historia de las ideas

IDEAS DE SENTIDO COMÚN

Entre historiadores, filósofos, antropólogos, juristas y, en general, en la mayoría de las disciplinas, no son pocos los que en algún momento se han sentido atraídos por "la historia de las ideas", por esa especialidad de: descubrir la gestación o aparición de una (impensable antes), el ocaso de otra (que se creía eterna), o la resurrección de alguna que se creía enterrada para siempre, o el surgimiento de una nueva versión de una pasada o la combinación de varias, y así mil posibilidades sobre las ideas que la gente tiene, consciente o inconscientemente, en algún momento.

Tal vez una modalidad moderna de esta especialidad son los "expertólogos-en-el-sentido común" (tan desarrollados, por ejemplo, en México) dedicados a identificar las ideas que hay y no hay detrás o delante de determinadas reacciones y actitudes.

Iniciamos el tema con la participación de dos destacados profesionales, a quienes hemos invitado a reflexionar sobre ideas o sentidos comunes de hoy, en términos generales, o desde una especialidad en particular (el derecho, la filosofía, la antropología, la medicina, la psicología, etcétera), o en un ambiente específico (entre los intelectuales, los empresarios, las mujeres, los hombres, etcétera).

 

"Quién, si no Fujimori", como representación social

Matilde Ureta de Caplansky*

 

Por los años 60, los psicólogos Roger May y Carl Rogers (tributarios de la escuela existencialista, psicología del yo, humanismo) postulaban que los neuróticos iban anunciando en los consultorios, a través de sus fantasías y discursos, lo que poco tiempo después se representaría en el "espacio público" como ideas, creencias, modas, tendencias de los grupos humanos.

Fue S. Moscovici, sociólogo psicoanalista, quien poco tiempo después teorizó solventemente sobre ese mismo tema: "Las representaciones sociales".

¿Qué es una representación social?

Es un conjunto de ideas que un grupo comparte a propósito de un fenómeno dado. Por ejemplo, el Alianza Lima es un grupo de grones, los de Universitario son gallinas y los de Sporting Cristal, pavos.

El grupo de rock "Leukemia" es lo máximo, y los "Nosequién" son maravillosos (dicho sea de paso, lo son...).

"Las mujeres son, ante todo, madres abnegadas y sacrificadas..." (lo son, pero no todas; ni sólo son eso...). Otros ejemplos serían las representaciones sobre el sida, la locura, la economía, las PC, el deporte, la música, etcétera.

Estas representaciones existen en todas partes y se constituyen a propósito de cualquier forma o fenómeno humano. Las personas se sirven de ellas para interpretar el mundo y su devenir.

Las representaciones tienen, entre otras características, las de ser relativamente estables en el tiempo y coherentes en su contenido. No se cambia de opinión todos los días. Por eso mismo, las representaciones pueden servir de "plantilla" para leer la realidad. Son sociales en un doble sentido: por una parte, están referidas a fenómenos sociales (política, arte, deporte); y, por otra, los temas nacen o se generan en la sociedad; asimismo, no son construcciones individuales sino grupales.

En este contexto, podría decirse que una representación vigente en estos días es que nadie puede gobernar nuestro país como el presidente Fujimori... para bien o para mal. Cuando tímidamente se plantea el tema de lo importante que es para la democracia el cambio, la gente contesta rápidamente: ¿pero quién si no él?

Esta situación se podría entender –eventualmente– recurriendo al tema de las representaciones. S. Moscovici (1961) planteó que éstas sirven, esencialmente, para interpretar el entorno social y enfrentar las situaciones nuevas que nos angustian. Frente a un universo como el de nuestro país, tan complejo, polimorfo, variado, cambiante, la representación juega un papel importante como "reductor de la incertidumbre".

Pero sabemos que quien no se atreve a explorar, con un riesgo calculado, tampoco podrá crecer ni crear.

Entonces, plantearnos nuevas posibilidades en todo orden de cosas es muy importante, porque la alternativa podría ser caer en "la depresión", aceptando las ‘representaciones sociales’ que se nos imponen y que, sabemos, son producto de la incertidumbre y el temor al cambio. Este temor puede paliar nuestras reales posibilidades de renovación y crecimiento, haciéndonos olvidar que ni uno ni otro son nocivos o destructivos individual o grupalmente.

Es importante recordar también que las representaciones colectivas no crean imágenes neutras sino que, más bien, cumplen una función evaluativa. Es decir, la representación propone un juicio, una apreciación, e implica una toma de posición. Les da a las imágenes, asimismo, un color emocional y les asegura un valor, positivo o negativo.

Desde este punto de vista, la importancia y trascendencia de las representaciones colectivas es innegable tanto para la historia como para las sociedades, ya sea en su calidad de productoras de aquéllas o en su condición de productos de éstas.

*          Presidenta de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis.

