Los derechos humanos en el mundo:
¿La era está pariendo un corazón?
Nuevas tendencias, avances –no siempre consistentes– y desafíos para adelante en el escenario internacional de los derechos humanos.
La era está pariendo un corazón, no puede más, se muere de dolor; y hay que acudir corriendo pues se cae el porvenir.
Silvio Rodríguez
El vértigo de la globalización y el acelerado proceso de transformaciones tecnológicas siguió pasando desapercibido para miles de millones de seres humanos a los que el tercer milenio encontrará en la época de la carreta. En 1999, la exclusión social construyó muros todavía más altos de menosprecio de los derechos humanos.
Aunque en 1948 el Preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos proclamó "como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos (se liberen) de la miseria", en este fin de siglo la falta de techo, de educación y de vestido; el hambre, las epidemias y la desprotección de la niñez, constituyen manifestaciones de barbarie "ultrajantes para la conciencia de la humanidad".
La invisibilidad de los derechos económicos y sociales pareciera ser un rasgo distintivo firmemente arraigado en quienes toman decisiones que afectan a tantos millones de personas. Para tantas víctimas, el año que termina sólo les trajo la confirmación de que sus urgencias deberán buscar un espacio en la agenda de los próximos mil años y que, hasta entonces (como ha hecho notar Abelardo Sánchez León), pueden tener la seguridad de que sus hijos y nietos heredarán la desolación.
La interrelación e indivisibilidad de los derechos humanos empieza a superar la dicotomía de las "generaciones" de derechos (civiles y políticos, de un lado; económicos, sociales y culturales, de otro); a tal punto que el mismísimo presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos aboga por una visión de derechos humanos que tome en cuenta los aspectos integrales de la persona para enfrentar sus "principales violaciones: la pobreza, la brecha educativa y la falta de oportunidades".
Estas son posiblemente, además, algunas de las causas que explican las dimensiones que ha adquirido el problema de la seguridad ciudadana en nuestra región. Lamentablemente, de acuerdo con Sebastian Brett, investigador de Americas Watch, la "mano dura" que parece prevalecer en las políticas gubernamentales suele añadir ineficiencia... y nuevos peligros. La "revolución del ADN" en la que ahora se invierte en el Reino Unido suena a otro planeta frente a los extremos de iniciativas de seguridad privada (se autodenominan de "limpieza social"); y a leyes que, como en el Perú, menoscaban derechos fundamentales.
También es verdad que en 1999 ya es un lugar común decir que, por su sola condición de género, en ese escenario desgarrador de la miseria y la falta de oportunidades las mujeres son las más afectadas. El solo reconocimiento de este aspecto del problema le ha costado años al movimiento feminista, pero aún queda mucho camino por andar para detener tantos abusos indescriptibles contra tantas mujeres en tantas partes del mundo. Baste mencionar el primer informe de investigación sobre crímenes contra mujeres en Paquistán hecho público por Amnistía Internacional este año: a las mujeres las pueden matar "por intentar casarse con un hombre de su propia elección o por divorciarse de un marido que las maltrata... mientras que las autoridades pasan por alto su obligación de protegerlas".
Cada vez es más frecuente que las organizaciones de derechos humanos se ocupen de los temas de género y que las organizaciones de mujeres asuman el discurso y utilicen el sistema de los derechos humanos. El que este año las Naciones Unidas hayan aprobado el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos de la Mujer (que el gobierno peruano debería firmar y ratificar), creando el primer órgano de la ONU exclusivamente orientado a esta problemática, es un hecho que confirma la tendencia hacia una convergencia estratégica de ambos movimientos.
Otras tendencias han adquirido notoriedad y han sido objeto de controversia pública por la trascendencia de algunos acontecimientos a lo largo del año. La primera es una que ha estado presente a lo largo de la década: la relevancia del trabajo de derechos humanos en situaciones de crisis, muchas veces asociadas a conflictos armados.
En 1999 destaca, sin duda, lo que algunos interesados calificaron (¿maliciosamente?) como la primera guerra librada en nombre de los derechos humanos. La crisis en Kósovo y la intervención de la OTAN trajeron, además del dramatismo de los acontecimientos, nuevos y drásticos cuestionamientos. Pero, al margen de las inclinaciones o preferencias de cada quien, parecen confirmar la sentencia de César Arias: "se va hacia una mayor intervención internacional". Al menos, no hay duda de que es eso lo que buscan las remozadas propuestas de Kofi Annan, el secretario general de Naciones Unidas.
La Internacional Socialista, pronunciándose por el "derecho de injerencia", la intervención en Timor Oriental de una fuerza multinacional y las advertencias (aunque sólo eso) de que la situación en Chechenia no es un problema exclusivamente ruso, avalan esa tesis en un contexto en el que los derechos humanos han adquirido una dimensión política inmensa y en el que, como señala Alejandro Deustua, "los conflictos regionales de carácter estratégico están impregnados de derechos humanos".
