Vivamos sin tortura
Vivir sin
tortura en el Perú debería ser uno de los puntos de consenso nacional, nuestro
primer y fundamental paso hacia la civilización y la convivencia pacífica y
democrática. No debería haber nadie que se oponga a ello, y hasta tenemos leyes
que sancionan la tortura. Sin embargo, todavía arrastramos esa lamentable
práctica.
Como parte
de su campaña nacional contra la tortura en el Perú, la Coordinadora Nacional
de Derechos Humanos organizó el Seminario-Conferencia internacional
"Vivamos sin Tortura", que se realizó entre el 18 y 19 de octubre
últimos. La reunión tuvo como invitados de fondo a Eric Sotas, director de la
Organización Mundial Contra la Tortura, y Erik Prokosh, coordinador de
investigaciones temáticas de Amnistía Internacional. De los peruanos
estuvieron, entre otros, Marcos Ibazeta, presidente de la Sala Corporativa de
Terrorismo, la jueza Antonia Saquicuray, la fiscal Ana Cecilia Magallanes, el
penalista José Ugaz, Gino Costa y Wilfredo Pedraza de la Defensoría del Pueblo,
Silvia Loli y el mayor de la Policía Nacional Carlos Velásquez. No podían
faltar representantes de la Coordinadora como Sofía Macher, Susana Villarán,
Iván Bazán, Carlos Rivera, Hans Landolt, Miguel Huerta y el equipo de
psicólogos.
El exitoso
seminario convocó a un numeroso grupo de personas y abordó temas como los
mecanismos internacionales y nacionales de protección contra la tortura; el
impacto de la tortura en las víctimas y formas de tratamiento y recuperación;
las causas de la tortura y las medidas para erradicarla; la tortura y el
maltrato en ámbitos como el Servicio Militar; las relaciones familiares y las
cárceles.
Aprovechando su presencia en nuestro país, ideele conversó con Eric Sotas y
Erick Prokosh sobre cómo se está presentando la tortura en el mundo, cuáles son
los mecanismos de protección y qué se está haciendo para erradicar esa terrible
práctica.
Eric
Sotas:
"La tortura es un
signo de debilidad
del Estado"
¿Se puede decir que existe
una práctica sistemática de la tortura en la región?
Sí, pero
hay que evaluar cómo y en contra de quién se practica. Dos decenios atrás las
dictaduras en América Latina usaban la tortura para reprimir a los opositores
de esos regímenes antidemocráticos. Eso convocó el rechazo de la opinión
pública. Actualmente es más complicado, pues ya no se utiliza tanto para la
represión política, pero sí contra delincuentes comunes, como una manera casi
normal de obtener confesiones; en tanto tal, es más tolerada por la opinión
pública, que se moviliza menos contra ella.
En ese
sentido, respecto a la represión política América Latina está mejor que hace
unos años y mejor comparada con otros continentes, pero peor respecto al uso de
la tortura contra la delincuencia común.
¿A qué se debe ello?
Hay muchos
factores, pero me parece que uno de los más importantes es la debilidad
institucional. Ocurre a veces que por ausencia de las instituciones de control
aparecen mecanismos paramilitares y parapoliciales que buscan hacer justicia
por sus propias manos. En Brasil, por ejemplo, está el drama de los niños de la
calle que son masacrados por estos cuerpos no propiamente estatales.
La tortura
siempre aparece cuando hay debilidad del Estado y no al revés, como se
pretende. Un Estado fuerte no necesita torturar, porque hay una aceptación de
la ley por parte de la sociedad civil.
¿Y la impunidad? ¿No es
el mejor aliciente para la tortura?
La
impunidad es resultado de una cierta política que se pretende pragmática. Es
decir, cuando en una transición hacia la democracia se pretende evitar
enfrentamientos con los detentadores del poder, negociando con ellos un acuerdo
por el que, a cambio de un sistema más democrático, no se sanciona a los
perpetradores de violaciones de los derechos humanos. Esto es, en efecto, un
aliciente, porque lanza el mensaje de que no importa cuán grave puede ser la
violación de los derechos humanos cometida por un dictador o autócrata: si sabe
negociar en la transición podrá salir indemne e impune.
¿Qué hacer con el
pasado y qué posibilidades políticas de negociación hay con la corporación
militar para conseguir una cierta estabilidad?
No todos
los militares y policías son torturadores, y eso permite una base para
reorganizar los cuerpos de Policía y el Ejército. Si se permite, por ejemplo,
que los torturadores, que son una minoría, asciendan en sus instituciones, la
institución entera se va a contaminar; si, en cambio, se les sanciona
selectivamente y se premia más bien a los que respetan los derechos humanos,
hay una posibilidad de limpiar de torturadores a dichas instituciones. La
impunidad no puede ser un premio. Eso hace perder la confianza de la gente en
todo el sistema.