 

El sentido se ha hecho común

Guillermo Nugent*

 

El último cuarto de siglo ha sido probablemente el período más denso y acelerado de la historia republicana. Es una manera de decir que la memoria vivida ocupa cada vez más espacio como elemento integrador de la existencia de las personas. Hemos pasado de una descripción de la realidad en términos de legado histórico a la participación en la vida colectiva desde una experiencia biográfica fuertemente individualizada.

El país como hacienda apacible, con una memoria sobre las fabulosas riquezas del pasado lejano y las pequeñas miserias del pasado reciente, hace tiempo que dejó de ser sinónimo de los ideales de integración y armonía sociales. Consecuencias de esta perspectiva fueron las narrativas, aún presentes, que describen el mundo social en términos de la unidad perdida. Asombrosamente, esta perspectiva pasadista suele ser presentada como modelo de cultura crítica.

Es muy diferente decir que hay tal o cual problema de desigualdad o de inseguridad social en un tono de "¿ya ven?, ¡eso viene desde hace cuatrocientos años!", que señalar un problema social como un serio obstáculo para realizar un proyecto donde la igualdad y la seguridad ciudadanas sean una realidad. En el primer caso nos encontramos con la inevitable amargura de quien vive una condena. En el segundo, la creatividad es el recurso básico para descubrir que muchas cosas en la realidad no son tan inevitables como nos quieren hacer sentir. Las tradiciones en la cultura oficial, las diferencias de género y el ejercicio del poder son tres terrenos donde pueden apreciarse estos cambios.

En la cultura culta, aquella marcada por el prestigio de la escritura, es interesante observar el desplazamiento que ha habido de un historicismo más bien conservador a la novela moderna. Las meganarraciones sobre cómo ha sido el Perú en los últimos cien, doscientos, quinientos, diez mil años y nosotros ahí, todo chiquitos, asustados ante tanta gloria y tanta barbarie, simplemente no van más. Riva-Agüero y Basadre, los dos nombres más relevantes en esta vertiente, mantienen un cierto interés académico, pero como señales –que en su momento fueron– de la cultura pública, ya están en un merecido ocaso.

Son más influyentes, como referencias públicas, las obras de novelistas y cuentistas, porque presentan relatos que están articulados en torno a narraciones biográficas ordinarias. Le ofrecen al lector exactamente lo opues­to al historicismo: la posibilidad de encontrar narrativas alternativas, contingentes, para entender su propia existencia individual. Este modelo narrativo, por cierto, no se usa sólo en la ficción. La individualización de situaciones como la violación de los derechos humanos, un recurso muy frecuente en esta misma revista, es una aplicación de esta narración individualizada.

El otro terreno donde se pueden apreciar cambios es en la cultura de masas. La feminización de la TV es el proceso más notable. Especialmente en los años 90, aunque el momento decisivo fue la introducción de la TV a color a inicios de la década anterior. Todos los personajes llamados clásicos de la televisión –Kiko Ledgard, Pablo de Madalengoitia, Pepe Ludmir, Humberto Martinez Morosini– no sólo son hombres; además, corresponden al período del blanco y negro. En la actualidad, los debates sobre los efectos perniciosos o saludables de la televisión tienen como interlocutores, de una u otra forma, a mujeres. También, probablemente, es parte de la misma tendencia la importancia que adquieren los personajes travestis en este mismo medio. Si tenemos en cuenta que las dos instituciones que definen usualmente el orden social en el país, las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica, son instituciones excluyentemente masculinas, el proceso de la feminización de la TV, una forma de la palabra pública, en absoluto es algo marginal y ha contribuido a dar un nuevo sentido a las diferencias sociales de género en el país. La televisión, aun más que las universidades, ha servido para que las relaciones de género sean menos jerarquizadas.

Un último aspecto es el cambio en las formas sociales de la seriedad: el paso del ritual a la responsabilidad. El ejercicio de la autoridad pública de manera progresiva, quizá con una lentitud innecesaria, es cada vez menos marcado por el afán del ritual y su inherente demanda de obediencia. Entre otras cosas, porque ahora la manera de cuestionar el ejercicio de la autoridad se refiere a circunstancias puntuales, documentables. El acto de pedir cuentas a quien ocupa un puesto de mando es algo que no por incómodo resulta también natural. La evaluación –auditoría– de los hechos cuenta más que el ceremonial. Quizá ésta sea la mejor consecuencia del dinamismo de los gobiernos locales en los últimos años. Tal vez los rituales todavía tengan un peso notorio en la vida pública, pero aún más significativo es el terreno ganado por la responsabilidad. Todavía es importante parecer, pero la gente es cada vez más atenta al hacer.

Estos tres cambios –la individualización de las experiencias, la feminización de la TV y la ampliación de la responsabilidad pública– han permitido crear espacios de encuentro más amplios en nuestra sociedad, haciendo que por primera vez el sentido pueda ser algo efectivamente común entre nosotros.

*          Licenciado en Historia y Maestría en Sociología. Profesor  en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), carrera de Periodismo, y en la Unidad de Post-Grado (Sociología Política) de la U. de San Marcos.