Ensayos
El sentido del Perú
Reflexionar sobre el sentido del Perú. ¿Difícil? ¿Conflictivo? ¿Qué de nuevo se puede decir? ¿Para qué confesar públicamente miedos e ilusiones? Puede ser, pero es importante. Pensar y dialogar sobre lo que vamos siendo y podemos ser siempre es necesario; pero más ahora que, nacionalmente, se viene una época de definiciones y que, universalmente, entramos a un nuevo milenio.
¿Cuál puede ser un discurso breve sobre el Perú de hoy? ¿Estamos condenados a ser lo que somos? ¿Qué somos? ¿Qué razones tenemos para ser optimistas y para ser pesimistas? ¿Qué nos puede unir y qué desunir? ¿Qué hemos acumulado en nuestra historia y cuáles son las experiencias o traumas que tenemos que procesar? ¿Qué hay que mantener sin lugar a dudas y qué cambiar ya?; ¿prioridades?, ¿consensos? ¿Algún alegato, invocación, advertencia o deseo en especial?
Sí, son muchas preguntas y en realidad lo abarcan todo, pero con ellas lo único que hemos querido es provocar pequeños ensayos –desde distintas especialidades y aproximaciones– a modo de "asociación libre", de lo primero que pensamos y sentimos sobre el país.
La vida ya no está en otra parte
Carmen Ollé*
Desde que era una adolescente llevo tres imágenes grabadas del Perú. Una fue, hacia 1960, en una estación del tren al Cañón del Pato: las manos cobrizas y ajadas de las campesinas ofreciéndonos por las ventanillas papas rellenas en papel de envolver. Recuerdo sus manos, sólo sus manos, como una escultura subterránea. Creo que tengo un registro cognitivo algo impresionista y esnob.
La otra imagen gira por los alrededores del convento de Ocopa, por la misma época. Es un opa pequeñísimo, un gnomo casi, que arrastraba su fealdad y miseria a vista y paciencia de turistas y
lugareños.Y la tercera corresponde a la de una rubiecita quinceañera con un pantalón ceñido y botas de montar leyendo en la estación, ajena a todo. Me pregunto cuál de las tres pude ser y por qué no fui.
Lo terrible de vivir en un país con tantas desigualdades es que uno se acostumbra. Nadie puede hacer nada por nadie. En un encuentro de escritoras, una poeta de Estambul, muy impresionada por un niño que lloraba en la calle, se acercó a preguntarle la razón de su malestar. ¿Acaso hacemos eso? A lo sumo, al empezar el día le damos una moneda a una pobre anciana mendicante para tener suerte durante la jornada, cuestión de cábala más que de mala conciencia.
Vivo en Lima, y estoy condenada a soportarla como ciudad. Mi mirada de escritora no sabe eludirla; mi cuerpo trajinado por el miedo, el ruido y el temor a la delincuencia no se somete, pero la paranoia y la angustia cobran su precio. Si antes, cuando niña, frente a un cielo despejado soñaba con ser misionera en África, ahora regreso de ese mismo sueño como suplicante, persignándome treinta veces al día para que nada malo nos pase ni a mí ni a los míos.
Hipócrita, esquizofrénica, sonrío a quien detesto. Soportar es el lema para no sumergirse en la oscuridad, para no llegar a ser un ensimismado, un orate que piensa y sueña. Ya que a nadie le importa eso. ¿Por qué aparentamos, por qué corremos detrás de lo que brilla? El que no lo hace es sospechoso. Nadie ve al filósofo escondido en el mendigo. ¿Es esta quizá una figura inédita por estos predios? ¿Diógenes, el de la secta del perro, pasaría por nuestra aduana cubierto de harapos con su cínica sonrisa? Y aquí me asalta una figura emblemática que aborrezco: la del agente uniformado, el pequeño y deleznable poder.
Desde cuándo, me pregunto, la mentalidad autoritaria y militarista alimenta nuestra imaginación, reprime el mínimo gesto de libertad individual. Observemos a la gente que va y viene por la calle cultivando un look impuesto, impersonal; a los muchachos que en pos de un empleo renuncian a sus largas cabelleras por temor al ridículo o a una sanción. ¿Quién creó a los adoradores del tirano, a los que creen en el mandato a la fuerza como remedio de todos los males del país? ¿Quién puso esa bota invisible sobre la fantasía de los niños? ¿Quién construyó esa escala de falsos valores que es incapaz de tolerar y se expresa en el público asistente a los reality shows?
Una amiga paulista, sorprendida al ver a todas las vendedoras de un supermercado y a los mozos de un restaurante con sus escarapelas de 28 de Julio, me dijo que en Brasil sólo izan la bandera cuando hay partido de fútbol.
¿Por qué los parques se llenan de soldaditos y cañones y no de arte? ¿Por qué la gente se ríe del que no es como ella?
Y sin embargo, una nueva ciudad atorrante pero intensa, tan diferente de la silenciosa y recatada Lima de 30 años atrás, bulle en los cerros y hierve en los arenales. Se trata de otra sensibilidad, de una cultura híbrida que apreciamos en la pintura de los noventa, en la música alternativa, en la literatura, y en sus plazas y construcciones de fierro, de cemento y plástico chillón. No es Miami ni París; tampoco Nueva York; no es Oslo ni Madrid. Es un Perú que nos reta y subyuga. A pesar de todo, la vida –pienso– ya no está en otra parte.
* Escritora.
El Perú y su destino
Francisco Igartua*
Me pide ideele que responda un largo rosario de preguntas en cuatro o cinco cuartillas. O sea, me pide un milagro; no sólo por el cúmulo de interrogantes, sino por el tema que éstas abordan: razón de ser y destino del Perú. Una tarea que le costó toda una vida a Jorge Basadre, debo yo concretarla, a la carrera, en unos cuantos párrafos... Y como a la inconciencia le está permitido todo, acepto el reto. Comenzaré por el nacimiento del Perú como república.
Se dice con suficiencia doctoral que la pobre existencia del Perú y de los demás países latinoamericanos se debe a que no fuimos colonizados por los sajones protestantes sino por los católicos españoles. De ahí –afirman estos sabios profesores universitarios nórdicos–, de ese punto de partida, resultamos siendo lo que somos: países marginales.
Y el hecho es irrefutable si no se entra al meollo del asunto. Es cierto que Inglaterra y el protestantismo colonizaron los Estados Unidos y que su costa atlántica fue refugio del excedente poblacional del otro lado del océano. También es verdad que esos colonos con nivel cultural relativamente alto gozaron de reglas económicas liberales y que Inglaterra tuvo a los Estados Unidos como una especie de extensión de las islas británicas, donde se invertía y donde se permitía el intercambio comercial con el mundo.
Pero ocurre, a la vista de cualquier observador desapasionado, que la comparación es impertinente y racista. Por lo tanto, España no colonizó América: la conquistó y la convirtió en territorios productores de riqueza para la metrópoli. A América no se trasladaron colonos sino soldados y funcionarios españoles. España no tenía entonces, luego de guerras sin fin, y con sus tercios ocupando Europa, excedente para exportar. El único proyecto colonizador que hubo en la América española es el de las misiones jesuitas en Paraguay, una colonización no hecha por blancos que desplazaban a los indígenas sino por indígenas guiados por unos cuantos frailes.
La presencia de España y Portugal en América no fue colonizadora –en el sentido que le estoy dando a la palabra–; fue parecida a la de Inglaterra en la India y África... ¿Y qué es lo que vemos ante nuestros ojos? ¿Qué queda en limpio de la presencia inglesa en esas tierras?... En este terreno, colocados así en situaciones similares, es que cabría hacer la comparación; y no será España, por supuesto, ni el moreno mundo latino, los que salgan mal parados de ella.
Producto de ese sistema virreinal español es el Perú republicano, y de ese Perú es del que debemos dar cuenta los peruanos, los habitantes de una república que nació con la independencia, pues nuestro pasado precolombino se quedó olvidado y escondido en las inmensidades del Ande y nunca tuvo –ni tiene ahora que va bajando de las alturas– arte ni parte, como no sea derramar su sangre en los muchos desastres y pocos aciertos del Perú republicano. Este Perú que va en camino de hacerse nación y cuya razón de ser, paradojalmente, más tiene que ver con su pospuesto pasado indígena que con la Lima virreinal. Un pasado que sí pesará en el Perú de mañana.
¿Qué tenía el Perú al nacer y qué tiene ahora?... Es la primera pregunta que me hago, recordando una nota de prensa que da cuenta del descubrimiento, en el fondo del mar, de un galeón hispano en las cercanías de Guayaquil. Ese galeón, contaba el cable, había estado cargado con barricas de vino, con peroles de cobre, con vasijas de aceite y gran cantidad de monedas de oro y plata. El galeón, construido en América, había ido cargando la mercadería en los puertos de la costa peruana y había naufragado al tomar rumbo a Panamá. Corría el siglo XVIII.
