AGENDA 2000
De la
violencia al autoritarismo
De un enemigo común, a una polarización "entre
nosotros"
Así como entre 1980 y 1994 el eje para comprender la situación de los derechos humanos en el Perú y definir la agenda correspondiente era el de la violencia política (terrorismo-estrategia antisubversiva), desde hace varios años vivimos un período marcado por un eje distinto pero igualmente nítido: el autoritarismo como régimen político. 1999 ha sido un año especialmente revelador de este nuevo período, por su proximidad a un proceso electoral que pretende ser utilizado por ese autoritarismo para mantenerse en el poder, por lo menos más allá del 2000. Así, con este gobierno salimos de una situación límite, pero este mismo gobierno nos ha puesto en otra situación extrema, muy diferente pero también grave.
Felizmente,
ya no son tiempos en los que el discurso de derechos humanos tenía que comenzar
con un alarmante y terrible recuento de atentados y asesinatos cometidos por
Sendero Luminoso y el MRTA, para luego pasar a un también alarmante y terrible
recuento de desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y detenciones
arbitrarias cometidas desde el Estado. Si bien Sendero Luminoso mantiene
todavía capacidad para hacer daño en algunas zonas del país (véase artículo
sobre SL en esta edición) y hay toda una agenda pendiente que viene de los años
anteriores (véase recuadro sobre el tema), la violencia política es hoy un dato
marginal y cada vez más focalizado de la realidad nacional, y han cesado, por
lo mismo, las violaciones de derechos humanos vinculadas a esa situación.
Pero la
salida de esta etapa de violencia política en nuestro caso no significó, a
diferencia de otras experiencias, mayores niveles de democracia, sino que
coincidió con el inicio y la consolidación de un régimen político autoritario,
cuya partida de nacimiento se formalizó con el autogolpe del 5 de abril de
1992.
Por eso, lo
que está marcando el deterioro de la situación de derechos humanos en el Perú
en el último período es la concentración del poder político en Fujimori y su
entorno, y la paralela eliminación de toda institución o espacio que pueda
significar límite, contrapeso o fiscalización.
En esa
dirección, ya en años anteriores se intervino y logró controlar todas y cada
una de las instituciones del Estado, y se fortalecieron, más bien, instancias
que en una sociedad democrática deben estar circunscritas a ámbitos muy
concretos y restringidos; nos referimos específicamente al SIN y al fuero
militar. (La fuerza de este último se evidenció recientemente en la demora para
liberar a Cesti, aun después de que el propio Fujimori había manifestado
públicamente que debía acatarse el fallo de la CIDH que ordenaba su libertad.)
1999 sólo
ha sido, en estos términos, un año más de lo mismo: un Congreso bajo la batuta
de una compacta mayoría oficialista (con la sola excepción de Carlos Ferrero,
quien ha seguido votando a conciencia); con un Poder Judicial integrado en su
gran mayoría por magistrados provisionales, es decir, manipulables, y con una
Comisión Ejecutiva transitoria convertida en eterna; con un Fiscal de la Nación
de atribuciones recortadas; sin Tribunal Constitucional; con un sistema
electoral infiltrado y por lo mismo cuestionado (algo que hacía muchísimo
tiempo no se daba en el país); y así podríamos seguir enumerando cada una de
las instituciones, y en cada caso se podría precisar alguna grave irregularidad
(véase encarte al respecto).
La
Defensoría del Pueblo sigue siendo la única excepción, puesto que mantiene su
independencia y cumple una importante función de fiscalización; pero, dada su
naturaleza –una institución cuyos únicos recursos son la persuasión y
ascendencia moral–, de ninguna manera puede ser considerada como el contrapeso
que normaliza el juego de poderes. Por lo demás, considerando el complicado
escenario político que se viene, se puede avizorar que el ombusdman tendrá que
sortear pruebas de fuego (véase recuadro de balance de la Defensoría).
Es este
contexto de concentración de poder y desinstitucionalización lo que también
explica ya no la incompatibilidad sino el cortocircuito entre el actual régimen
político y soportes esenciales de las democracias contemporáneas, como son la
libertad de prensa y los mecanismos internacionales de fiscalización.