De alguna manera relacionada con la primera, otra segunda tendencia visible en el año que termina es la que quedó grabada en la frase del juez Bartle al pronunciarse sobre el caso Pinochet: "un mundo, una ley". El caso Pinochet ha abierto muchas puertas y, entre ellas, la posibilidad de que algunos estados se animen a hacer valer su obligación de someter a la justicia a quienes son responsables de crímenes atroces, aunque los hayan cometido en otros territorios. Al proceso que se sigue en Londres se han sumado otros, y no sólo asociados al ex dictador. Francisco Soberón nos decía, por ejemplo, que recientemente se ha abierto en Francia un proceso contra militares de Mauritania. Y otro en Bélgica, contra un khmer rojo, por el genocidio en
Camboya.El archifamoso juez Garzón involucró recientemente a 98 militares argentinos y podría traer al Perú el ejercicio de la jurisdicción universal en las alas de la operación Cóndor, bajo cuyas sombras se habría perpetrado el caso Molfino. Otro indicio de esta posibilidad lo daba unas semanas atrás un cable de AFP según el cual la subsecretaria de derechos humanos de Argentina, Inés Pérez Suárez, informó que el Estado argentino acordó indemnizar a los parientes del ex presidente boliviano Juan José Torres porque su asesinato por grupos paramilitares en 1976 "se enmarca en la metodología del Plan Cóndor" que coordinaba la represión de las dictaduras de Sudamérica.
Que el Estado argentino asuma responsabilidad por el asesinato de un ex presidente no deja dudas sobre los extremos a los que pudo llegar la represión ilegal; pero tal vez lo que más llama la atención es la nueva actitud para hacer frente a casos como éstos. Soberón hace notar que la renovada atención de los tribunales argentinos al caso del general Pratts y de los chilenos al de Pinochet, indica que las nuevas tendencias en el mundo están presionando a que algunos países procuren mostrar que sus tribunales no son ni tan incompetentes ni están tan sometidos.
No hay que olvidar que este año prácticamente la mitad de los países del mundo han firmado el Estatuto de la Corte Penal Internacional (CPI), y que algunos incluso han procesado reformas constitucionales para adherir a él. La disposición para adherir a la CPI se ha convertido para el Parlamento Europeo en elemento para evaluar las relaciones con terceros países. Las coaliciones no gubernamentales de apoyo a este proceso se extienden por el mundo, y nada menos que la revista The Economist se ha sentido, el pasado mes de octubre, en la obligación de increpar al gobierno estadounidense por oponerse a la creación de un tribunal internacional permanente e independiente para juzgar a aquellos individuos responsables de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.
En la región, algo se avanzó este año en la OEA, con resoluciones en la Asamblea General que inician el debate sobre los defensores de derechos humanos y la presencia de la sociedad civil en el sistema interamericano (el único sistema regional que no reconoce status consultivo a las ONG). Acaba, además, de entrar en vigor el Protocolo sobre derechos económicos, sociales y culturales, y todavía está abierta la puerta (aunque sólo sea una rendija) para lograr un acuerdo de paz en Colombia y acabar con las barbaridades de tirios y troyanos.
Sin embargo, en una región plagada de contrastes como la nuestra, la nota disonante estuvo a cargo del gobierno peruano. En su peculiar estilo de patear el tablero y desconocer sus obligaciones en temas que comprometen los derechos de las personas, quiso hacer del ataque al sistema interamericano un mérito. Craso error. No es algo de lo que se pueda alardear en el mundo de hoy.
Como diría David Rief, articulista del New York Times, los derechos humanos parecen haberse convertido en el discurso moral dominante para pensar los asuntos internacionales; pero para que realmente lo sean, todavía queda un trecho no tan corto por recorrer. El que no haya prosperado la solicitud de moratoria de la pena de muerte para empezar el nuevo milenio, aun cuando una mayoría de estados ya no la practica y pese a que 1999 ha sido el año en que la Iglesia católica se pronunció –por fin– contra la pena capital, nos recuerda que ningún país musulmán la ha abolido y que los Estados Unidos encuentra en la China Popular un aliado para defender la atribución de los estados de matar a sus ciudadanos y negar el derecho a la vida.
Sin embargo, es seguro que antes de que transcurran cien años la pena de muerte habrá sido erradicada de la faz de la tierra; lo propio ocurrirá, en este siglo, con el colonialismo: este 20 de diciembre, la "devolución" de Macao a China después de 443 años de dominio colonial de Portugal dará por concluida la historia de la colonización europea en Asia.
Ese "ideal común por el que todos los pueblos y naciones (debían) esforzarse" del que nos hablaba la Declaración Universal de Derechos Humanos siguió este año su curso progresivo, y aunque el mundo todavía se muere de dolor, mantenemos viva la esperanza de que no se caiga el porvenir. (Hans Landolt)