¿Qué hicimos los peruanos con esa economía que heredábamos del virreinato español?... Ese galeón, salido de astilleros peruanos, llevaba mosto transformado en vino, olivas convertidas en aceite, cobre hecho peroles y monedas de oro y plata acuñadas en el Perú. O sea, en ese entonces nuestra riqueza salía con valor agregado por una industria no tan incipiente para la época.
¿Por qué no continuamos los peruanos por esa ruta? ¿Por qué echamos por la borda esa oportunidad y nos transformamos en exportadores de materia prima?
El hecho, sin embargo, tiene alguna explicación: mientras en el norte de América no había mayores trabas para el intercambio comercial, en los virreinatos españoles todo estaba sometido a una estructura comercial sumamente rígida y centralizada. Nada podía intercambiarse, ni siquiera de un virreinato a otro, sin la intervención de la metrópoli. Una metrópoli que, además, en el siglo XIX se encontraba en la más absoluta decadencia y no podía siquiera seguir siendo mercado para América.
La situación del Perú de esos años podríamos compararla con lo que ocurre hoy en las naciones del Pacto de Varsovia, luego del derrumbe del comunismo soviético. A la mayoría de éstas el cataclismo sufrido las ha dejado convulsionadas, y la misma poderosa Alemania no logra todavía absorber la crisis de su lado oriental... Y se me ocurre que el derrumbe del imperio español, también centralista y dogmático, debió parecerse a la caída del Muro de Berlín.
Lo que sí no tiene explicación son los yerros de la república peruana posteriores a las anárquicas pugnas entre nuestros anacrónicos caudillos de los primeros años, que fueron sin duda producto del trauma que significó para los peruanos en general nuestra inesperada independencia y, también, de la inmadurez criolla, abanderada de ese alzamiento libertario.
Por lo tanto, ¿por qué han fracasado siempre, lastimosamente, los intentos por institucionalizarnos, y por qué hemos aceptado complacidos a los muchos mandones que han sobrepuesto su voluntad a la ley?...
No pienso que sea indispensable copiar a los Estados Unidos, que quedaron institucionalizados con su inamovible acta de fundación, pero sí creo que los países latinoamericanos han actuado irracionalmente y en su perjuicio al no comprender que cualquier conjunto social –sea nación, club, congregación religiosa o sindicato– no puede vivir armónica y continuadamente sin instituciones válidas y respetables, que estén por encima de los apetitos personales y de los intereses de grupo.
Esta es la gran falla que persiste en el curso de nuestra historia, plagada de rivalidades personales insustanciales, de ridículas vanidades y de envidias y rencores menudos. Sin este lastre, posiblemente el Perú habría podido retomar el camino del desarrollo que muestran los restos de ese galeón construido en las costas peruanas y naufragado con su cargamento de "valores agregados" en las cercanías de Guayaquil en algún año del siglo XVIII.
¿No tienen, pues, futuro el Perú ni América Latina?... Sin duda que no, si nos dedicamos a fundar "Patrias Nuevas" cada vez que les venga en gana a los mandones de turno, como Porfirio Díaz o Augusto B. Leguía en el pasado y hoy Chávez en Venezuela, copiando al peruano Fujimori.
Pero sí habrá futuro, aunque no fácil, si nos decidimos a corregir los yerros del pasado y a institucionalizarnos. No será fácil porque, en su tiempo, no supimos evitar ser marginados del concierto de las naciones punteras –nos independizamos pero no nos desligamos de España–, y hoy será tarea titánica romper la cortina de acero que, a través de un intercambio comercial manipulado, separa a los países del primer mundo del resto de la humanidad. Cuando, por ejemplo, los dirigentes socialistas del mundo entero, reunidos hace pocas semanas en París, proclaman que el mercado debe estar al servicio del hombre, lanzan un bello eslogan y esconden que los Blair, Jospin y Cía. cuidarán de que ese hombre sea europeo. Porque a eso los obligan los votos que los han colocado en el poder, así como también los votos obligan al gobernante de los Estados Unidos a cuidar del hombre norteamericano. Ese es el orden mundial del día. Y es un orden lógico.
Sin embargo, la historia es larga y más previsible de lo que muchos creen. Mientras tanto, grande es la tarea que tenemos por delante para que a la hora del cambio de guardia la historia no nos vuelva a coger desprevenidos como en los días de la independencia. Tenemos que comenzar por integrarnos, lo que significa un tremendo esfuerzo educativo; por añadir valor agregado a nuestra producción e inducir al ahorro nacional; por seguir acrecentando la infraestructura del país y devolver a las provincias el rango que han perdido; y, ante todo, debemos lograr que la ley, la institucionalidad, impere sobre el poder.
Para dejar de ser republiquetas, miradas con indiferencia o menosprecio por el primer mundo –declaraciones sueltas de funcionarios europeos recién ingresados al desarrollo dicen más que las muestras oficiales de respeto que se nos hacen–, los países latinoamericanos debemos apurar el paso para convertirnos en las repúblicas que aún no somos. Debemos hacerlo sin complejo alguno de inferioridad, pues si los Estados Unidos y más aún Europa gozan de poder y bienestar desde hace siglos, salvo hambrunas que América Latina en más de una oportunidad alivió, no nos sirven de ejemplo a seguir en asuntos de moral, justicia, humanismo y respeto a la vida. Las atrocidades y despotismos europeos jamás se han producido en estas tierras, excluidas del club de los privilegiados pero no ajenas a la elite mundial de la cultura. No estamos condenados a cadena perpetua.
* Periodista, director de Oiga.
Proyectos de reforma y ciudadanía
Carlos Contreras*
El Perú forma parte de aquellos países que nuevas corrientes de historiadores han dado en llamar "poscoloniales". En su sentido más simple, ello quiere decir países que fueron, antes, colonias de otros, como por ejemplo la India, Cuba, Australia o Estados Unidos. Pero en su significado más preciso, califica a países donde el estigma colonial ha marcado hondamente el tejido social y económico; de modo que éste perdura, incluso pasado largo tiempo después de su independencia.
El concepto es discutible; las diferencias entre los países que podrían caer bajo el calificativo de "poscoloniales" son tan amplias, que lo vuelven muy ambiguo. Pero me sirve para destacar un elemento que juzgo decisivo en los tropiezos que ha tenido el Perú en su desenvolvimiento de los últimos siglos: el "dualismo" o fragmentación de su población.
En efecto, la huella más decisiva de aquel estigma colonial es aquello que los sociólogos de los años sesenta llamaron el "dualismo" social y económico. Es decir, la convivencia, más bien conflictiva y tensa que armónica y de cooperación, entre una pequeña elite descendiente de la casta colonizadora y una masa de población que tiene sus raíces en los grupos nativos colonizados.
Ello, desde luego, no tiene que ser necesariamente una herencia colonial. El dualismo también podría darse a partir de la inmigración de hombres que más tarde se erijan como una elite en el país que libremente los recibió. Pero rara vez suele darse este caso. El arribo al Perú, por ejemplo, de inmigrantes asiáticos y europeos durante la era independiente, no rompió el dualismo, ya que estos nuevos grupos étnicos, además de que fueron pequeños en número, terminaron absorbidos por la estructura social vigente, que continuó reproduciendo su carácter dual.
La experiencia histórica ha mostrado que dicho dualismo es una de las peores herencias con que una nación puede equiparse para el camino al desarrollo económico y social. En el caso peruano, a ello deberíamos añadir la presencia de una geografía trágica que vuelve muy difícil la comunicación entre las regiones del país, pues ha sembrado entre ellas murallas de piedra de cuatro o cinco kilómetros de altura y desiertos que están entre los más infranqueables del mundo; escasez de agua y de tierras fértiles, y una ubicación en el planeta que durante mucho tiempo nos apartó de las grandes corrientes del comercio.
Concordaremos entonces en que, cuando el Perú nació a la vida independiente, hace casi dos siglos, sus perspectivas de salir adelante eran más bien estrechas y sombrías. Una población escindida en porciones enfrentadas entre sí por temores y resentimientos mutuos y un territorio con recursos apenas salpicados aquí y allá, era una combinación para la cual nadie hubiera augurado algo bueno (basta leer, por ejemplo, las páginas de José de la Riva Agüero, primer presidente del país, escritas en su destierro en Francia, o las Memorias de Monteagudo, nuestro primer ministro de Gobierno y Orden Público durante el Protectorado de San Martín).
