Homenaje al maestro Franklin Pease
Como
tantos en el país, todos en IDL sentimos mucho la muerte de Franklin Pease. Que
su ejemplo y su pasión por el Perú nos alienten a comprometernos con nuestro
destino.
Huellas de una ausencia
Margarita Suárez*
El domingo
14 de noviembre despedimos a Franklin Pease García Yrigoyen. Fue difícil verlo
salir por última vez de su biblioteca y dirigirse a la Iglesia de Fátima. Esta
vez sus colegas sacerdotes –Armando Nieto, Jeffrey Klaiber y Manuel Marzal– no
se reunían con Franklin para discutir sobre el mundo andino y los avatares de
la profesión, sino con el fin de recordarnos cómo había enfrentado once largos
meses de enfermedad para, finalmente, encarar el fin de la vida. La
avasalladora presencia de familiares, colegas y amigos de incontables aventuras
nos hizo sentir, por un momento, que él todavía se encontraba allí, vivo entre
nosotros. Pero era una ilusión. En los cerros de La Molina, muy cerca de un
antiguo cementerio prehispánico, tomamos conciencia de que este era el último
adiós.
Sin duda,
la Universidad Católica ya no es la misma. Un profundo sentimiento de pérdida
se ha apoderado de nosotros (y aquí me permito delatar a varios compañeros de
trabajo). Muchos todavía tienen la sensación de que en cualquier momento lo
verán aparecer por ahí, con sus mejillas encendidas y su porte severo, tan
severo que más de un alumno se sentía intimidado ante su sola presencia. Y es
que no era difícil encontrarse con Franklin Pease en nuestro habitual recorrido
al firmar la asistencia a clase, al transitar por los pasillos de la facultad o
en el camino a la cafetería de letras. Franklin nos abordaba con el comentario
siempre preciso, la noticia inquietante y el libro recién publicado. La puerta
de su oficina estaba constantemente abierta para todos los que, como él,
compartían la pasión por la historia. Allí se hablaba, por supuesto, de
historia andina, pero también de historia medieval, arqueología, la estrategia
bélica de los romanos, el oncenio y hasta de los programas cómicos de la
televisión peruana y el último chiste de Mónica Lewinski. Acompañados de una
taza de café servida gentilmente por Ana María o Víctor, compartíamos su
exquisita erudición entre el barullo del papeleo burocrático, las llamadas
telefónicas, el escritorio siempre desordenado y su constante recurrir a
Mariana.
Pero la
presencia de Franklin
–a quien cariñosamente llamábamos "el curaca"– no se limitaba a las
tertulias. Era un atento interlocutor y un crítico sagaz de nuestras
investigaciones. Nunca dudaba en llevarnos a su casa con el fin de colocarnos
en las manos el libro de indispensable lectura, pero que por un fatal descuido
no habíamos consultado. Tampoco dudaba de encarrilarnos cuando nuestra vida
personal mostraba algún desliz peligroso. En suma, Franklin era un maestro que
nos sometía a un constante reto intelectual y personal.
Más de una
vez tuvimos que escaparnos, pues su energía no conocía los límites del tiempo
y, ciertamente, su actividad tampoco. Desde que Franklin obtuviera el título de
doctor en historia a los 28 años, desempeñó numerosas actividades en la
Universidad Católica del Perú, casa a la que dedicó 40 años de su vida. Allí se
desempeñó no sólo como profesor de historia, sino también como director del
Fondo Editorial y de la revista Histórica,
decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas, y miembro del Consejo
Universitario. Los que pasaron por las aulas de Estudios Generales Letras
probablemente nunca olvidarán esas clases en las que Pease nos introducía a la
teoría de la historia (incluso algunos recordarán la famosa pregunta:
"Oiga usted, ¿se puede hacer historia sin fuentes?"), y en donde el
maestro nos llevaba por el camino de la crítica edificante, el cuestionamiento
implacable del tosco sentido común y el duro ejercicio de aprender a plantear
la pregunta correcta.
Una vez en
la especialidad, los que nos aventuramos a seguirle los pasos a Clío
encontramos en las clases de Pease horizontes escondidos. En pleno fervor de la
llamada etnohistoria, Franklin
se constituyó en uno de sus principales representantes, junto con John Murra,
María Rostworowski y Tom Zuidema. Súbitamente, las crónicas y las
"visitas" se nos revelaban como herramientas poderosas que nos
posibilitaban una nueva lectura de los "pueblos sin historia". La aproximación
a las crónicas no sólo implicaba seguir los tradicionales métodos heurísticos y
hermenéuticos, sino que –haciendo un viraje hacia la antropología– nos llevaba
hacia el análisis de las categorías mentales, el universo religioso, los
diferentes conceptos de espacio y tiempo, o a entender el fenómeno del
"otro". Los cronistas –insistía Franklin–, más que conocer
"reconocieron", y proyectaron su realidad en el mundo andino; en
consecuencia, concluía, es natural que las elaboraciones de la historia de los
cronistas tengan un sinfín de lugares comunes que nos hablan más del universo
del hombre europeo que del indígena. Súbitamente, también las áridas visitas
cobraron importancia, al brindarnos
–gracias a la guía del maestro– información precisa sobre la cultura material y
la organización social de los Andes.
