LA POBREZA EN EL PERÚ Y LAS TRAMPAS DE LA MEDICIÓN
Carmen Rosa Balbi
Si ha disminuido o no la pobreza en el Perú de
Fujimori; si los indicadores con que ésta se mide son los adecuados; si se
manipulan los programas sociales con fines políticos son, todos, temas de
candente debate en la actualidad política. En lo que sigue, la autora expresa
su punto de vista al respecto.
Durante las
últimas semanas, en el contexto de una ya enrarecida campaña electoral creada
por la re-reelección presidencial, han salido a la luz testimonios de
dirigentas de las organizaciones de supervivencia, denominadas comedores
populares, denunciando las crecientes presiones políticas del oficialismo de
las que son víctimas las mujeres beneficiarias de donaciones de alimentos
realizadas a través de la entidad estatal encargada de su ejecución, el PRONAA.
A la luz de
las denuncias recogidas de la ciudadanía, esto muestra los extremos a los que
puede llegar la utilización de las hondas necesidades de los sectores más
carenciales de la sociedad. Ocurre que aquellas miles de mujeres tienen que
colectivizar diariamente una necesidad tan básica como la alimentación
cotidiana, para lo que se han organizado en los 10.000 comedores populares que,
según cifras oficiales del ministro Vara Ochoa, existen hoy en el país.
El
calculado diseño de una política de donaciones
Lo que se
extendió y masificó como un programa de emergencia luego del drástico shock de 1990 ha llevado a que, producto
deliberado de políticas gubernamentales, 42% de la población nacional en los
estratos más bajos –como lo muestran las cifras de Cuánto– dependa hoy de un
porcentaje significativo de donación de alimentos.
Esta
información, que ha estado saliendo a la luz muy fragmentadamente, es grave,
por la ostensible y a estas alturas indiscutible tendencia a la manipulación
política gubernamental que lleva a cabo día a día el oficialismo en su proyecto
re-reeleccionista.
Si
analizamos el gráfico 1, vemos que el porcentaje de la población que recibe
alimentos donados para vivir se incrementa significativamente en los deciles de
menores ingresos: en los deciles uno y dos –es decir, en los sectores más
carenciales–, más de 60% de la población recibe alimentos donados para
sobrevivir.
Esto es
particularmente dramático en los deciles de menores ingresos en Lima
Metropolitana, donde convergen los operativos psicosociales en tanto allí está
la mayoría de los votantes.
Dadas las
condiciones paupérrimas de vida allí imperantes, el sector rural (léase las
zonas alejadas del interior del país) resulta estratégico para consolidar una
fuerza electoral re-reeleccionista, en la medida que este sector depende de
manera realmente decisiva de las donaciones: entre los deciles 1 y 6 encontramos
que los hogares que sobreviven gracias a los alimentos donados están por encima
del 70%. Esto quiere decir que a 7 de cada 10 hogares se les ha creado la
necesidad, creciente cada año, de sobrevivir dentro de los particulares
criterios de aplicación de las políticas de alivio a la pobreza en el Perú.
El cuadro 2
presenta, siempre según las cifras de Cuánto, una valoración monetaria mensual
per cápita (calculada en dólares). Tomando como base las características de un
hogar promedio de los sectores de menores ingresos –cinco personas–,
encontramos que este monto, traducido a soles de hoy, indica que estos hogares
reciben alrededor de 70 a 80 soles mensuales por familia. Monto sin duda
significativo, cuando la ayuda queda condicionada y exige múltiples formas de
adhesión presidencial.
Esta ayuda,
como muestra el cuadro, es calculadamente importante en el decil más bajo de
las ciudades urbanas (7,65 dólares al mes) tanto costeñas como serranas,
decisivas para la votación nacional.
El cuadro 3
muestra, a su vez, la incidencia por hogares del monto recibido por estos
sectores en el ingreso total porcentual per cápita. Como se puede apreciar, en
el nivel nacional éste tiene una incidencia de 21,1% para la población
receptora de alimentos. Pero si volvemos a ver las cifras de manera
desagregada, en el decil más bajo de las ciudades, tanto costeñas como
serranas, este porcentaje llega a 33%, cifra elevada cuando todos los
indicadores de pobreza en el Perú muestran que ella se concentra en las zonas
rurales, básicamente campesinas, cuyo decil más bajo recibe sólo 19,8%. Pero
claro: sabemos que, de acuerdo con criterios electorales, ésta tiene poca
incidencia en la votación nacional.
Esta
información ha sido encubierta, no discutida o poco difundida desde las instancias
oficiales, porque habla por sí sola de una forma de implementar las políticas
sociales alimentarias cargada de un claro tinte asistencial que permite y
sienta las bases para prácticas políticas clientelistas.