La
transparencia de los medios de comunicación
Todos los
indicadores que en los años pasados revelaban ya graves problemas en materia de
libertad de prensa se han agravado durante 1999, y hasta ha habido una
desinhibición total, porque si hoy hay algo transparente en este país, es el
control y manipulación de los medios de comunicación:
– Una casi
total eliminación en los medios de comunicación masivos (televisión de señal
abierta y parcialmente la radio) de todo lo que pueda significar debate plural
de temas políticos, y en su lugar: cómicos ambulantes y talk-shows de ínfima calidad.
–
Utilización permanente de esos mismos medios para hacer propaganda a favor del
régimen y en contra de todo lo que pueda significar oposición o discrepancia.
–
Utilización de la prensa amarilla en la misma dirección.
–
Utilización de la publicidad estatal y de deudas con el Estado para favorecer a
los medios amigos y acechar al resto.
–
Hostilización y agresiones a la prensa local.
–
Manipulación del Poder Judicial a favor de la prensa adicta y contra la prensa
crítica.
Todos estos
rubros han pasado a ser comunes en las cronologías e informes sobre libertad de
prensa, y en cada uno de ellos pueden ponerse ejemplos muy concretos, cada vez más
frecuentes, por lo que el tema atentados contra la libertad de prensa se ha
convertido en capítulo aparte y uno de los principales de la situación del
país. Durante el año han sido especialmente importantes los pronunciamientos
que en ese sentido hicieron Alejandro Miró Quesada ante la SIP, el relator
especial para libertad de prensa de la OEA, el del Consejo Nacional de la
Prensa, Instituto Prensa y Sociedad, la Asociacion Nacional de Periodistas y
hasta los de Margaret Albright (secretaria del Departamento de Estado) y el
mismísimo Congreso norteamericano por unanimidad (la famosa Resolución 209).
El hecho de
que el gobierno no haya podido retroceder ni un solo milímetro en relación con
el caso Ivcher, pese a los enormes beneficios que le reportaría el menor gesto,
es un dato muy elocuente de la situación: por algo será que prefiere a un
Ivcher afuera, realmente moviendo cielo y tierra, que a un Ivcher en el Perú
dirigiendo de nuevo su canal de televisión. Por algo será.
Pero Ivcher
ya no es el único dueño de un canal de televisión que ha caído en desgracia
para el régimen y que ha experimentado en carne propia las consecuencias de
enemistarse con el gobierno, por más amigo que se pueda haber sido en el
pasado; este año le tocó el turno nada menos que a Genaro Delgado Parker. Ver a
este poderosísimo empresario denunciando con todas sus letras que él también ha
sido despojado de su canal de televisión por no haber aceptado la
incondicionalidad y obediencia que hoy el régimen exige a la televisión, demuestra
la gravedad de la situación y los riesgos que implica la mínima discrepancia o
impase con el poder. Imaginamos que esta imagen de "papá upa" como
víctima debe haber aumentado el pánico que ya existía entre los empresarios de
las comunicaciones y el empresariado en general y, por tanto, permite suponer
que el silencio ahora sí será sepulcral.
Es natural
que una situación tan claramente deficitaria en democracia y derechos humanos
atraiga los cuestionamientos internacionales como un imán, y por eso en el año
ha habido innumerables: Comisión Interamericana, Departamento de Estado
norteamericano, Congreso de Estados Unidos, Unión y países europeos,
organizaciones internacionales de periodistas, organizaciones de derechos
humanos, etcétera. Es parte de la globalización, y cada vez más. Es cierto que
hay lobbys, y de muy diferente
signo, y también que hay países que en una situación similar logran, por su
peso, imponer otro tipo de consideraciones (por qué habría que negarlo: es
parte también de la globalización), pero no menos cierto es que –lo más
importante– los cuestionamientos internacionales en nuestro caso tienen un
sustento real, pues ninguno de ellos se basa en hechos falsos e inventados.
Muy
distinto sería si se pudiera alegar verdaderamente que todo es un problema de
desinformación o de poderosos lobbys.