La riqueza minera (aunque ya bastante decaída en la época de la independencia) y el entusiasmo de una "nueva vida", autónoma, disimularon, en un comienzo, la trocha tan cuesta arriba que teníamos por delante. La ilusión del guano nos encandiló con su dinero fácil, haciéndonos creer, por un tiempo, que en realidad estábamos entre los países favorecidos por la mano de Dios; hasta que la catástrofe de 1879 nos devolvió a la cruda realidad. Crisis internacionales y agudas guerras internas jaquearon en el siglo XX el paso del país hacia el progreso económico y social.
A pesar de ello, y siempre y cuando tomemos en cuenta nuestras pobres bases iniciales, creo que el Perú ha dado innegables pasos hacia adelante en el lapso transcurrido de vida republicana. La primera tarea fue conseguir la estabilización del nuevo Estado independiente y afianzar el proyecto de nación que por entonces éramos. La imposición del modelo republicano como forma de organización política y social no creaba automáticamente el cuerpo de ciudadanos que semejante modelo reclamaba, por lo que no debe sorprender que conseguir amoldar la realidad vigente al modelo escogido haya sido un proceso lento y no exento de retrocesos.
Aunque a partir de Jorge Basadre ha sido un lugar común señalar que abrazar la opción republicana fue un acto romántico y precipitado en el que incurrieron nuestros "padres de la patria", no es sencillo indicar cuál hubiera sido la solución idónea. La idea alternativa de la monarquía constitucional, que inspiró a San Martín y otros hombres de su tiempo, carecía de asideros reales. No teníamos ninguna realeza local que pudiera conseguir consenso; traerla desde Europa hubiera tenido el triste final de la aventura de Maximiliano de Habsburgo en México: exterminado en la cima de un monte por mano de sus supuestos súbditos (como el Dios de los judíos, pero sin posibilidad de resurrección). Los países vecinos del nuestro habían adoptado también la fórmula de la república, y seguramente habrían rechazado la idea de una monarquía y un cuerpo de nobleza en el Perú. O sea que para la república no servíamos; pero, de otro lado, la monarquía nos estaba negada.
El resultado de ese "quiero, pero no puedo" que fue la implantación de la república en una nación sin ciudadanos y con poca tendencia a su aparición, fue la difusión de fenómenos como el "caciquismo" político, el patrimonialismo del Estado y el autoritarismo de los gobernantes. De esta situación fueron conscientes los peruanos ya medio siglo después de la independencia, y desde entonces se forjaron proyectos de reforma orientados a crear y/o ampliar la esfera de ciudadanos en el país.
Por lo menos dos grandes proyectos de ese tipo podrían ser mencionados. Uno fue el del civilismo, iniciado en la segunda mitad del siglo XIX, bajo la idea de que la incorporación de la población del interior a la vida republicana podría lograrse mediante su enrolamiento laboral en la economía de mercado, la educación occidental y el gobierno local. El proyecto tropezó con la oposición de los "caciques" del campo, la falta de recursos fiscales y la carencia de elites regionales comprometidas con él. Sus logros existieron
–compárese el Perú de 1860 con el de 1920–, pero con una desesperante lentitud.El otro fue el proyecto popular, que pensaba que la mejor forma de ampliar la ciudadanía era mediante la redistribución de la riqueza desde el Estado, propiciando la reasignación de la tierra entre la población y el reparto de las ganancias de las exportaciones entre los peruanos a través del gasto público. Este proyecto se inició tímidamente durante el oncenio de Leguía y alcanzó sus momentos de máxima expresión con el gobierno militar de 1968 y tal vez también con el del APRA de 1985-1990. Aunque resulta paradójico, podemos decir que precisamente esos momentos coincidieron con una férrea centralización del aparato del Estado, que le dieron al proyecto un tinte autoritario y lo volvieron poco sostenible en el largo plazo.
La lucha entre ambos proyectos –o por lo menos su vaivén– ha marcado el ritmo de la vida política peruana a lo largo del siglo XX. El primero, que he llamado el "civilista", fue de una lentitud exasperante, aunque sus logros resultaron tal vez más efectivos; mientras que el segundo quiso tomar atajos rápidos (por ejemplo, la reforma agraria de 1969) que llevaron a que sus resultados fueran ficticios, en tanto carecían de un sustento al margen del Estado.
Ahora podríamos decir que vivimos un momento de "civilismo autoritario", en la medida que se recoge el ánimo del primer proyecto, pero en el marco de un agudo centralismo.
Sin embargo, y en contra de una actitud de condena del pasado (a lo González Prada) tan propia de los peruanos, creo que ambos proyectos no han sido vanos y que el tiempo tampoco ha corrido sin consecuencias. El dualismo, sin duda, ha retrocedido, y la ciudadanía se ha ampliado. Aunque queda mucho por hacer. Hoy, que un siglo acaba y otro comienza, tal vez estemos más dispuestos a reconocer que la transformación de una colonia de "antiguo régimen" en una república democrática, que los libertadores emprendieron, era una tarea por fuerza larga, difícil y erizada de obstáculos. Este reconocimiento nos permitirá sacar mejores lecciones del pasado y enfrentar con más inteligencia el futuro.
* Historiador.
El futuro ya no es destinos nacionales
Henri Favre*
En una época no tan remota, los peruanos solían echar la culpa a los extranjeros de todos los males que padecía su país. Los especuladores de Wall Street, las maniobras de las empresas transnacionales, la mano de la CIA –en breve, la "dependencia"–, explicaban de manera cómoda los obstáculos que el Perú encontraba en su penosa y caótica marcha hacia la modernidad.
Hoy prevalece una actitud totalmente opuesta, pero quizá por eso no más realista. Después de 25 años de crisis, los peruanos se preguntan: ¿qué errores, qué faltas cometimos?; ¿qué hicimos –o no hicimos– para llegar al punto donde estamos? Introspección saludable, siempre que no lleve a la caza de brujos ni conduzca al autoflagelo colectivo.
Dejo a otros la tarea de reconstituir sin masoquismo los procesos que ha generado la situación actual del Perú, así como el cargo de establecer las responsabilidades históricas fuera de todo espíritu inquisitorial. Sin dudas, estos procesos tienen un cierto grado de especificidad nacional, pero observo que todos los países de América Latina, y muchos de otros continentes, comparten hoy la misma situación.
Del Río Grande hasta la Tierra del Fuego, la riqueza se concentra en unas pocas manos. La pauperización se extiende de los sectores populares a las clases medias. El subempleo rebasa los límites de un "ejército industrial de reserva" destinado a presionar los salarios, y afecta a mucho más de la mitad de la población económicamente activa. La sociedad se descompone en una masa anómica de individuos que luchan ferozmente, a menudo unos contra otros, para asegurar su supervivencia, o que buscan un refugio sea en los escombros de las tradiciones ancestrales, sea en el paraíso artificial de las sectas religiosas. Aun cuando no se ha desmoronado por completo, el Estado pierde su capacidad de actuar y controlar la realidad social. En tales condiciones, los regímenes políticos salidos de las urnas en los años ochenta sólo pueden tener las apariencias de la democracia.
En todas partes el panorama es aterrador. La frustración que provoca está a la medida de las esperanzas, por lo demás nada descabelladas, que habían sido puestas en una "vía latinoamericana de desarrollo". A partir de los años treinta, en efecto, América Latina implementó un modelo económico sui géneris que permitió al subcontinente crecer 5,5% como promedio anual durante casi medio siglo, es decir, a una tasa más alta que la de los Estados Unidos en la época de su despegue industrial.
Aunque está de moda criticarlo hoy, de ninguna manera el modelo estaba condenado al fracaso de antemano. Sólo necesitaba ser adaptado a las nuevas realidades que su éxito hacía aparecer. Pero los intereses creados por el mismo modelo obstaculizaron todos los intentos de adaptación. El campesinado siguió siendo sacrificado. La industria, que hubiera debido ser prudente y gradualmente expuesta a la competencia internacional para cobrar fuerza y vigor, quedó sobreprotegida y se volvió anémica. La demanda interna, que hubiera debido ser progresivamente ampliada por una mejor redistribución del ingreso, se mantuvo estancada.
Por no poder o no saber adaptar el modelo, el poder político intentó "refuncionalizarlo" por medio de créditos internacionales. En los años setenta América Latina aprovechó la abundancia de liquidez disponible en los mercados financieros para endeudarse. Y cuando vino la quiebra, el subcontinente tuvo que entregarse al FMI, al Banco Mundial y al Tesoro estadounidense, y convertirse en el laboratorio de las terapias neoliberales que iban a ser luego sistemáticamente aplicadas a los países del ex bloque soviético. No hay que olvidarlo: la globalización neoliberal ha agravado la crisis latinoamericana, pero no la generó.
