Mujer

Género y política

Un almuerzo de desagravio a Beatriz Merino, que terminó siendo –o por lo menos así ha sido visto desde fuera– de desagravio a cuatro mujeres: Beatriz Merino, Luisa María Cuculizza, Paquita Izquierdo y Fina Capriatta / Un encuentro por todo lo alto sobre "Hombres y mujeres del siglo XXI: Género, amor y poder en el nuevo milenio", inaugurado por el presidente Fujimori, y con la participación de mujeres representativas tanto del oficialismo (Martha Hildebrandt) como de la oposición (Lourdes Flores).

¿Hasta qué punto la perspectiva de género puede y debe estar por encima de diferencias políticas e ideológicas? ¿Es apolítica o no? ¿Cuál es la relación entre la perspectiva de género, la democracia y el autoritarismo? ¿Hay que dar prioridad a que las mujeres tengan mayor acceso al poder, más allá de cómo y con qué estilo y posiciones? ¿Hay o no razones para simpatizar con el régimen político actual desde una perspectiva de género?

 

¿Por qué hacen tanto ruido?

Maruja Barrig

 

Unos 20 años atrás, las feministas marcaron su territorio con hitos de rechazo y de profunda desconfianza hacia los partidos políticos: estructuras masculinas insensibles a los intereses de las mujeres, manipuladoras expresiones del poder patriarcal. La suspicacia se extendió también hacia las militantes de partidos que se reclamaron feministas. De ahí las tensiones de comienzos de los años ochenta, expresadas, por ejemplo, en el II Encuentro Feminista Latinoamericano, que se realizó en Lima; de ese tiempo viene también la fácil adopción de la muletilla movimientista respecto de "las nuevas formas de hacer política". Creo que esta marca de origen es una de las causas del desconcierto actual respecto de las mujeres y la política, del cual ideele se hace eco, y que, la verdad, no es para tanto.

El feminismo peruano creció, se perfiló y avanzó en propuestas y logros concretos, al punto que llegó a ser considerado como uno de los movimientos más visibles y exitosos de la región; pero en el camino habría atrofiado su crítica y capacidad de análisis respecto del Estado, del sistema político y, especialmente, de su ubicación como un colectivo contestatario y "portavoz" de los intereses de las mujeres de cara a la política oficial. Este vacío facilitó acuerdos puntuales y alianzas necesarias con autoridades públicas y representantes oficiosos del Estado, y tejió un cierto pragmatismo entre algunas feministas: el tema "la mujer" se encapsuló para mantenerse incontaminado de las contingencias de la política; las diferencias de posiciones o inclinaciones partidarias (que existían) se difuminaron en nombre de una hermandad inexistente e, iluminadas por el dicho "del lobo, un pelo", varias estrategias de acuerdos tácitos con quienes hacen –y deshacen– las leyes y las normas se consolidaron en un estilo que no tiene nada que ver con nuevas pero sí con viciadas formas de hacer política.

Entonces, la elevación de los porcentajes de las regidoras, ley de "cuotas" mediante, seguramente será importante; pero, ¿sería mucho pedir que esto sea evaluado a la luz de lo que sucede actualmente en los municipios, con los congelados gobiernos regionales, con la centralización del poder político y administrativo? Y ahora que las baterías se preparan para las elecciones generales, ¿es fútil esperar que una parte de los recursos y de las energías de las feministas se dirijan al debate del distrito electoral único y la forma como su vigencia beneficiará o no a un puñado de "lideresas" limeñas y restará las opciones de las mujeres que son figuras provinciales? Y, francamente, ¿podríamos dejar el tema del desagravio o no de la señora Cuculizza y ocuparnos de cómo una de las más importantes dependencias del Ministerio de la Mujer, el PRONAA, juega con la dignidad de las mujeres que necesitan alimentos? ¿Y qué tal si, como dicen en El Salvador, le metemos mente al tema de los derechos de las mujeres –en cuyo nombre todo parece justificarse– en un régimen que nos dejó sin Tribunal de Garantías Constitucionales, sin referéndum, sin Corte Interamericana, etcétera, etcétera?

Como en muchos otros asuntos, el gobierno actual ha tenido la dudosa virtud de poner de manifiesto las desmaquilladas caras de las feministas: somos un grupo escindido por nuestras vocaciones y aspiraciones de poder, por nuestras diferentes evaluaciones de lo que significa hacer política, por nuestras distintas percepciones respecto del régimen fujimorista, por las variadas dimensiones de la cancha que cada una traza entre lo que alguien llamó el delicado equilibrio entre la ética y la negociación con el Estado. Estas tensiones han estado siempre ahí; que no se notaran, es otra cosa. Y entonces, como diría Carmen Ollé, ¿por qué hacen tanto ruido?

