EDITORIAL
No hay fraude perfecto, ni todo
fraude falla
Plan REELECCIÓN 2000:
imponer la candidatura de Fujimori, para luego pasar a proceso electoral que,
por estar bajo total control, permita simultáneamente la “finta” de elecciones
y el triunfo de Fujimori en primera vuelta, el mismo que, por provenir de las
urnas, sería hecho consumado.
Al comienzo el plan parecía
imparable y la sensación era que la reelección de Fujimori se venía por un
tubo, o por un túnel, para usar terminología más cercana. Todo era
absolutamente irregular y hasta perverso (utilización de recursos del Estado,
manipulación de medios de comunicación, guerra sucia, etc.), pero la reelección
arrasaba con todo, como esas películas de mounstros gigantes que se meten a la ciudad.
De pronto, surge un obstáculo, frente al que la re-reelección muestra no ser
inmune: la observación electoral.
La
observación electoral nacional, Transparencia y la Defensoría del Pueblo (léase
su-per-vi-sión en este último caso, por favor), pero sobre todo la
internacional. Las misiones Carter, NDI, NRI, FIDH y ERIS fueron cuestionando
frontalmente el proceso electoral, logrando el respaldo expreso del
Departamento de Estado y la Unión Europea. Incluso, la misión de la OEA,
presidida por Eduardo Stein, inicialmente teñida de desconfianza, por haber
sido la única pedida a gritos por el gobierno, ha emitido pronunciamientos
sumamente críticos.
Cómo
estará siendo de aguafiestas la observación electoral, que el mismísimo Tudela,
generalmente por encima de asuntos terrenales, acaba de salir a descalificar a
dichas misiones, en un tono bastante menos flemático que el acostumbrado. Pero
para ser justos, en esto sí que el régimen ha colaborado: hechos como ni avisos
pagados para la oposición en la televisión, un voto-un lote, más de un millón
de firmas falsificadas, muertos y policías electores y hasta de presidentes de
mesa, ayudaron mucho.
Y como
estamos a pocas semanas del día “D”, el 9 de abril, y la mayoría de los
cuestionamientos sólo podrían ser subsanados por arte de magia, lo coherente y
de esperar es que dichos cuestionamientos se reiteren. La observación electoral
emitiría, entonces, una especie de amenaza o ultimátum: una reelección impuesta
en estas condiciones tendría que enfrentar serios problemas de ilegitimidad.
¿Qué
pasaría, por ejemplo, si la misión de la OEA, a la que el gobierno se ha atado
libre y voluntariamente, mantuviera el tono crítico?
En
esto estábamos cuando de pronto otro personaje parece escapársele de las manos al régimen: el hoy popular Toledo. En
pocas palabras: muchos han pasado a creer que, a pesar de todo, él podría
ganarle a Fujimori.
Si bien ya
Toledo le ha quitado casi todos los votos al resto de los candidatos de la
oposición, y podría comenzar con los de Fujimori, habrá que ver lo que sucede
en las próximas semanas, en las que el cierre de campaña de la reelección será
con todo, como con todo será la guerra sucia ya iniciada contra Toledo. Habrá
que ver, asimismo, cuán bien funcionan esas irregularidades previstas para esta
etapa (padrón electoral, jurados especiales, etc.).
Es cierto
que por más voluntad de fraude, “no hay fraude perfecto”; pero también “no todo
fraude falla”, y –por favor- no nos olvidemos a estas alturas de que éste ha
sido cocinado con mucho esmero y apetito.
Pero el problema de jugar todo a
Toledo no es sólo que tiene que remontar muchísimo para ganar, sino tiene un
riesgo adicional que hay que calibrar con mucho cuidado: le quita piso a la
observación electoral, y, por tanto, ayuda a sanear un proceso electoral a
estas alturas irreversiblemente viciado, y, con ello, si Chino gana a cholo,
sólo nos queda ni chus ni mus,
por un buen tiempo. Ahí sí, el plan reelección 2000 habría sido perfecto.