Haciendo caso omiso de México, que eligió vincular su destino con el de Norteamérica y convertirse en planta de ensamblaje de la industria estadounidense, es difícil determinar qué sitio va a ocupar América Latina en un mundo globalizado por el neoliberalismo. Sus ventajas comparativas no son tan evidentes. Se puede, legítimamente, temer que al término del actual proceso de desindustrialización los países latinoamericanos se encuentren en la misma situación que antes de la gran depresión de los años treinta: la de proveedores de productos agrícolas y de materias primas, pero en una situación aun menos favorable que la anterior, puesto que hoy las biotecnologías restan mucha importancia a los intercambios agrícolas y la industria moderna es mucho menos dependiente de las materias primas.
Sin embargo, el futuro ya no puede ser oteado en términos de destinos nacionales. La nación es una formación social que se vuelve obsoleta. Aun las naciones más antiguas del Viejo Continente están debilitándose y perdiendo su identidad. Si España, Francia o Gran Bretaña tienen hoy menos y menos sentido, ¿qué sentido pueden tener mañana el Perú, Bolivia, Argentina, para no hablar de Haití? Los países latinoamericanos han ingresado en la era posnacional quizá antes de realizarse plenamente como naciones, y no tendrán la oportunidad de volver a "nacionalizarse". El nacionalismo de ayer, que ha degenerado en "etnismo", aparece, por otra parte, como la vía más segura que una colectividad humana puede seguir para marginarse e institucionalizar su propia exclusión.
Las nuevas tecnologías de la información que subtienden al mundo globalizado debilitan los agrupamientos territoriales promoviendo organizaciones sociales en redes. Socavan las solidaridades nacionales mientras establecen vínculos planetarios. Pero son tecnologías "democráticas", es decir, accesibles a las grandes mayorías. Darán –y de hecho están dando ya– a los movimientos sociales otra estructura y otra dimensión. Utilizando Internet, Rafael Vicente Guillén y los neozapatistas chiapanecos han suscitado una movilización mundial a favor de una pequeña guerrilla maoísta confinada en un rincón perdido de México.
Hay que olvidarse de las alianzas entre intelectuales, obreros y campesinos de antaño. Los peruanos que quieran permanecer en la corriente de la historia tendrán que movilizarse no como peruanos, sino como miembros de movimientos globales. ¡Pero que estos movimientos no equivoquen su objetivo!
El blanco no es la globalización –en sí misma eminentemente positiva–, sino el neoliberalismo, el capitalismo salvaje y la idea absurda de que el libre juego de las fuerzas del mercado constituye el mejor regulador de la economía. ¿Quién se atrevería a sostener que la mejor manera de regular la demografía es dejar el campo libre a las enfermedades y las epidemias?
* Periodista francés.
Cuando cerca arremeta lo lejos
Francesca Denegri*
La mañana del 13 de marzo de 1996, a la hora del segundo té del día, cayó, como una verdadera bomba, el ramalazo que sacudiría hasta las lágrimas a todos y cada uno de los miembros del público británico. Dieciséis niños de entre cinco y seis años habían caído muertos en el gimnasio de su colegio en Dunblane, víctimas de las 106 balas disparadas por Thomas Hamilton, un hombre adulto desempleado que había irrumpido en la escuela del valle escocés desde la noche profunda de su locura.
Más allá de las preguntas de rigor que una comunidad se plantea cuando sobreviene una tragedia de esa envergadura, cundió un dolor insoportable. Más bien, se instaló para siempre un dolor insoportable.
Dunblane es un pueblo escocés al norte de Edinburgo. En el mapa cultural británico, Dunblane es un pueblo periférico, lejos, muy lejos de Londres y del próspero sur del reino. Y, sin embargo, para el ciudadano promedio, a juzgar por las explosiones de profunda indignación en la conversación sobre el tema, jamás tan cerca arremetió lo lejos. Silencios desgarradores de los interlocutores más parcos, llanto apenas contenido de los menos pudorosos. Exacerbados clamores para ajustar todavía más las restricciones contra el uso de armas. Colectas solidarias para las familias en luto. Y una vigilia eterna en la plaza de Dunblane a la que asistieron sin dilación no sólo los representantes más altos del Gobierno y de la familia real, sino vecinos con sus familias enteras venidos de otros pueblos; desde el extremo norte hasta el próspero sur, desde el este hasta el lejano oeste. Durante semanas y meses, y aún hoy, casi cuatro años más tarde del día en que murieron esos 16 niños, Dunblane es una palabra que provoca una consternación incontenible entre los británicos que recuerdan esa mañana en la que el té de ritual no supo a té sino a mortal veneno.
Largo preámbulo para un artículo sobre el Perú a la vuelta del milenio. Pero Dunblane sirve de contexto a mi absoluto desconcierto frente a la tragedia de Taucamarca, provincia de Paucartambo, Cusco, donde 24 niños y niñas murieron en su colegio la mañana del 22 de octubre del año en curso luego de haber tomado el desayuno estatal de todos los días. Como todas las mañanas, los niños fueron al colegio y los padres a la chacra, arriba, en el cerro.
Excepto que ese día el vaso de leche contenía un poderoso pero invisible veneno para ratas que había sido inexplicablemente mezclado con el polvo blanco de la leche. Cuando empiezan las violentas convulsiones en el cuerpo de los niños y suena la voz de alarma, se avientan los padres y las madres desde la chacra para abajo y hacen todo lo que humanamente pueden con lo que tienen a su alcance. No hay posta médica; ni siquiera un botiquín. Con agua, jabón y aceite es poco lo que pueden hacer.
Veinticuatro niños caen muertos ante la desesperada impotencia de los pobladores. Llega la espantosa noticia a Lima y vuelvo a vivir la conmoción de Dunblane. Pero allá fui una más de la gran masa que se descomponía bajo el peso de ese dolor que cayó perpendicularmente desde muy lejos a los boletos, a las cartas, a la cebolla, al cereal, a la sal, al agua, al vino. Acá busqué entre mis interlocutores, instintivamente, signos de indignación, de aflicción, de turbación, signos solidarios que nos vincularan a los de cerca con los de lejos. A lo más, encontré un "qué pena" sin estela, una arqueada de cejas, un mohín de inconformidad o un resignado "esto es el Perú".
Al desconcierto de los primeros días siguió el estupor de constatar que, efectivamente, esos 24 muertitos importaban poco al gobierno, a la prensa y al público en general. Si se formó un comité parlamentario especial para investigar lo que realmente sucedió y para sacar a la luz los resultados de sus pesquisas, no hay un seguimiento real de la prensa. A un mes de la tragedia, no se encuentra un solo espacio dedicado a seguir el caso sistemáticamente. Si hubo una colecta para apoyar a los pobladores en su lucha contra el aislamiento y la extrema pobreza, tampoco está claro por qué nadie lo sabe y a nadie le quita el sueño. Si fueron algunos representantes del gobierno a los funerales, mantuvieron un perfil tan bajo que no se les vio. Lo que sí vimos, en cambio, fue la solitaria y desolada fila de campesinos subiendo por la ladera escarpada del cerro, uno a uno, llevando el pequeño ataúd de su hijo muerto a la espalda, bajo un sordo y lejano cielo. Si octubre fue el mes más cruel tampoco lo sabremos, porque no habrá el minuto de silencio que recuerde a las víctimas de esta nueva tragedia que nos embarra las manos a todos los que vivimos en este país.
Cierto que Taucamarca es una comunidad más periférica que Dunblane; que para llegar a ella hay que tomar un avión al Cusco, un auto que tarda cuatro horas para llegar a Huasac, y luego subir el cerro a pie por dos horas. Igual que el Killac de Aves sin nido (1889), excepto que ya no estamos en el siglo XIX y que como Cusco es hoy un destino turístico importante, tiene aeropuerto al que llegan varios vuelos diarios1. Cierto que si bien es periférico dentro del imaginario británico, Dunblane tiene los teléfonos, la electricidad, las carreteras y los hospitales que no tiene Taucamarca.
Sin embargo, nada de esto explica la indolencia mediática y de la opinión pública en general, la devastadora indiferencia con que los peruanos recibieron la noticia esa fatídica mañana. Porque aparte de La República –que además de seguir pulsando el turbio desarrollo de los acontecimientos posteriores confirió el título de personaje del año al vicepresidente de la comunidad–, los otros diarios apenas cubrieron la noticia los primeros días, a medias y con ofensivo desgano.
Cuando ocurrió lo de Dunblane y lo hablé con amigos en el Perú, escuché más de un complaciente "felizmente esas cosas no pasan todavía en el Perú". Pienso que ese "todavía" no viene al caso. Habría que recoger el hilo de la voz de Vallejo y decir más bien que todavía lo lejos no arremete cerca en el Perú.
