Para entender la política de los Estados Unidos hacia
el Perú
Coletta Youngers*
Pocas personas conocen como Coletta Youngers el modo
en que se procesan las decisiones de los Estados Unidos sobre el Perú. En el
artículo que sigue nos da cuenta del estado de la cuestión y sale al frente de
las interpretaciones simplistas que se han difundido entre nosotros.
La
formulación de la política norteamericana en relación con un país o región
determinada es un proceso enredado, caótico y competitivo, que raramente da
como resultado una política clara o coherente respecto de las prioridades en
juego. En primer lugar, una pléyade de agencias burocráticas compiten por
recursos y atención para sus propios programas. El Departamento de Estado, el
Consejo de Seguridad Nacional, el Departamento del Tesoro, la DEA y otras
instituciones están, todas, involucradas en estos procesos, y usualmente tienen
conflictos entre ellas.
La política
exterior en general atrae poca atención, y aquellos que trabajan el tema de
América Latina deben disputarla con políticos y burócratas preocupados por
asuntos como los del Oriente Medio o los Balcanes. Más aún: durante la
administración de Clinton, el Congreso ha demostrado ser particularmente adepto
a microgerenciar ciertos aspectos de la política exterior norteamericana a
través de su control de los recursos, lo que crea confusión adicional.
En segundo
lugar, la promoción de la democracia y los derechos humanos, que han sido
definidos como los principios que rigen la política exterior de los Estados
Unidos, dependen, en la práctica, de otros asuntos percibidos como importantes
para la seguridad nacional con respecto a un país determinado; esto se
constata, por ejemplo, de un modo dolorosamente claro, en el caso de China. La
inconsistencia es la norma.
Finalmente,
es bastante difícil –si no imposible– para los funcionarios que definen la
política exterior norteamericana prestar una atención sostenida a un país o a
un asunto determinado. Por el contrario, las políticas se conciben como
respuesta a las crisis. Y Washington reacciona a las crisis cuando éstas
ocurren, para luego moverse hacia la siguiente. Con pocas excepciones,
políticas proactivas o definidas en positivo no tienen lugar.
Prioridades
políticas en competencia
La política
de los Estados Unidos hacia el Perú en la última década ofrece un ejemplo
vívido de las contradicciones y confusiones que frecuentemente afectan sus
decisiones en este terreno. La diversidad de los intereses norteamericanos en
el Perú constituye un rompecabezas cuyas diferentes piezas no siempre encajan y
a veces son incluso incompatibles.
Washington
apoya firmemente la actual política económica –de hecho, con frecuencia el Perú
es mencionado como un modelo de desarrollo económico en la región–, y
reaccionaría de manera firme ante cualquier posibilidad de que ésta sea
cambiada. En su momento se les dio a las negociaciones entre el Perú y el
Ecuador una altísima prioridad en Washington, en la medida en que las disputas
fronterizas entre ambos países eran percibidas como una amenaza para los
avances hacia una zona de libre comercio en el hemisferio. La importancia de la
lucha contra el narcotráfico sigue siendo muy alta en los Estados Unidos, y el
Perú actualmente está recibiendo particular atención como consecuencia del
incremento en los precios de la hoja de coca y el consiguiente aumento en la
producción de ésta y del tráfico de cocaína.
Finalmente,
los asuntos relacionados con la democracia y los derechos humanos han sido
también una alta prioridad para los Estados Unidos desde el autogolpe, como es
evidente si observamos el papel que jugaron después de que éste se produjo, así
como luego, en los frecuentes pronunciamientos de sus funcionarios, muy en
particular los del ex embajador Denis Jett, y en los informes anuales de
derechos humanos.
En ningún
ámbito las contradicciones que surgen de estos diferentes intereses y de las
diversas agencias involucradas es más evidente que en el apoyo abierto –y
probablemente también encubierto– que recibe el SIN. El nivel de financiamiento
es relativamente pequeño; sin embargo, su significado político es grande.
De un lado,
los funcionarios norteamericanos declaran públicamente su compromiso con la
defensa de los derechos humanos y la democracia en el Perú y, a través de la
Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), proveen fondos para
importantes iniciativas destinadas a desarrollar las capacidades de la sociedad
civil. Pero, a la vez, a través del programa contranarcóticos, el gobierno de
los Estados Unidos apoya a la organización peruana que, más que ninguna otra,
es responsable por los retrocesos en la institucionalidad democrática, por los
ataques a la libertad de expresión y de prensa y por el hostigamiento e intimidación
de líderes de la sociedad civil y de políticos de oposición. La reunión
organizada por la Embajada de los Estados Unidos en Lima, en agosto pasado,
entre el zar antidrogas, general Barry McCaffrey, y Vladimiro Montesinos,
ilustra hasta qué punto los aliados de Montesinos en el gobierno de los Estados
Unidos le han ayudado a consolidar su influencia.
