Crónica de un encuentro Entre mujeres solas

Rocío Silva Santisteban

En estilo de crónica, la autora describe y comenta lo sucedido y dicho en el encuentro de escritoras mujeres recientemente realizado en el Perú.

 

¿Qué inquietud producimos las mujeres cuando nos reunimos para hablar entre nosotras? Algo sucede que perturba al resto, algo incomoda, algo fastidia. No creo que se trate de envidia, pero tampoco de curiosidad. Es un resquemor: como si se tratara de una voz que produce un eco al cual no se está acostumbrado.

Será por eso que el Encuentro de Narradoras Latinoamericanas estuvo precedido de artículos periodísticos que intentaron descalificarlo de arranque: desde la anónima columna de “El Dominical” titulada “¿Un Club Literario?”, hasta un titular de Expreso, sin pizca de gracia y con harta misoginia, que repetía el triste tópico “No son machos, pero son muchas”. Jo, jo. Los muchachos del Club de Tobi (que sí son varios) o del Equipo de Fútbol de la Literatura Peruana embistieron contra un fantasma que aún no tenía forma: una manera de reconocerles poder. “¡Ta qué buenaaaa, tío!”, como diría Machín de Pataclaun.

Envuelto en ese halo extraño, salpicado de mentiras y verdades, de expectativas en relación con las invitadas y secretos jamás revelados que no tenían necesidad de serlo, comenzó en el peor lugar de Lima el famoso encuentro. El Museo de la Nación, esa mole de arquitectura velasquista con la que ya no sabemos qué hacer, elefantiásico y desmedido, lleno de laberintos internos y sucio por todas partes (sobre todo por los baños), brindó su deleznable albergue.

Ahí nos encontramos en la mañana fría de ese miércoles invernal. El “gran auditorio”, ralo de público, fue el escenario de la inauguración: de todos los que tomaron la palabra, sólo Carmen Ollé y Guillermo Vera sabían exactamente de qué se trataba el asunto; Luis Repetto no dejó de nombrar a todas las escritoras peruanas que recordaba, y el ministro de Educación, ignorante del tema, se dedicó a ser simpático. Aún me pregunto si lo logró.

Las escritoras

A pesar de la logística organizacional y de la falta de claridad académica en los propósitos de los organizadores, no hay que restar el mérito que tiene haber reunido a un grupo interesante de escritoras e incluso a las dos exponentes más polarizadas de la literatura latinoamericana: Laura Esquivel y Diamela Eltit.

Laura Esquivel es archiconocida y se presentó como una verdadera megaestrella: afable con la prensa y con los fans (algunos de último minuto), no tuvo tiempo para asistir a una sola de las reuniones aparte de las que ella protagonizaba (“ay, corazón, tengo que contestar muchas entrevistas”, se excusó). Su discurso pecó de simplista, y tampoco tenía por qué ser sumamente elaborado; sus novelas de alguna manera reflejan su filosofía de la vida: dime qué y con quién comes, y te diré quién eres.

La escritora chilena Diamela Eltit, en cambio, es poco conocida en el Perú, apenas por una elite de lectores curiosos y críticos literarios, aunque su obra ha despertado mayor atención después de que Julio Ortega considerara El cuarto mundo como una de las mejores novelas del siglo en América Latina. No se trata precisamente de una autora fácil, pues sus novelas son escarpadas: una invitación a saltar al vacío en picada libre. En sus presentaciones fue soberbia y espléndida al mismo tiempo, como alguien que se ha entregado con demasiada entereza a la labor de la escritura.

Al margen de estas dos autoras que conjugaron el tono de la reunión, también estuvieron presentes Cristina Fernández Cubas, una de las pocas escritoras de literatura fantástica; tres de las mejores exponentes de la crítica literaria feminista: Susana Reisz, Raquel Olea y Eliana Ortega; la excelente Margo Glantz, que dejó encantados a los más exigentes con sus ensayos sobre Sor Juana; la mexicana Carmen Boullosa y la juvenil Lucía Etxebarría; las ecuatorianas Liliana Miraglia y Natasha Salguero; Lea Fletcher, la directora de la revista argentina Feminaria; Gladys Ilarregui, de la Fundación Cultural Iberoamericana, y muchas más. Por el Perú, jugando de locales, estuvimos presentes Mariela Sala, Pilar Dughi, Carmen Ollé y quien se hace responsable de estas líneas y de las verdades y mentiras que contengan.