¿Cuál es la eficacia de
las instituciones para amparar a las víctimas y sancionar a los victimarios en
caso de tortura en los niveles nacional e internacional?
Las
primeras que tienen que funcionar son las nacionales, porque han sido creadas
precisamente para cuidar la legalidad y sancionar a los que la infrinjan. Se
tiene que investigar, abrir procesos y sancionar a los perpetradores, pero
también se tiene que apoyar a las víctimas. No menos importante es dar
seguridad a los operadores de justicia para que cumplan su tarea adecuadamente.
Lo que ocurre es que normalmente no se presentan estas condiciones, y tenemos
situaciones como las de los 4.000 casos de tortura que han sido registrados en
el Perú, sobre los que no ha habido investigación alguna hasta ahora, o la
cantidad de jueces que han tenido que refugiarse en Europa para evitar ser asesinados
en sus países por el solo hecho de cumplir su función.
¿Y los internacionales?
Cada vez
están apareciendo más mecanismos, que se suman a los ya existentes. Por
ejemplo, hay uno de la Unión Europea que ha asumido los criterios de Alemania, según
los cuales se va a premiar a los países que practican una política respetuosa
de los derechos humanos. Otro es el mecanismo de la misma Unión Europea, de
carácter comercial, que establece que un acuerdo económico puede ser roto si
uno de los países comete violaciones graves de los derechos humanos.
Ambos mecanismos han empezado a funcionar, y aun
cuando son perfectibles, están ahí. Son sistemas evidentemente no equitativos
en la medida en que el Estado rico puede sancionar al pobre. Es un arma de doble
filo. Pero en algunas situaciones puede complementar otros mecanismos de
presión sobre un gobierno violador de los derechos humanos.
Erick Prokosh:
que la indignación ciudadana actúe como
mecanismo de control
¿Cómo funciona la
vigilancia nacional e internacional en las prácticas de tortura?
En los
mejores sistemas en los que el gobierno está firmemente comprometido con la
prevención de la tortura, nunca puede excluirse la posibilidad de que algún
funcionario cometa un acto de tortura contra una persona que esté bajo su
custodia. Pero si la sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales
nacionales e internacionales, nos mantenemos vigilantes, se llegará a un punto
en que la tortura sea extremadamente improbable. Si se produce una vez sólo
será en casos aislados, pero con una reacción de las autoridades y de la
opinión pública que evite que el torturador vuelva a torturar.
¿Qué debería haber en
el plano institucional para evitar que se siga torturando?
Dentro de
las instituciones debe haber un sistema vigilante en que todo acto de tortura o
malos tratos provoque una reacción oficial. Todos los miembros de las fuerzas
de seguridad deben saber que se les hará rendir cuentas de sus actos; por lo
tanto, no se debe permitir la impunidad a través de leyes de amnistía o una
legislación similar. En los mejores sistemas, la impunidad es una reacción
natural de protección entre agentes de policía o militares. Por eso es
importante un sistema independiente que pueda hacer justicia, y para ello es
necesaria la voluntad política.
¿Cómo concretar esa
voluntad política?
La
prohibición de la tortura debe encarnarse en la profesionalidad del esfuerzo de
seguridad, en el sentido de que su función y deber hacia la ciudadanía es
garantizar el respeto por los derechos humanos. Ello debiera materializarse,
primero, en que las más altas autoridades emitan órdenes claras de que no se
debe torturar, y asegurarse de que esas órdenes se cumplan.
En segundo
lugar, se necesita una salvaguarda efectiva para que familiares u otras personas
puedan actuar para los que se encuentran bajo custodia. No se les debe aislar
de la protección exterior. En tercer lugar, lo que señalamos antes: tiene que
haber un sistema vigente en que todo acto de tortura o malos tratos provoque
una reacción oficial y se sancione al torturador. En cuarto lugar, debe
fomentarse entre los miembros de las fuerzas de seguridad la motivación en
contra de la tortura.
¿Cuál es la importancia
de la opinión pública?
Cuando la ciudadanía no se
escandaliza frente a la tortura, es muy poco probable que intervengan quienes
ocupan puestos de autoridad, y muy probable, por el contrario, que los que
practican la tortura y malos tratos se sientan protegidos o, incluso, que
consideren que se les alienta a seguir. Conscientes de que la opinión pública
considera que la tortura es aceptable en algunas circunstancias, los jueces
pueden sentirse inclinados a no rechazar "confesiones" extraídas bajo
tortura. Hay que lograr que la opinión pública deje de aceptar la tortura como
algo normal y que la indignación ciudadana actúe como mecanismo de control
efectivo contra esa práctica y como garantía contra la impunidad de los
perpetradores.