La
reducción de la pobreza en el Perú
El Gobierno
se ha jactado de una relativa disminución de la pobreza en el Perú. Y ante una
denuncia reciente de la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS)1 en la que
se planteó públicamente este problema, el presidente Fujimori, muy suelto de
huesos, declaró, al día siguiente, que "efectivamente se ha reducido la
ayuda al Perú, pero debido a un crecimiento del ingreso per cápita en el
país" (El Comercio, 5 de
septiembre de 1999), cuyo origen, sin embargo, puede ser reconstruido con las
cifras de Cuánto.
Si el orden
de magnitud de alimentos donados calculados monetariamente está alrededor de 21
y 9% para los dos deciles más pobres en el nivel nacional, es obvio que el per
cápita subirá artificialmente todo el tiempo que la donación alimentaria se
mantenga como eje de la política social de focalización en materia nutricional.
(Que, por lo demás, se ha ido incrementando en los últimos tres años.)
Lo grave de
la resultante de esta información está además en sus consecuencias
distorsionadoras a la hora de medir la pobreza en el Perú: al tomar como punto
de partida metodológico el consumo y no la medición del gasto como criterio de
evolución del bienestar (con el que se trabajó hasta 1994), ocurre que
fácilmente se producirá, como ha ocurrido, un tránsito de quienes están debajo
de la línea de extrema pobreza a niveles de vida mejorados por la eficacia de
una discutible política social.
A
contracorriente de todos los esfuerzos de precisión en la medición de la
pobreza en América Latina, en el Perú ésta se realiza ahora por el consumo y no
por el gasto, como debería ser, en tanto es este indicador el que permite medir
una mejora en el bienestar, no sobre la base de dependencias de donaciones,
sino de la posibilidad real de ampliación de las capacidades de las personas en
situación carencial.
En términos
de la naturaleza y magnitud de la pobreza en el Perú, como ha señalado un
funcionario del INEI, "con esta metodología no explicitada de medir la
pobreza, divergente del resto de formas de hacerlo en una búsqueda de
estandarización en América Latina, fácilmente se hace saltar la línea de
pobreza, de manera que parece que ésta disminuyera".
El uso de la
población vulnerable
Si tomamos
en cuenta, entonces, el significativo monto absoluto en soles que ingresa mensualmente
a cada hogar por alimentos donados, observamos que se ha creado una enorme
dependencia marcada por las modalidades instrumentalistas de la gente
desesperada por alimentarse, lo que vulnera toda dignidad del pobre.
Al mismo
tiempo que, como lo muestra crecientemente la realidad en múltiples escenarios
(incluidas las manifestaciones contra candidatos de la oposición a lo largo y
ancho del país), son una suerte de masa en condición de disponibilidad de los
sectores no organizados, como lo sostenía la sociología clásica de los 70,
están en la condición de disponibilidad política, sea para preparar la famosa
torta presidencial de cumpleaños, para ser llevados al Parlamento a aplaudir a
quien se indique o para algún acto de campaña electoral en el que deben batir
palmas por el Presidente. De ello dan cuenta testimonios diversos recogidos en
múltiples comedores populares, silenciados de manera amenazadora por el aparato
re-reeleccionista.
Así, una
funcionaria del PRONAA ha reconocido confidencialmente, no sin cierto orgullo,
que esta dependencia que otorga los alimentos donados tiene mucho mayor peso
político e institucional en la actual coyuntura electoral que cualquier otro
programa de gasto social.
Al
final, dudosa eficacia
Hay algo
igualmente grave: como lo muestra el cuadro 4, está lo que ya se maneja y es
materia de interrogación de los organismos multilaterales prestadores de
fondos: si bien con esta dudosa metodología se ha logrado, cuando se ve el
promedio nacional, una reducción de la pobreza en algunos puntos, más
destacable en lo que se define como extrema pobreza, lo que se observa por
regiones es que los resultados son opuestos en la sierra rural, donde, según
todos los indicadores, se concentran los mayores niveles de pobreza. Peor aún:
como muestra el gráfico, se incrementa en la sierra rural, que es el lugar
donde se concentran los mayores niveles de pobreza en el país. Ésta sube en el
segmento de extrema pobreza de 45,8% en 1994 a 48,7% en 1997. Lo mismo ocurre
en dichas zonas con aquellos en situación de pobreza.
Las cifras
existentes para 1988, no mostradas por razones políticas, corroboran este
panorama. Es decir, a pesar de todos los anuncios de reducción de la pobreza en
50% para el año 2000, realizados por Fujimori en su discurso presidencial de
1995 y ratificados después por documentos del Ministerio de la Presidencia,
esto no ha ocurrido. Si lo analizamos a la luz de la política económica en
curso y el proyecto político re-reeleccionista, no es difícil profundizar en
las razones que explican que ello ocurra de esta manera.