Hoy el saldo dejado es, además de unas ollas, ropa usada y dos botiquines, la incriminación apresurada del profesor Villena Núñez y su esposa como responsables de la muerte de sus 24 pequeños alumnos. Como en toda tragedia, el chivo expiatorio lava con su sangre la sangre de las manos del Poder. En Lima son pocos los que se acuerdan de Taucamarca. Se trata, pues, de otra fecha más que todos los años llegará y pasará sin dejar rastro en el calendario.
Otro sería el escenario emocional nacional si en vez de en la escuelita de Taucamarca esto hubiera ocurrido en La Recoleta, el Villa María, el Pestalozzi o en cualquier otro colegio de limeños de la clase media. Porque así como ciertas zonas de Lima son cada vez más globales y centrales, la periferia es cada vez más indignantemente periférica. Y creo además que no es lo mismo el racismo hace 50 años, cuando el mercado no había globalizado todavía los derechos humanos y los principios del Estado de derecho, que el racismo ahora, cuando los pocos sectores prósperos están cada vez más estrechamente conectados con los centros metropolitanos donde el discurso de los derechos humanos sí tiene una vigencia tangible.
Lo peor de todo es que creo que la muerte de los 24 campesinitos de Taucamarca no ha valido para nada. La semana pasada, los 150 huancavelicanos que vinieron de un lejos tan abandonado como Taucamarca regresaron a su tierra –de donde viajaron a pie atravesando los Andes– sin haber conseguido entregar personalmente su pliego de reclamos al mismo Presidente que escribe a lo largo y ancho del territorio nacional que el Perú es un País con Futuro.
Creo que nunca se ha vivido en el Perú de manera tan sesgada al discurso que se adopta oficialmente. Porque la verdad es que sólo cuando cerca arremeta lo lejos, cuando la muerte de un niño campesino valga lo mismo que la de un niño urbano de la clase media, sólo entonces podremos pensar que efectivamente hay futuro en nuestro país.
1 A propósito escribió el viajero norteamericano George Squier en 1877: "El viaje a Nueva York se hace en menos tiempo y con la cuarta parte de incomodidades de un viaje de Lima al Cusco". Lo mismo podemos decir hoy en relación con cientos de Taucamarcas en nuestro territorio.
* Literata.
Construcción de nuestro proyecto
Francisco Morales Bermúdez*
La inexistencia de un proyecto nacional en nuestro país tiene que ver fundamentalmente con la no solución del problema de la pluralidad cultural y de la identidad nacional.
La existencia de tres estadios culturales (tribal, campesino tradicional y urbano moderno) no ha llevado todavía a una convivencia positiva de esta pluralidad, sino, por el contrario, a un contacto duro con una articulación asimétrica de estas diversas realidades, lo que conduce a una situación de marginación y exclusión y constituye uno de los principales componentes de la crisis estructural que atraviesa ahora el país.
A pesar del proceso creciente de urbanización, la sociedad peruana aún se fundamenta sobre bases campesinas, ya que nuestro proceso de modernización es relativamente reciente. Esto nos hace pensar que el Perú vive una etapa de transición.
Lo crítico de nuestra transición es que la tradición es vilipendiada a menudo por los que detentan el poder, y la modernidad es vista como opresión por los que soportan al poder. Lo moderno se aprecia como lo foráneo, lo ilegítimo y lo imperialista.
Consideramos también que la vida republicana del Perú ha tenido características negativas que no han permitido fortalecer la identidad nacional: la inestabilidad política, el caudillaje de diferentes estilos, la inmoralidad administrativa a la que repetidamente alude Jorge Basadre y el problema del centralismo criticado por el mismo Basadre, por Ventura García Calderón, por José Carlos Mariátegui, por Víctor Andrés Belaunde y por Víctor Raúl Haya de la Torre, quienes aproximaron soluciones que hasta ahora no hemos tenido en cuenta, todo con la consiguiente falta de visión en el destino del Perú.
Es en este contexto estructural y coyuntural que se da la crisis, y se tiene un Estado alejado de la realidad.
Por ello debemos plantearnos premisas que deben tenerse en cuenta en la construcción de un proyecto nacional:
- El Perú es un país pluricultural con base campesina, por lo que es inviable un proyecto nacional sin sustento
campesino.- El mundo se ha estrechado, globalizado y es hoy mucho más interdependiente, lo que hace improbables las soluciones autárquicas.
- Es necesaria la consolidación de las instituciones del régimen democrático representativo y participativo.
- Es necesario realizar un proceso de descentralización efectiva, como la base más importante para una reforma de la estructura del Estado.
- Es necesario que el Plan Nacional de Educación y, sobre todo, su ejecución, se adapte a la condición pluricultural de la Nación peruana.
El Perú debe tener un proyecto para el siglo XXI y los instrumentos necesarios para seguir un derrotero. Apliquemos la sabiduría de los filósofos y de los marinos: "No hay viento a favor para quien no conozca su rumbo".
No perdamos la oportunidad para la construcción de una sociedad comunitaria de hombres libres y mujeres libres, donde los derechos de cada uno sean respetados y donde se busque, en unión fraterna, el bien común.
Así, los elementos fundamentales para buscar un consenso nacional deberían ser la respuesta a las siguientes preguntas:
- ¿Cuál es el tipo de sociedad al que queremos ir?
- ¿Cuáles pueden ser los objetivos centrales que sirvan de base a esa sociedad en el largo plazo?
- ¿Cuáles pueden ser las metas concretas que permitan lograr esa sociedad y los objetivos centrales del Estado Nación en el largo plazo?
* Ex Presidente de la República.
¿Cuándo nos mudaremos fuera de Lima?
Raúl Benavides*
El sabio Antonio Raimondi dijo que el Perú era un mendigo sentado en un banco de oro. Lo dijo pensando en las riquezas naturales del país y en la pobreza de su gente.
En el Perú moderno seguimos preocupados por la pobreza y la falta de trabajo. Parece que también sigue existiendo la percepción de que tenemos grandes riquezas que no usamos.
La historia de nuestro país está marcada por el estigma del banco de oro: la riqueza del guano nos trajo una de las peores crisis de la historia, el salitre fue en buena cuenta la excusa para la guerra con Chile, y cada vez que se hablaba del Ecuador se decía que la Cordillera del Cóndor tenía oro y petróleo. Podemos seguir con una serie de ejemplos. Lo cierto es que los peruanos más cultos, con mayores recursos y de mayor visión están en Lima, donde –creo que todos coincidimos en ello– no están las grandes riquezas naturales del país.
¿Cuál puede ser la explicación de esto? ¿Por qué los peruanos que podrían beneficiarse más del "banco de oro" que significa nuestro territorio están en un banco que nadie puede calificar como privilegiado? Lima es un modesto banco en el que están sentados los cultos, los acaudalados, los gobernantes y, sin duda, los mejores talentos del Perú.
El fenómeno es extraño; muchos lo califican de centralismo y tratan de combatirlo con legislación. Yo creo que debemos enfrentarlo mostrando lo bello y magnífico que es nuestro país y, por supuesto, dando el ejemplo.
Durante los últimos años las vías de comunicación han mejorado tremendamente y han abierto a los peruanos lugares bellísimos. La derrota del terrorismo ha hecho que podamos gozar de nuevo de nuestro país. Tenemos los medios de comunicación telefónica y cibernética disponibles en cualquier lugar del país. Casi en todos los pueblos se cuenta ya con energía eléctrica. ¿Por qué nos quedamos en Lima?
Yo no tengo una respuesta. Puedo ensayar algunas, como que no hay centros de enseñanza adecuada para la elite limeña, o que "todo se mueve en Lima", como dicen algunos, pero no llego a entender.
Veo, sin embargo, algunos cambios interesantes. Uno de ellos es mi hermano Alberto, que ha decidido vivir en la mitad del desierto de Ica, donde sólo llega el río cuando se produce un fenómeno El Niño. En Cajamarca hay algunos entusiastas que han construido hoteles para captar a los mineros que solicitamos servicios y a los limeños que queremos hacer turismo. El actual alcalde de Huancavelica también nos ha dado un buen ejemplo.
Yo pienso que el hombre es el centro del mundo, y que si la mayor riqueza del Perú, que definitivamente es su gente, decide que va a emprender la conquista del Perú por los peruanos (léase limeños), lo vamos a hacer. La pregunta es cuándo decidiremos hacerlo, cuándo dejaremos la "Lima la horrible" de Salazar Bondy para siempre.
Puede que Humboldt haya tenido razón cuando dijo que la gente de Lima era ociosa y que a lo único que se dedicaba era a conversar y chismear entre ellos. ¿Cuándo dejaremos los limeños de vivir de espaldas al país?
Sólo podremos desarrollar las grandes riquezas del Perú cuando dejemos de traer todos los recursos a Lima. No estoy hablando del Gobierno, pues una de las cosas buenas que ha hecho el señor Fujimori es invertir en el Perú y no tanto en Lima. Para que los recursos de las provincias queden en las provincias debe haber gente culta y honesta, capaz de manejarlos con sabiduría. De lo contrario se repetirá la historia. ¿Cuándo nos mudamos fuera de Lima? ¿Cuándo desarrollaremos el país?
