Espinar, rondas en las alturas

Uno de los temas en debate en materia de seguridad ciudadana es el papel que las rondas campesinas y urbanas cumplen en la provisión de dicho servicio y qué debería hacerse para fortalecer su intervención en el marco del respeto a la ley.     El caso de la provincia de Espinar, Cusco, nos proporciona elementos de juicio sobre el asunto.

 

El 5 de setiembre de 1996, un grupo de pobladores de los barrios de Yauri, capital de la provincia de Espinar, capturaron a un par de delincuentes que integraban una banda que asolaba la ciudad. Cansados de su abusos y de la incapacidad de las autoridades para frenarlos, los pobladores decidieron resolver el problema expeditivamente. Los golpearon y finalmente los arrastraron hasta el río, donde los quemaron vivos.

Una de las consecuencias directas de los hechos fue que cuatro dirigentes de los pobladores fueron detenidos y luego condenados a una pena de siete años de prisión.

Tal fue, probablemente, uno de los momentos más álgidos que vivió la provincia de Espinar en materia de seguridad ciudadana en los últimos años. Se mostró en toda su crudeza cómo ante la reiterada incapacidad del Estado para hacer frente a la inseguridad ocasionada por la delincuencia, la colectividad tomaba justicia por su propias manos, desbordando el marco de la ley y el respeto de derechos fundamentales.

No se han vuelto a presentar hechos similares, pero el problema de la inseguridad continúa, aunque en niveles inferiores a los de antes. El papel de las rondas urbanas y campesinas ha sido importante para esta disminución. El Municipio Provincial de Espinar quiere aprovechar precisamente de esa experiencia para hacer frente a lo que queda de la delincuencia y desarrollar un plan de seguridad ciudadana eficaz y respetuoso de la ley y los derechos fundamentales.

Espinar, primus interpares

Espinar es una de las cuatro provincias altas del Cusco. Ubicada en la meseta altiplánica, Yauri, su capital, se encuentra sobre los 4000 msnm. La agricultura es pobre, y representa apenas 0,7% de la producción regional. En cambio, la ganadería es una de las más prósperas de la región y la minería una de las mayores del sur andino. Allí se encuentran minas como Tintaya y Atalaya. Además, su posición estratégica, a medio camino entre Cusco y Arequipa, le permite una intensa actividad comercial. Para los estándares de la región, Espinar no es una zona especialmente pobre.

Yauri es una de las ciudades intermedias más importantes de la región. Su condición de polo económico ha atraído la presencia de mucha gente de otras partes del sur peruano. Sus polvorientas calles son recorridas por mineros, agricultores, comerciantes, ganaderos, obreros y empleados de la zona y de otras partes del país, lo que le da a la ciudad un aire de particular cosmopolitismo.

Pero el progreso tiene sus bemoles. Junto con la mina, el comercio y el arribo de gente de fuera, llegó también la delincuencia. "En Espinar hay algo de dinero por lo del ganado y la mina; pero donde hay plata hay delincuencia", nos dice Crecencio Merma, el viejo y comprometido dirigente campesino de la Federación Unificada de Campesinos de Espinar (FUCAE) y actualmente regidor encargado del Programa de Seguridad Ciudadana del Municipio Provincial de Espinar.

Yauri llegó a ser considerada como una de las ciudades más inseguras de la región, donde los robos, asaltos, violaciones sexuales y hasta crímenes asociados con tales delitos eran muy frecuentes. No se trataba sólo de la presencia de una delincuencia de baja monta, sino –a decir de los pobladores– también de bandas bien organizadas y con contactos con las autoridades. Estaban en la ciudad, pero su mayor actividad se desarrollaba en el campo, donde el robo de ganado representaba para ellos ingresos considerables.

La gente en Espinar estaba convencida de la supuesta colusión entre ciertas autoridades y las bandas de delincuentes, que les habría permitido a estas últimas operar impunemente. Tal convencimiento subsiste hasta hoy, e incluso en algunas instituciones se sospecha que esto sigue siendo así. Un documento del municipio provincial dice: "Hasta las autoridades pareciera que se han acostumbrado a convivir con conocidas bandas delincuenciales, llegando a veces a entablar relaciones de amistad, vínculos económicos, lindando con la corrupción, con las autoridades y algunos abogados".

Cierto o no el asunto, el hecho concreto es que los pobladores del campo y la ciudad tuvieron que organizarse en rondas para hacer frente a la delincuencia, que había crecido en la provincia por pasividad, ineficiencia o corrupción de las autoridades. Lo común fue que en el campo y la ciudad las rondas lograron reducir notablemente los índices de delincuencia; sin embargo, fueron experiencias con diferente origen y recorrido.

Rondas urbanas y campesinas

En la ciudad, la formación de las rondas data de finales de los 80 y principios de los 90. Los pobladores organizaron comités por barrios y manzanas para cuidar su zona. En el centro de la ciudad, el sindicato de comerciantes de Yauri hizo lo mismo. No hubo barrio en el que no se formara una ronda. De uno u otro modo, todos los pobladores participaban del asunto. La organización confluyó en una central de rondas urbanas cuya dirigencia era elegida democráticamente.