 

Género y gobierno: una relación ambigua

 

 

Norma Fuller

 

La perspectiva de género constituye una línea de análisis de la vida social que llama la atención acerca del hecho de que todas las sociedades humanas están organizadas sobre la base de la división sexual de tareas y la familia. Ambas suponen que varones y mujeres tenemos diferentes derechos y deberes. Asimismo, en la mayoría de las sociedades humanas esta diferencia se organiza de manera desigual, es decir, los varones adjudican más prestigio a sus tareas y se arrogan derechos sobre la sexualidad y la capacidad reproductiva de las mujeres.

Esta forma de organización tiene consecuencias en todos los aspectos de la vida social humana. La religión, por ejemplo, nos asigna funciones diferentes de acuerdo con el género; cada género, hasta hace relativamente poco, tenía derechos y deberes diferentes, etcétera. En consecuencia, el estudio de toda sociedad humana debe incluir la perspectiva de género, porque ella nos ayuda a comprenderlas mejor. En ese sentido puede ser considerada neutra.

La perspectiva de género, asimismo, ha demostrado que para poner en práctica políticas sociales es necesario tomar en cuenta que las mujeres tienen especificidades propias y que es más eficiente tenerlas en cuenta. Así, por ejemplo, ya es de sentido común que si se aplican programas educativos es necesario esforzarse por que las mujeres también participen, ya que de lo contrario los padres tenderán a dar preferencia a los hijos varones. Es decir, no basta hacer programas de desarrollo; es necesario tomar en cuenta que tienen impacto diferente en varones y mujeres. Esta es una práctica eficiente y puede ser asumida por técnicos.

Sin embargo, la perspectiva de género es un derivado del movimiento de liberación de la mujer y se inspira en esta posición política para actuar en la vida social. Ese movimiento nació de la constatación, ya mencionada, de que los varones tenían derechos sobre las mujeres y de que estas últimas estaban excluidas o marginadas de posiciones de prestigio o poder sólo por el hecho de ser mujeres. Esta situación se contradice con los principios políticos y filosóficos básicos de los sistemas políticos modernos: la igualdad de todos los seres humanos sin tener en cuenta diferencias de origen, género, edad, etcétera, y el derecho de todos los miembros de una sociedad de participar en su gestión y dirección.

La legitimidad política y ética de este movimiento proviene de su identificación con los principios de libertad e igualdad que están en la base de las democracias modernas. En consecuencia, es, por definición, un movimiento político antiautoritario y basado en el rechazo de toda forma de discriminación o exclusión. No puede estar por encima de las diferencias políticas, porque eso minaría su legitimidad ética y dejaría sin sentido sus postulados de base.

Sin embargo, es muy difícil establecer una plataforma clara de este movimiento, porque la categoría femenina es muy amplia y reúne a mujeres de regiones, razas, clases y culturas diferentes. Eso significa que, a pesar de compartir una discriminación en común, las mujeres concretas tienen intereses divergentes y, en concreto, aquellas mujeres que provienen de clases, razas o etnias favorecidas, o aquellas más hábiles en establecer alianzas con otros poderes, podrían usar esta plataforma para entrar en la arena política y promover sus intereses personales o grupales. No se trata de que las mujeres lleguen al poder, sino de combatir la discriminación que sufren por pertenecer al género femenino. Es decir, no basta con ser del género femenino para implementar una política de género. Se trata de actuar por los derechos de las mujeres.

En el caso peruano, los logros de las mujeres no se derivan de un pujante movimiento de mujeres sino que han sido resultado de la confluencia de tres instancias diferentes: la implementación de la filosofía política moderna en nuestras constituciones y sistemas legales, la presión de los organismos internacionales que promueven programas de lucha contra la discriminación de la mujer, y la acción de agencias de cooperación internacional que apoyaban proyectos de desarrollo y capacitación de la población femenina.

El régimen político actual está poniendo en práctica los acuerdos internacionales de promoción de la mujer y lucha contra la discriminación porque es una condición para calificar en los programas de ayuda internacional, y éstos son una inmensa fuente de recursos. Tal actitud no se deriva de ninguna conciencia de género, sino del pragmatismo. En este punto puede jugar a adoptar una perspectiva de género porque es técnicamente correcta, sin comprometerse a luchar contra la discriminación de la mujer; pero en ese caso le sería muy difícil justificar políticamente su práctica.

Por ello, la relación de la perspectiva de género con el actual gobierno es ambigua: de un lado, se coloca como un potente dispositivo que fuerza al gobierno a cumplir con las obligaciones establecidas por los organismos internacionales; de otro lado, y como ya lo señalamos, el compromiso del actual gobierno con estas políticas es parcial y pragmático, y no se deriva de la aceptación de la necesidad de luchar por los derechos de la mujer.