* Empresario minero.
Escenas peruanas en París
Fernando Carvallo*
Miércoles 10 de noviembre, mediodía
Se clausura la conferencia de la Internacional Socialista. Delegados de más de cien partidos socialdemócratas de los cinco continentes discuten sobre cómo "humanizar la globalización". Jefes de gobierno europeos celebran el retorno del ciclo virtuoso del crecimiento sin inflación y se felicitan por la incorporación del partido de Nelson Mandela, así como por el nuevo impulso a las negociaciones de paz en el Medio Oriente. El laborista Ehud Barak y el líder palestino Yaser Arafat agradecen la ovación y vuelven a darse la mano. En el fondo de la sala, Alan García intenta guardar el perfil bajo y evita hacer declaraciones a la prensa. En uno de los puntos de la declaración final, la Internacional Socialista respalda al ex dirigente aprista y exige al gobierno peruano que respete el Estado de derecho que, según ella, implica que el reo contumaz pueda volver a ser candidato.
6 p.m.: Mesa redonda en la Casa de América Latina
Dos científicos sociales disertan sobre la situación preelectoral en el Perú, ante un público que asiste con la secreta esperanza de salir convencido de que la causa de nuestros males tiene nombre y apellido: Alberto Fujimori. El "especialista" francés explica que el autoritario presidente ha disuelto los partidos políticos. La fórmula para definir el régimen de Hugo Chávez evidencia más sutileza y bordea la pedantería intelectual: "bonapartismo con un toque de Benjamin Constant".
Los asistentes escuchan con encono que el gobierno del Perú mantiene deliberadamente los niveles de pobreza para ejercer el asistencialismo que le da réditos electorales. Algunos franceses relatan sus experiencias en el Perú para martillear el diagnóstico: miseria generalizada, inexistencia de instituciones, fraude organizado, racismo, violación de los derechos humanos y ausencia de libertad de prensa. Los asistentes abandonan la sala con la convicción de lucidez invicta y superioridad moral. Yo me hago preguntas impertinentes: ¿Será buena tanta unanimidad? ¿Desde cuándo los intelectuales se complacen con la distancia que los separa de los reflejos populares? ¿Qué mecanismos han conducido a convertir el respaldo a Fujimori en una actitud vergonzante?
9 p.m.: Restaurante "Picaflor", en el barrio latino
Dos empresarios de la compañía petrolera ELF degustan la comida nacional, invitados por un funcionario de Torre Tagle que les explica detalles sobre nuestra legislación en materia de inversiones. En las paredes se exhiben dos publicaciones peruanas, recompensadas en el reciente festival del libro de cocina de Versalles. "No se preocupe –afirma rotundo el diplomático–, la continuidad está garantizada, mientras que el terrorismo y las huelgas son cosas del pasado."
Jueves 11
Día feriado, aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial. Llega de Lyon Edgar Saba, director del Centro Cultural de la PUCP. Desborda satisfacción por un programa de intercambio universitario sobre gestión cultural. En Bruselas ha visitado un circo, en Normandía un grupo de danza moderna y en los suburbios, talleres de escritura para obreros sin trabajo. En París asiste a funciones de teatro y diseña la programación del próximo año, sin cesar de preguntarse por el destino del Rey Lear, paradigma de reconciliación, que en el Teatro Municipal se halla huérfano y sin techo.
Viernes 12, a.m.
Reunión en la sede de Reporteros sin Fronteras para enviar una carta a la Cumbre Iberoamericana de La Habana. Cuarenta y un años sin prensa independiente en Cuba, asesinatos sin culpables en México, impunidad en Colombia. En el Perú, amenazas, presiones fiscales y publicitarias, Ivcher desperuanizado por decreto policial y la justicia en manos de jueces provisionales y funcionarios de la sombra. "¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?"
Llega de Timor Oriental Mariana Sánchez Aizcorbe. Se quedará en Europa el tiempo necesario para obtener una visa rusa y poder entrar a Chechenia, el actual epicentro de la intolerancia y las certidumbres criminales. "¿Qué novedades en el Perú?" –pregunta. "Un nuevo primer ministro –contesto–, jurista y liberal."
4 p.m.: El Perú es elegido miembro del Consejo Ejecutivo de la UNESCO. País de enorme diversidad étnica y siete "patrimonios de la humanidad", su alta votación, ¿recompensa la gestión de nuestra diplomacia o sanciona la retórica rimbombante del director general saliente? Un japonés es el nuevo director general. Por ahora sólo se conoce de él la rapidez de su chequera y su voluntad de construir escuelas.
Antes de acostarme: Mi computadora anuncia un mensaje de ideele. ¿Serán malas noticias, o el tenaz esfuerzo por mantener la cabeza en alto? Si pudiera hacer otra cosa que transmitir mis observaciones, hace tiempo que me hubiera ido de aquí.
* Filósofo peruano que vive en París.
La promesa de nuestras raíces
Gustavo Gorriti*
Somos una contradicción irresuelta. Somos Pitucolandia y el Tawantinsuyo. Somos Abascal y San Martín. Nacimos bajo la advocación de nuestra Patria al ideal de libertad. La Gironda y la Montaña palpitaban en el espíritu de quienes nos dieron ser como nación. Nuestro himno es, antes que una marcha glorificada o una liturgia secular, un grito de entusiasmo ante la libertad.
Sin embargo, la democracia, el gobierno de personas libres, ha sido excepcional y efímera en nuestra historia. El virreinato perdió la batalla de Ayacucho pero ganó la guerra del tiempo. Mutó algo y así perduró. Seguimos condicionados a gobiernos verticales. El autoritarismo y el miedo que engendran se han presentado, y se han aceptado, como ecuación de eficacia. Incluso nuestros reformadores mejor intencionados y con mayor amor a la patria utilizaron la dictadura como el vehículo más directo para lograr fines que, ya lo sabemos, nunca se alcanzaron.
Y así nos fue ganando la Historia. Con elites cobardes pero astutas, diestras en los menesteres de la cortesanía, adaptables a las variaciones de los personajes y los estilos dictatoriales, coloniales con cierta elegancia hacia lo exterior, egoístas, opresoras y hasta crueles respecto de su propio país.
Nos ha tocado vivir debilitados en una geografía que exige pueblos recios y mentes lúcidas. Aun así, hemos tenido pioneros admirables y hemos tenido también héroes, tanto individuales como colectivos. Casi todos esos esfuerzos heroicos han tenido un final luctuoso, y los que no, una frustración asegurada. Hemos aprendido implícitamente que la diferencia entre los héroes y los meros protagonistas estriba en la magnificencia de la derrota, la grandeza del esfuerzo que reta y batalla, pero que al fin sucumbe ante el fracaso inexorable.
Recibir el nuevo siglo y el nuevo milenio con un grupo dirigente tan despreciable como el que ahora controla el gobierno de nuestra nación no convoca el espanto pero sí la náusea. Tener al shogún de las mentiras y al sinuoso espía como gobernantes, contemplar el encanallamiento del discurso público, la manipulación de los hechos, el debilitamiento de las instituciones y las conciencias para mantenerse en el poder, resulta triste pero no imprevisto.
Y pese a todo, persiste la inmensa promesa de nuestro país. Necesitamos ser un pueblo fuerte, y para serlo precisamos ser libres. Casi dos siglos de historia independiente nos han demostrado a qué conduce el gobierno impositivo de los pocos que dan órdenes, por estúpidas que sean, y de los muchos que obedecen. Eso es exactamente lo contrario de lo que soñaron y desearon nuestros fundadores, con sueños y deseos que la ciencia política de hoy comprende como certeros programas de poder ciudadano, formas eficaces de desarrollo nacional.
Por eso, nuestra promesa está en nuestras raíces. Nuestro futuro radica en retornar a los ideales de libertad y de ciudadanía que redactaron nuestra partida de nacimiento como nación. Ahí está nuestra fuerza. Sin ella, poco somos.
* Periodista.
Hacia un repensar del Perú
Edgardo Rivera Martínez*
Se nos ha invitado a meditar sobre el sentido del Perú. Es decir, a “pensar y dialogar sobre lo que vamos siendo y podemos ser”. Y se nos plantean, a título indicativo, numerosas preguntas. Imposible, en mi caso, responder a todas ellas, por lo cual me limitaré a las breves reflexiones que siguen.
