"... de macho a macho me
he tenido que poner para
poder venir"

Cuentan los antropólogos que cuando las mujeres asháninkas van a la chacra o a preparar el masato, se pintan el rostro para protegerse de los kamaris o demonios. En estos dos días, sin embargo, las mujeres no van a la chacra ni al masateo, sino a encontrarse entre hermanas indígenas; y los rostros pintados no son suficientes: ahora hay que pintarse también el espíritu, porque los kamaris son más poderosos.

 

En la ciudad de Satipo se han encontrado 40 dirigentas asháninkas y nomatsiguengas en el primer encuentro de mujeres asháninkas, nomatsiguengas y yaneshas. Algunas han venido en avioneta desde el río Ene, otras han bajado en bote desde el río Tambo y la gran mayoría caminó largas horas hasta encontrar movilidad que las trajese a la ciudad. Como siempre, no vienen solas; vienen trayendo a sus niños más pequeños.

Carmen Casancho, una dirigenta nomatsiguenga miembro de la junta organizadora del encuentro, ha llegado con sus tres niños. Ella es de San Ramón de Pangoa, y nos cuenta que estar reunidas no ha sido tarea fácil. Hace dos años que ellas y otras mujeres decidieron organizarse, para lo cual debían convocar a las principales organizaciones de la selva central.

Hacerlo les has costado muchas penas: el esposo de Carmen ha vendido parte de su cosecha de yuca para costear los pasajes y poder repartir los oficios de invitación. A Julia estar aquí le ha costado pelearse con sus dirigentes, que no autorizaban su salida; como ella misma dice: "... así es, señorita; de macho a macho me he tenido que poner para poder venir". Y nos lo dice con una sonrisa, porque ella sabe que las mujeres pocas veces desobedecen.

Cuando de niña aprendí

Según una investigación de María Heisse y Liliana Landeo entre los nomatsiguengas y asháninkas, las niñas suelen casarse ahora desde los 15 a 17 años. Ellas han aprendido desde su primera menstruación las responsabilidades que les esperan en el hogar con su esposo e hijos. Se les recomienda, sobre todo, obediencia incondicional al esposo, por ser el padre de los hijos y el que manda. Símbolo de esta tradición es que, en el rito del matrimonio, la mujer asa la yuca y se la entrega al hombre.

Las labores propias de la crianza de los hijos, limpieza de la casa, preparación de alimentos, lavado de la ropa, preparación del masato y toda actividad reproductiva son tareas exclusivamente femeninas, poco consideradas por los hombres. Para las autoridades, el rol de la mujer es el de dependiente del hombre, debido a su posición subordinada. En el nivel comunal, la mayoría de las mujeres no ejerce cargo alguno, y en las asambleas participan pocas veces, salvo cuando hay que tomar decisiones que tienen que ver con responsabilidades como la limpieza de postas, limpieza de calles y cocinar para las rondas.

La mayoría de las mujeres son monolingües o bilingües incipientes, y muy pocas han tenido formación escolar. Actualmente los niños y niñas van a la escuela, lo que podría significar un cambio para las futuras generaciones. Las mujeres no tienen el control de los recursos económicos y acceden a un nivel de intercambio básico; pero son sobre todo ellas las que conservan los elementos de la cultura.

Estas relaciones de género han sufrido serios cambios, y las razones son muchas: la colonización, la migración, el comercio, Sendero Luminoso y el MRTA, entre las principales. La violencia política golpeó duramente a la selva central, al punto que se calcula que cerca de 10.000 asháninkas murieron o desaparecieron en estos años.

El ejército de las 40 mujeres

Pero esta guerra, que adquirió rasgos de etnocidio para un pueblo como el asháninka compuesto por cerca de 55.000 personas, significó el resquebrajamiento de los patrones de asentamiento, de parentesco y de organización social. Muchas mujeres quedaron viudas, razón por la cual debieron asumir toda la responsabilidad familiar y, en otros casos, hasta la de dirigir a toda la comunidad.

"Nadie quería ser autoridad. Todos teníamos miedo de que los tucos entraran y nos mataran; por eso las mujeres tuvimos que asumir los cargos. En esos años, de las 40 comunidades nativas de Río Negro, todas las autoridades fueron mujeres. Así las mujeres aprendimos a no tener miedo...".

Esto nos lo cuenta Luzmila Chiricente, una de las 40 mujeres que llegaron a ser presidentas de sus respectivas comunidades en los tiempos del miedo. Desde su cargo, ella apoyó la formación de los Comités de Autodefensa, y en sus años de presidenta comunal construyó una escuela y una piscigranja. Esto y muchas otras cosas la han hecho una líder a la que hombres y mujeres respetan en reconocimiento de su trabajo por la defensa de los pueblos indígenas y por los derechos de las mujeres desde hace 20 años.

Ella también nos dice: "... pero cuando todo estuvo calmado, ya los hombres se olvidaron de lo que las mujeres habíamos hecho y nos borraron, pero algunas aprendimos que también teníamos derechos". Sin embargo, cuánto les ha costado a las mujeres asumir sus liderazgos: a Luzmila le costó perder a su hijo de 15 años, quien fue secuestrado y desaparecido por Sendero Luminoso; y Lidia López, secretaria de asuntos femeninos de CONAP, pagó con su vida.

Pintando una nueva historia

Ahora Luzmila, Carmen y Julia se encuentran con otras dirigentas. Algunas están desde el inicio de su lucha por los derechos de las mujeres, y han venido a contar su historia a las más jóvenes. Se han hecho presentes las secretarias de asuntos femeninos de organizaciones como la Central Asháninka de Río Tambo, el Consejo Unificado Indígena de la Selva Central, el Consejo Nomatsiguenga del Perú, la Central de Comunidades Nativas de la Selva Central y 13 presidentas de clubes de madres que no son base de ninguna organización.

En estos dos días las mujeres trabajan hasta las 8 de la noche. Están cansadas y sus niños tienen hambre. Pero ellas saben que hay que discutir los estatutos, el plan de trabajo y nombrar a su junta directiva. El tiempo les debe alcanzar.

El Instituto de Defensa Legal fue un invitado privilegiado a esta reunión, y compartimos el compromiso por la defensa de los derechos humanos sin ninguna distinción. Este mismo compromiso nos llevó a hacer alianza y empezar a trabajar con 13 comunidades nativas en el distrito de Río Negro. Nuestra primera actividad: una campaña de documentación en la zona.

La primera junta directiva fue nombrada, y ahora les queda todo un camino por recorrer. Vencer sus propios miedos, cambiar las reglas de obediencia que aprendieron, convocar a otras mujeres y hombres, pelearse con sus carencias y contra la discriminación son, todos, retos que no parecen atemorizarlas. Es que sólo ellas saben que la pintura roja del achiote las protege. (Patricia Balbuena, IDL)