Sólo Alberto Bustamante, en su afán por cumplir bien su cargo de primer
ministro, se atreve a decir que nada existe, y que si Ivcher no regresa al país
es porque él no quiere; o que si los magistrados del Tribunal Constitucional no
han sido reincorporados es porque ellos no lo quieren, contra el deseo del
gobierno.
Y por lo
mismo, porque se trata de un régimen que viene atentando permanentemente contra
la democracia y los derechos humanos, no puede darse el lujo de permitir una
fiscalización desde el exterior; y fue por eso que en el año que termina tuvo
que fugarse del Sistema Interamericano, para evitar tener que rendir cuentas en
una serie de casos que estaban prosperando y que tenían que ver con su esencia
autoritaria (Tribunal Constitucional, Ivcher, legislación antiterrorista,
Cantuta y
Barrios Altos; véase, al respecto, artículo en ideele 122).
En este
contexto, el trabajo de derechos humanos sólo puede tener como prioridad la
búsqueda de la restauración del Estado de derecho y la institucionalidad
democrática, amparado en una doble razón conceptual: se trata de una situación
en sí misma violatoria de derechos humanos, pues atenta contra dos estándares
universales y vinculantes contenidos en el ordenamiento jurídico interno y en
convenios internacionales suscritos por el Perú (acceso a la justicia y
garantías de la administración de justicia; legalidad; independencia de poderes
e instituciones; libertad de prensa; etcétera) y porque, a la vez, se trata de
garantías fundamentales para la vigencia del conjunto de derechos.
Elecciones
y derechos humanos
Hay un
elemento esencial que hay que agregar a la situación descrita y que determina
una especificidad de la agenda de derechos humanos mencionada durante los
próximos meses: la voluntad del actual régimen de perdurar más allá del 2000 a
través de la inconstitucional postulación de Fujimori por tercera vez, para una
segunda reelección.
Esto
significa que el trabajo de derechos humanos durante el proceso electoral que
se avecina no se puede restringir –como en otras elecciones– a tratar de que
los candidatos debatan y acepten compromisos en torno a derechos humanos, sino
que tendrá que asumir otras funciones que también tienen que ver con la defensa
de estándares obligatorios.
Participar
de los esfuerzos para que se realicen efectivamente las próximas elecciones de
acuerdo con el ordenamiento jurídico nacional y los estándares universales, es
una labor propia del trabajo de derechos humanos, más allá de cualquier
simpatía partidaria o ideológica, pues lo que está en juego son derechos
civiles y políticos fundamentales como el de elegir y ser elegido, el derecho a
la participación, la defensa de la legalidad, etcétera.
Por tanto,
oponerse desde ahora a la ilegítima postulación de Fujimori, al uso irregular
de los recursos del Estado a favor de su candidatura, a la hostilización y
ataques contra candidatos opositores, a la manipulación de medios de
comunicación, etcétera (véase artículo político), forma parte del actual
trabajo por la vigencia de los derechos humanos.
Hay una
razón adicional por la que los derechos humanos estarán muy presentes en el
próximo proceso electoral, un poco sin querer ni deber: constituyen uno de los
temas escogidos por el oficialismo para acumular y polarizar. El discurso es
que ellos fueron los que salvaron al país del terrorismo, con una estrategia a
la que se opusieron los derechos humanos, por lo que todo adversario del
gobierno que emita la más mínima señal a favor de los derechos humanos (por
ejemplo, que se deben respetar las decisiones del Sistema Interamericano) pasa
automáticamente al campo del terrorismo. Es con esta lógica que la prensa
amarilla está acusando a Castañeda y Andrade de terroristas.
Por razones
diferentes de las del pasado, pero también muy graves, la actual agenda de
derechos humanos es clara y precisa, además de cargada.