Hace mil años no había en estas tierras nada que hiciera prever esa entidad que es nuestro país. Cinco siglos más tarde los incas nos legaron una patria, con todo lo que ella implicaba por entonces de elementos comunes y de diversidad. Es decir, un espacio físico, cultural y humano, y un modo fundamental de relación con la naturaleza. Allí se encuentran, en ese sustrato, nuestras raíces y la base misma de nuestra identidad. La nación, en cambio, comenzó a formarse hace algo más de cuatro centurias, en un largo y aún no culminado proceso. Vino la independencia, y ella sufrió la traumática amputación que fue la separación de Ecuador y de Bolivia. A la república le debemos, en fin, según Basadre, nuestro estado. No somos, pues, un país viejo, pero tampoco figuramos entre los más jóvenes, como tantos del planeta. Formamos parte, sí, junto con muchos otros, de eso que no hace mucho se llamaba el Tercer Mundo, que, como sabemos, incluye a los más pobres y marginales.
Bajo el régimen pasado, a fines de los años ochenta, prevalecieron la irresponsabilidad, la incompetencia, la demagogia. No parecía que se pudiera estar peor. Y sí, lo estamos, a pesar de la derrota de la inflación y del terrorismo senderista. Pues nunca como ahora prevalecen el cinismo, la mediocridad, la corrupción y la perfidia. Nunca mayores el irrespeto de los derechos humanos y la exclusión y la pobreza. El nuestro se ha convertido en un estado casi policial, que no por chicha deja de ser lo que es. Mas todo ello no ha doblegado la voluntad de supervivencia y resistencia de nuestro pueblo, como atestiguan los clubes de madres, las marchas de los pobladores andinos, la negativa a dejarse arrastrar a una subversión ciega y suicida, y la progresiva aunque aún parcial toma de conciencia de nuestra real situación y de quiénes son los responsables.
Todo ello se da, por otra parte, en el marco de una globalización fundada en el culto a los resortes más obscuros de la naturaleza humana, como son el egoísmo, la exclusión, la codicia, y en radical oposición a los valores predominantes en la sociedad andina, como fueron y son aún la solidaridad, la reciprocidad, el trabajo comunitario en alegría. Una globalización del mercado defendida con una intolerancia y sectarismo que no se veían desde tiempos medievales.
¿Puede haber lugar, entonces, para el optimismo? No; a corto plazo no, a mi modo de ver. Sí, en cambio, y a largo término, para la esperanza. No en vano nuestro pueblo ha sobrevivido a las masacres y a la desestructuración de la conquista y la colonia, así como a las injusticias y tensiones de la república. Y porque las fuerzas que, a escala del planeta, empujan hacia formas sociales más justas y abiertas, en que se concilien lo original y particular con lo universal y moderno, la libertad con la justicia, son, aunque muchas veces parezca lo contrario, más fuertes que las retardatarias. Y, en ese sentido, al Perú y a los demás países andinos nos corresponde proponer, como parte de nuestro proceso de autodefinición, nuevas formas de convivencia, de realización y de síntesis, con todo lo que ello implica en términos de visión de la vida, de expresión artística y de relación armónica con el universo.
* Escritor.
Un metro cuadrado de poder
Javier de Belaunde L. de R.*
Creo que una de las características de nuestra sociedad es que todo aquel que tiene algo de poder lo ejerce arbitrariamente. No me refiero sólo a quienes desempeñan funciones públicas. Basta que alguien tenga "un metro cuadrado" de poder en cualquier campo o quehacer de la vida social, para que la tendencia sea a usar y abusar de él, con la actitud de quien se siente propietario de un territorio y, claro, el propietario tiene las atribuciones de usar, disfrutar y disponer de un bien.
Nos caracteriza, pues, el uso del poder, de cualquier poder, como si fuera un bien de propiedad de quien lo tiene. Así, la legitimidad se da por sí misma; no hay que rendir cuentas a nadie, entre otras cosas porque hay una cierta complicidad social, una suerte de "ética del metro cuadrado de poder".
"Hoy por mí, mañana por ti"
El boletero de un espectáculo público codiciado "reserva" entradas para sus allegados, no importa que la cola para adquirirlas dé vuelta a la esquina. La señora que está a punto de llegar al lugar de venta considera "malagracia" a quien protesta porque hace entrar en la cola a una amiga sonriente y presurosa. La señorita de la ventanilla de un banco, no importa cuán sofisticado sea el mecanismo diseñado para hacernos sentir que no hacemos cola, se da maña para prescindir de tal mecanismo y atender a un amigo apurado que llega súbitamente. El portero de una oficina pública o privada abre o cierra el ingreso con puntualidad y humor que él determina, haciendo del maltrato, generalmente de acuerdo con la vestimenta de quien entró en su territorio de mando, una práctica propia del cargo. Ni qué decir del "watchiman". Todos tienen su "metro cuadrado de poder"; y lo ejercen, pues.
En ciertas oficinas hay jefes que estiran este metro cuadrado con elasticidad; si no, que lo digan secretarias y conserjes. Los policías son casi filósofos prácticos, extraña combinación, de este ejercicio. Las historias de profesores abusivos parecen ser más que excusas estudiantiles por bajos rendimientos.
En algún periplo judicial me contaron de alguien que hace muchos años había sido nombrado juez y se encontró con un abogado con el que había tenido especial rivalidad forense: "Oiga mi amigo, no se olvide de que estoy en el cargo para servir a mis amigos, fregar a mis enemigos y, en el tiempo que resta, administrar justicia".
Y así, estoy seguro de que todos tenemos experiencia con ese ancho "metro cuadrado". "Oiga, cuidado que mi padrino es capitán." El problema es que ese "metro cuadrado" suele ser sólo la base de "kilómetros cuadrados" en los que se repite el mismo comportamiento. La prensa amarilla ejerce la libertad de prensa abusivamente de manera impune. Valles enteros son contaminados en aras de la libertad de empresa. La televisión, ya no sabemos invocando qué libertad, nos llena de basura todos los días. El funcionario judicial no siente que debe fundamentar sus fallos buscando que sean socialmente aceptables. Los congresistas "no tienen mandato imperativo", qué duda cabe. Las renuncias de ministros por responsabilidades políticas hay que buscarlas en los libros de historia.
El otro día escuché por radio al presidente del Club Universitario de Deportes, que también tiene su metro cuadrado de poder, con tribunas, prensa y reflectores, decir algo aleccionador. La FIFA lo suspendió del cargo por faltas que le imputaron y la Federación Peruana de Fútbol sancionó. Él y su directiva habían desconocido la sanción de la FIFA hasta que llegó una advertencia final de este organismo: o se acataba la sanción o habría sanciones contra el club. El referido presidente dijo en la citada entrevista radial, entre otras cosas, que él contaba con el mejor abogado: el Presidente de la República, que no había acatado el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso de los terroristas chilenos en defensa de la soberanía nacional. ¿Qué tenía que meterse la FIFA en esto?
El razonamiento me pareció impecable y, por cierto, aleccionador. Pateado el tablero por quien se siente latifundista del poder, ¿por qué no pueden hacerlo quienes se sienten minifundistas? Total, es la misma idea: el poder se ejerce de cualquier modo porque se tiene. Eso basta. Esta concepción atraviesa nuestra vida social. Para el proceso de reconstrucción democrática de los próximos años, es indispensable que la manera como ejercemos todos nuestros pequeños "metros cuadrados de poder" sea un tema de revisión.
* Jurista.
De la paz a la reconciliación
José Luis Rénique*
"La revolución china –observaba Jose María Arguedas en los años sesenta– demuestra lo que es capaz de hacer un pueblo de antiquísima cultura, considerando su propia antigüedad histórica y la técnica moderna." Tal era el reto, y la posibilidad, para el Perú.
Imposible leer aquellas líneas hoy sin advertir cierto eco de tragedia; leerlas, más aún, como una suerte de inintencionado prólogo de la utopía armada que ensangrentó al país. Lo que el célebre escritor andahuaylino pretendía, no obstante, era formular un dilema cuya validez resultaba en aquellos años ampliamente reconocida. Con la crisis del orden terrateniente se perfilaba una nueva etapa en la construcción nacional en el Perú: ¿habría la nación moderna de erigirse sobre la base o en contra de su rico legado histórico?
La búsqueda de la primera de estas opciones definiría la conciencia de país de miles de jóvenes peruanos, impulsando su generoso volcamiento hacia el "país profundo" andino. De las "brigadas campesinas" a los proyectos de recuperación de andenes, de las lecturas del propio Arguedas a los textos sobre economía campesina, "sinamistas", "verracos" o "unecos" eran, todos, expresiones de una misión desmesurada: soldar a punta de voluntad una brecha de siglos, levantar sobre la "fuerza telúrica" de la patria antigua una igualmente poderosa nación nueva.
