar estos años de vigencia, confirmamos sus objetivos pedagógicos en una casa de estudios universitarios. La ceremonia de hoy reclama cautela en las palabras y exige una precisa conciencia de la responsabilidad asumida y de todo aquello con que conscientemente estamos comprometidos.

Transparencia no es una cúpula de dirigentes sino un vasto concierto de voluntades. Somos parcos en las declaraciones políticas y ajenos a la solicitud atrayente de las fotografías. Vivimos la convicción de haber optado por una tarea singular y sabemos que nuestra esencial preocupación exige meditación honda.

Sabemos que los asuntos cívicos no son para entusiasmos vocingleros ni para audacias de la imaginación y del léxico. La labor realizada en estos cinco años nos ha permitido comprobar lo radicalmente unidos que se hallan en la conciencia juvenil estos dos términos: democracia y juventud. Esa unidad sustancial no es fruto de ninguna actividad proselitista de tinte partidario ni obedece, felizmente, a propaganda ideológica de ninguna estirpe. Por eso resulta ejemplarizadora.

Quienes fundamos Transparencia estamos vinculados por preocupaciones académicas y nos sentimos, por tanto, convocados al diálogo y la acción pedagógica; por eso convocamos desde la hora inicial a profesores y estudiantes para que fuesen el brazo armado de nuestro quehacer.

Nuestro quehacer era, y sigue siendo, urgente y sencillo. Es sencillo porque sólo se reclama de voluntad firme y de fe en el porvenir. Y es urgente porque no podemos consentir, en esta hora finisecular, que la estabilidad del país sea sinónimo de gobierno autoritario y de ciudadanía amedrentada o contenida. Sin libertad de conciencia, sin libertad de opinión, sin clara independencia para crear, imaginar e investigar los distintos aspectos de la vida del hombre y de la comunidad, la democracia resultará siempre una triste palabra desprovista de contenido. Nada más denigrante para un pueblo que callar por temor a la censura o al castigo.

Durante muchos años hemos cultivado en el país la costumbre de hablar a media voz, de disimular nuestras creencias, de donde la democracia no ha sido sino una pasajera ilusión a la que aludíamos cada 28 de julio. La historia nos ha abierto los ojos y nos ha demostrado que la democracia es una concreta y viva y dura realidad, pero que exige (para ser gozada en plenitud) esfuerzo constante, desinteresado e inteligente, de toda la ciudadanía.

La lección del terrorismo nos ha servido para reflexionar. Muchos son los jóvenes que han muerto, de uno y otro lado, en estas largas horas de sombra. Estos cinco años han sido para nosotros ilustrativos de nuestro deber y nuestra consigna. Los jóvenes constituyen la gran reserva moral del país. Y los convocamos porque siempre serán, a la hora de las grandes decisiones, los llamados a filas para defender a la república. La vida cívica no es asunto, por lo tanto, que pueda serles ajeno.

Por eso la tarea primera que Transparencia se propuso fue organizar una intensa campaña de educación cívica. Porque la democracia de que hablamos, la democracia que defendemos y propiciamos como sistema adecuado de vida para la república, no es una mera palabra sin sentido y ni siquiera se circunscribe al estrecho marco que pueda depararle el diccionario. Es un modo de concebir y vivir la vida de los peruanos y una manera efectiva de insertarnos en la historia. No se trata, pues, de una frase memorizable y lista para el olvido. Es una concepción de la vida que compromete nuestras energías, nuestros sentimientos, nuestra formación intelectual, nuestras certidumbres éticas, y alcanza a nuestra familia y a la sociedad entera de que formamos parte.

Por eso Transparencia dice y repite que su preocupación esencial es de índole pedagógica, y por eso cumple una función política, en el sentido que los griegos aseguraron a la palabra. Se trata de estudiar lo que une a los hombres en sociedad y analizar los compromisos que esa vida comunitaria crea en relación con el porvenir. Todo cuanto dicen los manuales al respecto es verdad, pero mira a las consecuencias y no a las esencias. A nosotros nos interesan las esencias. Hay que aprender a vivir las esencias, y para ello hay que aprender a conocerlas, a saborearlas y valorarlas.

Decir que es un problema pedagógico obliga a algunas precisiones. Es verdad que la escuela imparte cursos de Edu­cación Cívica. Pero solamente nos ofrece instrucción; y en esta distinción es necesario detenernos. Instruir no es educar. Se instruye para obtener comportamientos uniformes: aprendemos de memoria definiciones y nos ejercitamos en actividades y comportamientos automáticos que no necesitan ser sometidos a juicio ni pueden ser objeto de crítica. La instrucción busca la uniformidad en las respuestas, y las quiere siempre homogéneas. Educar es un concepto más rico y bien distinto: busca la singular actitud, despierta y orienta la capacidad para el análisis y estimula la reflexión personal, descubre el mundo de la voluntad y ofrece caminos para adquirir la verdad por propia cuenta. La educación busca que aprendamos a descubrir nuestros particulares resortes, esos que puedan revelarnos como personas responsables, conscientes de lo que hacemos y pensamos, con independencia de criterio para opinar y discrepar. Es decir, la educación busca que nos realicemos como personas. Pues bien: sin educación no hay democracia, porque solamente con la educación la expresión del voto en las urnas reflejará fielmente el pensamiento y la voluntad del ciudadano.

El artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que "la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público" y aclara seguidamente que esa voluntad se expresará "mediante elecciones auténticas, que habrán de celebrarse periódicamente por sufragio universal e igual, y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto".

Voto secreto y libertad de voto. Garantizar el voto no significa que nadie debe ingresar en el cuarto oscuro en el instante de la votación, ni que nadie puede obligarnos a votar por una persona determinada, ni que necesitamos que el acto esté respaldado por los fusiles de la fuerza armada. Todo eso es ciertamente importante, pero creer que a eso se reduce la libertad de voto es muestra ingenua de nuestra carencia de educación cívica. Lo importante es conocer qué significa el voto y saber por qué el ciudadano debe estar preparado para asumir las distintas funciones que le alcanzan como tal: elegir, integrar mesas escrutadoras, ser elegido, vigilar que se respete el voto consagrado en las urnas y vigilar, más tarde, que los elegidos cumplan con el programa por el cual hemos votado.

Todo eso ha sido descuidado en la enseñanza escolar, y ese descuido contribuye a enervar la voluntad popular y termina desfavoreciendo la vida democrática y respalda el ausentismo. Si el ciudadano no cree en el valor de su voto, no será auténtica la expresión de "su" voluntad, porque lo que quedará consignado será solamente un testimonio de su desapego y su desinterés. Si no estamos convencidos de que la suma de los votos libres expresa realmente la voluntad de las conciencias libres de toda la comunidad, no hay libre expresión de la voluntad popular. Esa conciencia no solamente se apaga o se controla visiblemente por la presencia de fuerzas extrañas. Si se consiente que la ciudadanía no esté suficientemente informada de todo lo relativo al proceso electoral, se está coartando la libertad. No interesa instruir al ciudadano sobre el acto de la votación; debe saber cómo está vinculado (y cómo es responsable) con el proceso que culmina en el voto.

Para esta tarea hemos contado con los jóvenes. ¿Por qué los hemos convocado siempre? Porque constituyen mayoría evidente en el país. Porque el porvenir está en sus manos y porque, con seguridad (y tal vez con razón), están ahora ejerciendo su derecho de descreer de todos nosotros, tal como hemos nosotros descreído de quienes nos prometieron obtener lo que seguimos esperando: un país distinto y moderno. Porque la juventud debe ser alentada a preferir el coraje de sus convicciones, antes que las medias tintas del eufemismo en materia de opciones políticas. Los jóvenes saben hoy felizmente que los imperativos cívicos son más valiosos y urgentes que las exigencias del mercado.

Cuando Transparencia dice su empeño en defender la democracia aludimos a una comunidad histórica y cultural de individuos que comparten libertades, deberes, valores y derechos. La respuesta de los jóvenes en todas nuestras convocatorias para observar los procesos electorales pasados ha sido espontánea y numerosa, reconfortante y aleccionadora. Hemos podido siempre comprobar que tenemos mucho que aprender de los jóvenes; mucho en qué empeñarnos, mucho en qué rectificarnos. Les digo gracias por ello, pues sin esa presencia generosa nuestro esfuerzo habría sido una pasajera ilusión. Luego de estos años de trabajo, nadie tiene derecho a ser pesimista respecto de nuestro destino democrático. La juventud ha aprendido a madurar: no ha desaprovechado las duras lecciones de estos duros años de terror, la triste secuela de tanto testimonio de corrupción política en todas las esferas, ni ahora le resultan indiferentes las discusiones sobre explosión demográfica. Esto nos reconforta y nos rejuvenece y nos reanima en la tarea.

Las jornadas electorales nos han probado cuán dilatado es el horizonte. Más de diez mil jóvenes han consagrado nuestra presencia efectiva y han dado forma cabal a nuestro empeño. Nos han ofrecido un hermoso testimonio, una valiosa lección de porvenir. Cuanto más numerosos sean los muchachos que sirvan en las filas de la democracia, menos posibilidad habrá de que resurja el terror y no habrá posibilidad alguna de que los desplantes autoritarios de los hombres provisionales puedan crear fácil camino para la dictadura en el Perú. En las urnas siempre quedará derrotada la altanería y superado el terror. El voto es el arma de quienes usamos inteligencia y convicción para defender nuestra historia.

A esos jóvenes, que han sido nuestro apoyo más eficaz; al equipo técnico que nos ha permitido, con su acertada tarea, reconocer las caras y los caminos del Perú, les digo gratitud. Y al decirles gracias les convoco a perseverar en el esfuerzo para asegurar de esa manera nuestra fe en los destinos de la democracia en el Perú.

Lima, 19 de agosto de 1999
Auditorio de la Universidad del Pacífico.