Por supuesto, no faltaron los detalles deplorables entre las mismas participantes: los discursos de una investigadora argentina que sólo provocaba la risa y la compasión por sus peroratas salpicadas de citas de Heidegger y Shopenhauer que no venían al caso, y la extraña ausencia de numerosos presentadores, todos varones, que finalmente nunca cumplieron su labor (con las honrosas excepciones de Ricardo González Vigil y Santiago López Maguiña).

También se ubicaron en el público autoras que bien pudieron estar en mesas, como Ana María Portugal, Francesca Denegri, Giovanna Pollarolo o Doris Moromisato. Ellas y las otras participantes, alumnas universitarias o incluso escolares, lectoras cultivadas y docentes miembros del Magisterio, no pasaron desapercibidas escudadas detrás de preguntas formales y tímidas. Todo lo contrario: en esta reunión, casi como en ninguna otra a la que he asistido en mi vida, el público tuvo una fuerza sorprendente, en tanto sus inquietudes marcaron las pautas para todas las polémicas. Y hubo muchas.  

Los agentes, el mercado y la autora

En estos tiempos neoliberales, parece que a la mayoría de escritores lo que les interesa es vender. En España, por ejemplo, los comentadores de libros de la revista Qué leer siempre acotan que tal o cual escritor “hace como dos años que no publica nada”, “después de tres años de haber desaparecido por completo del panorama literario”, “se está haciendo esperar demasiado con esa novela que ya le lleva un año y medio” y otras chapuzas por el estilo. Al movimiento que genera esta expectativa se le llama “velocidad de rotación del producto en punto fijo”, según nos lo expuso Guillermo Schavelzon, agente literario. En otras palabras: el mercado editorial está tan saturado de literatura mediocre que es imprescindible procurarle carne fresca cada vez que se pueda.

“Para lidiar con los editores, hoy sociedades anónimas y ya no los hombres cultivados de antaño, es necesario alguien que vele por los derechos del escritor: el agente literario. A mí me asombra que aquí en el Perú exista tanta piratería y ningún escritor defienda sus derechos...”, fue lo que comentó para cerrar su ponencia Schavelzon. Un muchacho del público le preguntó: “¿y no será que a los escritores no les interesa vender, sino que los lean?”. Touché.

El muchacho sin duda sintonizó con una sensación que estuvo flotando en el ambiente desde un primer momento. Precisamente desde la ponencia de Diamela Eltit, que terminó con una reflexión similar: “hay escritoras cuyo deseo no es el mercado, ¿en dónde está ese deseo? Es errático, loco. Hay que repensar las instituciones literarias y lo femenino desde esta posición, porque es necesario preguntarnos en qué imaginario nosotras mismas nos hacemos funcionar a nosotras mismas...”.

El último día se encendió aún más la llamarada cuando se realizó la mesa redonda entre Raquel Olea y Guillermo Schavelzon. No todas las escritoras escriben para vender: como decía Diamela Eltit, “cada libro tiene el lector que le corresponde”. Tal vez no el que se merezca. En todo caso, la escritura puede ser planteada con todo derecho como la exploración de los intersticios, la búsqueda de comunicación más allá de las ganancias, la espada que corta la yugular del editor angurriento. La marginalidad ex profeso no es sólo potestad de músicos subterráneos: es una opción legítima, presente y usada. Una contracorriente frente a la profesionalización del escritor, que permite construir, desde adentro y con fuerza, una escritura refractaria a las exigencias del mercado, cada vez más corruptas y banales.

La escritora como espectáculo

Parada en la puerta del auditorio, Laura Esquivel tenía un aspecto cansado y lánguido; su mente parecía estar muy lejos; miraba al público sin mirarlo, buscaba entre los rostros desconocidos la cara de alguien, se frotaba las manos continuamente como un conejito antes de ser atacado por un zorro. Toda ella era una imagen perfecta de la indefensión. Y daba como pena verla ahí: agotada de tanta fama. 

En cambio, Lucía Etxebarría estaba en otro mundo: con ella no era. Se pasó casi todo el encuentro sentada en las escaleras del mastodonte, acompañada de algunos chicos y chicas, luego de haber descartado su búsqueda del “millonario latinoamericano” que no pescó en el Club Regatas, adonde nos invitaron el primer día. Aburrida, desencantada, hastiada, no le interesó el debate sobre género, ni sobre escritura. La escritora que sacude a los paparazzis culturales españoles (es que salió desnuda y se declaró a sí misma como “escritora objeto”), acá no tenía mayor cobertura y estaba pasando desapercibida.