Así, varias
generaciones de historiadores tuvimos la suerte de pasar por las aulas de Pease
y, de esta manera, conocer y valorar los matices del ingenio de un gran
investigador. Franklin nos mostró las intimidades del oficio del historiador y
nos transmitió el fervor con el cual llegaba a los resultados de sus propias
investigaciones: "la historia del Perú no puede comprenderse al margen de
lo andino". Pero su vitalidad intelectual trascendió las aulas. Fue jefe
de investigaciones y, luego, director de la revista Historia y Cultura del antiguo Museo Nacional de Historia,
entonces dirigido por el malogrado José María Arguedas. Recibió numerosas becas
de investigación (Instituto de
Cultura Hispánica, Fundación Ford, Comisión Fullbright, Fundación Guggenheim,
entre otras) que lo llevaron a los archivos de España, México, Bolivia y los
Estados Unidos. En 1984 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional y, diez
años más tarde, su gran labor docente fue premiada con las Palmas Magisteriales.
Después de lo evocado, es fácil entender el porqué de
este sentimiento comunitario de pérdida. Franklin no precisaba distraerse con
rutinas improductivas. Su fuerza creadora se podía concentrar en reflexiones de
largo alcance sobre los temas que ya habían logrado hacerle un lugar en la
visión del pasado peruano. Al mismo tiempo, los lazos que lo unieron a su
familia ofrecían una imagen de solidez ejemplar. Franklin Pease se fue cuando
había alcanzado la plenitud de su actividad intelectual y vital. Y todas estas
cosas hacen aún más hondas las huellas de su ausencia.
* Historiadora,
discípula de Franklin Pease.
Mi hermano Franklin
Henry Pease García
Todavía me conmociona su partida, pero a pesar de su dolorosa enfermedad
Franklin murió dando muestras de paz y aliento a los que lo rodeábamos: su
adorada Mariana, sus hijos y sus hermanos. Enfrentó con sobriedad y fe
cristiana su destino. No puedo dejar de sentir rebeldía cuando veo que su
partida se dio en los años en que, por lo ya realizado, podía aportar mayores
contribuciones a su obra histórica, porque esa pasión por la historia fue su
apuesta cotidiana por el Perú en toda su vida.
Mi recuerdo de Franklin siempre está asociado a libros y a la historia,
desde muy joven. Recuerdo que me enseñó a jugar ajedrez y siempre me ganó.
Cuando se casó ya tenía más de mil libros. En torno a ellos siempre estuvo
abierto a conversar de todos los temas y a discutir con intensidad cada
opinión. Su visión se centraba siempre en largos plazos más que en la
coyuntura; tenía amplia perspectiva y formación multidisciplinaria para
hacerlo. En sus últimos meses, ya en medio del dolor persistente de su
enfermedad, recordaré varias de sus preocupaciones por el Perú: sus
instituciones, el acuerdo con Ecuador, los signos de corrupción en la política.
Fue un maestro en el mejor sentido de la palabra. Ejerció liderazgo
intelectual con una calidad humana que hoy muchos reconocen con gran cariño,
tanto desde su misma disciplina como desde otros ámbitos. Se esforzó por formar
historiadores como parte esencial de su compromiso con la historia y con el
Perú, e hizo de la Universidad Católica el centro de sus preocupaciones y
actividades.
Tuvo una vida plena y llena
de obras, interrumpida en su mejor momento. Pero estoy seguro de que Mariana contribuirá a que siga dando fruto
desde sus obras y desde la familia ejemplar que forjaron los dos.
La vida y la
historia
El pasado
12 de noviembre murió el historiador Franklin Pease García Yrigoyen, uno de los
más destacados intelectuales del Perú. Su trabajo académico fue decisivo para
profundizar el conocimiento del pasado precolombino y colonial de los
pobladores andinos. Pease y otros intelectuales como John V. Murra y María
Rostworowski demostraron el valor de la documentación producida por los
burócratas españoles y elaboraron una perspectiva andina de la historia del
Perú.
Esta
perspectiva reveló la persistencia de estructuras económicas y mitos, así como
la resistencia, creatividad y estrategias de supervivencia de los indígenas.
Pease fue
autor de numerosos trabajos, como Del
Tawantinsuyo a la Historia del Perú, publicado por el Instituto de
Estudios Peruanos en 1978. Asimismo, promovió y elaboró textos de difusión como
La Gran Historia del Perú que hace
unos meses publicara el diario El
Comercio e historias generales del período republicano, que demostraron
su oficio como historiador y ofrecieron nuevas perspectivas sobre el desarrollo
y las posibilidades del país. Una de sus más recientes publicaciones, Las crónicas y los Andes, ofrece una
nueva perspectiva de las principales fuentes que se han usado para explicar la
conquista y la colonia. Este libro fue publicado en 1995 por su casa de
estudios, la Pontificia Universidad Católica del Perú, y el prestigioso sello
editorial mexicano Fondo de Cultura Económica.
Fue durante
muchos años un generoso y carismático profesor en la Pontificia Universidad
Católica del Perú, en la que llegó a ser decano, dos veces, de la Facultad de
Letras y Ciencias Humanas. Asimismo, ocupó el cargo de director del Museo
Nacional de Historia del Perú y de la Biblioteca Nacional. Creó y alentó Histórica, la principal revista
académica de su especialidad en el Perú. El gobierno peruano lo reconoció con
las Palmas Magisteriales, y gozaba de un amplio prestigio internacional. Fue
profesor invitado en varias universidades del extranjero y recibió importantes
becas y distinciones, como la beca norteamericana John S. Guggenheim y el
premio mexicano de historia "Rafael Heliodoro Valle".
Su muerte ha significado una gran
pérdida para la Universidad Católica, para la cultura del país y para el Perú.
(M.C.)