No hay razones para simpatizar con este gobierno desde una perspectiva de género, pero no se puede negar que ejecuta programas que tienen en cuenta esta problemática. La pregunta sería si este gobierno está o no comprometido con la lucha contra la discriminación de la mujer. Otros interrogantes son: ¿qué papel cumplen aquellas políticas que apelan a su condición de mujeres para hacer avanzar sus intereses o para ingresar en la vida política?, ¿qué función cumplen las ex feministas y ahora técnicas que en nombre de la eficacia de los programas que implementan hacen la vista gorda a los deslices autoritarios y clientelísticos del actual régimen?

Corresponde a los ciudadanos tener claro que ser mujer no es una garantía de compromiso con los ideales democráticos, y que la perspectiva de género no es políticamente neutra sino una hija del movimiento por la liberación de la mujer.

Todo movimiento político está sometido a tensiones internas y al inevitable desfase entre los ideales y principios que lo legitiman, los intereses variados de la población y los peligros de la manipulación del poder. La perspectiva de género es útil para entender la compleja vida social humana, pero se inscribe dentro de la lucha por la democracia y contra la discriminación. Fuera de este contexto se convierte en terreno fértil para la manipulación, el clientelismo, el tráfico de influencias y toda suerte de artimañas de la danza del poder.

 

Tempestad en un vaso de agua

Victoria Villanueva

 

Hay tempestades que se desatan en un vaso de agua; el almuerzo de desagravio es una de ellas. Pensaba que era mejor esperar que se calmen las aguas, pero las preguntas de ideele son importantes, por lo que trataré de darles respuesta en pocas palabras.

En primer lugar, no hay nada en el mundo que pueda ser apolítico y, por supuesto, el feminismo es esencialmente político, porque plantea cambios de poder y en el poder.

Esta característica no debería sorprender en momentos en que el viejo Estado y los partidos políticos colapsaron en el curso de la última década y la clase política tradicional se mostró incapaz de renovar su sensibilidad, su visión del mundo y de las cosas y, por lo tanto, de las ideas y programas. Las mujeres que hemos participado en los movimientos sociales y en los partidos políticos nos sentimos también coautoras del colapso del viejo orden político. Por eso no añoramos el pasado, sino luchamos por un nuevo mundo futuro.

Afortunadamente, desde el feminismo nuestra lucha por la autonomía nos ha permitido ver de manera diferente y a identificar el autoritarismo no solamente allí donde todo el mundo lo ve –en el gobierno y los aparatos militares–, sino allí donde existe como hecho cotidiano y se camufla de diferentes maneras. Las mujeres no estamos exceptuadas de este ser autoritario.

Por lo tanto, dejamos de lado las dos preocupaciones principales sobre un posible feminismo apolítico y la no existencia de mujeres autoritarias. Una vez más, el feminismo es político y hay mujeres autoritarias.

Sin embargo, resulta claro que el debate es sobre las estrategias que hemos diseñado todas las personas, grupos o instituciones que de una manera u otra estamos interviniendo en la política nacional.

Estas diferencias de estrategias –de ninguna manera de principios– pueden ser la base para un entendimiento si ponemos por delante nuevas formas de convivencia fundamentales para el diálogo, como escuchar primero antes de tirar la primera piedra.

Son ya más de 21 años de trabajo los que tiene Manuela Ramos –desde donde hablo–, y oír la voz de las mujeres ha sido el principio que ha marcado nuestro trabajo. Evidentemente, son miles y miles de mujeres, todas con problemas semejantes pero también con intereses políticos distintos.

Sin embargo, algunas se han atrevido a salir de la subordinación en la casa o fuera de ella y han decidido participar a su manera en el poder. De las peripecias de esas mujeres es posible extraer consecuencias aleccionadoras de lo que se puede y no se puede hacer en los marcos actuales.

No por ello negaremos el derecho fundamental que tiene toda mujer –como lo han tenido los hombres– a acceder a instancias de poder. Todo lo contrario: es importante que se abran nuevas y mejores oportunidades para quien quiera probar suerte en el terreno político. La gestión pública de estas mujeres –o de hombres– sí debe ser aplaudida o criticada cuando sea necesario.

Toda esta tempestad nos lleva a insistir en que es posible una manera diferente de entender y hacer política a partir de una visión integral de los seres humanos hechos de ternura, dolor, llanto, alegría y placer, distante de la visión unidimensional del ser humano que impone el poder, que es la razón pura e instrumental, universal, fría, rígida, agresiva y excluyente que nunca confiesa ignorancia ni debilidad.

El ser humano es frágil y, por ello, flexible y creador para mirar el mundo con otros ojos; un mundo en el cual haya lugar para las diferencias con tolerancia, sin renunciar a principios fundamentales.