En conclusión: con este gobierno salimos de una
situación gravísima, de una guerra interna desatada por el terrorismo y azuzada
por una respuesta inadecuada desde el Estado, pero este mismo gobierno nos ha
puesto en una nueva situación extrema y límite. La anterior era sangrienta y,
por lo mismo, mucho más apremiante, pero tenía la "ventaja" de que
había un solo enemigo común claro: "todos contra SL y el MRTA"; las
diferencias estaban en cómo había que derrotarlos. En ese sentido, la situación
actual es más compleja, porque la absoluta división y polarización del país es
"entre nosotros", sin el terrorismo de por medio. El desafío es, en
estos términos, de naturaleza distinta y quizá hasta más exigente. (Ernesto de la Jara)
Agenda pendiente sobre violencia política
Existe toda una agenda pendiente de
derechos humanos que tiene su origen en los años de mayor violencia y que es
indispensable solucionar por diversas razones:
– Responde a problemas reales no resueltos: impunidad,
verdad y reconciliación; víctimas del terrorismo; reconstrucción de zonas
afectadas por la violencia y desplazados; inocentes en prisión y
requisitoriados; etcétera.
– Las violaciones de derechos
humanos cesaron no por voluntad política o cambios institucionales, sino como
consecuencia natural del descenso de la violencia de Sendero Luminoso y el
MRTA.
– Existe una pugna por la memoria
histórica, ya que el oficialismo busca imponer su versión.
– El no estar en pleno conflicto
armado interno puede ser el mejor momento para procesar determinados temas (por
ejemplo, legislación antiterrorista).
El
desafío consiste en fomentar condiciones políticas y sociales propicias y encontrar
estrategias que permitan procesar y solucionar problemas del pasado, pero sin
quedarse anclado o atrapado en él.
La Defensoría del Pueblo:
Soledad sola (desafíos)
Hay
consenso en reconocer que el balance sobre la Defensoría del Pueblo es positivo;
a su favor tiene:
– El solo
hecho de existir es ya positivo. Recordemos que se postergó su creación y la
elección del primer Defensor, y que se restringieron sus atribuciones.
– No
solamente existe, sino que ha perdurado manteniendo su independencia y cumpliendo
una función importante. Sólo una gran habilidad y acierto de estrategias le han
permitido superar una disyuntiva que se creía inevitable: o un perfil bajo y
hasta inocuo, o una víctima de la artillería oficialista.
– En los
más de tres años de su existencia ha ido creciendo tanto en términos de
legitimidad (es la única institución estatal que queda libre e independiente)
como de presencia (expansión territorial y diversidad de adjuntías).
– En los
temas que ha decidido actuar ha logrado una presencia importante y resultados
muy concretos: inocentes en prisión (Comisión Ad Hoc); pronunciamientos
inequívocos sobre la inconstitucionalidad de determinadas normas y medidas
(desdibujamiento del modelo constitucional: decretos de seguridad nacional,
informe sobre el SIN); derechos reproductivos; abusos en el servicio militar;
derechos del comsumidor; condiciones carcelarias, etcétera.
– Se ha
abierto un espacio propio de acuerdo con su naturaleza, lo que no significa ni
duplicación ni superposición con otras instituciones del Estado.
– Al mismo
tiempo, ha establecido muy buenos vínculos de coordinación y trabajo conjunto
con los organismos de derechos humanos.
Sin
embargo, los desafíos generales –más allá de los temas específicos– para el
próximo período son sumamente exigentes:
– ¿Cómo
lograr que la regla sea que los pronunciamientos de la Defensoría se cumplan, y
no acumular decisiones no acatadas que pueden llegar a convertirse en parte del
paisaje habitual? Evidentemente, no se trata de dejar de pronunciarse para no
arriesgar un incumplimiento, sino de ejercer un seguimiento de las decisiones y
hacer cuestión de estado hasta que se cumplan.
– En la
medida que se trata ya de una institución consolidada y legitimada, es lógico
que tenga que responder a mayores exigencias y expectativas. Al mismo tiempo,
ya el gobierno ha comenzado a acusar a la Defensoría de politización y está
dispuesto a hacerle la vida imposible.