Aunque el
Congreso de los Estados Unidos apoya firmemente los esfuerzos antinarcóticos en
el Perú, ha expresado creciente preocupación en relación con la asistencia
norteamericana al SIN. En la legislación fiscal para el año 1999 pidió un
informe (que permanece secreto) para los miembros de los Comités de
Apropiaciones sobre la ayuda norteamericana al SIN. Fue este informe el que
alertó a algunos congresistas sobre la existencia de estas pequeñas ayudas
destinadas al SIN directamente por el Departamento de Estado. A mediados de
1999, tanto el Senado como la Cámara de Representantes incluyeron en sus
respectivas leyes fiscales para el año 2000 cláusulas que denotaban mucha
preocupación sobre el apoyo de los Estados Unidos al SIN. En el Senado se
anotó: "... el SIN continúa hostigando e intimidando a periodistas y
opositores al partido en el gobierno. El Comité pide ser consultado antes de
cualquier decisión de apoyo al SIN".
El papel del Congreso
de los Estados Unidos
Aparte de
la asistencia de los Estados Unidos al SIN, el conjunto del apoyo económico al
Perú, tanto para programas de ayuda humanitaria como para actividades
antinarcóticos, ha crecido sustancialmente desde que asumió la presidencia
Alberto Fujimori. En el año fiscal de 1998 el Perú fue el país de América
Latina para el que más ayuda se aprobó, pues recibió aproximadamente 120
millones de dólares, lo que sobrepasa por algunas decenas de miles de dólares
la ayuda obtenida por sus más cercanos competidores, Haití y Bolivia. Para el
año fiscal de 1999 al Perú se le asignaron casi 170 millones de dólares, aun
cuando Colombia se convirtió en el mayor receptor de ayuda norteamericana en la
región, debido al gran incremento de la ayuda militar a ese país. Alrededor de
80 millones de ese paquete de ayuda al Perú son para programas contra las
drogas, aproximadamente 55 millones para ayuda alimentaria y menos de 33
millones para ayuda al desarrollo.
El Congreso
tiende a prestar atención a aquellos países que reciben grandes montos de
ayuda, ya que ésta viene atada a una serie de condiciones. Si bien los
gobiernos receptores de la ayuda han mirado esta condicionalidad con desdén,
para el Congreso norteamericano ésta es, desde hace mucho tiempo, una práctica
normal. De ese modo, las varias resoluciones sobre el Perú aprobabas por el
Congreso de los Estados Unidos en el año que termina no son inusuales, sobre
todo si las vemos a la luz del tamaño del paquete de ayuda norteamericana al
Perú.
Lo que es
inusual, sin embargo, es la alianza bipartidaria en el Capitolio, la que ha
estado a la base tanto del lenguaje sobre el SIN ya citado como de la
Resolución 209 del Senado que expresa preocupación por los retrocesos en la
democracia en el Perú. Esta coalición, que reúne a los extremos del espectro
político, ha existido desde comienzos de la década de los noventa. Empezó con
demócratas liberales oponiéndose a la ayuda militar de los Estados Unidos al
Perú por consideraciones de derechos humanos. Semanas después del autogolpe se
les unieron republicanos conservadores, furiosos de que la Fuerza Aérea Peruana
haya derribado un avión de reconocimiento norteamericano matando al piloto. El
Congreso cortó, a consecuencia del autogolpe y del incidente con el avión, la
ayuda a las Fuerzas Armadas, y ha mantenido desde entonces una línea dura con
el Perú.
El senador
Jesse Helms peleó por años para obtener reparaciones del gobierno del Perú para
la familia del soldado norteamericano que murió, manteniendo en suspenso, en
diversos momentos, tanto la ayuda como las audiencias confirmatorias para el
embajador de los Estados Unidos en el Perú. Más recientemente, ha promovido la
Resolución 209, con el fuerte apoyo del más liberal de los miembros del Comité
de Relaciones Exteriores que Helms preside, el senador Chris Dodd. Si bien
estas resoluciones no tienen un efecto inmediato, son importantes para llamar
la atención sobre los asuntos acerca de los que se expresa preocupación,
alertando a aquellos en el Congreso que no siguen la política exterior de
manera cercana sobre potenciales problemas e influyendo en la definición de las
políticas de mediano y largo plazo.
La versión
de que la resolución es simplemente el resultado del lobby de Baruch Ivcher no toma en cuenta esta realidad. Más
importante todavía: quienes sostienen esto no entienden la manera en que el
Capitolio funciona. Hay una variedad de grupos y compañías privadas que tratan
de influir en las políticas que allí se adoptan. En el caso del Perú, tanto think tanks conservadores como grupos
liberales de derechos humanos plantean con regularidad sus preocupaciones sobre
las tendencias autoritarias en el Perú. Permanentemente hay peruanos que
visitan Washington, incluidas las delegaciones de la Coordinadora Nacional de
Derechos Humanos, especialmente en torno a las audiencias que cada seis meses
convoca la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.