Recurrieron varias veces a métodos draconianos y sumarios como los narrados a principios de este artículo, pero fue sobre todo su masificación lo que finalmente logró controlar el avance de la delincuencia.

Su labor ha consistido fundamentalmente en hacer vigilancia nocturna y proteger la propiedad y seguridad de la gente. No se han metido para nada con los temas de resolución de conflictos o administración de justicia en el ámbito local.

En el campo la situación ha sido diferente. El problema de la seguridad y la organización de la población ha tenido más componentes tradicionales. Al igual que en otras partes del país, a la caída del gamonalismo el abigeato cobró una fuerza inusitada. Eran bandas muy bien organizadas que muy rápidamente arrasaban con la ganadería de una comunidad. "Eran organizaciones sólidas, muy disciplinadas y hasta eran motivo de orgullo y estatus social. Quien pertenecía a una de estas bandas era admirado", recuerda Crecencio.

En efecto, en esta parte del país se llegó a desarrollar una suerte de "cultura del abigeato". La música exaltaba la vida azarosa y aventurera del abigeo como símbolo de la fuerza y valentía que se requería para dominar estas difíciles tierras. Lo abigeo formaba parte de la identidad regional, y los pobladores se sentían orgullosos de ello.

Sin embargo, el abigeato castigaba a los campesinos, sobre todo a los más pobres. "Era un factor de retracción de la producción", dice un texto de la municipalidad. Por temor a perder sus bienes, los campesinos dejaban de producir y criar ganado. Este factor de empobrecimiento obligó a los campesinos a organizar formas de autodefensa inspiradas en su repertorio cultural. Crecencio recuerda, por ejemplo, a los "ararihuas", especie de centinelas que daban aviso a la comunidad cuando el peligro se hacía presente.

Tales formas fueron insuficientes frente a la magnitud del problema, y desde 1984 los campesinos, encabezados por la FUCAE, buscaron replicar la exitosa experiencia de las rondas campesinas del norte. Enviaron delegados a Piura y Cajamarca para estudiar el asunto. Hacia 1987 habían logrado lanzar exitosamente la organización de rondas campesinas en Espinar.

Lidiando contra el permanente hostigamiento de las autoridades policiales y judiciales, que llegaron incluso a acusarlas de ser bases de la subversión, las rondas campesinas lograron quebrar el espinazo al abigeato y reducir su magnitud.

Ello ha legitimado la experiencia de las rondas campesinas. Una encuesta aplicada a 50 dirigentes de rondas campesinas de Espinar indica derroteros en ese sentido. El 61% señala que tales organizaciones proporcionan seguridad (gráfico 1). La percepción de que la ronda es un factor de seguridad es mayoritaria.

Pero tal legitimidad derivaría también de la percepción de que las rondas campesinas no sólo protegen a la comunidad de amenazas externas, sino también sirven para poner orden en las propias comunidades. En el gráfico 2 se muestra cómo junto a las funciones de vigilancia nocturna (20%), enfrentamiento a la delincuencia (19%) y cuidado de bienes comunales y privados (18%), asociadas más con agentes externos, se encuentran funciones como cuidado del orden y la paz comunal (19%) y protección de mujeres y niños (17%), vinculadas más bien a factores internos.

Esto está claramente asociado al hecho de que las rondas campesinas entraron también a mediar en problemas de tierras, violencia familiar y otros similares (gráfico 3). En la práctica se convirtieron también en mecanismos de administración de justicia local y resolución de conflictos. En el gráfico 4 se muestra que cuando la gente necesita "justicia legal" acude primero a la ronda campesina.

Ronda de problemas

Pero no todo son rosas en el camino de las rondas urbanas y campesinas. Ellas están enfrentando en la actualidad un conjunto de problemas que conspiran contra su consolidación como alternativa de seguridad ciudadana.

En primer lugar se encuentra el problema del fortalecimiento de la organización. Paradójicamente, los avances significativos contra la delincuencia habidos en el campo y la ciudad han traído como efecto colateral un cierto debilitamiento de la organización. En la actualidad las rondas urbanas funcionan activamente en 10 de los 32 barrios existentes en Yauri; en los restantes la actividad no es tan intensa. Mientras tanto, en el campo las rondas funcionan activamente en 20 de las 67 comunidades de Espinar. Otras están agrupadas en la llamada "Organización Multicomunal de Rondas Campesinas", una en el sector Queropuente, que aglutina a 14 comunidades, y otra en el sector Machupuente, que reúne a 11 comunidades.

Pobladores urbanos y campesinos ronderos consideran que su organización debe fortalecerse, porque no tienen otro medio eficaz para hacer frente a la delincuencia.