¿Cómo
mantener el equilibrio? ¿Qué es equilibrio y qué es hacer poco o excederse? El
propio Defensor dijo que "la Defensoría suena pero no truena". ¿Ese
es su destino? Punto que ya es tema de discusión y de diferente opinión, a
favor y en contra, y que se volverá más polémico en el próximo período debido a
lo irregular del proceso electoral, en el que la Defensoría ha decidido actuar
como observador. ¿Cuál será su reacción si Fujimori inscribe su candidatura
ahora en diciembre? Si no hay fraude en la votación misma, ¿se considerarían
válidas las elecciones? Si Fujimori llega a gobernar por tercera vez y la
Defensoría termina su período sin mayores problemas, ¿es una buena o una mala
señal?
– ¿Cómo
puede ayudar la Defensoría en la reconstrucción de la institucionalidad
democrática y no caer en la lógica de que hay que fortalecerla y expandirla cada
vez más porque es la única institución que queda?
¿Cómo evitar que el
crecimiento de la Defensoría debilite en los hechos la red de ONG de derechos
humanos en términos de funciones, recursos humanos, interlocución, etcétera? Si
la Defensoría no establece prioridades y hace todo lo que ya hacen las ONG, ¿no
hay el riesgo de convertirse en una súper ONG estatal pero dejando el espacio
exclusivo de la Defensoría? ¿Cómo ayudar a fortalecerse y legitimarse
mutuamente? ¿Cómo procesar diferencias? ¿Qué pasaría si al final de la Comisión
Ad Hoc la Defensoría considera que ya no hay inocentes en prisión, a pesar de
un número significativo de casos patrocinados por ONG que pudieran no haber
prosperado; no sería inexorable una mutua deslegitimación?
Ya es hora: Vivamos sin tortura
En años pasados la tortura estuvo ligada a las acusaciones por
terrorismo, pero en verdad constituye un mal endémico: toda persona que es
detenida corre un altísimo riesgo de ser maltratada o torturada; las
posibilidades, obviamente, aumentan en función de cuán humilde e indefensa sea
la persona. Entrando al siglo XXI, y a pesar de creernos muy modernos, sigue
existiendo en el país una práctica tan primitiva como es el uso de la violencia
con el fin de obtener una confesión o información, o como modalidad de
extorsión. Cómo será de recurrente esta práctica en el país, que la CNDH la ha
definido como eje de campaña y acaba de publicar un informe con 4.601 denuncias
de tortura entre 1988 y 1998. El Comité contra la Tortura de Naciones Unidas no
sólo viene llamando la atención al gobierno peruano por no tomar las medidas
correspondientes, sino que el año pasado hasta hizo una visita in loco a
nuestro país, la segunda desde su creación. ¿A dónde fue la primera? Nada menos
que a Turquía. Así estamos.
Un paso hacia adelante y celebrado fue la tipificación por fin de la
tortura como delito autónomo (sí, hasta hace poco torturar no era un delito,
sino un abuso de autoridad o daños contra la salud), pero los casos que desde
ese momento se vienen siguiendo en el Poder Judicial están arrojando resultados
escandalosos. Así, en el caso de Lucas Huamán, un humilde campesino que fue
masacrado hasta la muerte por miembros de la Policía de La Mar, Ayacucho, los
responsables han sido absueltos en primera instancia.
Se han dado, incluso,
normas que "sin querer queriendo" constituyen una
institucionalización de la tortura y hasta la alientan. Nos referimos a la
legalización, para las acusaciones de terrorismo agravado (como parte de decretos
legislativos sobre seguridad nacional), de una fórmula que ya en la práctica
venía operando y provocando casos de tortura en terrorismo y traición a la
patria: el considerar como prueba, durante el juicio, las actuaciones
realizadas en la etapa prejudicial (Policía-SIN), a pesar de que en esa etapa
el acusado está especialmente desprotegido y atemorizado, y sin que después se
pueda interrogar como testigos a quienes realizaron dichas actuaciones. La
tendencia moderna es la opuesta: quien quiere voluntariamente confesar o acusar
a otro, lo tiene que hacer con todas las garantías del caso. La tortura es una
clásica violación de derechos humanos cuya erradicación como práctica
sistemática depende fundamentalmente de la voluntad política.