Aún seguimos buscando desentrañar el proceso en virtud del cual el sueño devino pesadilla, en el contexto de un mundo, más aún, en el que la posibilidad misma de experimentos como el entrevisto por Arguedas perdía terreno frente a una apremiante globalización. La "utopía andina" (Flores Galindo) se convertía en "utopía arcaica" (Vargas Llosa), abriendo paso a la emergencia de una visión contrapuesta: la nación moderna como resultado de una apertura irrestricta a la modernización capitalista en curso, al costo –penoso pero inevitable– de una quirúrgica liquidación de su pasado.
Desdeñosos de la política y reacios a ideologías y doctrinas, portavoces de la eficiencia y la competitividad, con pasión similar a los "utópicos" de los setenta, los "pragmáticos" de los noventa reclamarían su derecho a imaginar a su manera el país del futuro. Con sus Velasco, sus Guzmán o sus Alan García, una indefendible historia reciente proveería ejemplos idóneos de las desdichas del estatismo, del extremismo dogmático y del populismo despilfarrador. Viejas e inservibles, las obras de Mariátegui, Haya o Gutiérrez no les merecerían ningún tipo de atención. Abrumados por la densidad del pasado nacional los unos, urgidos los otros por el vértigo finisecular, por acción u omisión, coincidirían ambos en la inevitabilidad del uso de la fuerza para alcanzar sus objetivos: de la "violencia legítima de los oprimidos" a la reactualización del "la democracia no se come" de Odría, un mismo y compartido nervio autoritario. Un juego polarizante, en suma, que perpetuaría la vigencia de los "hombres fuertes" y caudillos providenciales de siempre.
Ha sido éste el drama del Perú de las últimas tres décadas: un sueño convertido en pesadilla, los costos terribles de una lucha fratricida, una pacificación, finalmente, efectiva pero sin reconciliación. Y frente a esta precaria dinámica, una sociedad a la espera de un mensaje de unidad e integración. Y si sobrevivir a tantas pruebas atestigua la fortaleza del Perú, las condiciones de una nueva era mundial suponen nuevos y mayores desafíos.
Pasó el tiempo –ha sostenido el mexicano Juan Enríquez– en que las bases para la continua y efectiva existencia de un estado depende de su control territorial o del tamaño de su fuerza armada. La legitimidad de su mandato, su desempeño económico y su capacidad para armonizar diversas aspiraciones étnicas, sociales y regionales, constituyen ahora asuntos prioritarios. Asuntos que, en conjunto, obligan a pensar en una política como terreno de convergencia y disenso civilizado garantizado por la existencia de instituciones y mecanismos legítimos de expresión y participación. Traducidas al caso del Perú, estas preocupaciones reafirman la necesidad de trascender los términos de una pacificación armada para establecer las bases de una genuina reconciliación. Es el sino de los tiempos, de Sudáfrica a Irlanda, pasando por El Salvador; numerosos ejemplos están ahí para demostrarlo.
Reconciliación, en un sentido amplio. De las elites políticas e intelectuales, en primer lugar, en la perspectiva de desactivar el mecanismo polarizante que cíclicamente ha suscitado la reactualización de nuestras peores tradiciones despóticas. De aquellas con la sociedad, asimismo, en la perspectiva de esbozar los términos de un nacionalismo progresista, cosmopolita e integrador que maximice nuestra participación en el mercado mundial sin desmedro de nuestra identidad como nación. Reconciliación del país con su propia historia, más aún, en la perspectiva de terminar con aquello que la historiadora Carmen McEvoy ha denominado nuestra "tendencia fundacional"; la inclinación, vale decir, a declarar el inicio de ciclos históricos sobre la base de la "destrucción sistemática del pasado". El país sin memoria, en otras palabras, como tantas veces ha sido señalado, donde la acumulación de experiencia política y, en consecuencia, de tradición política, es un hecho virtualmente inexistente.
Es gratificante mirarse como nación en las glorias del pasado distante. No es con el Señor de Sipán, sin embargo, el problema nuestro. Es en el pasado más inmediato donde se atasca la construcción de una identidad común como base de una reconstrucción de nuestra cultura política y nuestra vida cívica. Reconciliación, entonces, como diálogo valiente y honesto con el pasado más reciente; como re-humanizacion de una historia poblada de demonios, como la oportunidad de absolver todas las deudas de sangre y escuchar a todas las voces posibles, finalmente, exponer los argumentos de su propia verdad.
* Historiador.
Angustias y luces a puertas del siglo XXI
Javier Diez Canseco*
Un nuevo siglo, un nuevo milenio... más que suficiente para un ritual sugerente y difícil, que siempre nos rebasará: mirarnos al espejo, reconocer las huellas del camino, buscar en el baúl de nuestras esperanzas y frustraciones, identificar nuestros miedos y nuestras fuerzas, y hasta pretender dibujar el perfil del porvenir.
No soy de rituales, pero no puedo eximirme de participar en éste, quizá porque no resulta tan repetitivo y mecánico como otros. Éste es más bien tentador. Por eso me aventuro en estas líneas que no son más que una reflexión personal
–mejor aún quizá, pinceladas– de las preocupaciones de un actor político del siglo que muere.¿Qué es lo qué más me angustia del Perú de hoy?
La apatía y la depresión que penetran muchos espíritus, incluyendo los de numerosos jóvenes. La pérdida de fe en los procesos colectivos y las organizaciones sociales para dar prioridad –y en muchos casos sólo considerar– los procesos y afanes individuales, los éxitos personales, el "yo" largamente, por encima del "nosotros" y hasta en abierta y franca contradicción... la ilusoria pretensión de negar el carácter de ser social del ser humano, de desligar nuestros destinos personales de los destinos del colectivo al que pertenecemos, de la nación.
Las cicatrices del fujimorismo
A la sombra de su prédica a favor de un exacerbado individualismo y su endiosamiento del capitalismo salvaje, el "modernismo fujimorista" ha dado patente de corso a un pragmatismo amoral y autoritario que tiñe la política y a numerosos políticos. Con total impunidad vemos entronizado un régimen militarizado, que manipula imágenes y medios de comunicación, y entroniza el cinismo y la mentira en las declaraciones de los voceros del régimen que pueden sostener que los asesinados en La Cantuta se autosecuestran, o que la agente del SIN Leonor La Rosa se autotorturó. Pero también se legitima a parlamentarios que cambian de camiseta sin pestañear, o a otros opositores que desaparecen del hemiciclo en momentos de votación decisivos para aparecer luego designados a costosos viajes oficiales. Algo parecido ocurre en los negocios y entre numerosos empresarios: para muestra bastan los que manejan la televisión de señal abierta y su vergonzosa sumisión al poder.
Ha satanizado los principios de equidad, solidaridad y justicia, casi equivalentes a viejos dinosaurios supérstites de la edad de piedra, valores inútiles en la sociedad "moderna" que afirma estar construyendo sobre la base de un "yoísmo" exacerbado.
En la escena política, el régimen que sufrimos a puertas del siglo XXI ha reafirmado con especial fuerza una vieja lacra de la política nacional que hemos sufrido desde la independencia: el caudillismo, en sustitución de los débiles e incipientes partidos y movimientos políticos que trabajosamente –y con indudables deficiencias– se abrían paso en el Perú. Éste se asienta en una sistemática manipulación de programas de emergencia social que involucran a 67% de la población rural y a más de 40% de la urbana. Ello, por supuesto, acompañado de una campaña de demolición de las instituciones o, en su defecto, su humillante sometimiento al poder de turno como ocurre con el Poder Judicial, el Ministerio Público y el sistema electoral.
Pero quizá la cicatriz más feroz de todas las que el fujimorismo podría dejar en un importante sector de peruanos sea la que produce la pérdida de identidad nacional. Pensar que el desarrollo y el progreso vendrán de fuera; mirar al Norte en búsqueda de soluciones, alternativas y modelos sociales y económicos; desconfiar de nuestras potencialidades, de lo construido a través de nuestra historia... El fujimorismo nos deja un país en el que los peruanos son tratados como foráneos, privados de derechos y de privilegios que se reconocen a los extranjeros, mientras se remata el patrimonio nacional.
Despertares y luces
En este claroscuro nacional, la luz la ponen los contingentes juveniles que despiertan y se movilizan en búsqueda de su país con futuro; los movimientos descentralistas que reclaman una democracia participativa y regionalizada con renovado vigor y amplitud en la integración de contingentes sociales y políticos; los movimientos políticos que aspiran a construir una institucionalidad democrática, descentralista y comprometida con la búsqueda de la justicia social, fuerte y articulada; las organizaciones de mujeres que batallan por una auténtica igualdad de género; los colegios profesionales que activamente ingresan al quehacer nacional...
Pero lo que resulta urgente es que todas estas fuerzas se articulen alrededor de una propuesta de país, de un compromiso de mediano y largo plazo que congregue voluntades y abra paso al futuro.
* Congresista.