En segundo lugar se encuentra el problema de los abusos de las rondas, particularmente de las rondas urbanas, contra presuntos delincuentes. Hace poco fueron denunciadas por tortura y violación sexual contra una mujer acusada de abigeato. El caso está en plena investigación, pero las evidencias apuntan a mostrar la verosimilitud de la versión de la mujer.

Salir de ese escenario de abusos reales o atribuidos es una de las preocupaciones de las rondas urbanas.

En tercer lugar está el problema de su relación con las autoridades del Poder Judicial y la Policía. En campo y ciudad los ronderos están convencidos de que dichas autoridades buscan desarticular a las rondas porque están coludidas con la delincuencia. Las autoridades, por su parte, consideran que las rondas usurpan sus funciones, tal como lo muestran las frecuentes denuncias contra las rondas en ese sentido.

En todo caso, las relaciones entre rondas y algunas autoridades en particular están marcadas por la desconfianza. Sobre todo en el campo, la ronda campesina no actúa sola y busca permanentemente coordinar con otras autoridades en el ámbito local. Sin embargo, antes que con la Policía Nacional o los jueces, la ronda coordina sus acciones con las autoridades comunales (44%) y con las autoridades políticas (gobernadores o tenientes gobernadores: 41%).

Esto se debe quizá a que a través de las autoridades comunales las rondas buscan promover la mayor participación posible de los comuneros, y a través de las autoridades políticas buscan establecer el marco de legitimidad necesario para su actuación.

Superar esa relación de desconfianza mutua es una condición para mejorar la eficacia de las rondas. La gente no quiere deshacerse de sus rondas, sino fortalecerlas para que tengan un mayor efecto vinculante. El 96% de los encuestados dice que la ronda debe coordinar con otras autoridades para administrar justicia, y la razón que se da, como muestra el gráfico 4, es "para que haya mejor justicia legal" (50%) o para que la organización tenga más fuerza (27%). El reclamo consiste pues en que la ronda tenga una mayor capacidad para dar seguridad y hacer justicia en el ámbito comunal.

La propuesta municipal

La propuesta de seguridad ciudadana que está manejando el municipio de Espinar quiere hacer frente a estos problemas. Primero, ayudar en la consolidación de las rondas dándoles mayor legitimidad política desde el gobierno local, con el fin de fortalecer su capacidad de acción. Segundo, establecer un esquema de coordinación con las autoridades y dejar atrás el esquema de confrontación. Óscar Mollohuanca, el alcalde provincial, nos dice: "No queremos controlar ni manejar las rondas, ni queremos que queden supeditadas a ninguna institución. Creemos en la autonomía de las rondas porque a partir de ella es que han conseguido resultados positivos. Lo que queremos ahora es potenciar desde el gobierno local la participación de la gente en la solución de un problema álgido".

Dos medidas concretas han sido puestas en marcha: la primera, promover la capacitación de las rondas urbanas y campesinas en el manejo legal de sus atribuciones, así como en derechos humanos. La idea es evitar que las rondas sobrepasen los marcos legales establecidos y más bien orienten su acción por el lado del cumplimiento de la ley y las garantías fundamentales. Para ello, el municipio provincial ha firmado un convenido con el Área de Educación del IDL, la Vicaría de Solidaridad de Sicuani y la FUCAE, con el fin de asegurar la permanente formación de las rondas campesinas.

La segunda medida tomada ha sido promover la coordinación con las autoridades locales de administración de justicia y policía para establecer una relación de cooperación fructífera en la que cada quien cumpla sus funciones adecuadamente. El 8 de agosto pasado tuvo lugar una reunión con la participación de autoridades locales, como el fiscal provincial y el jefe de la Policía Nacional, para la formalización de una relación mucho más permanente entre las rondas y dichas autoridades.

La amenaza del pasado

¿Va a ser eficaz el modelo puesto en marcha? Falta aún un buen tiempo para saberlo. Mucho va a depender no sólo de los esfuerzos locales, sino de las lógicas políticas nacionales.

Antes de que la propuesta pueda seguir avanzando, ya ha saltado la reacción militar. Pocos días después de la reunión, el general Percy Corrales Araníbar, jefe de la IV Región Militar, envió un oficio al alcalde provincial de Espinar comunicándole que la única institución encargada de la organización, reconocimiento y funcionamiento de las rondas campesinas eran las Fuerzas Armadas, y haciéndole saber su extrañeza por que el municipio esté contraviniendo la ley por organizar las rondas.

El razonamiento militar es ciertamente un reflejo del pasado, de la época de la guerra antisubversiva, cuando las Fuerzas Armadas pretendían el control de la sociedad civil a través de las organizaciones ronderas. Hoy que la violencia política es apenas un amargo recuerdo, dicho esquema puede ser benévolamente interpretado, en el mejor de los casos, como un anacronismo. De otro modo, tendríamos que pensar que se trata de un nada sutil acto de amedrentamiento político contra autoridades de un gobierno local que lo único que pretenden es dar respuesta a la demanda ciudadana de mayor seguridad en el marco del respeto a la democracia y los derechos humanos. (Isaías.Rojas Pérez)