Sumándose a
la discusión
–adrede confusa– sobre la medición de magnitud de la pobreza en el Perú, el
director del INEI señala, con un ingenuo revestimiento de didáctica
tecnocrática, que "son diversos los métodos que se emplean para medir la
pobreza en el Perú… unos están relacionados al ingreso familiar, otros al gasto
o la satisfacción de las necesidades básicas", sin señalar por cierto sus
consecuencias en términos tanto de la metodología adoptada como de los resultados.
Lo que se señala, más bien, es que se pueden usar diversos métodos o
procedimientos, y no explicitan, cuando deberían, las implicaciones de una u
otra opción (Gestión, 19 de
septiembre de 1999).
Sin
embargo, la decisión de los mismos funcionarios, no ajenos por cierto a una
precisa directiva gubernamental, ha sido la de postergar la presentación de las
cifras y mediciones oficiales para 1998, debido, entre otras cosas, al
cuestionamiento de maquillaje de las cifras de pobreza levantado por la Comisión
Episcopal de la Iglesia. Postergación que obedece, además, a que con estos
mismos criterios de medición las cifras de 1998 muestran que la pobreza en el
Perú se mantiene estancada. Ello a pesar del significativo porcentaje que se
asigna a combatirla, y de que, como ya lo insinuamos, nos lleva a discusiones
mayores en torno a criterios y calidad de la focalización del gasto social,
aunado a la naturaleza de la política económica en curso.
El rechazo,
el desagrado y la conciencia clara de una ostensible política de manipulación
del oficialismo para fines re-reeleccionistas de las poblaciones carenciales
receptoras crecientes de alimentos donados, no sólo quedan patentizados en los
múltiples testimonios recogidos por la prensa y que quien escribe ha podido corroborar
a través de la Federación de Comedores Populares.
Que algo
fue cambiando en este terreno en materia de expectativas populares a partir de
1995, lo registran también las encuestas de opinión realizadas no sólo en Lima
sino en todo el país. Una encuesta de IMASEN hecha en 1998 en las capitales de
departamento de costa y sierra muestra con precisión cómo, a pesar de los
grandes programas sociales (entre ellos el alimentario), la población señala
como prioridad, en materia de política social, el empleo antes que el interés
en el sostén o ampliación de políticas de corte asistencialista: "La
creación de empleo aparece señalada por alrededor de 55% de la población como
la medida que más beneficiaría a su economía familiar; antes incluso que
mejorar ingresos (aproximadamente 25%)". Y aquí lo importante: sólo entre
3 y 4% señaló que lo más importante es "dar más recursos para programas
sociales contra la pobreza (comedores, vaso de leche)".
Este
temperamento popular no hace más que corroborar que los sectores más pobres del
país están hartos y cansados de programas que se anunciaron como temporales y
de que se propicien y amplíen políticas orientadas a someter a la población a
una situación de vulnerabilidad y dependencia (cualquier hecho puede dar lugar
al corte de las raciones a un comedor) de un gobierno que se mueve con oscuros
designios y que en ese camino mella la dignidad con que el pobre puede
finalmente llevar la pobreza.
Dadas las
características actuales del modo oficial de hacer y entender la política, la
sociedad entera debería tomar en consideración el ofrecimiento hecho por la
Iglesia Católica, una institución con altos niveles de credibilidad en nuestra
sociedad y que cuenta con un organismo como Cáritas, neutro en materia
política, de ser ella quien se encargue, en el futuro inmediato, de la atención
alimentaria de los sectores más pobres.
Como ha
señalado monseñor Miguel Irizar, secretario nacional de la CEAS, Cáritas no
sólo tiene, por su propia organización, una estructura muy descentralizada en
el nivel parroquial, diocesal y nacional, además de mucha historia y
experiencia en la atención de los pobres, sino que participó de manera
sustantiva en 1990 en la coordinadora del Programa de Emergencia Social, luego
del fujishock.
Por ello, la sociedad debería tomar en cuenta y
exigir que se lleve a cabo no sólo una despolitización de las necesidades de
los pobres sino también la recuperación de su dignidad como seres humanos,
vulnerada día a día de manera inadmisiblemente siniestra.
1 El presidente
de la Comisión Episcopal, monseñor Bambarén, levantó su voz públicamente para
denunciar que el maquillaje de las cifras de pobreza motivó un recorte del 75%
de la ayuda extranjera que recibía Cáritas para el alivio de la pobreza, pero
que además las cifras actuales ubican al Perú como un país no elegible para la
condonación de la deuda externa (La
República, 4 de septiembre de 1999).