Hasta que le tocó hablar, y pudimos darnos cuenta de que sí le interesaban las polémicas. Se presentó en el estrado con el famoso y comentado afiche de Natalia Iguiñiz (“la perra”) para explicar, aunque de una forma confusa, que ésa es una buena manera de llamar la atención sobre el machismo y el sexismo. “Porque no se necesita estar más que cuatro días para darse cuenta de que este es un país racista, sexista y machista”, comentó. A lo que la escritora mexicana Margo Glantz le respondió: “no ofendas a los peruanos creyendo que en cuatro días puedes conocer y dar cuenta de un país tan complejo... Tú nos estás hablando de ti misma todo el tiempo, de tus orgasmos y tus tetas, y ya estamos hartos de ese culto a tu propia personalidad. Perdó-nenme, pero es que yo siempre caigo en las provocaciones”. Y comenzó el bolondrón.

El famoso afiche de Natalia desató una vez más alboroto y fue una excusa para entrar en otros terrenos. La cuestión de “el fin que justifica los medios” y “los textos que entendidos fuera de contexto refuerzan estereotipos” se presentó como la espiral final para poner sobre el tapete las diferencias entre las propias propuestas de escritura de todas quienes estábamos ahí. Carmen Ollé, Pilar Dughi, Raquel Olea, la infaltable Doris Moromisato y varias otras participaron del arduo debate. Por último, Etxebarría pretendía defender el uso de cualquier medio para llamar la atención sobre un problema, pero al mismo tiempo no reconocía que la opción de la escritura sea también una forma de hacer política. “Para eso soy miembro de Amnesty International”, acotó.

Estoy de acuerdo con la propuesta del “arte revulsivo”, es decir, esa forma de curar lesiones sociales provocando inflamaciones simbólicas (la estrategia de Natalia Iguiñiz y su afiche), y en ese sentido sí coincido con Lucía Etxebarría. Pero discrepo al señalar la “inocencia política” de su escritura. Debemos tener en cuenta que escribir (novelas, ensayos, cuentos, periodismo o poesía) es una forma de ejercer el poder de la palabra y, por lo tanto, de actuar políticamente. Claro, las formas del activismo político son otras, y lo más importante de un texto artístico no es necesariamente el contenido, tampoco la forma, sino ambas sumando un precario equilibrio simbólico. Pero el solo hecho de construir un discurso (textual o corporal, como lo ha hecho la propia escritora española) es ejercer un poder.

Hoy más que nunca las autoras se sienten presionadas para ejercer ciertas performances sociales y así conseguir sus objetivos literarios; el mercado exige un registro trivial del escritor/a, quien la mayoría de las veces se deja seducir por los espejos para armar un espectáculo alrededor de su figura. La máscara es el reverso de la ausencia de solidez: Laura Esquivel asediada por todo tipo de entrevistadores sin oportunidad para decir “no más”. O la indiferencia de la prensa ante escritoras de la talla de Margo Glantz. Al respecto, Diamela Eltit trajo a colación, en su ponencia, la fuerte presencia literaria que tienen en Chile dos escritoras que marcaron época con sus novelas: María Carolina Gil y María Luisa Bombal. La tonalidad de sus performances sociales estuvo marcada siempre por su obra y no por su alucinante vida llena de episodios marqueteables (Bombal le disparó ocho tiros a su amante, Gil terminó en la cárcel por un crimen pasional). 

En general, muchos temas flotaron en el ambiente desde el primer momento, pero sólo en los dos últimos días se pudo comprobar cómo levantaban polvareda: el  mercado y la homogeneización, el encasillamiento de las escritoras, la mal llamada literatura femenina, la horadación del canon literario, la victimización de las escritoras como mitología moderna (las suicidas como Woolf, Pizarnik, Storni), los nuevos discursos plurales, lo femenino marginal y subalterno, la admiración y el hartazgo por esa nueva Sherezade que es el boom femenino hispánico.

De un encuentro uno no sale escribiendo ni mejor ni peor: las reuniones de escritores no sirven para pulir un estilo. Pero es indudable que encontrar un espacio donde conjugar voces múltiples, escuchar a las otras y recoger anécdotas, establecer amistades y afinidades, o declaraciones en pugna y odios inconfesables, fortalece no a los cuatro gatos que asistimos, sino que contribuye a la maduración de una propuesta diferente: eso que desde hace algún tiempo perturba a más de uno y se ha llamado “lo que escriben las mujeres”.