Las
embajadas tienen parte de su personal designado específicamente a promover los
planteamientos de sus gobiernos, y muchas contratan firmas de abogados o de
relaciones públicas para mejorar su posición, tal como ha sido el caso del
gobierno peruano a lo largo de la mayor parte de los años noventa. El impacto
de los anteriores esfuerzos de lobby
ha sido, sin embargo, mínimo, y hay pocas expectativas en Washington de que los
recientes contratos firmados por el gobierno peruano vayan a tener algún efecto
significativo en cambiar la imagen del Perú. En realidad, estas firmas son exitosas
solamente en la medida en que tengan material con que trabajar. Solamente
cambios en las políticas y en las prácticas tendrían efectos importantes en el
largo plazo.
Evitar
las crisis
El gobierno
peruano tiene, sin embargo, un importante factor a su favor en sus intentos de
limitar las críticas por sus prácticas antidemocráticas. Por muchos años el
Perú estuvo en el tope de la agenda de los Estados Unidos en lo que a sus
relaciones con América Latina se refiere; primero, a comienzos de los años
noventa, como resultado del riesgo que significaba Sendero y, más tarde,
después del autogolpe, como una amenaza a las tendencias regionales hacia la
democratización. La atención de los Estados Unidos comienza a disiparse
significativamente luego de las elecciones de 1995 y, en la medida en que otras
crisis han emergido en la región, la política de los Estados Unidos hacia el
Perú ha entrado en una nueva etapa: la de evitar las crisis.
En
concreto, las turbulencias que plagan otros países de la región andina han
pasado a ser la preocupación principal de los Estados Unidos en América Latina;
dentro de ellos, Perú es el país que menos preocupa a la administración. El
conflicto interno colombiano y la percepción de que sus efectos pueden
extenderse a toda la región, dominan los debates de política exterior sobre
Latinoamérica; han llevado, además, a la más importante intervención militar de
Estados Unidos en la región desde la que se dio en El Salvador a mediados de
los ochenta. Si bien no habrá invasión de tropas norteamericanas en Colombia al
estilo de la que hubo en Vietnam, Estados Unidos está brindando este año
cientos de millones de dólares en ayuda militar y policial; entrena
regularmente tropas colombianas y equipa a sus unidades de elite; ha aumentado
también dramáticamente la capacidad de reunir información de inteligencia de
las Fuerzas Armadas colombianas. Washington está contemplando actualmente un
paquete de ayuda adicional de 1.500 millones de dólares, y es probable que el
Congreso lo discuta de nuevo a comienzos del 2000.
Después de
Colombia, la atención en la región andina se localiza en la crisis económica
del Ecuador y en la crisis política de Venezuela. Si bien funcionarios del
Departamento de Estado están adoptando una política de esperar y ver frente al
presidente Hugo Chávez –e incluso la elite empresarial norteamericana aprecia
el intento de enfrentar la corrupción–, muchos están nerviosos sobre las
implicaciones de la nueva Constitución, así como ante las actuales políticas
económicas. A diferencia de lo que ocurre con el Perú, los Estados Unidos
tienen importantes intereses económicos en Venezuela, ya que este país es su
más importante fuente externa de petróleo. Un funcionario del Departamento de
Estado me lo fraseó del siguiente modo en una entrevista reciente: "Con el
caos en Colombia, lo que está ocurriendo en Venezuela y el casi colapso
económico del Ecuador, simplemente no he tenido tiempo de pensar en el
Perú". Más aún: estamos en un año electoral en los Estados Unidos, con el
actual vicepresidente aspirando a suceder a su jefe. La última cosa que esta
administración quiere es otra crisis de política exterior, esta vez en torno a
las próximas elecciones en el Perú.
Pero dada
la cercanía de las elecciones en el Perú, a Washington se le hace cada vez más
difícil mirar hacia el otro lado. USAID está invirtiendo recursos
significativos en apoyar esfuerzos de supervisión y educación electoral. Las
misiones de monitoreo electoral del National Democratic Institute y del Carter
Center probablemente lograrán atención de altos niveles en Washington sobre los
serios problemas con las reglas del juego y sobre las condiciones para las
elecciones en el Perú. Los continuos ataques y el hostigamiento a los opositores
políticos –y su falta de acceso a la televisión, clave en cualquier campaña
política– son reportados con creciente frecuencia en la prensa de los Estados
Unidos, una tendencia que probablemente aumentará conforme se acerquen las
elecciones.
En suma, cada vez resulta más claro que un tercer
período de Fujimori no tendrá un sólido apoyo internacional y no brindará la
estabilidad que los Estados Unidos están buscando para sus políticas económicas
y antinarcóticos. A pesar de los mayores esfuerzos de la administración de
Clinton para evitar problemas en sus relaciones con el Perú, las condiciones
peruanas no favorecen un enfoque político de ese tipo.
* Directora
del Programa Andino de WOLA.